Ante estas obras y, más que ante ellas, ante la presencia secular de aque- llos eremitas escondidos en el fondo de los valles y en las cavernas de los montes que bordean el pico de Aquiana, ancestralmente sagrado -no lo olvi- demos-, uno se pregunta: ¿qué buscaba aquella gente? ¿Acaso sólo la espiri-
18. En la comarca, la veneración por san Genadio es tan fuerte como la que se le profesa a san Fructuoso. A poca distancia del pueblo de Peñalba puede visitarse todavía la cueva en la que se refugió, convertida en santuario. Por mi parte pienso que, aunque puede muy bien tratarse de una coincidencia, no deja de ser curioso este santo a partir de su propio nombre, que no puede dejar de asociarse con la tradición sánscrita de los jinas y con la paralela tradición musulmana preislámica de los djinns. Según se puede recordar, tanto unos como otros eran genios -también el nombre castellano es sugerente- que habitaban los desiertos y los lugares solitarios, y detentaban unos conocimientos tras los cuales anduvo el hombre a lo largo de toda su historia. Rizando el rizo de las significaciones esotéricas, no olvidemos que la palabra jinete tiene la misma raíz, que el jinete es el que cabalga un caballo, y que el caballo fue símbolo -como la Cábala- de un
tualidad contemplativa? ¿Sólo la ascesis mística? Y recuerda, casi sin que- rerlo, las palabras que impuso como regla de oro san Benito a sus monjes: Ora et labora (reza y trabaja).
Decía hace pocas páginas que, al llegar a la aldea de El Acebo, se termina definitivamente la carretera transitable. Desde allí hay que seguir a pie o sen- tirse atrevido conduciendo un todo terreno. El camino baja en curvas terri- bles, bordeando la ladera del monte y, al llegar al valle, cruza un riachuelo. Si se sigue a lo largo de unos quinientos metros el curso de ese regato, se alcanza un pequeño conjunto de viejísimas construcciones que forman, nada menos, que la herrería más antigua de España. Los especialistas le han dado fecha muy aproximada: el siglo VII. Hoy, mil cuatrocientos años después de su construcción, la fragua y el yunque funcionan todavía y su mecanismo constituye la obra de ingeniería más sabia, más económica y más eficaz que podríamos imaginar. Todo es movido por el agua del riachuelo, tanto la corriente de aire -perfectamente regulable- que convierte en un auténtico soplete el fuego de la fragua, como la rueda de madera que mueve el martillo pilón del yunque.
La herrería visigótica de Compludo no es la única que hubo en la comarca. En pleno Valle del Silencio, muy cerca de San Esteban de Valdueza y junto al curso del río Oza, hay una edificación, ya totalmente arruinada, que la gente sigue llamando La Herrería. Y se tienen noticias de que hubo algunas más que se han perdido definitivamente.
Lo insólito de estas industrias primitivas no es tanto el hecho de que exis- tieran como la circunstancia de que estuvieran emplazadas precisamente allí y entonces. Si la fragua de Compludo se reconoce como del siglo VII -y nada permite ponerlo en duda- significa que se construyó precisamente cuando san Fructuoso y sus compañeros hacían oficialmente vida de anacoretas por aquellos andurriales. Pero puede significar incluso algo más: que fueran ellos mismos los constructores de aquel ingenio. Si fuera así, cosa que no veo nada improbable, sería una prueba de que, paralelamente a su calidad de eremitas místicos, los primitivos monjes bercianos sacralizaron un modo de trabajo exactamente igual a como se había sacralizado en las más antiguas civilizaciones.
Los principios históricos de la utilización del hierro son oscuros, porque se vieron envueltos en elementos mágicos prohibidos a la gente. El hierro, con todo lo que significaba de poder, era considerado como un metal maldito, demoníaco, pero, al mismo tiempo, cargado de sacralidad. Mircea Eliade (19)
19. Consúltese sobre este tema su obra, que creo más clarificadora a todos los niveles, Herreros y alquimistas (Alianza Editorial, Madrid, 1974).
atribuye al hierro el origen de los sacrificios humanos, por el odio mágico que suscitaba el metal. Si recordamos detalles de muchos cuentos populares, veremos cómo el hierro va asociado siempre al mal, al dolor, a la prisión y a la muerte: un arma de hierro es esencialmente mala, una de oro o de plata -aunque siga siendo un arma- es fundamentalmente buena y apta para ser manejada por el héroe.
