2.3 El Género Discursivo
2.3.2 El estilo Se refiere a la “selección de los recursos léxicos,
fraseológicos y gramaticales de la lengua” (Bajtín, 2009, p. 248). Este momento, de los tres, es el que se relaciona de manera más directa con la retórica. Aunque una alteración en el contenido temático y en la composición pueden ser artificios retóricos, el estilo se refiere específicamente a la posición que se ocupa entre dos extremos: por un lado, los estilos estandarizados definidos por alguna forma de codificación y, por otro lado, los estilos individuales, que pueden considerarse desvíos de la codificación. Entre estos extremos se encuentran los estilos de una época, una nacionalidad o un grupo. El estilo define una tensión entre la convención y el desvío, y en ese sentido, es retórico. Para cada género hay una variedad de estilos posibles, cada uno vinculado con ciertos temas y unidades composicionales. Los estilos también pueden considerarse como subgéneros. En el caso del género de la caricatura política, puede distinguirse entre estilos temáticos, humorísticos, estéticos y políticos.
Dentro del estilo temático se encuentran el retrato caricaturizado, la caricatura de costumbres y la sátira política.
El retrato caricaturizado se centra en la interpretación fisonómica de un personaje. Una variedad de este estilo es el apunte, que consiste en la representación satírica de un paisaje o situación. Dado que este subgénero
46
corresponde a la influyente tradición desarrollada por los hermanos Carracci, suele confundirse a la totalidad de la gráfica satírica con el retrato caricaturizado. Otra razón por la cual el género suele reducirse al retrato caricaturizado radica en que éste le da prioridad al tema estético y en algunas ocasiones puede servir para dejar de lado asuntos políticos que resultarían problemáticos para el autor o sus editores. También es posible presentar una combinación del retrato caricaturizado con los otros estilos temáticos, siendo imposible discernir de qué subgénero se trata.
La caricatura de costumbres, también conocida como critique d’moeurs o caricatura social, plasma de manera humorística las prácticas cotidianas a través de personajes estereotipados y sus rasgos culturales asociados, como el habla y los escenarios donde suelen moverse así como las situaciones arquetípicas en que participan. Usualmente su crítica se dirige a la moralidad de la sociedad en una época, aunque también puede servir como táctica para disimular un señalamiento de carácter político, cuando el régimen político no permite demasiadas libertades.
La sátira política corresponde a una de las dos tradiciones principales del género. Hace referencia a situaciones directamente relacionadas con la clase política en sentido estricto y con el ejercicio del poder en sentido amplio. Temas como la sexualidad o el deporte pueden tener tratamientos que les permitan encontrarse dentro del registro de lo político.
Identificados como estilos políticos se encuentran los estilos oficialista, crítico, de combate e indefinido.
Las caricaturas oficialistas se definen por su apego a la versión sostenida por el Estado, ensalzando las virtudes del sistema político o bien, atacando a los críticos del régimen. Sin embargo, es muy raro que un caricaturista admita una identificación con este subgénero.
El estilo crítico asume una perspectiva relativamente independiente, sin tomar partido por ningún actor político y manteniéndose dentro de los márgenes de lo establecido en el género, respetando los temas tabú de su época. Aunque critica a todos por igual, no suele cuestionar los fundamentos del sistema político y económico. La mayoría de los caricaturistas asumen que practican este subgénero.
47
La caricatura de combate se ubica en una posición solidaria con los movimientos sociales identificados con la izquierda y las causas populares. Sus críticas suelen dirigirse en contra de quienes ejercen el poder desde el Estado y el Mercado. Dentro de este estilo suele recurrirse a la profanación de las prácticas discursivas y no discursivas dispuestas en los campos del periodismo y la política en un momento y lugar concretos. El caricaturista de combate puede, por ejemplo, profanar el uso estandarizado de una portada, ser irreverente con las creencias religiosas que son sagradas para la mayoría de la población, cuestionar el enfoque periodístico con que se construye la agenda noticiosa, profanar los temas tabú o simplemente auto parodiarse. Algunos caricaturistas contemporáneos se han identificado con la caricatura de combate en referencia al estilo desarrollado en el siglo XIX, aunque un mismo autor puede hacer caricaturas críticas o de combate de acuerdo a sus circunstancias específicas. Por eso, este subgénero sólo puede aquilatarse plenamente en una lectura concreta de las jugadas emprendidas dentro de ciertas ocasiones.
El estilo indefinido aparece cuando la caricatura hace a un lado cualquier referencia política, sea porque se enfoca en valores estéticos o porque consiste en la ilustración de un chiste que no alude a algún asunto de orden político. Aunque en sentido estricto no se trata de caricaturas políticas, algunos periódicos las han publicado en los espacios que les corresponden a los cartones editoriales y, en ciertas circunstancias políticas, algunos caricaturistas que practicaron este estilo se convirtieron en maestros del género durante una época.
En el estilo humorístico, las caricaturas pueden inclinarse por el chiste o el humor, ya sea blanco, sicalíptico, negro o escatológico. También puede ocurrir la ausencia de humor.
Los chistes son relatos dislocados (Morin, 1982, p. 131). Peter Berger los define como “relatos muy cortos que acaban con una afirmación cómicamente desconcertante” (1999, p. 225). Tanto Violette Morin como Berger coinciden en señalar el carácter narrativo del chiste, su brevedad y el elemento final, la “punta”, que lo dota de pleno sentido.
