Efectivamente, después de su martirio -severamente condenado por san Martín de Tours- (12), las doctrinas de Prisciliano comenzaron a propagarse en secreto, muchas veces dentro de la misma jerarquía eclesiástica, hasta el punto de que varios obispos fieles al priscilianismo llegaron a provocar un auténtico cisma dentro de la Iglesia. Entre ellos se encontraba Paterno, obis- po de Braga, Sinfosio, que llegó a serlo de Orense, y otros dos que fueron, entre todos, los más famosos: Simposio y Dictinio, padre e hijo, obispos ambos de la Astorga maragata de la que nos estamos ocupando.
Simposio era ya obispo de Astorga cuando Prisciliano comenzaba a predicar sus doctrinas. Dice Villada, en su Historia eclesiástica, que fue uno de sus amigos más íntimos y que les defendió de las acusaciones que se le hacían en el concilio de Zaragoza. Dictinio, por su parte, fue con seguridad el mejor teórico de la doctrina herética. Sus Libra, en doce títulos, merecieron el honor de ser refutados por san Agustín en el opúsculo Contra mendatium. Pero, sobre todo, es muy significativo que su fama estuviera respaldada por el fervor popular. En su tiempo -como en el del obispado de su padre- toda la Maragatería astorgana era priscilianista y fue el pueblo mismo el que hizo que Simposio le consagrara obispo. Posteriormente fue citado al primer concilio de Toledo y se le obligó a arrepentirse, con todos los demás obispos rebeldes, de sus ideas heterodoxas. Dictinio, sin embargo, no perdió su sede, mandó edificar un monasterio en Astorga e, insólitamente, fue reconocido como santo a su muerte. Su fiesta se celebra aún hoy, el día 2 de junio.
10. La cripta de Santa Eulalia era, en sus orígenes, un ninfeo romano extraordinariamente conservado a pesar de la humedad endémica del lugar. Es una estancia abovedada, sostenida por cuatro columnas y totalmente cubierta de frescos con representaciones abundantísimas de pájaros, muchos de ellos pintados como figuras dobles, simbólicamente enfrentadas. Antes de trasponer la entrada hay, a la derecha, una piedra grabada con extrañas figuras que es, según la gente, el lugar del enterramiento del hereje mártir.
11. Parte del Cronicón de Sulpicio Severo fue publicado por el padre FLÓREZ en su España Sagrada, de donde procede esta cita.
12. Las coincidencias son, muchas veces, esclarecedoras. Precisamente san Martín de Tours fue el maestro del otro san Martín el Dumiense, que fue quien llevó el catolicismo a los suevos hispanos, en cuyo reino había surgido la herejía de Prisciliano.
Pero el sentimiento heterodoxo -yo diría mejor pagano- no se había per- dido en tierra maragata. A lo largo del tiempos fueron surgiendo nuevos brotes, tanto generales como particulares. En el año 445 se extendió por allí una oleada de maniqueísmo, que tuvo que ser cortada enviando prisioneros a unos cuantos de sus dirigentes ante Antoniano, obispo de Mérida. Es de suponer que las autoridades eclesiásticas dudaran de su condena si se les procesaba en su tierra.
Incluso la arqueología ha dejado restos de estos movimientos religiosos al margen de la autoridad de la Iglesia. En plena tierra maragata, en Quintanilla de Somoza, fue encontrada una lápida con una inscripción gnóstica significa- tiva: «Uno (sólo son) Júpiter, Serapis (y) Yao» (13).
Coletazos de paganismo y de heterodoxia se registran incluso en el siglo X. En el Túmulo Viejo correspondiente al monasterio de San Pedro de Montes se registra una donación importante hecha por cierto conde Citi en 930, por el remedio de su alma y por la de su hijo «que murió pagano».
Creo que en esta sucesión de hechos hay un motivo ya muy digno de ser tenido en cuenta a la hora de calibrar parte al menos de las razones que movieron a los templarios a instalarse en las comarcas del Bierzo y la Mara- gatería. Por encima de su confesionalidad, los que se llamaron a sí mismos caballeros de Cristo procuraron siempre la proximidad de otras creencias, de las que iban entresacando un especial modo de contemplar el mundo y de calibrar su auténtica trascendencia. Si anteriormente vimos su interés por instalar casas de la orden en la inmediación de las aljamas judías (14), po- dríamos comprobar igualmente la presencia del Temple en las proximidades de zonas donde se detecta la presencia de pueblos marginados y de focos seculares de herejías, de reminiscencias paganas y de heterodoxias.
