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A Hacer ver

4.2 El Registro de lo Político en el México de los Sesenta

4.2.3 Movimientos sociales Tomando como marco de referencia

contextual la década de los sesenta, el movimiento del 68 se nutre, desde el punto de vista político, de las acciones sindicalistas, encabezadas por ferrocarrileros y maestros, así como de las reivindicaciones agraristas. A principios de la década, las figuras prominentes eran Demetrio Vallejo, Valentín Campa, Othón Salazar y Rubén Jaramillo.

Conforme transcurrieron los años sesenta sucedieron otras acciones colectivas, como la huelga médica de 1965 y, hacia finales del período, la aparición de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria, movimiento guerrillero encabezado por Genaro Vázquez. Por su parte, las manifestaciones estudiantiles mantuvieron su presencia esporádica pero constante a través de la década a lo largo y ancho del territorio nacional.

Convergían con estas inquietudes las prédicas del obispo Sergio Méndez Arceo y sus seguidores en favor de la teología de la liberación, alentando al clero a comprometerse con los más pobres y a participar en los movimientos populares emancipadores.

El encarcelamiento del pintor muralista David Alfaro Siqueiros, a consecuencia de su confrontación con el presidente López Mateos, no fue parte de una acción colectiva, pero se convirtió en una referencia significativa para los movimientos sociales.

Por su parte, los partidos políticos con registro en la época fueron cuatro: el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Acción Nacional (PAN), el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) y el Partido Popular (PP). Éste último se declaró marxista-leninista en 1961, agregando a sus siglas la palabra “socialista”. Tanto el PPS como el PARM fueron considerados partidos paraestatales, es decir, aliados del partido de Estado.

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En tanto, el Partido Comunista (PC) y el Partido Obrero Campesino Mexicano (POCM), nacido como un desprendimiento del PC, se encontraban en condiciones de clandestinidad, sin registro y marginados como consecuencia de la campaña permanente que sostenían el Estado y la mayoría de los medios de comunicación contra el comunismo. Además, padecían las hostilidades directas del gobierno, como los ataques perpetrados contra La Voz de México, periódico oficial del PC, así como el sistemático espionaje, el

hostigamiento, el encarcelamiento y el asesinato de sus militantes. Por otro lado, el PC y el POCM se asumían como guías dogmáticos de los movimientos que los consultaban, como ocurrió con el movimiento ferrocarrilero en 1958, cuyos dirigentes en su mayoría pertenecían al PC, al POCM y al PPS. Eso los llevó a rupturas que acentuaron su aislamiento.

En 1961, motivado por la represión del gobierno contra diversos movimientos de tendencia progresista y la declaración de Fidel Castro sobre el carácter socialista de su revolución, se organizaron varios movimientos de liberación nacional en América Latina. En México se fundó el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) bajo la convocatoria del ex presidente Lázaro Cárdenas del Río, aglutinando a la izquierda mexicana más allá de las distinciones partidistas. Su propósito explícito era la defensa de la soberanía nacional contra el Imperialismo, pero también pretendía darle unidad, organización y efectividad a las fuerzas progresistas bajo la participación política institucional dentro del juego democrático. En sus filas participaron activistas políticos de perfiles disímbolos, artistas, escritores, intelectuales y universitarios. Sin embargo, al acercarse el proceso electoral de 1964 el MLN comenzó a desintegrarse, cuando Lázaro Cárdenas y Vicente Lombardo Toledano se pronunciaron de manera personal a favor del candidato del PRI, Gustavo Díaz Ordaz. Tras su desintegración, las fuerzas de izquierda volvieron a su división tradicional y algunos personajes pasaron a engrosar las filas del régimen. A pesar de ser efímero, uno de los principales méritos del MLN consistió en haber servido como fragua para la nueva generación de actores políticos de izquierda que participó a lo largo de la década.

Por su parte, algunos miembros del sector privado y el ala conservadora del PRI, encabezada por los círculos del ex presidente Miguel Alemán Valdés y el entonces secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, lanzaron el Frente

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Cívico Mexicano de Afirmación Revolucionaria, 21 días después de la fundación del MLN. A diferencia del MLN, que hacía trabajo de afiliación política en todo el país, el Frente Cívico se enfocó en la presencia mediática y la presión política sobre el presidente López Mateos.