El chiste es la habilidad para hallar analogías entre lo disparejo y consiste en una técnica que Freud nombró “condensación con formación sustitutiva” (1979a/1905, p. 21). El chiste necesita en general la intervención de
48
tres personajes: el que lo cuenta o produce; la víctima del chiste que protagoniza lo contado y el sujeto a quien se cuenta el chiste, en quien se consuma la intención del chiste: el acto placentero (1979a/1905, pp.137-138).
Las caricaturas con un chiste de índole oral o gráfica se muestran como la descripción de una situación que condensa un relato. Esta situación incluye un final sorpresivo que la disloca (Morin, 1982, p. 131). Dado sus características estructurales, los protagonistas del chiste son intercambiables sin que se produzca la alteración de su trama. Por eso, del chiste sólo se exige la habilidad de saber contarlo o plasmarlo. Por esa razón Carlo M. Cipolla lo rechaza: “entendámonos: el humorismo chabacano, facilón, vulgar, prefabricado (= chiste) está al alcance de muchos, pero no se trata de auténtico humorismo” (1999, p. 8).
En cambio, para Peter Berger el humor es “la capacidad de percibir algo como gracioso” (1999, p. 11). Coincidentemente, Carlo M. Cipolla afirma que “el humorismo es, claramente, la capacidad inteligente y sutil de poner de relieve y destacar el aspecto cómico de la realidad” (1991, p. 8).
En El humor (1979b/1927) Freud va a destacar tres rasgos
fundamentales:
1. El carácter de exaltación, de grandeza de espíritu. El triunfo del Yo sobre las exigencias y sufrimientos de la realidad, ante las cuales no se resigna. El humor es, por tanto, opositor (p. 158).
2. El triunfo del Principio del Placer, en cuyo registro se hace entrar a lo traumático (p. 159).
3. La protección. El humorista se conduce como un padre que consuela y muestra a un hijo que la situación temida no es tan terrible. Freud atribuye esta protección al Superyo (p. 160).
Cuando Freud publicó El chiste y su relación con lo inconsciente atribuía
estos conceptos a procesos relacionados con el inconsciente. Años más tarde, en El humor, obra cercana cronológicamente a El malestar en la cultura, estaba
pensando en mecanismos que operaban en la sociedad, permitiendo mantenerla dentro de cauces de normalidad. El humor ya no sólo se relaciona con el inconsciente sino con un control ejercido por el Superyo.
Los planteamientos de Freud refuerzan la concepción de que la caricatura política no se limita a la comicidad porque no tiene como objetivo
49
primordial la risa. Su función consiste en el desplazamiento de sentimientos como la indignación y al mismo tiempo, provoca admiración ante el ingenio desplegado. Freud menciona el caso de la revista satírica alemana
Simplicissimus, cuyas caricaturas eran capaces de producir humor a costa de
la crueldad y el asco (1979a/1905, pp. 219-220), además de sugerir modos inéditos de entender situaciones políticas. La caricatura política, en tanto que denuncia de situaciones en la que nos vemos involucrados, está más ligada al humor, tal como lo define Freud.
El humor blanco exige ingenuidad por parte del lector, dejando de lado la suspicacia del doble sentido político o sexual. Además, al buscar placer y relajamiento exige un distanciamiento con interpretaciones pesimistas.
En cambio, el humor sicalíptico invita a asumir una postura maliciosa relacionada con el sexo a través de situaciones pícaras en general y particularmente de alcoba. En México, incluye especialmente el uso de albures, tanto verbales como gráficos.
El humor negro se asocia más a la función tranquilizadora del humor, tal como lo describió Freud. En lugar de la hilaridad, hay una burla cruel que intenta conducir a la reflexión.
El humor escatológico hace referencia a las funciones corporales que Bajtín describió como bajas (2003) y que están directamente vinculadas con el excremento y la orina. Tanto el humor sicalíptico, como el negro y el escatológico son productos típicos de la cultura popular.
En ocasiones la sátira gráfica publicada por la prensa carece de tratamiento humorístico e incluso de trazos caricaturescos. Pueden suceder tales casos, dentro de cierto contexto político, cuando el caricaturista intenta evitar la profanación al referirse, por ejemplo, al Presidente de la República.
Los estilos estéticos contemporáneos en la sátira gráfica son la caricatura y el mono. La caricatura está apegada al canon de representación realista y abunda en detalles y trazos correctos desde el punto de vista académico clásico.
El mono consiste en un estilo que tiende a sintetizar al máximo la fisonomía, a partir de un trazo que posee connotaciones infantiles. El desenfado del estilo profanó la idea de que la caricatura estaba reservada exclusivamente a quienes tenían habilidades en la expresión gráfica. Por esa
50
razón, en tono despectivo se les comparó con las obras de Picasso. El padre del estilo dentro del género fue Saul Steinberg.
Junto con los subgéneros, el momento estilístico exige competencia en la amplia diversidad de convenciones particulares de la caricatura así como tacto para su combinación. El arsenal de la caricatura política incluye el manejo de planos, perspectivas ópticas, efectos de luz, modalidades de aparición verbal, símbolos cinéticos, metáforas visuales, ideogramas, estereotipos, situaciones arquetípicas y una amplia lista de figuras retóricas que usualmente el caricaturista no conoce de manera sistemática, como si fuera una gramática del género. La competencia retórica del caricaturista se desarrolla a través de modelos textuales.