13. VILLADA. en su Historia eclesiástica, afirma: «De todos los objetos de valor gnóstico, ninguno hay comparable a la piedra encontrada [...] en Quintanilla de Somoza, a unas tres leguas de Astorga, en la Maragatería». Por su parte, el historiador García Bellido sostiene que tal lápida nada tiene que ver con un movimiento gnóstico de época cristiana, sino que forma parte de un monumento serapeo de tiempos romanos. Sea cierta una u otra afirmación, no cabe duda de que en la Maragatería hubo una tradición sincrética que, aunque estaba extendida por todo el noroeste peninsular, tuvo allí uno de sus focos importantes. La lápida en cuestión no es la única prueba arqueológica. Hay también un anillo gnóstico encontrado en la misma Astorga -propiedad de la familia Panero- en el que se lee (o creyó leer el padre Fita, al menós): «Jesús, Salvador, Cristo, Florsol».
14. Unos pocos ejemplos que pueden invitar a hacer la lista completa de esta circunstancia templaria bastarán para hacer válida esta afirmación. Aparte del caso de Valencia, que ya citábamos anteriormente, recordemos que: 1) el castillo templario de Tortosa domina directamente el barrio judío de Remolinos; 2) los judíos de Mallorca estaban instalados junto a la casa del Temple, y fue llamado precisamente por ese motivo Partita Templii; 3) la casa templaria de Toledo -aparte el castillo de San Servando, que fue igualmente suyo- estaba rozando el barrio judío de la Alcana.
Los templarios tuvieron conventos en tierras navarras de agotes: en Eunate y en Vera de Bidasoa. Y en lo que concierne a sus posesiones extremeñas, recordemos el castillo de Aracena y el de Fregenal, situados con un sentido claro de vigilancia esotérica de una zona mágica en cuyo ámbito no sólo se daba la presencia de un pueblo marginado -los brañeros-, sino que se produ- jeron, a lo largo de la historia, lo mismo que en la Maragatería leonesa, bro- tes de herejía que todavía no han sido bien catalogados con respecto a sus posibles causas ancestrales. Me refiero a hechos como el de los alumbrados de Llerena y a personalidades clave del pensamiento sincrético, como Benito Arias Montano. Ni el gran heterodoxo bibliotecario de Felipe II ni los herejes del iluminismo extremeño son meras anécdotas de la historia religiosa penin- sular. Responden a una búsqueda secular de la Verdad, que nada tiene que ver con las verdades parciales permitidas y toleradas por los dogmas llama- dos ortodoxos e impuestos muchas veces por la fuerza del hierro y del fuego. Esa Verdad con mayúscula buscaba la orden del Temple, era la misma Verdad que, por muchos otros caminos -todos convergentes- buscaron ocultamente y hasta bajo capa de santidad otros hombres a los que hoy llamamos, sin establecer su relación íntima, santos u ocultistas. De una cosa y de la otra tuvieron, sin embargo, los eremitas del Bierzo.
Un poco más cerca de Dios, un poco más adentro en la Tierra
Si nos situamos en el castillo de Ponferrada y buscamos el mediodía con la brújula, veremos que esa dirección coincide exactamente con el monte Aquiana (1.848 metros de altitud), que fue, desde tiempos muy anteriores al cristianismo, monte sagrado de la comarca berciana. A el dicen que se retiró don Álvaro de Bembibre, el último templario de Ponferrada, y que construyó la ermita que hay en la cumbre.
Si seguimos la ruta primitiva de los peregrinos de Santiago, desde Astorga, encontraremos, pasado el pueblecillo maragato de Foncebadón, una gran cruz oxidada a la derecha del camino. La cruz se levanta entre un enorme montón de piedras. La llaman la Cruz de Ferro, y la tradición jacobea exige, efectivamente, que el viajero añada una piedra más al montón para propi- ciarse la suerte en la etapa que sigue. Este lugar de la cruz fue, antes de cristianizarse, un altar elevado al Mercurio romano, la divinidad que, entre tantos otros atributos, tenía a su cargo la protección de los caminantes (15).
15. Pero recordemos que Mercurio fue también el nombre que los conquistadores romanos dieron al todopoderoso Lug. Y que ese nombre lo impusieron prácticamente a los pueblos conquistados -celtas y galos- cuando comprobaron que los atributos de la divinidad autóctona eran muy parecidos a los que la religión olímpica atribuía a Mercurio-Hermes.
Poco después de Foncebadón, la carretera termina en El Acebo, una aldea casi abandonada, por cuyos agujeros -que ya ni siquiera son ventanas o puertas- aparecen restos carcomidos de muebles y enseres llenos de orín, que la gente abandonó al emigrar. A la entrada del pueblo hay una fuente que se llama de la Trucha, en remoto y olvidado recuerdo druídico (16).
