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El vínculo como fundamento

En el evangelio cristiano, hay un pasaje en el que Jesús, tras encontrarse con un “joven rico”, le dice a sus discípulos: “es más fácil que un camello atraviese el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos”. El “joven rico” simboliza el estado previo a la primera gran diferenciación respecto de la

mente humana que conocemos. El encuentro con el nivel crístico expresa el

momento en el que se produce la percepción directa de la presencia del amor como fundamento del ser, no como una idea, un ideal o un sentimiento, por complejos y maravillosos que éstos sean (traducciones anteriores de esta misma realidad), sino como una inteligencia operante, mucho más allá la actividad del pensamiento, el sentimiento y la imaginación.

Solo el insight profundo acerca del vínculo como fundamento perceptivo puede destruir de raíz todas las tendencias mentales que corren incontenibles hacia el aislamiento y la construcción incesante de formas.

Para el “joven rico”, esto implica reconocer como inevitable el colapso de todas las construcciones anteriores, por sutiles, maravillosas o “esotéricas” que éstas puedan ser. Él asiste al inevitable marchitarse de las flores de la

simbolización. El sistema nervioso comienza a registrar sensitivamente la

presencia explosiva del amor que destruye los sueños y proyectos de los linajes más sutiles que habitan y habitaron la Tierra.

La entera historia de la especie humana en ese cerebro particular intentará resistirse y negar la presencia de un orden que jamás había imaginado. El “joven rico” se siente atrapado en una opción insondable, pero su única alternativa es permanecer allí hasta que los profundos impulsos que generaron la ilusión de la separatividad comiencen a disolverse por sí mismos en la intensidad de aquel insight.

“Hágase tu Voluntad y no la mía” es la frase que simboliza este momento, dicha aún en obvios términos juveniles. La voluntad de poder propia de la

mente–en–el–humano y de las más oscuras memorias planetarias se estrella

ante una realidad vincular (amorosa) tan inexorable como alejada de todo lo que había imaginado.

En ese nivel, el cerebro se ve obligado a explorar un enorme conjunto de reacciones que interpretan la presencia del amor como una voluntad que intenta dominarlo. La triple flor de la evolución terrestre resuena por primera

nacido en la Tierra resuena en la inmensidad de la Muerte, la Libertad y el Amor o como queramos llamar a esta presencia triuna. Todo el orgullo y la rebelión ocultos en los pliegues más recónditos de la inteligencia material se agitan en la raíz del sistema nervioso en respuesta a este encuentro.

La docilidad y la mansedumbre que lo atemporal imprimió sobre la materia a lo largo de toda la evolución es lo que ha permitido al “joven rico” encontrarse con el Cristo. Es esa docilidad la que deberá operar ahora en todas las células y, por esa razón, este encuentro no puede ser forzado. Quizás ese cerebro particular recuerde los destellos de inmensidad que los antiguos linajes atesoraron. De qué manera en cada momento del pasado, la explosiva naturaleza del Amor, la Libertad y la Muerte se reveló en nosotros, los humanos, y generó una cascada de símbolos y significados, de creencias y tradiciones. La vincularidad puede empezar a ser sentida a través de

sensaciones que no pudieron ser grabadas por la memoria y que por esa razón no pueden ser nombradas. Lo desconocido se revela íntimamente, es

decir, tanto en lo “interno” como en lo “externo”, y destellos de la verdadera creación pueden comenzar a ser percibidos por un cuerpo/cerebro profundamente dócil que aprende inteligentemente a entregarse y permite que se disuelvan los patrones de acción y reacción grabados en él hasta quedar inmerso en la Meditación.

Nosotros, los Biomecas Tendencias de la mente

Lo no consciente

Solemos olvidar que nuestra inteligencia es una propiedad emergente que

proviene de una inteligencia que la precede evolutivamente. Al decir que la

precede, la linealidad de nuestros procesos mentales suele ubicar automáticamente a la actual consciencia humana en un plano superior y más complejo que aquello que entiende como “anterior” y “por debajo”. Llamamos “inconsciente” y “ciega” a toda inteligencia que el cerebro humano no pueda traducir, explicar o imaginar en términos conscientes. El nivel racional y consciente de sí mismo se concibe como la inteligencia más alta y compleja del universo, lo cual, si se piensa seriamente sólo por un instante, es algo tan absurdo que lleva a la pregunta de cómo es posible que semejante idea se sostenga. Dicho más rigurosamente, ¿qué clase de discurso o conversación cerrados sobre sí mismos permite que tal afirmación tenga sentido?7

