A Hacer ver
4.4 Las Regiones
4.4.5 Relaciones con el Estado y el Mercado En el México de los
sesenta, el principal lugar de encuentro entre las prácticas del Estado y el Mercado con las de la caricatura política, era la redacción del periódico.
Helioflores supone que la censura proveniente del Estado generalmente consistía en llamadas a la redacción de los periódicos para dar la orden directa de no tocar ciertos temas. Y en el periódico solían acatar con exageración ese tipo de indicaciones.
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Cuando alguien desde el Estado quería eliminar a un caricaturista incómodo, usualmente recurría a la redacción del periódico. Como testimonia Helioflores, los políticos solían llamar al periódico para quejarse diplomáticamente, haciendo sentir al director o al dueño del periódico que alguna caricatura no les gustó.
… y si el periódico está contento con tu trabajo, pues te da tu lugar y
defiende tu posición y bueno, ya. Si no respeta tu trabajo, no le gusta,
le da la razón al político y hasta te pueden correr… porque no le gustó
tu trabajo a aquel político importante. (Comunicación personal, 25 de noviembre de 2010)
Un caso semejante le ocurrió a Rius cuando trabajó en el diario La Prensa, a principios de la década de los sesenta. Después de dos años de
elaborar la sección dominical “Dominguito” con el director del periódico, Manuel Buendía, éste le notificó que había dejado de trabajar ahí. Cuando Rius pidió una explicación, Buendía le dijo categórico que no tenía por qué darle una explicación, mientras abría un cajón para sacar una pistola y colocarla suavemente sobre su escritorio. Entonces Rius simplemente se fue. Tiempo después el caricaturista se enteraría de que la razón de su despido se relacionaba con el puesto que Rius ocupaba como secretario de la Asociación Mexicana de Caricaturistas, desde donde denunció las prácticas de control de Humberto Romero, jefe de Prensa de la Presidencia. Desde Los Pinos se le ordenó a Mario Santaella, dueño de La Prensa, que despidieran al caricaturista (Martínez, 1999, pp. 19-20).
Sin embargo, las relaciones entre las prácticas del Estado, el Mercado y el género también podían suceder fuera de la redacción. Rius identifica, durante la década de los sesenta, dos casos de caricaturistas en los diarios de mayor circulación que lograron obtener más dinero por su trabajo a partir de métodos diferentes:
Quezada lo hizo cobrando muy bien su propio trabajo para publicidad de brillantinas y todo lo que le ofrecían, y cobrando además muy bien su propio trabajo en la prensa. En eso también fue precursor el señor de Comales. Luego con López Mateos, recibiría el regalo de una concesión para transportar petróleo de costa a costa. Freyre, por otro
lado, tenía (y tiene) un método diferente de lograr más dinero “extra”
con su trabajo: simplemente, contando con un agente representante, revende sus cartones a los personajes que aparecen en ellos. Esos
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mismos cartones luego son editados por él mismo en forma de libro; libro que su agente se encarga de vender a cuanta Secretaría se deje en cantidades fuertes, libro que el Sr. Secretario y su jefe de prensa utilizan para regalar a sus amistades. Una mercadotecnia sin fallas y comercialmente calculada, que no tiene por qué ser criticada. (Arredondo y Del Río, 1998, p. 34)
En el caso de Abel Quezada, sus incursiones en la publicidad lo llevaron a establecer relaciones con la iniciativa privada, aunque finalmente resultó beneficiado por el Estado con una concesión. En cambio, Freyre se apoyó en el aparato del Estado, aunque usó procedimientos del Mercado para apuntalar su estrategia. Por supuesto, este tipo de relaciones no eran consideradas como problemáticas para la redacción del periódico.
La actitud de estos caricaturistas es muy distante de la postura de los artífices de La Garrapata. Para los caricaturistas de combate los anunciantes
significaban un riesgo para la independencia de la revista:
… decíamos que íbamos a tener más independencia si no teníamos
anunciantes y además teníamos la esperanza, y siempre fue así, de
que sobreviviera a base de la venta… se vendía poco, pero estábamos
siempre en la línea y bueno, no sacábamos gran dinero, pero se mantenía la revista, hasta que llegó un momento en que ya de plano,
ya no… pero no, nunca pusimos anuncios… en la primera época era
cosa de Mendizábal, y bueno, como tenía varias [revistas], yo creo que si las ventas bajaban, él jalaba de otra revista para apuntalar ésta. (Comunicación personal, 12 de octubre de 2011)
Con el Estado, las relaciones con La Garrapata eran lamentables. A
diferencia de Los Agachados, cuyo éxito sostenía en esa época a Editorial
Posada, La Garrapata provocó múltiples formas de represión:
Tenían todos nuestros teléfonos intervenidos; nos negaron la venta de papel PIPSA, obligándonos a buscar papel entre particulares,
obviamente más caro. Presionaron a los voceadores para que no distribuyeran la revista y varias ediciones fueron secuestradas; ordenaron una o varias auditorías a la editorial, amén de que había vigilancia permanente fuera de las oficinas para ver quiénes llegaban, etcétera, etcétera. Y el broche de oro, fue el intento de Luis Echeverría Álvarez y la Secretaría de la Defensa Nacional de desaparecerme del mapa, de lo que me salvó la intervención del Gral. Cárdenas. Todo una hermosa experiencia... (Eduardo del Río, comunicación personal, 6 de febrero de 2012).
