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Recuerdos de una edad de oro

In document La Meta Secreta de Los Templarios (página 191-194)

Si rebuscamos en las figuras esculpidas en las piedras de la extraña capilla navarra, advertiremos, en primer lugar, que las que fueron colocadas en la arquivolta de la entrada occidental (14) representan monstruos míticos, cabezas terroríficas y seres de apariencia humana, pero con rasgos deformes, sobre todo en las extremidades demasiado escuálidas (15). Toda esta suce- sión de imágenes de pesadilla, colocadas en la perfecta semicircunferencia del arco, proclaman la presencia mítica de un mundo perdido que se está narrando precisamente allí. Un mundo que se prolonga en los canecillos que coronan el ábside por la parte exterior y que, compuestos por cabezas en las que se advierten claramente alternados rasgos de monstruos diabólicos y rasgos típicamente negroides, proclaman la sacralización de ese mundo míti-

14. Es curioso observar que, siendo la entrada norte la principal del templo, carece totalmente de alusiones iconográficas, como si la atención se hubiera querido desviar del significado geo- gráfico que hemos visto que posee.

15. En apariencia, cabría pensar que la erosión secular de la piedra ha deformado figuras que, en su origen, no tendrían los rasgos tan acusadamente deformados. No se me ha pasado por alto esta posibilidad, pero me confirma en mi sospecha el hecho de que las mismas actitudes retorcidas de las figuras proclaman haber sido concebidas deliberadamente como seres deformes.

co que narran las imágenes (16). A mi parecer, el mundo atlante y la edad de oro de los mitos religiosos arcaicos, un mundo y un tiempo de los que salie- ron las tres razas -roja, negra y blanca- que poblarían el hemisferio occi- dental.

Si nos detenemos a observar ahora los capiteles del claustro exterior nos asaltará la sospecha de que en ellos se contó una historia que hoy queda necesariamente incompleta e imposible de narrar, pues únicamente quedan 14 de los 41 capiteles que debieron de componer en su origen la totalidad del claustro. Y aun de esos catorce, hay cuatro en los que el grado de deterioro hace imposible cualquier intento de adivinar con seguridad lo que represen- taron.

La primera sorpresa que nos reservan estas figuras es el hecho de que, tratándose de un monumento religioso, sólo un capitel de los catorce conser-

16. En la iconografía románica, las figuras responden en su significado a la colocación que tienen en el templo. Así, aquellas que están más cerca del tejado o de la bóveda -representación de la bóveda celeste- tienen, en principio, una significación superior, más sagrada que aquellas otras colocadas más cerca de la tierra, en capiteles bajos o en ventanas inferiores.

vados tiene una escena directamente relacionada con la fe cristiana: se trata del sexto, comenzando a contar por el sur. Representa una extraña crucifi- xión sin cruz, en la que un personaje -¿Jesucristo?- con los brazos abiertos está rodeado de otros 13 personajes inidentificables.

Los demás capiteles juegan con una alternancia que denota una historia desaparecida, con elementos dignos de tenerse en cuenta en lo que atañe al sentido simbólico de sus significados más profundos. Los capiteles que hacen los números 5, 9, 13 y 14 -siempre de sur a norte- muestran unos rostros, o tal vez máscaras cornudas, cuyas bocas narran un mundo vegetal frondoso que, eventualmente, termina en frutos de forma parecida a una piña o una granada. Y digo que narran porque sólo ese significado puede tener la piedra labrada cuando de las bocas salen ramos y hojas. Pero ¿qué es lo que narran? Si completamos parcialmente los significados apuntados en la arqui- volta y en los canecillos, estos capiteles nos estarán hablando de un mundo feraz. Tal vez de ese mundo atlante que se hundió precisamente en la era equinoccial de Leo, cuyo símbolo -los leones- está presente en los capiteles 7 y 8 -y tal vez en el 2- del mismo claustro.

El resto de los capiteles del claustro, como la mayor parte de los 26 capi- teles del interior de la capilla, presentan decoración vegetal, con plantas muy determinadas y diferenciadas. Y, eventualmente, aparecen personajes iniden- tificables, planteando la representación de un mundo habitado cuyas caracte- rísticas reales se nos escapan detrás de signos imposibles de identificar. Sólo otros dos capiteles, ya en el interior del ábside, nos revelan de nuevo, en el lugar más sagrado del recinto, la intención de su estructura. A la izquierda, de nuevo los rostros de cuyas bocas emerge el mundo vegetal. Pero ahora sí está claro que la génesis de ese mundo vegetal está en el Árbol de la Vida, porque ese árbol está representado enfrente, en el capitel de la derecha, flanqueado por dos aves -¿fénix?- que comen de su fruto, prohibido al hom- bre. Toda la significación simbólica del templo- stupa queda aclarada en estas figuras, cuya clave, como vemos, no está en ellas mismas, sino en la sucesión y en la totalidad de todas las demás (17).

17. En términos generales, creo que ha sido un error de los historiadores del arte y de los arqueólogos cuando han intentado encontrar el sentido aislado de las figuras que integran los templos medievales. Tal como vemos aquí, existe una constante relación entre unas y otras, de tal modo que los símbolos aislados son únicamente partes de un símbolo total, o al menos mayor, que los integra y les da sentido. El problema, muchas veces, reside en averiguar -si es que ello es posible- el lugar exacto donde da comienzo la narración simbólica. No he tenido ocasión de profundizar en ello, pero tengo la impresión de que la narración da comienzo precisamente en el punto por el que se halla el acceso más inmediato al lugar en que se encuentran las figuras en cuestión.

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