A este pueblo y a esta época -el siglo VII- pertenecía san Fructuoso (7). Era godo y «toda la sangre que llevaba en su cuerpo era de la más pura estirpe regia», al decir de su biógrafo san Valerio, que parece con ello insistir en un origen casi divino del maestro.
En aquel momento, vencidos tiempo atrás los suevos que ocupaban todo el noroeste peninsular, y oficialmente católico todo el territorio después de la conversión de Recaredo en el tercer concilio de Toledo (586), el pueblo visi- godo podía sentirse ya definitivamente asentado en una patria que tal vez había sido su meta desde el inicio de la gran marcha migratoria secular. No apunto este hecho amparándome en meras suposiciones. Hay indicios que avalan esta posibilidad en el campo del mito. Lo único grave es que los histo- riadores racionalistas han arrinconado a los mitos en el baúl del olvido y les han negado toda posibilidad de mostrar lo que tienen de realidad. Pero fijé- monos en que hay ocasiones en las que las narraciones míticas de pueblos sin aparente contacto coinciden en puntos clave y en simbolismos perfecta- mente identificables. Éste es uno de esos casos.
6. Vid. S. Isidoro de Sevilla, Institutionum disciplinae, ed. de E. Anspach en «Rheinisches Museum für Philologie», núm. 67 (1912), pp. 557-559.
7. San Isidoro murió en el año 636, veintiocho años antes que san Fructuoso el eremita godo del Bierzo.
Basándose fundamentalmente en Diodoro Sículo y en tradiciones de un origen ya perdido, algunos historiadores que hoy no son ten¡dos en cuenta para nada (8) cuentan que «el primero que a ella [la Península] después del Diluvio de Noé vino y fue su primer poblador fue Tubal, quinto hijo de Iaphet, hijo tercero de Noé y los que con él vinieron a ella» (9). De este origen atlante hacen derivar generaciones enteras de reyes y de dinastías de carác- ter aparentemente mítico, pero con un fondo de realidad que necesita toda- vía ser despojado de sus aditamentos legendarios.
Uno de los reyes de estas generaciones míticas de Tubal (10) es Brigo, hijo de lubalda o Idubeda, que según estas crónicas reinó cuatrocientos años después del Diluvio y 259 después de Tubal. Dicen que, provisto de un pode- roso ejército, se expandió por Europa y Asia Menor, y que su nombre dio nombre a los brigios, que luego se convirtieron en frigios. Que estos brigios- frigios fundaron Troya en los confines del Mediterráneo y, en la misma penín- sula, ciudades que conservaron su nombre hasta la romanización: Segobriga (Segovia), Augustobriga (Astorga), Conimbriga (Coimbra).
Si nos acercamos a la historia remota a través de otra tradición, precisa- mente la de los godos, veremos que su ya mencionado obispo y cronista Jornandes nos cuenta que el pueblo atravesó el mar bajo el mando de un rey al que llama Berig, de nombre paralelo -correspondiente,diría yo- al Brigo atlante de la península, y que su tierra de origen, Scanzia, fue «matriz de pueblos», tal como lo fue la península ibérica según la remota tradición.
Es curioso observar, en este sentido, que prácticamente todos los pueblos que, con mayor o menor grado de civilización, estaban asentados en el oriente mediterránco y hasta el Caspio -donde los godos estuvieron en un determinado momento de su largo periplo migratorio-, tuvieron a las tierras de occidente como cuna de los antepasados, y como meta que los hombres tendrían que alcanzar aunque fuera después de la muerte. Desde Egipto a los godos, ese occidente era la querencia cultural donde, de alguna forma, se encontraría la tradición, el recuerdo o la huella de aquella Edad de Oro per- dida hasta ahora para la arqueología. Si fue así, los visigodos, al alcanzar la
8. Me refiero, por ejemplo, a Julián de Ocampo y a Pedro de Alcocer, ambos del siglo XVI, que escribieron respectivamente una Crónica General (Madrid, 1543) y una Historia de la ciudad de Toledo (1554), en las cuales aventuran el origen atlantobíblico de los pueblos que habitaron la península en la más remota antigüedad. Es el caso también del licenciado Andrés de Poza, que dedica el capítulo IV de su libro De la antigua lengua, poblaciones y comarcas de las Españas,
impreso en Bilbao el 1587, a los orígenes míticos de los antiguos reyes peninsulares. 9. Pedro de ALCOCER (op. cit.).
10. La tradición de una presencia de Tubal está extendida por varias regiones de la península. La encontramos, por ejemplo, en Noya (Coruña), fundada legendariamente por una hija suya. La volvemos a encontrar en el ídolo de Peña Tú, en Asturias; se repite en la tradición balear, según la cual las islas fueron pobladas por primera vez por la raza de este personaje bíblico.
península y asentarse en ella hasta conseguir su primera y única unidad polí- tica en la historia, no habían hecho más que cumplir una tradición que les afectaba tanto a ellos como a otros muchos pueblos.
Porque el devenir histórico no se compone sólo de necesidades materiales que el hombre tiene que cubrir. Hay también -y mucho más de lo que podría- mos imaginar- una búsqueda milenaria en pos del conocimiento y de la pro- pia realización espiritual. Y esa búsqueda mueve a los pueblos tanto o más que las sequías o las tierras fértiles, más que el comercio o las riquezas natu- rales, mucho más que las presiones políticas. Porque encontrar la tierra de su origen más remoto -y con esa tierra encontrar también la clave y el sentido de la existencia- es un modo de manifestarse los pueblos, una tendencia ancestral que el hombre tiene no sólo como individuo, sino también como comunidad.
En cualquier caso, resulten ciertas o no las coincidencias míticas, es un hecho sin discusión que el pueblo visigodo hincó sus raíces en la península ibérica y que, por primera vez en su historia, se asentó en tierra que conside- raba propia. Era el momento preciso para realizarse, para plasmar en obra visible todo cuanto llevaba dentro y todo cuanto le estaba dando la tradición de aquella tierra, adquirida... o recuperada de la oscura barrera del tiempo.