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El despertar de la inteligencia vincular

La destrucción de los nidos no sólo genera una extraordinaria situación sistémica, sino que tiene un efecto revolucionario en el interior de cada uno de ellos. Todas las comunidades humanas, sin excepción, se caracterizaron por ejercer una tremenda presión sobre sus miembros.

Desde el punto de vista del individuo, los humanos hemos evolucionado en el interior de burbujas de percepciones homogéneas. Durante miles de años, cada ser humano estuvo obligado a pensar y, sobre todo, a sentir exactamente lo mismo que los demás miembros de su grupo. Era corporalmente imposible estar unos al lado de los otros sosteniendo creencias diferentes, percibiendo la realidad de un modo completamente distinto, sintiendo de otra manera. Esto no sucedía únicamente en el nivel de los grandes grupos y tradiciones, sino que ninguna familia podía tolerar la existencia de diferencias internas que hoy parecen absolutamente naturales en muchas partes del mundo. Es muy visible cómo estas diferencias aún son consideradas insoportables por muchas tradiciones.

Esa tremenda presión—el profundo control que las comunidades ejercieron sobre los cuerpos, emociones y mentes de sus miembros—se está

disolviendo. Millones de burbujas explotan. La presión homogeneizante de las

manadas humanas hoy cede dramáticamente y empieza a ser posible para los cuerpos aprender a estar juntos y coordinarse sosteniendo creencias diferentes o sintiendo de distintas maneras, sin que eso signifique tener que destruirnos de inmediato.

La malla inelástica de sensaciones y creencias que nos envolvía, esa inmensa tensión limitante de la sensibilidad con la que creímos protegernos durante milenios, ha estallado.

Esta nueva realidad exige una readaptación psíquica y corporal nada fácil de realizar. Este proceso recién ha comenzado y deberá atravesar necesariamente por grandes oscilaciones. Estamos aprendiendo a organizar

ese estallido.

Las turbulencias del presente deberían ser aceptadas como consecuencias inevitables de transformaciones tan radicales. Hasta hace muy poco tiempo— un microsegundo, en términos evolutivos—los varones de la Tierra estaban condicionados para ir a la guerra y las mujeres para tener hijos. Esa es una programación de cientos de miles de años de profundidad. Guerrero y madre

son los lugares que la tribu adjudica espontáneamente a cada uno al nacer. Es en la década del ‘60, durante la Guerra de Vietnam, cuando por primera vez una sociedad acepta mayoritariamente como algo legítimo que un individuo se niegue a morir por la patria. No solemos pensar en eso, pero que un cuerpo masculino goce de soporte colectivo para procesar la carga psíquica que implica negarse a combatir por su comunidad es algo extremadamente reciente. Lo mismo sucede con la maternidad: que una mujer no quiera tener hijos o los tenga cuando y como quiera empieza a ser algo psíquicamente soportable. Es importante que dimensionemos la envergadura del salto que estamos dando para no caer en simplificaciones e idealizaciones. Sólo así podremos comprender inteligentemente las inevitables reacciones a estos hechos sin pretender minimizarlas ideológicamente.

Que una gran cantidad de seres humanos puedan diferenciarse de la trama de símbolos, emociones, creencias e imágenes que moldearon al cerebro en este primer tramo de la evolución es una condición necesaria para la transformación del planeta, pero no suficiente.

La complejidad que ha alcanzado el proceso evolutivo exige el florecimiento de una nueva sensibilidad, de una inteligencia vincular capaz de elaborar a muy alta velocidad el sinnúmero de diferencias que se despliegan instante a instante ante cada uno de nosotros. La vieja mente manipuladora de formas no lo puede hacer porque es demasiado lenta y reactiva: está condicionada para defender posiciones y tarda demasiado en comprender los cambios de contexto.

Sólo una mente capaz de percibir espontáneamente relaciones y no identidades, capaz de ver que somos intrínsecamente relación y que el

aislamiento es una ilusión, puede afrontar creativamente la maraña de problemas que la vieja mente ha creado. Es necesario que se despierte una sensibilidad que nos permita ver en forma directa—sin tener que pensarlo y discutirlo, sin tener que ponernos de acuerdo en ello—que estamos íntimamente ligados a los árboles, a los ríos, al océano y a los animales. Que formamos parte del mismo tejido, que somos variaciones de la misma inteligencia. Una sensibilidad que nos permita registrar—más allá de cualquier argumentación defensiva—la magnitud de las heridas que nos hemos infligido mutuamente a lo largo de los milenios en que no supimos reconocernos como miembros de una misma especie, como organismos de un mismo planeta.