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Corroborando esta versión, durante su investigación en el Archivo General de la Nación, buscando dentro los documentos de la época pertenecientes a la Dirección Federal de Seguridad, la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales así como de la Secretaría de la Defensa Nacional que se hicieron públicos, Jacinto Rodríguez Munguía (2007) descubrió que
[El 1° de julio de 1969] pagaron siete mil pesos por cuatro mil
ejemplares de La Garrapata, El azote de los bueyes, revista de sátira
política, antisolemne e incómoda para el gobierno. El 29 de julio de
1969 mandaron comprar seis mil ejemplares más de La Garrapata a un
costo de 11 mil pesos. (p. 349)
De acuerdo con Helioflores, una de las razones que molestaba a los políticos era el subtítulo de la revista: el azote de los bueyes,
… porque si los pintábamos dibujados, pues ellos eran los bueyes. Era
algo que supimos después… en la segunda época [de La Garrapata].
No me acuerdo si nos mandaron llamar o nosotros… fuimos a Gobernación, a hablar con un funcionario… y así, medio queriendo
amedrentarnos un poco [nos mencionó] la libertad de expresión y [nos
preguntó] si conocíamos el artículo 7° no sé qué y nosotros: “pues sí,
claro” y creo que se le salió [decirnos que] tenían la sugerencia de que quitáramos lo de “azote de los bueyes” porque parece ser que eso era lo que les molestaba mucho, que fuera esa revista “el azote de los
bueyes”… que además había sido el subtítulo desde que se inició la
revista… (Comunicación personal, 12 de octubre de 2011)
En todo caso, Rius fue el caricaturista de combate que recibió las mayores agresiones por parte del Estado durante los sesenta. Él mismo dice que continuaba practicando la caricatura política, porque ésa era su mejor defensa ante sus enemigos dentro del Estado:
Seguí haciendo mis monos pese a todo, quizás por la locura que llevo conmigo, pero también pienso ahora que era más necesario, como defensa ante el gobierno, de seguir en la trinchera y estar a la vista. Ese fue un consejo que me dio Abel Quezada: de tener siempre una tribuna donde publicar y estar a la vista del público. (Eduardo del Río, comunicación personal, 6 de febrero de 2012)
175 4.5 Interpretación
De acuerdo a las entrevistas y los documentos consultados, la ayuda estatal que recibían las empresas editoras solía percibirse en términos de una deferencia amistosa personal por parte del Presidente de la República y era traducida en el compromiso y asunción de que el periodismo tenía como principal objetivo mantener el statu quo. También sucedía que el Estado y el
Mercado eran percibidos dentro de la redacción como una amenaza que se cernía permanente sobre las prácticas periodísticas, por lo que la publicación debía mantenerse dentro de la autorregulación y bajo mecanismos de supervisión constante. En cualquier caso, las prácticas de los grandes diarios fueron sacralizadas en beneficio del Estado y el Mercado, es decir, ocurrió una pérdida de autonomía al formalizarse dentro de los géneros discursivos periodísticos una serie de prácticas que separaban al periodismo de la libre acción de los periodistas. En este sentido eran usados el rechazo a la subjetividad dentro del periodismo y la pretensión de objetividad, lograda a través de la presentación de pruebas cuya validez era definida por el propio Estado. Cuando la obviedad hacía innecesaria la prueba, intervenía la jerarquización informativa estableciendo la agenda de lo que era o no “noticiable”, además de la tendencia a la concisión en la redacción periodística que se traducía en notas breves que terminaban por dejar fuera el contexto, sustituyéndolo por boletines o declaraciones de las fuentes oficiales. Esta economía de la redacción se vinculaba a la economía del espacio, que potencialmente significaba también la entrada de dinero vía publicidad. La sacralización en beneficio del Estado durante la década de los sesenta se refiere entonces al avasallamiento del periodismo, que confundía la información brindada por el Estado con el dato objetivo o, en su defecto, la ausencia de información oficial con la imposibilidad de brindar información objetiva. Por otro lado, la sacralización en beneficio del Mercado significó que el periódico como empresa llegó a tener influencia sobre los criterios periodísticos, asumiendo la venta de información y la venta de la publicidad como criterios de jerarquización. En otros casos, se empleaba abiertamente la adjetivación o el ocultamiento informativo, entre otras prácticas discursivas que se describen en los capítulos V y VI.
