Estamos diciendo, entonces, que los distintos discursos, conversaciones, creencias, ideologías, polémicas y tendencias mentales que podemos registrar a lo largo de la historia se encuentran todos ellos implicados—latentes—en la Matriz de la Mente.
La discusión entre Platón y Aristóteles, por tomar un ejemplo, recorre la historia humana reapareciendo una y otra vez bajo infinitas variantes. Podemos llamarla una discusión original. Pero Platón y Aristóteles, como seres humanos concretos, son sólo los vehículos de exteriorización de esa articulación mental, la cual es muy anterior a ellos en el plano de la Mente (en el sentido de que es atemporal). Tarde o temprano, algún ser humano “tenía” que pensar esas ideas en oposición, del mismo modo que, dada la estructura del universo originada en el Big Bang, tarde o temprano alguna estrella “tenía” que generar los átomos de litio o los de bario.
Platón y Aristóteles aparecen “casualmente” uno al lado del otro en el espacio– tiempo, pero en realidad ellos son la respuesta a un movimiento de la Mente que se manifiesta a través de individuos y grupos particulares cada vez que las condiciones históricas permiten su exteriorización. Esos seres humanos actualizan lo implicado en el océano y encarnan su forma primera. (Esta forma es primera en tanto que es colectivamente nombrada y recordada. Es muy posible que el diálogo entre esas dos visiones haya ocurrido otras muchas veces entre seres humanos de quienes no tenemos memoria).
Esa discusión seminal posee un enorme poder generador: palpita de vitalidad mental arborescente con una potencia tal que la llevará a ramificarse generando sucesivas variantes del mismo tema, reapareciendo una y otra vez en distintas épocas y lugares.
Pero, a medida que la discusión seminal (o confrontación generadora) se ramifica, va perdiendo potencia y tarde o temprano será inevitable que sus significados empiecen a cristalizarse. La discusión original es extremadamente creativa—incluso, es capaz de generar condiciones propicias para la exteriorización de semillas aún más complejas que ella. Se encuentra en un
estado de alta energía y por eso se mantiene abierta y fluida. Pero, a medida
que se propaga en otros cerebros, tiende a tomar formas cada vez más definidas a causa de la fricción a la que se ven sometidos los contenidos mentales. Un proceso secundario impone sus condiciones a la actividad mental original: reproducción, copia, toma de posición, antagonismo, competencia,
defensa, ataque, etc. Los mecanismos de la mente animal humana se hacen
presentes e inhiben la apertura y fluidez del origen, fijando posiciones cada vez
más cerradas hasta convertirse en estáticas.
La eclosión original da lugar a toda la estructura implicada en ella, pero ésta se exterioriza a través de una larga cadena de acciones y reacciones concretas. A partir de determinado momento, las controversias implicadas dejan de ser
descubrimientos, para convertirse en imitaciones o reproducciones. Las
sucesivas copias se repetirán de manera cada vez más mecánica hasta dar lugar a una maraña de interpretaciones derivadas, entre las cuales el impulso creativo se estancará inevitablemente (ver Qué es mapear).
Podríamos decir que el Océano de la Mente rebalsa súbitamente y se exterioriza en una primera conversación. En esta fase, los contenidos mentales tienen el carácter de la revelación y la textura del insight (ver Tendencias de la mente). Las discusiones son abiertas y creativas, generadoras—aún no existe posición alguna que deba ser defendida. Toda idea se manifiesta en polos cuya altísima actividad magnética y creativa puede revelar múltiples diferencias altamente fluidas. Ninguna de ellas se ve obligada a cristalizarse en su opuesto excluyente.