Tendremos que aprender a enfrentar las consecuencias de los resentimientos y los odios que cada tradición acumuló en relación a las demás. De los enormes

desequilibrios que hemos generado en nuestro ciego afán de supervivencia. Estas no son cuestiones que se puedan resolver a partir de los ideales compensatorios que surgen del mismo tipo de mente que las originó. Por eso, la situación actual no depende de convicciones ideológicas o de planteos voluntaristas. La alteración global del sistema es algo que le está ocurriendo al planeta. Es el sistema Tierra el que requiere de una mayor sensibilidad e inteligencia para articular creativamente la inédita diversidad y complejidad de organismos en los que se ha desplegado.

Si las hipótesis que hemos esbozado en los parágrafos anteriores son correctas, la Tierra debe estar generando en este mismo momento los organismos portadores de la inteligencia necesaria como para dar cuenta de la presente situación. Ese nuevo tejido debe estar extendiéndose aunque aquellos que carezcan de la sensibilidad suficiente no puedan distinguirlo aún.

¿Qué forma viviente hubiera podido darse cuenta, durante el apogeo del reino animal, que ese pequeño antropoide que descendió un día de los árboles sería capaz de hacer todo lo que después realizó la especie humana? Sin embargo, era eso lo que estaba sucediendo: el animal mental crecía, envuelto en el capullo evolutivo que lo precedía, aguardando las condiciones que le permitirían manifestarse en toda su plenitud.

¿Existe hoy en el planeta un tejido inteligente capaz de sintonizarse con dimensiones más complejas de la realidad? ¿Es posible que aparezca una red coordinada de organismos espontáneamente vinculados?

A lo largo de la historia han existido individuos habitualmente llamados “excepcionales” que expresaron niveles de sensibilidad muy diferentes a todos aquellos que los rodeaban. Humanos que no parecían predadores, que incluso no parecían ser simplemente animales mentales. Me refiero al tipo de organismos que adquirieron nombres arquetípicos como Buda o Cristo y muchos otros que, desde una perspectiva histórica, nos parecen seres especiales, divinos o simplemente míticos, de acuerdo a las creencias que sostengamos.

Sin embargo, es probable que no fueran otra cosa que humanos evolutivamente más maduros que sus contemporáneos. Las primeras células

de un tejido que ha ido creciendo dentro y más allá del animal mental.

Mutaciones de la especie que han ido preparando un nuevo salto evolutivo. Podemos pensar en esos seres como formas precursoras o incluso como experimentos tendientes a la aparición de una nueva trama planetaria.

La evolución actúa de esta manera. Así surgió el lóbulo frontal en el cerebro de un mamífero. A través de innumerables ensayos y errores, un conjunto de neuronas con una función completamente diferente se entretejió con las anteriores para generar una nueva estructura. Así se fue formando la mano, diferenciándose progresivamente de las patas, de las garras, de las incipientes manos de lemures y monos. Ambos procesos fueron largos y casi imperceptibles hasta que finalmente se exteriorizaron en una explosión de creatividad. Súbitamente, el lóbulo frontal y la mano aparecieron en un mismo organismo. Una nueva forma, un verdadero salto evolutivo se manifestó en la Tierra.

¿Podemos ir más allá de los condicionamientos del antiguo cerebro atrapado en las formas y dejar de pensar en Buda, Cristo y tantos otros sólo como seres a venerar o modelos a imitar? ¿Podemos imaginarlos como las células precursoras de una nueva trama inteligente, de una nueva sensibilidad que se expresa en un tipo humano muy diferente al anterior pero que coexiste y se entreteje con él?

El predador mental, con su poderosa inteligencia tecnológica y su casi inexistente inteligencia vincular, se ha desplegado triunfante por el planeta. El nuevo reino de las máquinas se extiende sobre la Tierra y más allá de ella. La simbiosis inexorable entre esas dos formas complementarias de la inteligencia terrestre se está produciendo a pasos agigantados. Al mismo tiempo que todo esto ocurre, una nueva sensibilidad sutilmente entretejida con las precedentes empieza a manifestarse.

Como en todos los demás saltos evolutivos, la nueva inteligencia es más compleja: es capaz de registrar con toda nitidez contextos que la mente tecnológica, tanto en su versión biológica—el animal humano—como en la inorgánica—las máquinas—no puede advertir.

