clásica: el 'pobre' en Gustavo Gutiérrez
3.4 Otros temas teológicos en Gutiérrez a partir del 'pobre'
3.4.4 La subjetividad del teólogo: una teología reflexiva
La subjetividad del teólogo se construye en relación a la subjetividad del pobre. Al reconocer al pobre como “sujeto” el teólogo redescubre su propia humanidad. Hablamos entonces, siguiendo a Gutiérrez, de la espiritualidad del teólogo y su adhesión al proyecto de los pobres.
“[...] si yo tengo hambre, ese es un problema material; si otro tiene hambre, ese es un problema espiritual” (Nicolas Berdiaeff ―citado por Gutiérrez {1983: 155, nota a pie 24}). El teólogo está situado frente al otro y a sus necesidades. “No es mi cuerpo, sino el cuerpo del pobre —el cuerpo débil y desfalleciente del pobre— el que hace entrar lo material dentro de una perspectiva espiritual” {1983: 154}. Tiene una actitud de servicio, es sensible a los padecimientos y atento a lo que puede hacer como pastor. “El hambre, la justicia, no son sólo cuestiones económicas y sociales, son más globalmente cuestiones humanas y desafían en la raíz nuestra manera de vivir la fe cristiana” {1980 [1979]: 381}. Gutiérrez se pregunta:
¿De qué manera hablar de un Dios que se revela como amor en una realidad marcada por la pobreza y la opresión? ¿Cómo anunciar el Dios de la vida a personas que sufren una muerte prematura e injusta? ¿Cómo reconocer el don gratuito de su amor y de su justicia desde el sufrimiento del inocente? ¿Con qué lenguaje decir a los que no son considerados personas que son hijas e hijos de Dios? {1986a: 18-19}116
pobres con Cristo: “los Cristos azotados”, y de ahí obtiene consecuencias evangélicas y espirituales, lo que lo diferenciaba en el siglo XVI de otros teólogos que permanecían en el nivel solo filosófico y jurídico, olvidando por completo al ser humano de sudor y sangre que sufría la persecución y la opresión {1989: 157-158}. 115 Dicho sea de paso, con el trabajo sobre La Casas, el teólogo peruano pretende saldar una deuda que tiene y
que muchos le han criticado: la ausencia en su TLP de los pueblos originarios. En el tiempo en que Gutiérrez escribe su TLP y otros libros, el surgimiento de los pueblos originarios como un movimiento social importante aún no estaba maduro (sobre el surgimiento de los movimientos indígenas en Latinoamérica véase: Bengoa 2007).
114 Son las preguntas que se hace el teólogo exigido por la preocupación por los oprimidos. Son los interrogantes con los que empieza su teología. Su teología es un intento por dar respuestas a estas preguntas, que vienen de lo que ha constatado en la vida real. Con esta preocupación por el otro, quien sufre el peso de la dominación, el quehacer teológico adquiere una connotación espiritual. Hacer este tipo de teología, comprometida, revela, según Gutiérrez, la espiritualidad del teólogo. “La experiencia espiritual es el terreno en que hunde sus raíces una reflexión teológica. La comprensión intelectual permite profundizar el nivel de la vivencia de la fe que siempre es previo y fontal” {1983: 60}. También dice: “En definitiva toda auténtica teología es una teología espiritual. Esto no enerva su carácter riguroso y científico. Lo sitúa” {1983: 61}.
La espiritualidad se ubica en la “experiencia cristiana”, terreno de la práctica, desde y sobre la cual se reflexiona teológicamente a la luz de la fe {1983: 61, nota a pie 7}. La espiritualidad “es como el agua viva que surge del fondo mismo de la experiencia de fe” {1983: 62}. Por eso la reflexión teológica solo adquiere su sentido completo en el “seno de la Iglesia y al servicio de su vida y su inserción en el mundo” {1983: 63}. Gutiérrez nos habla de la contemplación. Que es un ejercicio que él hace y que considera importante para hacer teología. Está muy ligado, sugiere, a su espiritualidad y compromiso117. Por eso afirma que hay contemplación en el
encuentro con Dios en la “obra de amor”: ¿cuándo te dimos de comer? La obra de amor implica una “entrega personal” y “no se limita solo al cumplimiento de un deber”.
Amor concreto y auténtico por el pobre que no podrá darse fuera de una cierta pertenencia a su mundo, y sin lazos de verdadera amistad con quienes sufren el despojo y la injusticia. La solidaridad no es con el «pobre» en general sino con personas de carne y hueso. Sin amistad, cariño, sin ternura —¿por qué no decirlo?— no hay verdadero gesto solidario. De otro modo se cae en la impersonalidad y la frialdad, incluso bien intencionada y marcada por es amor y que ese amor nos hace a todos hermanos y hermanas”, cuando entre hermanos hay quienes explotan {1980 [1979]: 354}. En otra parte igualmente dice: “En el contexto latinoamericano podemos preguntarnos ¿cómo agradecer a Dios el don de la vida desde una realidad de muerte temprana e injusta? ¿cómo expresar la alegría de saberse amado por el Padre desde el sufrimiento de los hermanos y hermanas? ¿cómo cantar cuando el dolor de un pueblo parece ahogar la voz del pecho?” {1983: 19}. En las conclusiones del estudio sobre Job escribe: “Se trata, para nosotros, de encontrar un lenguaje sobre Dios en medio del hambre de pan de millones de seres humanos, la humillación de razas consideradas inferiores, la discriminación de la mujer en especial aquella de los sectores pobres, la injusticia social hecha sistema, la persistente y alta mortalidad infantil, los desaparecidos, los privados de libertad, los sufrimientos de pueblos que luchan por su derecho a la vida, los exiliados y refugiados, el terrorismo de diverso signo, las fosas comunes llenas de cadáveres de Ayacucho. No es un tiempo pasado, es —desgraciadamente— un cruel presente y un tenebroso túnel en el que aún no se ve salida” {1986a: 184}.
