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Los límites de la mente

In document Eugenio Carutti - Inteligencia Planetaria (página 132-135)

Los lenguajes sociales, de los cuales el pensamiento depende para sus operaciones, están estructuralmente organizados a partir de la separación nítida entre el sujeto y los objetos. Esto se convierte en un obstáculo gigantesco para que el origen cósmico de la psiquis y la naturaleza psíquica

del cosmos dejen de ser ideas y se conviertan en una convicción irrefutable. En

el nivel de los lenguajes verbales, el cerebro carece de los instrumentos que le permitan simbolizar las experiencias en las que los mundos “internos” y los “externos” se revelan como espejos mutuos. Desde el punto de vista cognitivo, los lenguajes sagrados y el tipo de contexto que permiten percibir parecieran ser una experiencia imprescindible para procesar la información de un modo no separativo. Cuando este tipo de patrones simbólicos comienzan a operar en el cerebro, le permiten realizar conexiones y experimentar resonancias de una complejidad tal que los niveles verbales e imaginativos habituales no pueden alcanzar.9

De todos modos, e incluso si la experiencia de los lenguajes sagrados no pertenece al bagaje relativamente consciente de un cerebro particular, las contradicciones existenciales que la mera presencia de la idea provocan en la vida de un ser humano lo empujarán irresistiblemente en la dirección del despertar.

Una vez que la idea está firmemente instalada en nosotros, la dinámica misma del acoplamiento psiquis–cosmos genera espontáneamente las situaciones, vínculos y acontecimientos que afectarán decisivamente a la presunta

autonomía de la psiquis con respecto al mundo, y tarde o temprano nos forzará a inclinarnos ante la evidencia. Es decir, cuando la idea está

profundamente arraigada en la mente de un ser humano, éste se verá literalmente obligado a tomar con toda seriedad las consecuencias que esto implica para dejar de jugar con ella. Esto exige, y al mismo tiempo provoca, un conjunto de modificaciones estructurales, porque el pensamiento por su propia

naturaleza fluctúa indefinidamente entre fragmentos (ideas) y, por sí mismo, jamás se somete a la presión necesaria para que la fusión de los opuestos que ha creado se haga posible.

Los circuitos neuronales sólo se alteran de una manera efectiva si experimentamos situaciones que aparentemente no nos presentan ninguna salida, es decir, cuando todas las estrategias conocidas a las que podamos recurrir fracasan. No se trata de que la “persona” se convenza de esto. Otro

nivel de inteligencia debe haberse manifestado en nosotros para que el cuerpo reconozca y acepte la necesidad de que nos ocurran situaciones que nos dejan sin posibilidad de elegir entre las alternativas colectivamente validadas (ver El mundo de los significados).

La simulación es el juego que ha jugado el cerebro por miles de años y no está dispuesto a dejar. Es necesario que se desencadene una catarata de eventos

que nos pongan en doble ligadura a nivel existencial para obligarnos a registrar los falsos supuestos acumulados y renunciar a ellos. Para que

ciertos aprendizajes fundamentales se realicen, particularmente en los niveles emocionales y corporales, la psiquis debe arribar a la aceptación visceral de que la realidad no es como la habíamos imaginado.

Al principio, esto toma la forma de un conjunto casi insoportable de

desilusiones personales que suelen traducirse en estados de confusión y

agudas sensaciones de dolor emocional e incluso físico. Esto es una consecuencia inevitable de la presencia del circuito yo, el cual se ve amenazado en sus mismas raíces por la percepción unificada. El cerebro no quiere percibir realmente el circuito yo tal como es. Quiere sentir dolor personal porque éste le confirma su propia existencia. El nivel de inteligencia

que ha construido la sensación de ser alguien especial (separado) no acepta reconocer su ilusión y se rebela con todas sus fuerzas.

En esta fase, se desata una verdadera batalla entre dos convicciones antagónicas. La recóndita sensación de especialidad (separación), camuflada bajo mil formas, choca irremediablemente con la evidencia de que el universo que percibimos y la psiquis que lo percibe forman una única, extremadamente dinámica y maravillosa estructura.

Si psiquis y cosmos constituyen una matriz de acoplamientos inteligentes, la noción de sujeto se disuelve junto a la de objeto. La treta final de este nivel de inteligencia es la de afirmar “mi psiquis es el cosmos”. Si el cerebro entra en este sendero, tarde o temprano se producirá una inflación del yo con todas las consecuencias que le son inherentes (ver Tendencias de la mente). Pero, si el cuerpo y el sistema emocional logran eludir las inevitables reacciones contractivas con su colección infinita de trucos y realmente se amplían, el apego neuronal al circuito yo se debilita y lo que se revelará es la limitación

estructural de la especie humana. Una desilusión masiva acerca del ser

humano y de todas sus construcciones se desata con la fuerza de un cataclismo.

En este punto, todo el proceso se vuelve a repetir pero en otra vuelta de espiral: no es el circuito yo (la “persona”) el que se rebela ante la evidencia,

sino que es la trama completa de la mente humana dentro del cerebro la que,

ante su desmoronamiento, se deprime (pierde energía), experimenta un sinsentido absoluto e, incluso, simula enloquecer, como última línea de defensa descalificatoria ante la evidencia que la deja sin alternativas. La evidencia de la

muerte en un sentido absoluto tiene que instalarse en el cerebro hasta resplandecer.

Las células y redes neuronales protestarán y se rebelarán. Por eso, en esta fase, pueden aparecer un conjunto de comportamientos aparentemente incoherentes pero que, en realidad, forman parte de la desorganización

necesaria de la mente que identificamos como humana, en ese cerebro particular (ver Lo no consciente).

In document Eugenio Carutti - Inteligencia Planetaria (página 132-135)