Esto fue siempre así. Siempre hubo humanos dotados de una sensibilidad mucho más rica que la de los demás y, por más que fueran relativamente pocos, esa sensibilidad les permitió entrar en sintonía con procesos más globales e introducir un estado de equilibrio que contribuyó a modular las torpezas del animal mental.

Lo nuevo es que esa inteligencia está presente ahora entre nosotros en una escala infinitamente más alta que en el pasado. Nos atrevemos a afirmar que ese tejido está generando lo que algún día será reconocido como una diferenciación estructural en la especie, una nueva forma evolutiva dentro de la

humana que hasta ahora conocemos.

En medio de las turbulencias de la transición, entre los estertores del predador mental aterrorizado que no sabe hacer otra cosa que dominar y que carece del tipo de inteligencia capaz de organizar tanta complejidad, una nueva inteligencia despierta.

En última instancia, lo que estamos diciendo es que la especie humana en su estado actual no dispone de la inteligencia suficiente como para afrontar las dificultades del presente. Sin embargo, la Tierra sí cuenta con la inteligencia

necesaria para enfrentar las consecuencias de sus procesos evolutivos. La

hipótesis que aquí sostenemos es que la inteligencia planetaria contiene implicada dentro de sí la sensibilidad capaz de sintonizarse con niveles de información que están más allá del rango de percepciones del animal mental actual y su mente tecnológica dominante.

Esto está sucediendo a una velocidad mayor de lo que se cree, pero también es un proceso más lento de lo que a muchos les gustaría creer. Las generaciones de transición no tenemos por qué tener una vida fácil. Cada salto evolutivo ensaya una multitud de caminos complementarios y debe desechar múltiples experimentos antes de que el nuevo ecosistema se estabilice. Pensemos sólo por un instante cuán complejo y doloroso debió haber sido el largo período de coordinación entre el necesario ensanchamiento de la pelvis de las hembras antropoides y el desproporcionado crecimiento cerebral de los primeros homínidos.

El estado actual de nuestra mente se niega a aceptar la inmensa belleza de un proceso que no está hecho a su medida. Es notable observar cómo, incluso cuándo hemos alcanzado la madurez suficiente como para empezar a entrever la complejidad de la evolución terrestre, nos negamos a aceptar que en el presente están ocurriendo los mismos procesos transformadores que, a través de nuestro distanciamiento intelectual, somos capaces de reconocer en el pasado. La evolución nos parece algo que ocurrió y no algo que está sucediendo ahora.

Desde la perspectiva de quien escribe esto, los trazos esenciales de esta transformación ya están definidos. El salto evolutivo está en acto. Es cuestión de que se despliegue por completo y encuentre sus formas definitivas, imposibles de imaginar de antemano. Sin embargo, para que este proceso tome forma con un mínimo de sufrimiento, es fundamental que los humanos que vivimos en esta fase de transición advirtamos cuán relevante es

permanecer serenos en medio de la turbulencia.

El máximo de creatividad de cualquier sistema se manifiesta cuando fluctúa en el límite del caos. Cada vez que un sistema atraviesa los umbrales

extremos dentro de los cuales mantenía su estabilidad, actualiza patrones creativos que se encontraban implicados en sus niveles más profundos. Este tipo de oscilaciones aparentemente dramáticas están ocurriendo hoy en el sistema Tierra.

Es evidente que deben producirse ajustes descomunales y que es inevitable que estos desencadenen complejos procesos de acción y reacción. La opacidad de nuestra consciencia actual es, quizás, el núcleo del problema. Por eso, el aprendizaje fundamental es el de modular los excesos de excitación inherentes al animal mental. De hecho, todas las tradiciones llamadas “espirituales” tuvieron como objetivo central alcanzar la máxima docilidad del sistema animal que nos constituye sin perder su maravillosa vitalidad. La larga historia humana que conocemos es, sobre todo, la historia de una sensibilidad exquisita y compleja que va aprendiendo a serenar el intensísimo pulso vital sobre el cual está instalada, para que puedan entrar en actividad redes neuronales capaces de sintonizarse con procesos que están mucho más allá de los que actualmente podemos registrar.

Cada vez más seres humanos están experimentando en sí mismos este doble proceso de evolución e iniciación. Sienten en sus cuerpos, corazones y mentes el impulso que nos lleva a relacionarnos de forma mucho más estrecha con la trama de inteligencias de la cual participamos. Estos son, seguramente, los primeros pasos, aún confusos y aparentemente contradictorios, de un nuevo aprendizaje para la especie: el de reconocernos como partes de una organización viviente a escala planetaria y solar.