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El condicionamiento occidental

In document Eugenio Carutti - Inteligencia Planetaria (página 176-180)

Todas las experiencias colectivas, tanto las tribales como las que se corresponden con las llamadas civilizaciones, han experimentado un mayor o menor grado de imbricación entre la psiquis y el mundo. Cada vez que los occidentales observamos esas experiencias o culturas (que ubicamos como jerárquicamente anteriores a nosotros, de acuerdo a nuestra idea de evolución) llamamos a esa vivencia “contaminación del mundo por lo psíquico”. Damos por sentado que es algo primitivo y, en consecuencia, inferior—un estado de consciencia que debe ser trascendido tanto a nivel social como individual. Estos rasgos se nos aparecen como claros síntomas de irracionalidad.

De manera espontánea, un psicólogo moderno tratará de separar al “paciente” del mundo “objetivo” descontaminándolo de sus proyecciones. Cuando Jung dice que las civilizaciones “anteriores” a nosotros vivían o viven inmersas en una realidad arquetípica que ordena inconscientemente las experiencias de cada uno de sus miembros, es importante registrar la ambivalencia subyacente a esta afirmación. El supuesto inconsciente es que nosotros hemos ido más allá de esa experiencia, y los miembros de nuestra civilización ya no vivimos inmersos en una realidad arquetípica. Los occidentales estamos persuadidos de que no vivimos envueltos en un conjunto de imágenes y estructuras que nos organizan inconscientemente como a cualquier otra cultura. Creemos ser la primera sociedad humana de individuos plenamente racionales. Nos comportamos como si esta individualidad supuestamente racional no fuera también una estructura psíquica colectiva que se proyecta sobre el mundo, y estamos convencidos de que finalmente se ha producido una separación nítida y definitiva entre psiquis y mundo.

En contraposición a todo esto, podemos percibir en Jung una clara nostalgia por la pérdida de un estado nutricio necesario. Los tradicionalistas como Guénon y otros románticos y religiosos critican esta pérdida de vivencia arquetípica y dicen que ella es la causa de todos los desequilibrios del mundo moderno. Los científicos, totalmente identificados con lo racional, celebran esta separación aparentemente definitiva entre lo subjetivo y lo objetivo, lo real y lo proyectado, como claro índice de la madurez alcanzada por el género humano.

Podríamos decir que en Occidente culmina una larga cadena de experiencias para la cual la psiquis aparece como totalmente independiente del mundo. La existencia de un mundo plenamente “objetivo”, incontaminado por el psiquismo

y el anhelo de conocerlo en su esencia, es un ideal que madura plenamente en esta civilización. El ideal complementario es el de experimentar la propia existencia como la de un sujeto–persona absolutamente autónomo y separado de ese mismo mundo “objetivo”.

Para estos ideales, nuestro mundo de máquinas, individuos, tecnología, racionalidad, etc., no es una estructura colectiva de vivencias en las que nos encontramos inmersos de la misma manera que los hindúes viven en las actividades de Shiva, Vishnú y Brahma, los chamanes en sus mundos de espíritus, o los cristianos en la creación de un dios patriarcal.

Por más que hayamos descubierto las estructuras interactivas e inconscientes de la percepción, nos resistimos a aceptar que el mundo configurado por el pensamiento racional no es por sí mismo más real e incuestionable que el cielo y el infierno que organizaban el mundo medieval, o los dioses de los griegos o los hindúes.

Nos parece absurdo decir que la razón es una deidad (de hecho, lo fue

durante la Revolución Francesa) que podría ubicarse en la misma categoría

que Afrodita, Jehová o Vishnú; es decir, una estructura de la percepción que se proyecta inconscientemente sobre lo percibido.

Para Occidente, la ciencia no es una mitología. El individuo es la condición real y última del ser humano. La tecnología surge de una actividad totalmente consciente y voluntaria de la sociedad.

Si queremos investigar realmente la estructura profunda de la mente, deberemos enfrentarnos con la trama completa de supuestos occidentales. La civilización occidental ha sido el vehículo a través del cual el ser humano se ha experimentado a sí mismo en forma más intensa como un sujeto destinado a dominar un mundo totalmente independiente de él. En este sentido, es el apogeo de una antiquísima tendencia. Esta tendencia desea que el

pensamiento exista como realidad absolutamente autónoma y subsistente en sí misma. Por eso crea las sensaciones simultáneas que dan existencia

separada a un mundo plenamente “objetivo” y a un “sujeto” que lo percibe en tanto tal. Ambas sensaciones se retroalimentan y generan interrogantes, vivencias y argumentos que se recrean dentro de una circularidad irrefutable. La sensación de que existe una interioridad esencial y un universo que debe ser conocido y explicado en todos sus detalles por el ser humano surgen al unísono. En un paso lógico posterior, surge el anhelo, imposible de satisfacer, de sumergirse por completo en un otro diferente que conozca por completo

esta interioridad que me pertenece solo a mí.

Cuestionar la existencia de una subjetividad individual, autónoma, originaria e

inextinguible no es una tarea simple para un cerebro condicionado por la

experiencia occidental. Experimentamos esa interioridad como absolutamente única y radicalmente independiente, al mismo tiempo que anterior a toda experiencia. Por más que la psicología moderna nos hable de la constitución y construcción del sujeto, la sensación de que existimos en tanto identidad separada antes de nuestros padres tiene la categoría de certeza para la mayoría de nosotros. Allí es donde las ideas místicas más ingenuas acerca del alma y del dios personal se confunden y refuerzan con el narcisismo.

Ahora bien, este supuesto es una consecuencia evolutivamente previsible de la estructura cerebro–mano. La capacidad de crear objetos construidos primero en la mente y luego trasladados al mundo a través de la mano ha sido la ventaja adaptativa decisiva en nuestra evolución. Esta capacidad, que al principio es tan sólo perceptivo–motora tendiente a crear utensilios, se extendió inconscientemente a toda percepción posible y, así, el mundo se transformó en un conglomerado de objetos (cosas) a escala universal. Este mundo a–la–mano de objetos recortados y autónomos respecto del ser humano se convirtió en el teatro de experiencias que, tarde o temprano, generaron la sensación de sujeto autónomo descripta anteriormente.

Todo esto que decimos acerca del condicionamiento occidental de la mente debe ser comprendido, como toda otra cuestión, de manera no valorativa. Esta es una configuración mental propia de la evolución del animal mental. Se podría especular acerca de su desequilibrio excesivo y de si éste era evitable o no, pero es casi seguro que la necesidad evolutiva de desarrollar circuitos

cerebrales con energía suficiente como para diferenciarse de los condicionamientos colectivos primarios ha exigido la simulación perceptiva del individuo radicalmente autónomo.

Esta simulación parece constitutiva del desarrollo del pensamiento, cuya actividad incesante crea la ilusión de permanencia y autoperpetuación del supuesto pensador separado. En ese sentido, podemos suponer que el monoteísmo, el héroe trágico, la concepción orgánica del ejército, la trama institucional de la ley, el amor romántico, la subjetividad, la tecnología y todas las dramáticas que se derivan de aquí son una sola estructura en el nivel arquetípico, una configuración implicada en el cerebro humano que sólo

necesita de las condiciones adecuadas para exteriorizarse. Sujeto, objeto,

una experiencia única propia de una determinada articulación de los circuitos neurales en evolución. Una estructura cognitivo–existencial y no simplemente

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