Si todos estos descubrimientos eventualmente se consolidan, se van dando las condiciones para un salto epistemológico decisivo en la evolución de los sistemas nerviosos. En un destello, puede verse que existe un nivel de la inteligencia para el cual la cadena de acontecimientos se produce en función
de la revelación de los significados, y no a la inversa. Súbitamente
comprendemos que, para que la inteligencia madure, al organismo que percibe
tienen que sucederle determinados hechos cuyos desenlaces, aparentemente incontrolables, le demuestren que la realidad no es lo que hasta entonces suponía.
Este es un contexto muy difícil de sostener dado que los acuerdos colectivos no lo validan (ver El despliegue de las epistemologías). Si la indagación es realmente seria, este es el momento en el que deberemos prestar atención a aquello que las tradiciones orientales han denominado “karma”, mucho más allá de las superficialidades acerca de este concepto y las cristalizaciones a las que se encuentra adherido.
La progresiva capacidad de reconocer patrones y de autopercibirnos
imbricados en lo que sucede nos revela que, en la telaraña de acciones y
reacciones aparentemente inconexas de los acontecimientos, se encuentra
implicada una trama estructuralmente ligada al organismo que participa de ellos.
Como hemos subrayado repetidas veces en todos estos artículos, la tradición occidental de la mente tiene enormes dificultades para dar el salto epistemológico que le permitiría considerar seriamente la relación entre el observador y lo observado. La mecánica cuántica y la psicología (esta última a través del concepto junguiano de sincronicidad) se encuentran a las puertas de este salto. Sin embargo, éste aún no se ha realizado.
Si realmente se ha producido el insight que nos revela que la comprensión del significado es mucho más importante que la obtención del resultado, la atenta percepción del entretejido de relaciones de las cuales participamos se convertirá progresivamente en el centro de nuestro interés. Si la trama vincular deja de ser un conjunto de objetos para un sujeto y se convierte en un continuo y transformador flujo de información, tarde o temprano reconoceremos en ella la presencia de patrones estructuralmente ligados al observador.
que las tradiciones orientales comprendieron hace mucho tiempo es que los acontecimientos que vivimos están estructuralmente atados a la necesidad de comprender los entramados que la consciencia aún no comprendió.
Las consecuencias inevitablemente conflictivas de los profundos supuestos separativos desde los cuales percibimos y actuamos se hacen presentes en cualquier situación. Esto puede parecer, al principio, una cuestión meramente individual, pero es evidente que el contexto separativo de la percepción y sus sufrientes consecuencias atañen al estado de la mente humana en su conjunto, y no a una persona en particular.
Apenas el cerebro profundice en esto, verá claramente que, en ese sentido, todo lo que sucede es kármico. Todo lo que sucede obedece a una cadena de
acciones y reacciones evolutivas y colectivas que revelan la omnipresencia subyacente de la ignorancia, la falsedad y la ilusión, es decir, de las capas
profundas de supuestos necesariamente fragmentarios, acumulados a lo largo de la historia planetaria.
A partir de cierto nivel de inteligencia y sensibilidad, el contexto básico desde
el cual se origina cualquier acontecimiento es aquel que permite esta revelación. Esto no es nada fácil de soportar, por cuanto tarde o temprano se
revelará para la consciencia la verdadera magnitud de nuestra ignorancia, con la inmensa carga de sufrimiento innecesario que brota de ella.
Desde este punto de vista, la persona, en tanto resultante particular de los acuerdos sociales, se mueve en el plano de los acontecimientos, pero los niveles profundos de la inteligencia viven en un mundo de significados. La mente orientada hacia lo externo está interesada en el control de los eventos, gracias a su relativa capacidad de dar significados en función de los resultados deseados (mente subjetiva–objetiva o tecnológica). La mente en sus niveles más profundos está, en cambio, sumamente interesada en el mundo de los significados porque ese es su mundo.
Vive allí en el sentido de que no tiene ninguna dependencia directa del
resultado de los acontecimientos que el organismo necesariamente debe experimentar para que los significados se revelen.
Más allá del tipo de consciencia que nace y muere atrapada en el torrente de los deseos y los eventos, el cerebro humano se descubre sintonizado con otra inteligencia incomprensible para la anterior. Para esa sensibilidad, el
significado es anterior a lo concreto. Lo que llamamos “concreto”, a ella se le
La naturaleza mental de la realidad se revela así con toda su potencia.
Cuando este insight se produce, el plano de la mente ha dejado de ser el de la abstracción, construcción y manipulación de los objetos, para convertirse en una contundente realidad per se. Cuando en este contexto decimos “mente”, no nos estamos refiriendo al conjunto de ideas, pautas y sensaciones
generadas por la experiencia con las que los cuerpos reaccionamos de
diferentes maneras, sino a la matriz de significados posibles para el cerebro humano (ver En el interior de la mente).
Vemos, en un destello, que el universo material y concreto se ha desplegado hasta generar un tipo de mente (la humana) capaz de conocerlo objetivamente, pero que al mismo tiempo existe una realidad mental que se ha exteriorizado como mundo. Dos procesos diferentes, aunque profunda y complejamente relacionados.
Cuando esto sucede, en ese organismo se ha producido la clara distinción entre dos tipos de inteligencia: la que evoluciona a través de las formas y la