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La espera de la palabra de Dios, buena noticia para todas las soledades La Dei Verbum se abre con una cita de la Primera carta de Juan que remite a la

In document La Transmisión de La Fe - Bruno Forte (página 62-64)

TERCERA PARTE: La fe profesada

2. La espera de la palabra de Dios, buena noticia para todas las soledades La Dei Verbum se abre con una cita de la Primera carta de Juan que remite a la

espera de la palabra de Dios presente en todo tiempo y en todo corazón:

«El Santo Concilio, escuchando religiosamente la palabra de Dios y proclamándola confiadamente, hace cuya la frase de san Juan, cuando dice: “Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1,2-3). Por tanto, siguiendo las huellas de los concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión para que todo el mundo, oyendo, crea el anuncio de la salvación; creyendo, espere, y esperando, ame» (DV 1).

En toda época, el corazón inquieto ha invocado la presencia del Dios vivo, misterio trascendente y santo que envuelve todas las cosas y el único que puede redimirlas de la prisión de la nada. De modo particular, en nuestra sociedad posmoderna, cada vez más vivida como muchedumbre de soledades, la espera de la Palabra ha llegado a ser la necesidad vital de no estar solos, la urgencia de ser arrancados del naufragio y del abandono de una vida sin amor que salve.

La disgregación de los mitos de la ideología moderna, que creaban la ilusión de una pertenencia colectiva superior a todo destino individual y proyectaban al individuo en una aventura totalizadora, ha llevado a los seres humanos a percibir de manera aguda y lancinante la propia condición como la de islas en un archipiélago arrojado en el gran mar de la nada. En este naufragio de la totalidad en los fragmentos en los que se ha ido descomponiendo, «hemos pagado excesivamente –para expresarlo con Jean-François Lyotard[48]– la nostalgia del todo y del uno, de la reconciliación del concepto y de lo sensible, de la experiencia transparente y comunicable», propia de la época moderna. Donde la ideología –impulsada por su connatural «voluntad de poder» (Friedrich

Nietzsche)– había querido forzar la realidad para reconducirla al dominio totalizador de lo ideal, produciendo así la terrible violencia de los totalitarismos, de los genocidios y de las guerras mundiales, se ha abierto el espacio para dar lugar a una experiencia extendida de incomunicabilidad y de decadencia, de abandono de todo valor más elevado, de reflujo en lo privado y de una penuria general de esperanza. Si la palabra inevitable de la modernidad fue la «masa», el emblema de la posmodernidad es la «soledad», a pesar de todas las apariencias contrarias producidas por la comunicación acelerada y por la conexión en tiempo real de cualquier distancia en el mundo de la «red». La soledad en esta época posmoderna es realmente una pregunta abierta, subyacente en la aparentemente ininterrumpida conexión de la mayoría en la red mediática.

Justo en esta pregunta abierta se deja reconocer una auténtica hambre de la Palabra, que nos haga sentirnos amados, que nos haga capaces de amar. Dice el profeta Amós: «Vendrán días –dice el Señor Dios– en los que mandaré el hambre al país, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de escuchar la palabra del Señor» (8,11). Esta hambre de escuchar al Dios que habla no es otra cosa sino la necesidad de amor presente en cada uno de nosotros, hombres y mujeres de este tiempo «posmoderno», cada vez más prisioneros de nuestras soledades en el mar de conexiones en el que nos parece existir: es el hambre de una Palabra que irrumpa en el silencio de la nada y colme el corazón hasta hacerlo capaz de donarse a los demás por sobreabundancia de amor. En realidad, solo un Amor infinito puede satisfacer la espera que nos quema dentro: solo el Dios que es Amor puede decirnos que no estamos solos en este mundo y que nuestra casa está en la ciudad celeste, donde no habrá ya ni dolor ni muerte. «De esa ciudad –escribe Agustín– nuestro Padre nos ha enviado cartas, nos ha hecho llegar las Escrituras, para encender en nosotros el deseo de volver a casa»[49]. Si se comprende que la Palabra revelada es esta «carta de Dios», que puede hablar al corazón de cada uno y de todos, entonces se entenderá su importancia decisiva para la vida del individuo y para la de la comunidad. Entonces nos acercaremos a ella con la ansiedad y el deseo con que un enamorado lee las palabras de la persona amada, y el Dios, que es Padre y Madre en el amor, hablará a quien lo busca. Es lo que nos da a entender la Dei Verbum cuando habla de la

revelación divina como autocomunicación personal del Dios viviente (cf. DV 2). La escucha fiel, inteligente, humilde y orada de cuanto él dice es la vía mediante la que poder saciar la sed de amor, que todos llevamos dentro. Aprender a escuchar la Voz, que nos habla en la Sagrada Escritura, es aprender a dejarse amar y a amar.

La palabra de Dios es, por consiguiente, la buena noticia contra la soledad. Lo es incluso en la forma del silencio divino, del que está llena la Escritura[50]. Søren Kierkegaard, uno de los grandes escritores cristianos de la época moderna, lo había comprendido perfectamente cuando escribió en su Diario estas palabras:

«No permitas que olvidemos que tú hablas aun cuando callas. Danos esta confianza: cuando estamos en espera de tu venida, tú callas por amor y por amor hablas. Así es en el silencio, así es en la palabra: tú eres

siempre el mismo Padre, el mismo corazón paterno y nos guías con tu voz y nos elevas con tu silencio…»[51].

El Dios que habla colma nuestras soledades, incluso cuando su palabra es silencio: por eso, la escucha de la revelación, vivida con radical apertura y disponibilidad, es escucha que salva. La palabra de Dios se presenta como buena noticia para todas las soledades, porque en ella se nos ofrece como don gratuito y liberador la posibilidad de la alianza con Dios: ciertamente, a la «autodonación» divina es necesario que le corresponda –de una forma inevitablemente asimétrica– la «donación» del corazón al Eterno (cf. DV 5). Acogiendo la Palabra que entró en la historia, la criatura humana se abre al Misterio santo y experimenta su cercanía e inagotable belleza en el amor. La acogida activa de la Palabra transforma al hombre en lo profundo, lo libera de su soledad y lo hace discípulo del Señor en la compañía de los discípulos liberados por la verdad (cf. Jn 8,31s). La «existencia acogida», propia de Jesús, el Verbo encarnado, se hace «existencia acogida», y, por eso, donada, del discípulo, que, viviendo la Palabra en la donación de sí a Dios y a los hombres, se deja «decir» por el Padre en el Hijo como palabra viviente de la caridad dirigida a la concreción de las situaciones de la historia. La acogida de la Palabra prepara y anticipa así en el tiempo penúltimo la ciudad celeste, aquel tiempo último en el que desaparecerán las palabras, acogidas en la única Palabra, para que Dios sea todo en todos y toda soledad sea vencida en la alegría sin fin de su amor.

In document La Transmisión de La Fe - Bruno Forte (página 62-64)

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