117 “Kontemplation und geschichtliches Engagement sind unverzichtbare und wechselseitig aufeinander bezogene Dimensionen der christlichen Existenz” {1986 [1984]: 48}.
115 una aspiración a la justicia, que el pobre concreto no dejará de percibir. El verdadero amor no se da sino entre iguales, «porque el amor hace semejanza entre lo que ama y es amado». Y esto supone capacidad de acercamiento y toque personal. {1983: 157-158}
En su estudio sobre el libro Job el teólogo señala: “La mediación del silencio, de la contemplación y de la práctica, es necesaria para pensar a Dios, para hacer teología. Este será un pensar enriquecido por un callar. A su vez, ese hablar reflexionado alimentará y dará nuevas dimensiones al silencio de la contemplación y la práctica” {1986a: 18}. “Silencio místico” y, a la vez, lenguaje teológico para comprender ese silencio y comunicarlo.
Siguiendo, luego, las reflexiones de Juan de la Cruz, dice: “La espiritualidad no se restringe a los aspectos, así llamados, religiosos: la oración, el culto. No es algo sectorial, sino total. Se trata de toda la existencia humana, personal y comunitaria, que se pone en marcha. Es un estilo de vida que da unidad profunda a nuestro orar, pensar y actuar” {1983: 134}. Además, “ninguna espiritualidad puede pretender ser la manera de ser cristiano. Se trata sólo de un camino entre otros”. Es la senda del seguimiento de Jesús, una “aventura colectiva”118, sin suprimir la “dimensión
personal”. Le da más bien su “verdadero sentido” como respuesta a la “con-vocación del Padre”, en el que está la “verdad completa” al que nos conduce el “soplo del Espíritu”, siguiendo a Cristo {1983: 136}. En cuanto a la “soledad”119, sería los
momentos íntimos y necesarios para la reflexión.
Refiriéndose a una “espiritualidad liberadora”, menciona el tema del perdón.
Perdonar es no fijarse al pasado, es creer en la posibilidad que poseen las personas para cambiar y retomar el sentido de sus existencias. El Señor nos pide no tener «ojo malo» petrificador de personas y de realidades siempre en movimientos, porque él es bueno, confía y está abierto a lo nuevo (cf. Mt. 20, 15). La capacidad de perdón es forjadora de comunidad. {1983: 150}
“El perdón implica olvido, cancelación de un pasado de muerte e inicio de un nuevo momento marcado por la vida” {1983: 151}. Quien perdona libera y se libera (ver: parábola del “Hijo pródigo” [Lc 15: 11-32]). Reconoce su propio pecado y confía en el otro, le permite que emprenda un nuevo proceso que tendrá buen término. Le descarga y le deja ir sin ataduras. “Amar gratuitamente a alguien es no sólo amar lo que es, sino también lo que se es capaz de ser, es confiar en él” {1986b: 72}.
118 “La espiritualidad es una aventura comunitaria. Paso de un pueblo que hace su propio camino en seguimiento de Jesucristo a través de la soledad y amenazas del desierto. Esta experiencia espiritual es el pozo del que tenemos que beber.” {1983: 204}
119 A veces la solidaridad con los demás implica la soledad, el aislamiento. No obstante, esa soledad puede ser un “medio privilegiado para percibir el profundo sentido de la comunidad eclesial” {1983: 143}.
116 Hablar de “espiritualidad liberadora” implica igualmente hablar de caridad.
La verdadera caridad busca partir de las necesidades concretas del otro, y no de nuestro «deber» de practicar el amor. La caridad es respetuosa de los demás (cf. 1 Cor. 13), y por eso mismo debe arrancar de un análisis de su situación y sus requerimientos. Las obras en favor del prójimo no se hacen para canalizar energías ociosas u ocupar personas disponibles, sino porque el otro tiene necesidades y urge atenderlas. Muchas de esas necesidades en América Latina se hallan, al presente, al nivel de la más elemental supervivencia física.” {1983: 162}
Ese es el sentido de la opción por los pobres y la gratuidad. Como Dios lo ha hecho por cada uno de nosotros: “Hemos sido hechos por amor y para amar. Por eso sólo amando podemos realizarnos como personas, es así como damos respuestas a la iniciativa de amor de Dios” {1983: 164}. Amar al pobre es optar por uno mismo y amarse a sí mismo. Esa es la “experiencia de la gratuidad” y del ser “eficaz en la historia” {1983: 170}. “La alegría surge así como resultado de la esperanza de que la muerte no es la última palabra de la historia” {1983: 177}.
Gutiérrez al mencionar el tema de la espiritualidad habla de sí mismo como creyente, luego como teólogo, capaz de elaborar un lenguaje que comunique el amor de Dios y el compromiso con los que padecen. En su habitus aparece la creencia en el “Dios de la vida” y la experiencia positiva de la esperanza. En el libro Beber en su propio
pozo... (1983), el “pozo” es el pueblo, su cultura, sus luchas, su fe. Su teología es una
oración y una confesión. “Sin «cantos» a Dios, sin acción de gracias por su amor, sin oración, no hay vida cristiana” {1983: 19}.
En resumen, Gutiérrez realiza una reflexión de su propio quehacer y de su persona como creyente. Nos presenta una teología reflexiva. La teología para el teólogo se torna, según señala, oración y denuncia. La teología en Gutiérrez es un lenguaje para dar esperanzas.