Pero lo más extrañamente claro en la presencia del bafomet templario lo constituyen dos -al menos dos- curiosas representaciones religiosas hispá- nicas: una de ellas en un lugar templario; la otra con un personaje protago- nista a quien la tradición templaria no era indiferente.
La imagen en lugar templario es la de san Saturio, ese extraño anacoreta venerado en Soria, cuya cueva-santuario está precisamente en terrenos que fueron en su día propiedad de los templarios de San Polo. No sólo está pre- sente el sincretismo religioso en el nombre del pretendido santo -un posible
23. Significativamente, casi todas las representaciones en terracota de Tanit-Astarté que se han encontrado en los yacimientos arqueológicos púnicos de Ibiza muestran únicamente a la diosa fenicia, como un busto, muy raramente como figura entera. Los arqueólogos han interpretado esta forma, así como los agujeros que eventualmente aparecen en las figuras, como si se tratara de relicarios.
24. Gérard de SÈDE (Los templarios están entre nosotros, Bruguera, Barcelona, 1963) asocia el bafomet a un bapheus meté (pintor de la luna), nombre con el que se conocía a los alquimistas que habían alcanzado la realización de la Obra.
Saturno-, sino que encontramos en él a un personaje que sólo tiene de bea- titud cristiana la devoción ancestral del pueblo, porque los padres bolan- distas no le han tenido en cuenta a la hora de certificar su existencia y su santidad.
Pues bien, la representación de este santo, tal como figura en el monu- mento que tiene dedicado en las afueras de Soria como en las imágenes que existen en el interior de la cueva santa, es lo más parecido a la imagen clá- sica del bafomet: un busto negro que representa a un venerable anciano con barba. Atención: como expresa la raíz sufí FHM (negro) que indicábamos anteriormente; y ser barbudo tal como confesaban los testigos del proceso templario. Y el lugar en que la imagen está colocada es una sala subterránea -que forma parte de la cueva iniciática- donde hacia el siglo XVII se reunía una hermandad de visos carismáticos llamada de los Heros.
Vamos con el personaje que constituye nuestro segundo indicio. Se trata del papa cismático Benedicto XIII, el papa Luna. Como es sabido, el último antipapa vivió en el castillo de Peñíscola desde 1415, en un destierro activo desde el cual luchó por la legitimidad de su tiara pontificia. Peñíscola había pertenecido a los templarios entre 1294 y 1307; y luego, desde 1319, formó parte como encomienda de la orden militar de Montesa, que había heredado la mayor parte de los bienes del Temple y había acogido a casi todos los caballeros dispersos de la Corona de Aragón después del concilio de Tortosa, en el que se tuvieron que acatar las consignas de disolución emanadas de Clemente V (25).
Benedicto XIII residió en el castillo valenciano porque prácticamente le había sido regalado por los caballeros de Montesa a través de su recién nombrado maestre Romeu de Corbera, en 1410. Y, curiosamente, con la aquiescencia de la corona aragonesa, que mostró idéntica simpatía por el papa cismático a la que antes mostró por el Temple. La figura de don Pedro de Luna se enlaza por encima de un siglo con los templarios a través de Peñíscola y de la orden de Montesa.
Hay varios rasgos más que asocian, a través del tiempo, a Benedicto XIII con el extinguido Temple, sobre todo en detalles de su actuación política desde Aviñón. Pero únicamente querría recordar ahora como uno de los regalos pontificios que hizo a la Iglesia aragonesa fue un llamado relicario de san Valero que, según es tradición, constituye uno de los escasos retratos
25. El reino de Aragón, como hemos ya tenido ocasión de ver, fue a través de todos sus reyes y obispos un claro defensor de los templarios. El obispo Ramón de Rocaberti, que lo fue de Tarragona, fue la única voz que se alzó en favor de la orden en las sesiones del concilio de Vienne, junto al obispo de Valencia, Ramón de Ponç. Posteriormente, el obispo Rocaberti formaría parte también del concilio de Tortosa que tuvo que admitir la disolución del Temple.
auténticos que se conservan del papa Luna. Lo que es, sin embargo, más sig- nificativo de este relicario -conservado en la Seo de Zaragoza- es el hecho de que, en primer lugar, san Valero es -lo mismo que el san Saturio soriano- santo de devoción tradicional no reconocido por la Iglesia. Y, además, el relicario vuelve a plantearnos el problema del busto simbólico, porque el rostro retratado en él vuelve a estar pintado de negro.
La tradición templaria del bafomet es uno de los símbolos que, a través de disimuladas veneraciones ortodoxas, aparece esporádicamente en la historia de los cultos cristianos; pero a mi modo de ver representa, tanto por su nombre críptico como por su significado ocultista, una de las claves esoté- ricas de la búsqueda templaria en los lugares secularmente sagrados. A dónde llegaron en esa búsqueda es algo que sólo podemos suponer, hasta que los indicios nos aclaren la realidad. Pero no cabe duda de que al menos la búsqueda existió realmente, y que los templarios la practicaron sistemá- ticamente, valiéndose para ello de todo el poder político y económico que pudieron acumular. Y no es menos cierto que el legado de los templarios -permanente en el recuerdo o a través de miembros de la orden que conti- nuaron en el más estricto secreto sus tradiciones esotéricas- ha subsistido por encima del tiempo.