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Jorge Luis Santalla

In document RPsi-LXVII-Nº4-2009 (página 35-44)

“Cuando Narciso murió, el riachuelo de sus arrobamientos se con- virtió de ánfora de agua dulce en ánfora de lágrimas saladas, y la Oréades vinieron llorando por el bosque a cantar junto al riachuelo y a consolarlo. Y al ver que el riachuelo se había convertido de ánfora de agua dulce en ánfora de agua salada, soltaron los bucles verdosos de sus cabelleras, gritando al riachuelo. Y le dijeron: No nos sorprende que llores por Narciso, que era tan bello. Pero ¿era tan bello Narciso? –dijo el riachuelo–. — ¿Quién mejor que tú podría saberlo? –respondieron las Oréades– . Él nos desdeñaba; pero te cortejaba a ti, dejando reposar sus ojos sobre ti, contemplando su belleza en el espejo de tus aguas. Y el riachuelo contestó: — Amaba yo a Narciso porque cuando se inclinaba en mi orilla y dejaba reposar sus ojos sobre mí, en el espejo de sus ojos veía refle- jada mi propia belleza.” “El discípulo”, Oscar Wilde.

Introducción

En estos tiempos, la cuestión del Yo en Lacan implica una especie de “re- torno a Lacan”, mas no sólo al espíritu de Lacan, como él lo propusiera respecto de Freud, sino a los períodos iniciales, en los que se ocupaba de la temática en lo que al cuestionamiento acerca del yo se refiere y fun- damentalmente a algunas de las razones que lo motivaran. Tema que he tratado anteriormente (Santalla, 1997).

Lacan dice que ingresó al psicoanálisis con la “escobilla” del estadio del espejo (Lacan, 1969), que lo conduce –creo– a barrer con algunas de las cuestiones acerca del tema que, según su interpretación no están cla- ras, y de algún modo los que siguieron a Freud han descuidado o con-

*Dirección: Avda. Luis María Campos 146, 6º “C”, (C1425GEO) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

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delo que opone al objeto como secundario a la certeza del Yo. Deberemos atender, con Lacan, a todas estas inquietudes. Pero antes un resumen, sumario, de Freud.

Freud

“El yo juega ahí el risible papel del payaso del circo, quien, con sus gestos, quiere mover a los espectadores a convencerse de que todas las variaciones que van ocurriendo en la pista se producen por efecto exclusivo de su voluntad. Pero sólo los más jóvenes entre los espectadores le dan crédito.” (Freud, 1914, pág. 51)

Al ver la luz la noción freudiana de inconsciente, se produce una revo- lución “copernicana” en la concepción del espíritu humano. Esta noción condiciona cualquier hipótesis que se construya acerca del enigmático “yo”, en tanto se debe reconocer, inexorablemente, la premisa de lo in- consciente. Pero esta premisa coloca al yo, y a la conciencia humana, en un lugar descentrado y equívoco respecto de sus posibilidades de apre- hensión, y captación fidedigna, de alguna realidad de las “cosas”; tanto las referidas al mundo, como las remitidas a la propia intimidad.

Primer problema, entonces, con Freud se introduce lo inconsciente, y también se complica el estudio y la utilización del vocablo “yo”. No es nuestro propósito repasar in extenso la obra de Freud en lo atinente al tema, que es muy vasta, nos limitaremos a un breve recorrido introduc- torio, que nos sirva al mismo tiempo de vía de acceso a Lacan.

