Estamos diciendo, por un lado, que los animales mentales nos envolvimos cuidadosamente en burbujas de supuestos autoprotectores y narcisistas. Por el otro, que, en este momento de la historia, estas burbujas no pueden evitar estallar las unas contra las otras.
Este hecho tiene un correlato cuya constatación posee una enorme importancia. Los humanos nos hemos estancado en un primer nivel de nuestro potencial de inteligencia. La capacidad de fijar imágenes y editarlas secuencialmente hasta que la mano haya podido modificar el mundo externo de acuerdo a la imagen que construimos de él es algo tan asombroso que se impuso de un modo casi excluyente a cualquier otra posible modalidad de nuestra inteligencia. Este nivel de la mente tiene una función específica, que es la de ejercer control sobre el mundo que percibe como externo a ella. Detiene el flujo interconectado de información que nos atraviesa y lo transforma en una colección de objetos manipulables para un sujeto.
Es muy probable que el cerebro se haya hechizado a sí mismo ante esta asombrosa capacidad de control y manipulación. Sea cual fuere la razón de ello, es evidente que es este aspecto de la inteligencia el que ha evolucionado ininterrumpidamente a lo largo de la historia. Poseemos una inteligencia
tecnológica muy desarrollada que nos permite construir formas con
extraordinaria habilidad, pero carecemos casi por completo de inteligencia
vincular, precisamente, porque hemos evolucionado en el aislamiento e
identificado inteligencia con control.
Lo paradójico es que es el éxito de la inteligencia tecnológica el que nos conduce inexorablemente hacia la destrucción de los nidos y crea una situación que nos deja sin opciones. En este momento de la evolución, estamos obligados a aprender a vincularnos: nuestra supervivencia depende de ello. La destrucción de creencias, tradiciones e ideales que hoy experimentamos se está produciendo en una escala que no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Pautas antiquísimas, sensibilidades ancestrales y un sinnúmero de códigos de conducta asumidos como absolutamente naturales para cada experiencia aislada se ven incesantemente cuestionados por el contraste vertiginoso con comportamientos y códigos muy diferentes a ellas. Todo está cambiando para todos, y los antiguos y preciados aprendizajes de cada experiencia particular deben ser redefinidos en un nuevo aprendizaje común. Esto es algo revolucionario para la especie.
La desorganización inevitable de los aprendizajes particulares y la exigencia de tener que aprender a resolver problemas comunes a todos los humanos sin excepción desafían en su misma raíz a la estructura de nuestra mente. Porque
en esta situación inédita, la capacidad de establecer vínculos exitosos entre diferencias se hace explícitamente más importante que obtener el control unilateral de una situación.
Estamos constatando que se ha establecido un entrelazamiento tan firme entre la biósfera, los humanos y las máquinas que ya no puede ser destejido sin destruirnos a nosotros mismos. Esto nos obliga a reconocernos como miembros de una sola humanidad. La trama planetaria que ha tejido la evolución no es el producto de un ideal abstracto de Humanidad, sino una realidad fáctica.
Sin embargo, no tenemos la menor idea de qué es una cultura verdaderamente humana. Sólo sabemos acerca de una cultura china, occidental, hindú, islámica o aymara, pero ignoramos absolutamente cuáles son las pautas que generamos los humanos en conjunto. Cuáles son las formas culturales, las
sensibilidades, símbolos y creencias que surgen de la interacción fluida entre todos los seres humanos. Eso aún no ha sucedido—está sucediendo.
Este es un proceso que va más allá de nosotros y que no se detiene a preguntarnos si nos gusta o no. Nos obliga a emerger de aislamientos milenarios, a bajar nuestros escudos, a renunciar a nuestras defensas más profundas, a dejar caer todas las idealizaciones particulares.
Dentro de cada nido y de cada tradición, hemos llegado a creernos especiales y maravillosos, en contacto directo con los verdaderos dioses. Cada vez que una tradición se encontró con otra, se desató entre ambas una lucha sangrienta por la supremacía. El sucesivo dominio de unas tradiciones sobre las otras es una de las características esenciales de nuestra historia.
Pero es sólo cuestión de tiempo que se nos haga evidente que aquello que reconfigura a las distintas experiencias humanas ya no es el dominio de una tradición particular sino lo que surge de las interacciones del conjunto. Por
primera vez, nos encontramos en una situación sistémica que no puede simplificarse con ideas binarias. Y como la presión no es únicamente política,
social o cultural sino, sobre todo, ecológica, al mismo tiempo que nos vemos obligados a reconocernos unos a otros como miembros de una sola humanidad, tendremos que aceptar que somos terrestres.
aún estamos dominados por la antigua inteligencia que creció en el aislamiento y que expresa una muy pobre o nula inteligencia vincular. Ese modo de la mente no entiende cómo relacionarse realmente. Se aterroriza ante la diferencia y sólo sabe dominar o someterse. Ese nivel de inteligencia no sabe de relaciones.
En esta transformación interactiva, no se trata de que un grupo particular de seres humanos se encuentre atrapado en un conflicto que lo supera. No se trata de limitaciones ideológicas o políticas, sino que es la antigua inteligencia
que está en la base de todas las tradiciones humanas, sin excepción, la que