Entre El Acebo y el monte Aquiana se extiende una comarca abrupta, de riachuelos y montes silenciosos. Una comarca con una historia extraña de santidad, casi increíble si la tomamos al pie de la letra, tal como nos la quieren contar. Fue en lo más intrincado de estos montes donde surgió, hacia el siglo VII, en pleno poder visigodo sobre la península, un movimiento masivo de eremitismo que se aglutinó en torno a la figura venerable de san Fructuoso. Pero ¿quién era san Fructuoso?
Un insólito santo. Si recorremos la superficie de España, lo encontraremos en Cataluña, en Huesca, en los desiertos eremíticos segovianos, y hasta en el santanderino valle de Cabuérniga. Siempre se trata de un santo eremita, pero creo que nadie podría darnos razón de si se trata del mismo o de otro santo varón con el mismo nombre. O de varios. De este del Bierzo sabemos que viajó a Complutum -Alcalá de Henares- y que lo que allí aprendió de los sabios ermitaños que vivían en las cuevas que bordean el río Henares le sirvió, al regresar a su tierra del noroeste, para fijar su destino. Se retiró a los montes bercianos, predicó, fundó eremitorios y llegó a ser obispo de Braga, después de demostrar su santidad con prodigios increíbles (17). En el año
16. El recuerdo surge no porque no haya truchas en los alrededores del lugar, sino porque
nunca hay truchas en una fuente. En cambio, sí conviene recordar que, para los druidas, el culto y el conocimiento de las fuentes era una de las bases de su enseñanza. Por otra parte recordemos también que los maestros druidas fueron eventualmente designados con nombres de ciertos seres de parecida fonética -céltica-, de cuyas propiedades participaban en su calidad de mentores del pueblo. Así eran designados como dru -roble-, como truth jabalí- y comó truit -trucha-. Del roble tenía el druida la fuerza y el poder; del jabalí, el aislamiento y la astucia; de la trucha, la ligereza y la sabiduría. No olvidemos que el pez en general es símbolo de sabiduría y objeto indirecto de culto a lo largo de la era de Piscis. Esta sabiduría druídica fue reconocida por los conquistadores romanos y respetada hasta límites que podrían parecer increíbles. Bastaría comprobar el respeto con que son tratados por el mismo César o la amistad que unió a Cicerón con el druida Diviaticus, de quien dice el clásico latino: «Fue tu amigo y te jactabas de ello. Conocía la filosofía natural a la que los griegos llamaban fisiología, y tenía la costumbre de pronunciar, parte por don de vidente, parte por conjetura, lo que acaecería en el porvenir».
17. Según su historia, contada por san Valerio, realizó numerosos milagros. Curiosos milagros muchos de ellos, como el que le permitió caminar sobre las aguas en las cercanías de la isla de Tambo -en Pontevedra- para salvar a los pescadores de una barca que iba a la deriva y peligraba hundirse en medio de la tempestad. A propósito de san Fructuoso y de los eremitas del Bierzo, puede consultarse el libro San Fructuoso y su tiempo, escrito en colaboración por Florentino- Agustín Díez González, Justiniano Rodríguez Fernández, Francisco Roa Rico y Antonio Viñayo González, editado por el servicio de publicaciones de la Diputación Provincial de León (1966).
646, el rey visigodo Chindasvinto hizo donación al eremita y a sus seguidores de unas tierras que abarcaban buena parte de aquella serranía de los montes de León y, en poco tiempo, al parecer, toda la comarca se plagó de anaco- retas que buscaban su perfección a la vera de san Fructuoso. Las cuevas se superpoblaron de hombres, de mujeres y hasta de familias enteras dispues- tas a entrar en el paraíso por la puerta grande de la santidad. Dicen que hubo allí tantos anacoretas que los reyes llegaron a preocuparse seriamente ante la merma de hombres que aquella grey de aspirantes a santos signi- ficaba para sus ejércitos.
La invasión musulmana terminó momentáneamente con aquella epidemia de santidad. Muchos eremitas huyeron hacia las tierras del norte y formaron el núcleo religioso de los primeros tiempos del reino cristiano de Asturias. Luego, cuando Alfonso II extendió sus fronteras, regresaron al Bierzo, como siguiendo una querencia ancestral, y dieron nueva vida a los cenobios y a las cuevas santas. Surgieron entonces san Genadio y san Valerio, y si el primero fue, en cierto modo, el heredero espiritual del fundador (18), el segundo se encargó de contar la peripecia de aquella Tebaida leonesa.
En aquellos años del segundo florecimiento religioso de la comarca surgie- ron monasterios de los que aún quedan huellas bien visibles. Son las obras maestras de la arquitectura mozárabe leonesa: Santiago de Peñalba, San Pedro de Montes, San Clemente, todos ellos metidos en lo más áspero de la serranía berciana. Y está también por allí Santo Tomás de Ollas, apenas unos kilómetros al norte de Ponferrada, el enclave templario.