Veamos. En El yo y el ello (Freud, 1923) y en el “Esquema de psico- análisis” (Freud, 1940[1938]), el yo aparece como instancia mediadora, encargada de la persona toda y atendiendo en su función a las deman- das del ello, del superyó y del mundo exterior, real. Las funciones que se le atribuyen son de dos categorías muy disímiles entre sí, ya que provie- nen de los dos modos de la labor psíquica: consciente e inconsciente. Es así definible como un... “distrito de nuestra vida anímica” que “[...] dis- pone de los movimientos voluntarios. Tiene la tarea de la autoconserva- ción, y la cumple tomando hacia afuera noticia de los estímulos, alma- cenando experiencias sobre ellos (en la memoria), evitando estímulos hi- perintensos (mediante la huida), enfrentando estímulos moderados (me- diante la adaptación) y, por fin, aprendiendo a alterar el mundo exterior de una manera acorde a fines para su ventaja (actividad); y hacia aden- tro, hacia el ello, ganando imperio sobre las exigencias pulsionales, de- cidiendo si debe consentírseles la satisfacción, desplazando esta última a los tiempos y circunstancias favorables en el mundo exterior, o sofo- cando totalmente sus excitaciones” (Freud 1940 [1938], pág. 144). Por lo

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fundido. Pero del “estadio” piensa hacer también un “perchero”, del que, veremos, podrán colgarse muchas cosas (Lacan, 1969).

Entre los autores contemporáneos a los que a Lacan le interesaba in- terrogar y cuestionar estaban, por un lado, los nucleados en torno de la denominada Psicología del Yo –justamente– vale decir Hartman, Lowenstein y Kriss como sus referentes; a los que llamó, con su estilo peculiar, el “triunvirato que funciona en Nueva York” (Lacan, 1953-54, pág. 45). Autores que siguieran algunas de las líneas trazadas por Anna Freud y que se ocuparon de las denominadas áreas libres de conflicto del Yo, del tema del Yo y la “realidad” y el tema de la adaptación.

Por otro lado, el kleiniano y sus desarrollos en torno de las nociones de posición, el psiquismo temprano y la de fantasía, con su consecuente propuesta interpretativa, entre otros. Y por último, necesariamente el primero: Freud, al que deseaba “retornar”.

A los efectos de centrar la cuestión daremos algunos rodeos.

El yo

“Somos lo que fingimos ser. Así que debemos tener cuidado con lo que fingimos.” Kurt Vonnegut

Si en una reunión de colegas se demandara por el sujeto que lleva nues- tro nombre, no dudaríamos en responder: “soy yo”. En esta circunstan- cia, el vocablo “yo” es enunciado, en el plano de la comunicación, como pronombre personal de la primera persona del singular y denota especí- ficamente a quien lo emite. Siguiendo con nuestra imaginaria reunión –y ya que estamos entre pares– podría suceder que diéramos en tratar el tema del “Yo” como entidad discernible en el psiquismo y, de ser este el caso, el vocablo no sería utilizado como pronombre, sino como sus- tantivo; denotando alguna “cosa”, “substancia” o “instancia” que lo de- fina. También es presumible que si los reunidos tuviéramos convicciones teóricas diferentes, serían igualmente diferentes las opiniones acerca de la denotación y connotación a la que el vocablo remitiría. Dado el caso invocaríamos “yoes”: “freudianos”, “kleinianos”,” hartmanianos”, “la- canianos”, “aulagnierianos”, etc. Diversidad que representa la compleji- dad del tema ya que, sea cual fuere la concepción teórica acerca del “yo”, ésta determina, contesta, una propuesta tanto práctica como ética.

Habitualmente entre las atribuciones esenciales del yo han quedado ligados: la conciencia, la conciencia de sí, el conocimiento de las cosas y la existencia. Esta vinculación se sintetiza en la fórmula cartesiana, “Yo pienso, yo soy”. Fórmula que funda la certeza del sujeto a partir de sí mismo… de su yo. Episteme que representa el canon idealista del mo-

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El yo y la “realidad”

“La realidad es el producto de los sueños de los muertos.” Jorge Luis Borges; reportaje de Ana Barón, Somos, Buenos Aires, 24/2/78. “Y es que en este mundo traidor, no hay verdad ni mentira: todo es según el color del cristal con que se mira.” Campoamor

Alguna de las cuestiones más ásperas en lo que a los atributos del yo se refiere, son las que involucran lo que tiene que ver con la “adaptación a la realidad”. Por lo tanto, se hacen necesarias algunas puntuaciones acerca del estatuto que podamos otorgar al yo en relación con éstas cues- tiones. Lo haré con mis palabras que siguen el espíritu del razonamien- to lacaniano, según creo.