Aparte de la política, el movimiento estudiantil del 68 tuvo un componente cultural. La principal manifestación de la brecha generacional en el período, fue la contracultura, que en México se nutrió en buena medida de las experiencias psicodélicas provenientes del mundo indígena. Los hongos alucinógenos, la mariguana, el rock, el retorno a la naturaleza y las raíces indígenas pasaron a formar parte constitutiva del mundo de los jipis, subcultura que se extendía entre los jóvenes urbanos. Para José Agustín, la contracultura se convirtió en la otra cara de la moneda del movimiento estudiantil y ambas conformaron la coyuntura de 1968 (1990, p. 262).

Al principio, los estudiantes protestaban por el aumento en las tarifas del transporte colectivo, pero a mediados de la década, ante la escasa inversión gubernamental en la educación pública, los estudiantes comenzaron a exigir más oportunidades para ingresar a la educación media y superior. Al mismo tiempo, los estudiantes de derecha se organizaban alrededor del Movimiento Universitario de Renovada Orientación (MURO), cuyos consejeros fueron expulsados de la UNAM por el rector Javier Barros Sierra. También florecían los grupos de porros, que eran utilizados por funcionarios públicos como grupos de choque contra los auténticos movimientos estudiantiles. Los porros solían ser uno de los ingredientes principales de las riñas callejeras protagonizadas por los jóvenes. El otro componente fue la consuetudinaria presencia de los granaderos, manejados con un primitivo y torpe criterio disciplinario: ir subiendo de tono el castigo hasta ablandar la subversión, tal como si se aplicaran nalgadas a un niño. Las protestas estudiantiles durante el verano de 1968 se fueron calentando hasta que, tras el bazucazo en la Escuela Nacional Preparatoria, los estudiantes crearon el Comité Nacional de Huelga (CNH) y redactaron un pliego petitorio que fundamentalmente cuestionaba el autoritarismo del gobierno mexicano. Una de las exigencias centrales de los estudiantes apuntaba a la derogación del delito de “disolución social”, instrumento jurídico creado en el sexenio de Ávila Camacho para combatir la infiltración fascista y que terminó por convertirse en el pretexto para encarcelar

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de manera discrecional a los que se les endilgara el sambenito de “enemigos de México”. Bajo esta organización los estudiantes resistieron y crecieron ante el embate de la fuerza pública y las descalificaciones de los medios de información colectiva que, como era su costumbre, los acusaban de estar manipulados, al servicio de oscuros intereses que pretendían dañar a México, usando como pruebas el uso que le daba el movimiento a las efigies de Ho Chi- Minh y el Che Guevara. Con tal propósito se usó el incidente donde los estudiantes izaron una bandera rojinegra en el Zócalo, provocando que la mayoría de las instituciones controladas corporativamente, incluyendo a la Iglesia Católica, se rasgaran las vestiduras por la ofensa infringida a la Bandera Nacional. Sin embargo, en el gobierno había desconcierto porque el movimiento estudiantil crecía sin patrones controlables, de manera orgánica, con nuevos actores y procedimientos inéditos, lúdicos, creativos, que rompían con los dispositivos con que estaban acostumbrados a pensar en las alturas, donde se ejercía el poder político de manera vertical. La reacción gubernamental consistió en someter a la Ciudad de México a un campaña de satanización y a un despliegue de fuerzas públicas, que iban desde el espionaje y la intimidación a través del patrullaje de convoyes militares hasta el encarcelamiento de la oposición, todo con el pretexto de la conjura internacional que se cernía ominosamente sobre el país y la violencia verbal de los manifestantes. Ante eso, el movimiento estudiantil demostró una vez su notable capacidad táctica y se manifestó el 13 de septiembre, portando imágenes de héroes nacionales mientras marchaban bajo un silencio absoluto.

La respuesta del Estado consistió en invadir Ciudad Universitaria, corazón del movimiento y el Casco de Santo Tomás, prohibiendo una nueva manifestación. El CNH convocó a una manifestación en el Casco de Santo Tomás el 2 de octubre, donde se escenificó una emboscada en la que participó el ejército y el Batallón Olimpia.

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