Creo que el origen de esta superstición en torno al hierro y a los herreros viene de mucho más atrás de lo que la historia es capaz de contarnos. El hierro ha pasado a ser un elemento del inconsciente colectivo, pero ese elemento tuvo que ser implantado por gentes que ya sabían que este metal constituye uno de los elementos fundamentales de las culturas tecnológicas. Inyectando en el inconsciente el odio al hierro -y a quienes lo trabajan-, y dejándolo encubierto con magias malditas, se conseguía que un elemento fundamental de la civilización fuera lo bastante temido como para que su uso no se propagase (20).
Ésta es la causa de que el hierro y los herreros fueran, paralelamente, sacralizados y maldecidos. Incluso hasta muy avanzada la Edad Media, los herreros no podían vivir en los núcleos de población, y la técnica de la forja y del yunque se había envuelto en fórmulas mágicas y en leyendas aterradoras. A veces, incluso, el origen real de algunas de estas leyendas puede ser localizado si se admite la intervención de herreros en ellas.
Un ejemplo muy claro de esta génesis del mito popular lo tenemos, no lejos de la tierra leonesa, en los lagos asturianos de Somiedo. La mente popular llenó los parajes de estos lagos de seres fantásticos, de cuevas mágicas, de animales diabólicos, de genios malignos y de brujas, hasta el punto de que aquélla es una de las zonas más ricas en mitos populares de toda la península. No hace muchos años, las prospecciones realizadas por una compañía minera descubrieron que los alrededores de los lagos de Somiedo contenían un buen filón de mineral de hierro. La explotación ha roto casi totalmente el encanto mágico de los lagos; algunos están enrojecidos por la escoria del mineral. Pero creo que la mina ha desvelado también el misterio de los lagos, que probablemente estuvieron ocupados por herreros
20. Yo compararía el origen de este odio al hierro de tiempos protohistóricos con el odio actual que el hombre siente, incluso a niveles inconscientes, hacia las centrales nucleares. Un odio que, si es cierto que en muchos es realmente justificado porque conocen el alcance de la peligrosidad de elementos tales como los residuos radiactivos o la posibilidad de accidentes y fisuras, en muchos otros constituye un auténtico temor supersticioso, que contiene la magia de lo desconocido. Del mismo modo que ayer todos sabían tácitamente que el hierro era necesario para el progreso, hoy saben también que las centrales nucleares lo son en gran medida. Pero no ha desaparecido el terror hacia las consecuencias desastrosas que puede acarrear una utilización irracional de la energía atómica.
que supieron rodearse de leyendas terroríficas para seguir su labor sin la presencia inoportuna de aprendices curiosos de sus artes.
No he elegido el caso al azar. La comarca de la que forman parte los lagos de Somiedo es tierra de pastos veraniegos de los vaqueiros de alzada. Desde lo más alto de la zona de los lagos se distinguen las brañas del puerto. Más abajo, siempre en tierras secularmente vaqueiras, en el valle del Arganza, aún pueden localizarse varias ferrerías ruinosas, del mismo tipo que las que se encuentran en los montes bercianos. Incluso se sabe que algunas de ellas fueron utilizadas hasta hace menos dé cincuenta años. Y es que, aunque los historiadores y los etnólogos lo hayan ya olvidado, uno de los oficios que ejercieron en tiempos remotos los pueblos llamados malditos -vaqueiros, agotes o maragatos- fue precísamente el de herreros. Y es más que probable que el ejercicio de esta profesión fuera en el pasado una de las causas -una más- de su marginación secular. En este sentido, su unión o su identificación con los anacoretas bercianos tiene una razón de ser, si admitimos que esos anacoretas buscaban algo más que un contacto ortodoxo -esencialmente permitido- con la divinidad.