Freud establece como “principio de realidad” a la capacidad de dis- criminar percepción de recuerdo (también se puede formular como signo de percepción como discriminable de la representación) (Freud, 1911, 1950 [1895]), sólo eso; vale decir que el principio de realidad no es defi- nido a partir de una supuesta capacidad del yo de captar “LA realidad”, sino a la posibilidad de discriminar una cosa del mundo, de una cosa en tanto representación, o sea, recuerdo, deseo. Luego la concordancia o discordancia entre ambas permite diferentes posibilidades de tramita- ción y que pueden ser definidas, básicamente, de las siguientes maneras: una, como la “identidad de percepción”, o sea, hacer de la cosa en el mundo idéntica a la cosa recordada, cuyo referente fenoménico es la alu- cinación; otra, la correspondiente a la “identidad de pensamiento”, lo que equivale a hacer de la cosa del mundo análoga a la cosa recordada y –luego del establecimiento de un juicio, un rodeo por el pensamiento– autorizar una acción que pueda conducir a la satisfacción en juego (Freud, 1911, 1950[1895]). En resumen, el principio de realidad, por lo menos en Freud, no supone una adaptación a “LA realidad” sino a una operación entre la persona y la cosa; y no olvidemos que Freud se defi- ne como kantiano. Esto permite comprender que cada persona, de acuerdo a sus recuerdos, (representaciones, huellas mnémicas) “en- cuentre” y hasta “construya” diferentes “realidades”; o sea, que signifi- que de diferentes modos las cosas del mundo.

Otra cuestión, e inextricablemente anudada con la anterior, es la co- rrespondiente a las identificaciones. Esquemáticamente: si una cosa en el mundo es significada como prohibida –y por lo tanto coincidente con un objeto (representación) del universo psíquico individual por referir, en última instancia a lo incestuoso– no importan las cualidades percep- tuales, o atributos, que se le puedan adjudicar más allá del sujeto, la cosa está proscripta, y esta proscripción –insistamos–, en términos de identi-

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tanto, y hasta el momento, el yo es contradictorio y paradójico. En tanto que es encargado y representante de una especie de central de gestión del sujeto, está aferrado a la “realidad” y necesita del conocimiento para su subsistencia y adaptación. En tanto el ejercicio de la defensa se cons- tituye como desconocimiento de sí, desmintiendo a lo inconsciente, alejándose de su verdad y también de la “realidad”; “yo no miento”, dirá el sabio y mentiroso… “yo”. Esta ambigüedad lo hace, en verdad, poco fiable y poco cartesiano; y no esclarece cuál de los yoes en cuestión es el que enuncia ese enunciado. Esta condición se condensa en la conocida frase freudiana que representa la tercera injuria narcisista de la huma- nidad: “El yo no es amo en su propia casa” (Freud, 1917 [1916], pág. 135). Sigamos por otro punto.

Freud, en “Introducción del narcisismo”, propone que el pasaje del autoerotismo al narcisismo requiere de una “nueva acción psíquica”, y lo dice así: “Es un supuesto necesario que no esté presente desde el co- mienzo en el individuo una unidad comparable al yo; el yo tiene que ser desarrollado. Ahora bien, las pulsiones autoeróticas son iniciales, pri- mordiales; por tanto, algo tiene que agregarse al autoerotismo, una nueva acción psíquica, para que el narcisismo se constituya” (Freud, 1914, pág. 74) y, de ese modo, constituirse como entidad investida. ¿Cuál será, en opinión de Lacan, la nueva acción psíquica de la que habla Freud?

