personas de la periferia
5.1.5 El escritor: una interpretación
Para entender mejor este desarrollo biográfico-literario, usamos la lógica de transformación sistematizada en el cuadrado praxeológico como instrumento
189 heurístico. Se decía que Viscarra no escribe sobre el mundo de la marginalidad, sino
desde la marginalidad. Cuenta aquello que ha visto y palpado: las desdichas y los
sufrimientos en los márgenes sociales. Frente a esta situación aparece su deseo y voluntad de interpretar la realidad para actuar en ella con una buena disposición. Solo así, según Víctor Hugo, se puede hacer frente al contexto de las calles y a los sinsabores. La pobreza socioeconómica y la marginación, según su experiencia, significa “caminar de la mano con la muerte”. Parte desde la infancia, con los maltratos recibidos por su propia madre, que lo llevó a vivir a las calles frías de La Paz. Continúa en la lucha por la sobrevivencia en la intemperie, donde para combatir el frío y el abandono comienza a beber, hasta convertirse en un alcohólico. Como posible respuesta para aliviar en algo esa “mala vida”, apela a su consciencia y a los conocimientos que tiene, que ha logrado acumular de diferentes formas (escuela, iglesia, política) y viviendo días duros, los cuales le ayudan a ver el sentido de su vida. Una posibilidad es reinventarse, usando para ello la literatura y dando lugar a los sentimientos como el amor. Esta consciencia demanda asombro, coraje, búsqueda. Toma conciencia del valor que eventualmente podría tener la literatura. Del mismo modo, toma consciencia de su comportamiento moral. La buena disposición que tiene el autor se resume en actuar para hacer frente al contexto de las calles.
Desde que comenzó a vivir a los “doce años” en las calles de La Paz y hasta los “cuarenta y cuatro años” ha logrado “sobrevivir” a como dé lugar. Ha pasado la mayor parte de su vida en las calles como un “perrito abandonado”, ha logrado escribir sus memorias, su literatura. Vivir para él ha sido como un lento aniquilamiento. Sobrevivir para él ha implicado ingenio, creatividad, precaución, cuidado, astucia. Pero en los márgenes, el hecho que se despierte vivo al día siguiente pareciera ser un milagro.
Siempre buscó algo más en la vida189. A veces no le quedaba más alternativas que continuar viviendo y buscando: “...ya no sé qué putas es lo que estoy buscando” {2007: 136}. Como la vida no le ha dado nada bueno, siente la libertad de ironizar la moral, las buenas costumbres, las creencias religiosas. Su buena disposición es “reconciliarse con Dios y con el diablo” {2001: 116}. Además, no porque esté revolcado en el fango de la miseria, pierde su dignidad. De ahí surge la necesidad de hacerse justicia, la opción política y religiosa en un sentido crítico (ver su reflexión sobre Jesucristo: “El muerto mal asesinado” {2001: 74-77}); el derecho a la vida sexual, aunque él mismo juzga que a veces se le niega.
189 “Los ojos ya no son los de antes, y de canas se han poblado nuestras cabezas. Nuestros labios ya no son los de antes, y los años vividos nos pesan de tal manera en las espaldas que aunque ya no nos metamos ni con Dios ni con el diablo, siempre seremos los mismos anónimos de antes.” {2007: 14}
190 Su objeto deseado es la significación (como un ser humano y socialmente). Esto pasa por una valoración como escritor, pero en el fondo busca ser reconocido como persona, con todas sus contradicciones y virtudes. Eso es a lo que le impulsa su propia consciencia, pero, además, cierto capital cultural y simbólico: la literatura y otros saberes. Piensa en él mismo, en su propio bien, pero además en el bien que tal vez puede hacer a las personas quienes le conocieron como persona y escritor (ver: “Testamento” {2001: 113-116}). Cuenta para realizar sus planes con la escritura, con su vida y su moral. Pero aparecen las dificultades para estos propósitos, las condiciones en las que vive o malvive en la intemperie y el alcoholismo.
5.2 Los “k'epiris” en las crónicas de Viscarra (pre-
compresión)
En la última obra que publicó Víctor Hugo Viscarra, incluye un cuento sobre un personaje típico de las calles, de los mercados de la ciudad y los márgenes paceños: “El k'epiri” {2005: 55-65}, Viscarra en esta obra es más consciente de su “rol” como escritor {cf. Martínez 2011: 78}. En Borracho estaba, pero me acuerdo: memorias del
Víctor Hugo, Viscarra cuenta sobre los k'epiris {2002: 25-27}. Los conoce bien,
después de décadas de vivir en las calles y compartirlas con ellos. Pero el k'epiri del cuento es una recreación que el autor hace de este personaje. Nosotros lo estudiamos como una propuesta de subjetividad de Viscarra y de la literatura periurbana de Bolivia.
A continuación, nos referimos a una descripción de los cargadores, que Viscarra desarrolla en crónicas sobre las calles de La Paz (pre-comprensión). Después, en el siguiente apartado, seguimos con el análisis del cuento El k'epiri, que es la propuesta ficcional de Viscarra sobre el personaje (configuración).
