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Fausto muere y no sabe por qué Sólo lo sabría si aceptase reconocer a quien él ha querido someter a su juego

narcisista y que ha hecho prevalecer contra él la exigencia

de su propia libertad. Fausto recibe, pues, la llamada a con­

vertirse. En términos técnicos digamos que le es necesario

aceptar que su contraparte es también fuente de un obrar

autónomo, o, dicho de otro modo, que haga con Fausto lo

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que éste mismo ha hecho con él; lo cual, sin duda, cambia­ ría el obrar de ambos. Una p rimera corrección de la actitud de Fausto se realiza ya, cuando el sujeto actuante se dirige al mundo, ya no para absorberlo y reducirlo a sí, sino para reformarlo adaptándolo a lo que debería ser; Fausto el goza­ dor cede el sitio a Karl Moor, el enderezador de entuertos. Se trata sin duda de una actitud más evolucionada¡ pero obviamente se encuentra también cargada de ambigüedades. Baste con señalar dos. Primero, el sujeto actuante trata aquí de proyectar sobre el mundo y sobre el mundo humano, una imagen ideal que proviene de una objetivación de su individualidad inmediata. Con una palabra sabrosa Hegel ha­ bla aquí de "ley del corazón". El "corazón" es la interiori­ dad subjetiva del sentimiento, mientras que la "ley" perte­ nece siempre al orden de la universalidad objetiva Pretender que el sentimiento individual sea una ley para todos es per­ vertir tanto el corazón como la ley, enfrentándolos no en su complementaridad reflexiva sino en el antagonismo que los destruye a ambos. En efecto, el corazón mismo "se es la esencia como singularidad de la conciencia; pero el fin que persigue es sentar el

ser

de esa singularidad ; por consiguiente es más bien su Sí mismo como no singular, lo que [para dicho corazón] es la esencia o fin como ley y precisamente así como una universalidad que sería para su conciencia misma" 104. Debemos entender aquí que, queriendo imponer la inmediatez de su sentimiento -por excelente que sea-el corazón se manifiesta a la vez como "pervertido y perverti­ dor"105 . Y aqu í surge la segunda ambigüedad de semejante actitud : en el exceso de su buena voluntad, el corazón quie­ re imponer a todos la excelencia de su sentimiento ; pero ello sería posible, si el mundo de los hombres fuera materia informe, sin consistencia propia, lo cual no es el caso. Aun­ que el "curso del mundo" sea profundamente inadecuado, al menos es un momento que se debe tomar en cuenta en la proposición del sentido: • Las leyes subsistentes -escribe He­

gel- son defendidas contra la ley de un individuo, porque no son una necesidad inconsciente, vacía y muerta sino univer­ salidad y sustancia espirituales" 106. Lo cual significa que el sujeto, lejos de querer imponer a todos su sentimiento, qui­ zá debe primero cuestionarlo frente a esta universalidad real que encuentra.

vez el lugar al virtuoso don Quijote. "Para la conciencia de la virtud lo

esencial

es la ley y la individualidad lo que hay que sobresumir, tanto por consiguiente en su conciencia misma como en el curso del mundo" 107• Don Quijote es íntegro. Pretende someter la inmediatez de su Y o a la disci­ plina de lo universal108• Haciendo esto, se opondrá también en su principio a la perversión que el curso del mundo here­ da de las individualidades no veri-ficadas que lo componen y se expresan en él. Pero por esta voluntad de someter todo a lo universal, en sí m ismo y en el mundo, ¿don Quijote no va a atacar molinos de viento simplemente porque ya no será capaz de ver la parte de verdad que encierra lo real? Aquí tocamos un descubrimiento esencial, cuando se trata de la verdad del "reconocer": quien quiera suprimir la individua­ lidad, eliminará toda fuente del actuar; no se trata de negar­ la sino de hacerla

funcionar

según su verdad. Don Quijote corre el riesgo de repetir a otro nivel el error del Amo, que fue aceptar perder la vida para tener mayor seguridad de ser libre ; no hay por qué serrar la rama sobre la que uno se sienta. Llega el momento decisivo en que el individuo esca­ pa de la ilusión de un mundo acabado sólo en su coherencia imaginaria: "El curso del mundo no es tan malo como se veía, pues su efectividad es la efectividad de lo universal" 109• Hay entonces sólo una manera de escapar de lo imaginario para entrar en el mundo del "reconocimiento":

tener en

cuenta la universalidad efectiva q ue consiste en el acto de la

com unicación, es decir, en una confrontación real con los

otros.

Una vez más, lo decisivo en el régimen de "reconoci­ miento" es en primer lugar un "principio de realidad". 2 .

La Cosa m isma.

He aqu í pues el nuevo curso de la experiencia: el indi­ viduo, como acabamos de comprobar, no puede pretender imponerse al mundo según su propia inmediatez -ni como simple placer, ni en su sentimiento, ni siquiera en su negati­ vidad virtuosa-, pero le es forzoso expresarse

como indivi­

duo

en un encuentro real con todos los demás individuos, porque "el movimiento de la individualidad es la realidad de lo universal" 1 10• Afirmación capital, que nos aleja mucho de la imagen demasiado difundida de Hegel, panegirista de una universalidad a la que el individuo debería someterse renun-

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ciando a sí mismo; de hecho, arrumbando los prejuicios,

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