En el universo freudiano hay otra versión del yo, que sigue una lógi- ca diferente, y que involucra a su relación con los otros: El yo como se- dimento de antiguas relaciones de objeto perdidas-abandonadas; como precipitado de identificaciones con el otro (Freud, 1923). Paradigmáti- camente es la identificación que corresponde a los otros que componen los objetos y la trama del complejo de Edipo. En consecuencia este Yo, por imperio de la susodicha identificación, “es” esa historia, omnipre- sente. Freud propone también otra identificación, una muy originaria, constituyente, precedente a la mencionada y a la que prepara el “terre- no”: la identificación primaria, y que define como “una identificación in- mediata {no mediada}, y más temprana que cualquier investidura de ob- jeto” (Freud, 1923, pág. 33). Categorizando de ese modo dos identifica- ciones: la primaria y la edípica.

Por último –“last but not least”–, la concepción del yo como una su- perficie. En El yo y el ello, dice Freud: “El yo es sobre todo una esencia- cuerpo, no es sólo una esencia-superficie, sino, él mismo, la proyección de una superficie” (Freud, 1923, pág. 27). Todo lo dicho requerirá una interpretación por parte de Lacan.

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cuadro que describe como “paranoia de autopunición”, o sea el ataque- castigo ejecutado sobre otro, pero que cae simultáneamente sobre el su- jeto que lo ejecuta (Lacan, 1932). También hay menciones en un escrito cerca de “La familia” que apareció publicado en 1938 en la Encyclopédie

Française –que se ha estimado “prelacaniano”– y que son muy claras

acerca de lo que seguiremos puntuando (Lacan, 1938).

Partamos, sin embargo, del primer artículo en el que Lacan se ocupa detalladamente del tema –la mentada “escobilla-perchero”– presentado al Congreso Psicoanalítico Internacional celebrado en Marienbad en 1936, del que no quedó registro, pero que él recuerda en algunos luga- res (Lacan, 1951, pág. 181). Es en el de Zurich, en 1949, y con la poste- rior publicación de los Escritos, que hay testimonio textual de su interés. Obviamente nos estamos refiriendo al renombrado “estadío del espejo”, y que reconoce una diversidad de antecedentes que vale la pena recor- dar. Años antes, Henri Wallon, desde la psicología y en una vertiente evolutiva, escribe un trabajo acerca de la experiencia del espejo, en el que registra un conjunto de precedentes, y en él cita a Baldwin, Darwin, Guillaume, Preyer y Charlotte Bühler (Wallon, 1934), aunque en este artículo Lacan no cita, extrañamente, a Wallon (Lacan, 1949).

Naturalmente la formación intelectual de Lacan va a incidir en la lec- tura, interpretación y alcance que le dará a la experiencia del espejo. La que aporta, hasta el momento, un hecho de observación, empírico, y no mucho más.

En Francia hubo dos grandes lectores e intérpretes de Hegel, uno de ellos fue Alexander Kojève, el otro Jean Hyppolite, el gran traductor de Hegel al francés. Hyppolite participó de un afamado seminario de Kojève sobre la “Dialéctica del Amo y el esclavo” en Hegel, al que asis- tió Lacan, junto con otros que se fueron constituyendo en los interlocu- tores naturales de la Francia de esos tiempos.

De modo que la experiencia del espejo, los mencionados temas freu- dianos que involucran a la identificación y el narcicismo, la citada nega- ción, etc.; más la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, y otros que ire- mos destacando encuentran en Lacan una combinatoria distintiva que lo lleva a los límites de una “estructura ontológica del mundo humano” (Lacan, 1949 ,pág. 86), nada menos. Y por ahí anda el yo.

Intentemos desglosar el título del trabajo, a ver qué nos anticipa: “El estadio del espejo, como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica” (Lacan, 1949).

Se impone un paréntesis a los efectos de aclarar un término del títu- lo. “Yo” en francés admite dos acepciones: “je” y “moi”, ambos pronom- bres de la primera persona del singular. En la época del “estadio del es- pejo...”, Lacan no había introducido aún entre ambos una discrimina- ción significativa de interés teórico. En la medida en que la introduzca,

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ficaciones, sólo es significativa en la historia de la persona en cuestión. Historia que, significación mediante, opera determinando aún las cuali- dades “perceptuales” de la cosa en juego. Ésta es otra de las condiciones que hacen a la poca credibilidad del yo y su relación con la percepción ya que, desde ambos modelos freudianos, no se puede atribuir al yo y sus relaciones con las cosas otra capacidad que la de discriminar entre lo percibido y lo recordado, y a partir de dicha discriminación actuar.