Según Viscarra, los “k'epiris” son conocidos también como “aparapitas”, “cargadores”, “Chaymantas” y otros apelativos. Son migrantes campesinos que vienen de “pueblos perdidos” del altiplano. Trabajan cargando bultos y otros fardos pesados, que incluso superan el tamaño de sus cuerpos, para lo cual usan un lazo de cuero que llevan colgado al hombro y un mantel de saquillo, que se ciñen a su cintura. Como calzado usan unas abarcas hechas de llantas viejas. Debido a la inclemencia del tiempo y la frecuente transpiración, tienen sus pies curtidos y sus dedos abiertos {2002: 25-26}. Generalmente, no hablan con nadie y permanecen en silencio. Usan ropas remendadas, las que recosen ellos mismos y lavan en algún río cercano (como en el río “El Chume” de la zona de San Jorge de la ciudad de La Paz). Duermen en las
191 calles, en los tambos, sobre las tarimas de los vendedores o de lo contrario vagan toda la noche190. Se les puede hallar en mercados populares (en el pasaje
Tumusla, Mercado Rodríguez o Uruguay), plazas, cantinas, calles concurridas o en esquinas. Para soportar el frío se juntan y se dan calor, conversan, ingieren alcohol, que siempre portan en pequeñas botellitas de plástico. Usan cartones viejos como colchón. En la madrugada, cuando el frío es más intenso, hacen fogatas en el basural {2002: 27}. Gastan en trago todo lo que han ganado cargando. “Ellos también ganan un buen quivo [dinero], pero como toda su plata se la tiran en farras, no les queda ni para comprarse coca”. O gastan su dinero en organizar una fiesta para ser reconocidos en su pago: “Conocí a un k'epiri que trabajó como mula durante dos años y después volvió a su pueblo para pasar un preste191” {2002: 25}. La hoja de
coca es su principal alimento. A veces se apropian de los bultos que les han encomendado192. Hay k'epiris que tienen hijos policías que se avergüenzan de ellos.
Viscarra, además, se refiere a la vida sexual de los cargadores: algunos no tienen experiencia sexual, otros tienen más de una mujer y también hay aparapitas homosexuales193.
Los k'epiris son personas despreciadas por el común de la ciudadanía y frecuentemente golpeados por los guardianes de la ley o los “uniformados”: “Casi no hay q'epiri que no hubiera recibido una retada o una pateadura de parte de los
tombos [policías]” {2002: 160}. La vida de un k'epiri es de sufrimiento y a la vez de
paciencia/resistencia ante las desgracias. Por eso el autor los compara con aquellos —o más bien compara a estos con k'epiris— que han sido condenados a trabajos forzados y a torturas; con quienes reciben tratos indignos y deshumanizantes, y no
190 “En muchas calles, especialmente en la avenida Buenos Aires, es normal ver por la noche a varios aparapitas sentados en las puertas de calle con sus manteles a manera de poncho, pijchando [masticando] coca, sin mirar ni hablar con nadie, y así estarán hasta que amanezca” {2002: 26}.
191 “Pasar preste” quiere decir cubrir los gastos de la celebración de una fiesta religiosa, práctica muy común en los Andes de Bolivia.
192 “Otro amigo, oriundo de un pueblo perdido en el altiplano, trabajaba desde el amanecer en el mercado Rodríguez y tiene la mala costumbre de descuidar a las señoras cuyos bultos carga, y desaparece con ellos. Que yo sepa hasta la fecha no lo han pescado. Son los fines de semana, cuando el mercado se llena de gente, que más hace llorar a las viejas.” {2002: 25}
193 “Una noche que el tambo estaba casi vacío, mientras dormía en un rincón, desperté al sentir una especie de jadeo que venía del lugar en que el Chaymanta y el Mallea estaban. Disimuladamente me di vuelta y vi que los dos garchaban [fornicaban] al toca-toca. Era sabido que ninguno había conocido mujer, y a causa de su ingenuidad en cuanto a lo sexual, cohabitaban entre ellos” {2002: 26}. “Hay k'epiris que nunca en la vida han conocido mujer y que, sin necesidad de hacer votos de castidad, se mantienen célibes hasta la muerte. Cuando charlaba con ellos, parecían tenerme envidia de las hazañas eróticas que les contaba, las cuales suponían increíbles ya que ellos no sabían cómo era tener relaciones íntimas con mujeres. Alguien me contaba que la mayoría de los aparapitas tienen relaciones sexuales sólo con ovejas o vacas. No quiero decir con esto que todos los k'epiris sean cartuchos [célibes], porque también hay otros que tienen hasta dos mujeres, que viven de lo que ellos ganan en el mercado” {2002: 26- 27}.
192 saben si saldrán vivos o muertos de tan despiadada forma de vida {cf. 2002: 25-27; 160-161}194.
Tenemos una pre-comprensión del personaje de acuerdo a lo que el autor ha constatado. A partir de estos datos de cargadores más reales que literarios, Viscarra va a componer (configurar) su cuento que ahora estudiamos.