Otras direcciones del pensamiento no dudan de la existencia de una inteligencia mucho más compleja que la humana, ya sea bajo la forma personalizada de una superconsciencia divina o, de manera más abstracta, como una sucesión de niveles supraconscientes de distintos grados de complejidad. Sin embargo, estas tradiciones—hasta cierto nivel, por lo menos —imaginan implícitamente a esta superconsciencia como una ampliación al infinito de la consciencia humana y no como una inteligencia de características inimaginables para nosotros y que por eso mismo sigue caminos que no

tienen ninguna congruencia directa con la autoconsciencia que conocemos.

Es de extrema importancia que nos percatemos que hemos puesto a los procesos conscientes y la consciencia de “sí mismo” como el logro máximo de la evolución. Es una creencia muy común decir que el universo llegará a ser consciente de sí en algún momento por nuestro intermedio y que ésta es incluso la meta de la evolución. Este tipo de creencias son bastante sospechosas por cuanto es evidente que nos otorgan un protagonismo central en el esquema de las cosas. Que los procesos autoconscientes sean sólo una bifurcación funcional de la inteligencia destinada a articularse en sistemas mucho más vastos es algo que no solemos considerar.

Pero más allá de discusiones que podrían ser tachadas de metafísicas, estos supuestos tienen consecuencias muy directas para la maduración de la inteligencia en nosotros.

cualquier idea ha sido generado microsegundos antes de que ésta se manifieste como tal en el nivel consciente. El procesamiento inteligente de la información en los niveles sinápticos, neuroquímicos y cuánticos del cerebro es claramente anterior a la formulación consciente de sus contenidos, tanto en el nivel de las imágenes como en el verbal. Esto quiere decir, sin sombra de

duda, que hay actividades que nosotros llamamos “ciegas” o “inconscientes”

que expresan una inteligencia más compleja que la consciencia que es consciente de sí. Como ya ha mostrado Bateson con gran claridad, esta última es sólo “la pantalla de la computadora”. Cualquiera de nosotros sonreiríamos tiernamente si una pantalla afirmara orgullosa que es la parte más compleja y evolucionada de los sistemas cibernéticos.

La inapreciable contribución de Jung a la mente contemporánea es su enorme valoración de los procesos inconscientes y la clara afirmación de que todo

incremento en la inteligencia sólo puede producirse en la medida que el nivel consciente se disponga a establecer una nueva y más rica relación con lo no consciente. Él mostró con gran claridad de qué manera el nivel consciente se

opone o resiste a los contenidos no conscientes, negándose sistemáticamente a valorar e incluir en su procesamiento de información aquellos que provienen en forma directa de esa dimensión. Esto es, no simplemente a través de interpretaciones o racionalizaciones que supuestamente conviertan a todo lo inconsciente en consciente, sino aprendiendo a sumergirse y dejarse

impregnar sabiamente por ellos. Para que la totalidad del sistema opere

correctamente, el nivel consciente debe tener muy en claro sus limitaciones funcionales a fin de permanecer abierto ante el flujo de información que tarde o temprano refutará sus construcciones. Los niveles de inteligencia que

construyen deben estar al servicio de aquellos que exploran, sondean, registran, resuenan y se vinculan con aquello que está más allá de lo construido.

Este es el mensaje profundo de todas las tradiciones sapienciales o visionarias a través de la historia. Sin embargo, como este proceso aparece bajo la forma de entrega a la divinidad, a los dioses, al alma, a los ángeles, a los espíritus o a lo que fuera, no queda clara la relación entre el nivel consciente y aquello que no lo es en el cerebro. Esas figuras (alma, dios) son inconscientemente concebidas a imagen y semejanza de la identidad consciente, sólo que “superiores”. Sólo después de que el cerebro—no la persona—se ha percatado que todas esas entidades y divinizaciones son constructos o correspondencias adentro–afuera (proyecciones, símbolos, arquetipos,

condicionamientos, traducciones, etc.) bajo las cuales aparecen los niveles de información más complejos, puede empezar a aclararse la posición del nivel consciente en el proceso de florecimiento de la inteligencia en el ser humano (ver El despliegue de las epistemologías).