Si tomamos, desde el pueblo de Carucedo, junto al lago del mismo nom- bre, una pista de tierra batida que conduce hacia el sur, tropezaremos, a unos seis kilómetros, con los restos de la más impresionante obra de inge- niería que pudiéramos imaginar. Montes enteros fueron aplanados por la fuerza de las aguas que llegaban por siete canales, perfectamente localiza- bles todavía, desde 20 a 40 kilómetros de distancia e irrumpían con toda la furia de su corriente inclinada contra las paredes de esquistos y cuarcitas que formaban la estructura de los montes. Aún es posible perderse por el interior de los túneles de aquellos canales, de cinco y hasta diez metros de diámetro, y asomarse, desde sus bocas, sobre el circo de tierras arruinadas en las que, según las noticias que llegaron de tiempos del imperio romano, trabajaban hasta treinta mil esclavos, cántabros y astures en su mayor parte, moviendo más de 150 millones de metros cúbicos de mineral del que se extraía una media de uno a siete gramos de oro por tonelada.
Es la ruina montium romana, la destrucción sistemática de los montes para la extracción del mineral más codiciado del género humano.
La historia de las explotaciones auríferas romanas del Bierzo no deja de ser extraña. No se tienen noticias de grandes prospecciones anteriores a la con- quista del país. Y, sin embargo, entre los restos arqueológicos encontrados hay abundancia de fíbulas y de brazaletes de oro puro que datan de comien- zos de la edad del Bronce. Curiosamente, todos estos objetos se hallaban muy lejos de los lugares que constituyeron las increíbles explotaciones de Roma. Estrabón (3, 2, 8) cuenta que los turdetanos lavaban arenas auríferas. Y Plinio, en su Historia Natural -escrita cuando ya funcionaban las minas a pleno rendimiento- describe con los nombres usuales los distintos métodos de explotación, y, muy a menudo, al citar un determinado elemento o un método de trabajo, utiliza curiosamente la palabra vocant (llaman), dando a entender con eso que el nombre no corresponde a una voz latina conoci-
da (2). Tendría que tratarse, pues, de una expresión indígena adaptada por los conquistadores.
Entre los años -206 y -168, la Hispania Citerior proporciona a Roma 11.122 libras de oro y catorce coronas del mismo metal. Al comienzo de la época imperial, Augusto ordenaba la explotación masiva del territorio aurífero de Gallaecia, y a fines del siglo I se crea el cargo de procurador de Asturias y Gallaecia. Plinio sigue dando cuenta del producto bruto de las minas: 20.000 libras de oro al año (3).
Sin embargo, a fines del siglo II -es decir, tras apenas doscientos años de rendimiento- dejan de aparecer noticias sobre unas minas que habían consti- tuido el gran incentivo del Imperio sobre las tierras astur-leonesas. La dinas- tía de los Severos suprime el cargo de procurador y, casi inmediatamente, el silencio más extraño se expande sobre esta obra de titanes que aún hoy puede contemplarse como un gigantesco esqueleto de poder. Según el geólogo H. Quiring, los filones de cuarzo con sulfuros auríferos de aquellas zonas eran decididamente pobres, el rendimiento resultaba muy escaso para el esfuerzo desplegado, y las dificultades de la explotación se incrementaban por la dureza de las rocas.
Si a esta afirmación añadimos que las descripciones técnicas de Plinio no conllevan noticias sobre la administración ni la economía de las explota- ciones, cabe pensar que si el oro existía efectivamente, los métodos de Roma no se correspondían ni con la cantidad de mineral extraído ni con el camino industrial empleado. El oro, sin embargo, estaba allí. Y hasta hace no tantos años aún era relativamente frecuente ver a los «aureanas» que lavaban las arenas del Sil en las cercanías del puente de Domingo Flórez y en el Barco de Valdeorras.
A lo largo de la Edad Media hay un total silencio en torno al oro de los montes y de los ríos bercianos. Ningún dato permite suponer que se explo- tasen en beneficio de las economías reales. Pero tampoco existe ningún dato que impida suponer que los templarios hicieran uso de alguna de aquellas explotaciones abandonadas en beneficio de la orden.
Si tenemos en cuenta la ubicación de las encomiendas del Bierzo vere- mos que todas estuvieron en contacto inmediato con viejas explotaciones romanas: la de Rabanal del Camino, junto a la mina que había en las inme-
2. Tomo la mayor parte de estos datos del estudio de Claude DOMERGUE Introduction a l'étude des mines dans du Nord-Ouest de la Péninsule Ibérique dans l Antiquité, incluido en las pp. 253- 286 de la obra colectiva Legio VII gemina, editada en 1970 por la Diputación Provincial de León y el Instituto Leonés de estudios romano-visigóticos, Cátedra San Isidoro.
3. «Uicema milia pondo ad hunc modum annis singuis Asturiam atque Galtaeciam et Lusitaniam praestar guidam prodiverunt» (N. H. 33-78). La libra de oro valía 45 áurei, y cada áureo equivalía a 25 denarios (100 sestercios). Cita y datos de DOMERGUE (Op. Cit.).
diaciones de Santa Coloma; el castillo de Cornatel controlaba las Médulas y las extintas explotaciones de Pombriego; la encomienda de Pieros vigilaba el paso a los yacimientos del Cúa, y desde Corullón se dominaban las arenas auríferas del Burbia.