Por último, dos temas de importancia decisiva a los efectos de nues- tra clínica. Lo antedicho explica el fenómeno por excelencia que la com- promete, o sea la transferencia, en la medida en que, según Freud, se produce a favor de la atemporalidad y la “tendencia alucinatoria de lo inconciente” (Freud, 1912, pág. 105). En sintonía con todos estos desa- rrollos se sitúa otra de las peculiaridades más significativas, y de las que Lacan hará un pivote fundamental en lo que a las condiciones del yo acerca de “sus” verdades: la Negación (Freud, 1925). En este caso es también emblemática la posición que supone para el hablante la pro- nunciación del “no” (“no miento”), que delata la operación represiva sobre una positividad desiderativa, que el vocablo pretende abolir. Iremos reviendo estas y otras inquietudes, ahora con Lacan.

Puntuaciones en Lacan

“El yo es nuestro mayor pecado. Pero el yo tiene poco que ver con la individualidad, con ser distintos a los demás. Digamos que los humanos somos distintos unos a otros por algo que desconocemos. Creemos que somos distintos unos a otros por nuestro amado yo, pero no es así, es por otra cosa. Tres de los autores que siempre he admirado: Schopenhauer, Hume y Berkeley siempre hablaron del yo como una ilusión, y creo que estaban en lo cierto. Hume decía una frase linda: ‘Cuando me busco, nunca estoy en casa’.” J.L. Borges

La voluntad de formalización de Lacan se plasma en la propuesta, prác- ticamente desde sus comienzos, de lo que denomina los tres registros, o dimensiones, de la experiencia humana: Lo Imaginario. Lo Simbólico y lo Real. En cada uno puede ser inscripta la cuestión del yo, aunque de distintas maneras. Lo que puntuaremos estará restringido a la lógica de lo Imaginario, de la que forma parte y contribuye a definir. Lo será a los fines del recorte que supone el tema y el rescate de los primeros desa- rrollos del maestro francés, aunque –subrayo– mantiene su inquietud hasta los últimos seminarios. Ya con la tesis de doctorado en Psiquiatría, “De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad” –el caso Aimée–, que data de 1932, se ocupa de aspectos relacionados con el tema, y uno se destaca por su acercamiento a lo que nos interesa, y es el

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jarlo, un aspecto instantáneo de la imagen” (Lacan, 1949, pág. 100). El inicio de tal espectáculo se sitúa en los seis meses y abarca hasta el año y medio. El infans –vale decir, el que no habla–, dice Lacan: “reconoce su imagen en el espejo como tal”, reconocimiento que es significado en un “jubiloso ajetreo” por la vivencia del ¡aha! (aha-erlebnis) (Lacan, 1949, pág. 99).

¿Qué deriva Lacan de esto? El infante se ha precipitado en la imagen del espejo, y se ha identificado con ella (a menos que se explicite, todas las cursivas son mías). En una experiencia inefable que culmina en el ju- biloso e instituyente: “ ¡YO SOY ESE!”. He aquí el YO.

Desglosemos ahora “el estadío” en algunos “momentos” para com- prender mejor la dialéctica de la identificación y otros fundamentos en los orígenes del yo.

En un primer momento –o fase–, el niñito confunde la imagen del es- pejo con un ser real, carnal, material, de forma que es equiparable al chimpancé, y se comporta como tal, aunque éste posee una capacidad motora de la que el infante no dispone, porque ha nacido en estado de

prematuridad biológica (Lacan, 1949, pág. 102), en cierto estado de fe-

talización según la hipótesis de Bock, que cita Lacan (1951, pág. 182). El

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