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En sentido inverso, en las revistas independientes ocurría una profanación de las prácticas que el Estado había separado de la esfera periodística, cuestionando el valor de verdad de la versión oficial al denunciar la profunda corrupción en el gobierno, rescatando las noticias que la agenda informativa de la gran prensa sacaba de foco o excluía y ampliando el contexto de la información periodística.
Para escapar del control que los periódicos podían ejercer sobre ellos, los caricaturistas de combate optaban por sacralizar a su vez las prácticas del género, reservando el espacio de trabajo en sus casas.
Entre otros, los factores que permitieron la transformación de las prácticas no discursivas del género fueron:
1. El contacto con la caricatura de otros países. Por ejemplo, en Quezada y Rius fue decisiva la influencia de Saul Steinberg, pintor estadounidense de origen rumano que publicó desde 1941 en la revista New Yorker y
cuyo estilo estético influyó en todos los caricaturistas considerados como “picassos” o moneros. Estos vasos comunicantes se institucionalizaron gracias a la organización de eventos internacionales de humoristas gráficos con la edición de catálogos que circulaban entre los caricaturistas. En el caso de Helio Flores, como ocurrió antes con Alejandro Casarín y García Cabral, su estancia en Nueva York mientras estudiaba diseño gráfico, le permitió contribuir a la renovación del género en México.
2. La polarización político-ideológica internacional, reforzada por la cercanía de la Revolución Cubana, permeó en la generación emergente facilitando que se diferenciara del conservadurismo de la generación predecesora. A tal fin contribuyeron los contactos con actores políticos, embajadas, partidos y movimientos sociales así como las corrientes cosmopolitas desde el arte y la literatura que pugnaban por la apertura al mundo.
3. La paulatina introducción de los cambios en las caricaturas publicadas en la gran prensa por caricaturistas pertenecientes a la generación emergente, como Eduardo del Río, que comenzó a publicar en 1955, seguido por Helio Flores en 1959 y Rogelio Naranjo en 1965, que relevaban a los caricaturistas consagrados de la primera mitad del siglo
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XX, como Andrés Audiffred, fallecido en 1958; Arias Bernal, en 1960; Bismarck Mier, en 1962 y Ernesto García Cabral en 1968.
4. La práctica del género en publicaciones plurales o críticas del régimen, como Siempre! y Política y editores progresistas, como Guillermo
Mendizábal.
5. Conforme el Estado se endureció y recurrió a la fuerza para enfrentar la crítica y la protesta, los dispositivos de control institucional perdieron flexibilidad y las tácticas se volvieron más sofisticadas. De esta manera, los nuevos caricaturistas buscaron profanar aquellas prácticas sacralizadas en el género discursivo.
178 Capítulo V
Prácticas Discursivas del Género de la Caricatura Política Durante la Década de los Sesenta
5.1 Introducción
El género de la caricatura política implica una serie institucionalizada de disposiciones textuales organizadas bajo modelos. Durante la década de los sesenta en México, en las planas de diarios de gran circulación como Excélsior, El Universal y Novedades se difundió un modo de practicar el género proclive a
la institucionalidad de la época. El otro estilo, conocido como caricatura de combate, se publicó en las páginas de la prensa relativamente independiente, representada en este trabajo por La Garrapata. En ambos casos, aunque en
distinta proporción, hubo recursos de orden retórico que se hipercodificaron, convirtiéndose en lugares comunes y, en contraposición, aparecieron usos bajo la forma de desviaciones retóricas, contribuyendo a la innovación del género. La comparación entre los diversos modos de practicar la caricatura política permite una aproximación integral al género.
Cabe aclarar que los porcentajes que se manejan a lo largo del capítulo no se refieren a inferencias exactas sobre el total de la población, sino que dan una idea de las proporciones que existían en el empleo de recursos discursivos en un momento determinado. Se trata de frecuencias relativas obtenidas bajo los criterios descritos para el análisis de contenido en el anexo 2 dedicado a la metodología y se usan para construir una aproximación a las prácticas discursivas en el género.
A riesgo de que la lectura se pierda en las cifras, a lo largo del capítulo se detalla la información obtenida a través del análisis de contenido y al final se coloca un apartado para la interpretación que permita hacer una síntesis de lo expuesto.