Pero, tarde o temprano, la acción de la memoria, los intentos de reproducir la conversación lejos de su nivel de energía original, y las sucesivas repeticiones convertirán a los polos de la relación creativa en posiciones cada vez más cristalizadas que la transformarán en un discurso. Es decir, en una estructura dialógica precodificada, copiativa, que se repetirá en forma completa o segmentada en los seres humanos que la encarnan. Los seguidores (quienes siguen la conversación original) le superpondrán argumentaciones sucesivas de finalidad exclusivamente defensiva. El diálogo se fijará en posiciones cada vez más reactivas hasta convertirse en mecánicas, y éstas se recrearán como opuestos argumentativos mutuamente necesarios pero que habrán perdido toda capacidad de confrontar creativamente. Ya no se escucharán a sí mismas, dejarán de interpenetrarse y en consecuencia no podrán generar jamás un salto de dimensión (ver Qué es mapear). A partir de allí, el interlocutor y el antagonista se encuentran implicados en el nivel del discurso y éste sólo necesita de individuos con determinadas características mentales para encarnar una y otra vez en distintos tiempos y lugares. El antagonismo de los discursos es algo muy distinto a la confrontación creativa propia de la
conversación original.
prácticamente indetenibles y se reproducen a sí mismas a través de millones de conversaciones derivadas.
Este mar de conversaciones mecánicas rebalsa de posiciones, discursos y tendencias mentales de una naturaleza por completo diferente a la del Océano, pero también muy distinta a la conversación original que tiene la luminosidad propia de la entrega de aquellos humanos al Océano.
Cada vez que el cerebro opera en el estado de energía propio de una discusión original, pueden generarse nuevos contextos y dimensiones. En ese estado, permanece intacta la creatividad explosiva del origen atemporal de la conversación. Las diferencias angulares implicadas en la Matriz contrastan creativamente entre sí y abren dimensiones nuevas; los contextos se amplifican y hacen posible la exteriorización de semillas aún más complejas.
Pero los sucesivos diálogos en los que va encarnando el árbol implicado en la semilla original se encuentran cada vez más lejos del manantial y, tarde o temprano, imprimirán a la conversación la opacidad inherente al deseo de tener razón.
Apenas este anhelo se hace presente en una conversación, ésta se cristaliza en posiciones: es el momento en el que los humanos nos alejamos para siempre de la revelación porque pretendemos apropiarnos de la actividad del Océano. En este punto, el impulso de imponer un sello propio y reconocible a la fuente creativa suele hacerse irrefrenable.
Este anhelo de apropiación y reconocimiento desemboca en el deseo de “paternidad” de los contenidos mentales. En los casos en que éste sea suficientemente potente, podrá dar origen a un linaje mental entero, una escuela de pensamiento, una tradición que permanecerá por siempre atada al molde original.
Como todo linaje, la tradición contiene una tendencia irreductible a la primacía de la reproducción y la copia por sobre la creatividad, a la fijación y exclusión de las diferencias, transformándolas inmediatamente en opuestos y antagónicos (enemigos). Los linajes no soportan las hibridaciones. En todos ellos, la continuidad se impone a la creatividad.
Los discursos más mecánicos pertenecen a la descendencia desvitalizada de los linajes originales. Es inevitable que ésta triunfe con el tiempo porque, por fecundos que parezcan, los linajes mentales se defienden denodadamente de la actividad del Océano: el contacto con éste es una amenaza permanente
para su continuidad y relativo esplendor. Entre los continuadores y seguidores de un linaje mental, es muy poco probable que pueda manifestarse la potencia creadora original. Esos cerebros se encuentran en un estado completamente diferente de energía: en ese nivel, sólo somos reproductores que desconocemos por completo e, incluso, tememos la textura de la creación. Incluso si el Océano se manifestara entre los seguidores de la tradición, por su misma naturaleza, los linajes pondrían espontáneamente en actividad las programaciones internas que los hacen reaccionar con fuerza desproporcionada a todo aquello que amenace la continuidad del molde original. Inmediatamente, expulsan o dejan de reconocer a aquellos que se han permitido romperlo, alterarlo o siquiera cuestionarlo.