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Luis Campalans

In document RPsi-LXVII-Nº4-2009 (página 54-61)

“La diferenciación entre consciente e inconsciente es la premisa fundamental del psicoanálisis” Sigmund Freud (El yo y el ello, 1923)

En lo que sigue nos proponemos la relectura y discusión de este muy breve pero trascendente texto que Freud dejó inconcluso en 1938 a la edad de 82 años y publicado luego en forma póstuma en 1940. Nuestro interés obedece a por lo menos cuatro motivos principales que intenta- remos desplegar:

a) La evolución y complejidad operada en el pensamiento de Freud res- pecto del concepto de castración, en particular luego de 1920, alcan- zando así su definitivo estatuto de “complejo nuclear” de la teoría y la clínica analíticas.

b) En concordancia con lo anterior, la ratificación de la importante no- ción de “desmentida” (Verleugnung) cuya problemática y alcances se extienden más allá de los límites de este texto.

c) La cuestión de las funciones del Yo centradas en el concepto freudiano de “defensa” (Abwher) y su relación con la constitución y aprehensión de lo que llamamos realidad en tanto que humana.

d) El empleo de la noción de “escisión del Yo” por parte de algunos desa- rrollos actuales para fundamentar la idea de una “nueva metapsico- logía” que caracterizaría a las llamadas “patologías actuales” que su- puestamente habrían desplazado a las neurosis.

* Dirección: Pereyra Lucena 2552, 8º “A”, (C1425EDB) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

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las “graves afrentas al amor propio” de la humanidad y, por ello, causa de las siempre renovadas resistencias al psicoanálisis. 10

A ese inconsciente freudiano, Lacan le va a otorgar un sujeto como distinto del Yo, un sujeto que no es agente sino efecto del discurso, esta- bleciendo así su carácter subversivo respecto de cualquier noción de “in- dividuo” en tanto pensar que “piensa solo” independiente de la “con- ciencia de sí” (Selbsbewusstein).

Por otro sendero teórico, Freud (1909) trabajando sobre el mecanis- mo de la represión en la neurosis obsesiva, dice que éste no opera sólo por desalojo de la representación “inconciliable”, sino además por “sus- tracción de afecto” y “desgarramiento” de los nexos entre representa- ciones provocando una “escisión” de los contenidos pre-conscientes (la misma idea se reitera cuando se refiere a los mecanismos de anulación y aislamiento). En el final del historial del “Hombre de las Ratas” se podría decir que sin nombrarla como tal se prefigura la idea de lo que luego llamará “escisión del Yo” cuando dice que su paciente tenía “por así decir, una personalidad inconsciente y dos preconcientes”, una “nor- mal” y otra “que contenía las formaciones reactivas” y “entre las cuales podía oscilar su conciencia […] de modo que podía tener dos credos y sustentar dos cosmovisiones”. Luego y a propósito de otro caso similar reafirma que “ambas organizaciones tienen acceso a su conciencia” y que tras la personalidad reactiva “se descubre lo inconsciente de su ser, desconocido por completo”. 5

No se trata pues de una dualidad que configure o funde otra “instan- cia psíquica” u otra división estructural o tópica ni tampoco que la parte “escindida” vaya a constituir un otro Yo y menos aún un otro incons- ciente (“escindido”, “arcaico”, etc.).

Restaría por mencionar en este recorrido freudiano a la escisión que en 1910 se sitúa a nivel de la elección de objeto como una disociación entre el objeto de amor y el objeto de deseo más típicamente masculina y expresión del conflicto, del cual la represión es responsable, entre la corriente tierna y la corriente sensual. 6

En suma, pensamos que en un sentido riguroso deberíamos preservar la noción de Spaltung o escisión para aquella división inaugural y cons- titutiva del inconsciente que constituye a la vez la condición y el estado en que su sujeto emerge y se detecta en la praxis analítica. 21

II

La idea de una Spaltung en el Yo de la que Freud intenta dar cuenta en 1938 reitera lo planteado en “Fetichismo” (1927) y se presenta como un efecto o consecuencia de la desmentida de la castración y en particular

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I

Como bien lo señala J. Strachey en su nota introductoria, este trabajo debe ponerse en relación de continuidad con al menos otros dos textos conexos; por un lado con el estudio “Fetichismo” de 1927 y, por otro, con el capítulo VIII de “Esquema del psicoanálisis”, escrito apenas unos meses después de “La escisión del Yo” y también publicado en forma póstuma en 1940. Será entonces pivoteando entre esas dos referencias que abordaremos este fragmentario texto.

De entrada nos encontramos con esa duda o vacilación de Freud acer- ca de si con la Ichspaltung está comunicando alguna novedad o si se está refiriendo a algo de antaño evidente; una tarea que nos lega a nosotros sus lectores analistas y respecto de la cual nos adelantamos a opinar que hay un poco de ambas cosas. 16

El término “Spaltung” (“splitting” para los autores ingleses) es tra- ducible como “escisión”, “división” o “clivaje” y designa alguna forma de ruptura de la unidad psíquica. Freud lo utiliza desde el comienzo y a lo largo de su obra de un modo lo bastante amplio y diverso como para exi- gir algunas precisiones. Proviene de la psiquiatría del siglo XIX y fue empleado por Pierre Janet y Josef Breuer, mentores de Freud. En ellos se trata de una “escisión de conciencia” o también “estado segundo” o “estado hipnoide”, lo que acentúa su carácter transitorio evidenciable en la hipnosis y en el ataque histérico. En forma contemporánea es usado también por Eugen Bleuler para caracterizar a su “esquizofrenia” pero en el sentido de una ruptura o “disociación de las funciones psí- quicas”. 28 Freud no sólo se distancia de esta concepción sino que va a ir más allá de sus maestros para proponer en 1900 una Spaltung es- tructural como “Otro escenario” 4, como alteridad irreductible respecto de la conciencia. No ya una escisión patológica, accidental, temporaria o reversible sino un inconsciente sistémico como “instancia psíquica”; pa- sando así de una psicología fenoménica a una metapsicología apoyada sobre una división radical e irreductible solo conciliable a través de las “formaciones de compromiso”. Esa división surgirá en principio como efecto del conflicto psíquico para, posteriormente, en 1915, ser fundada por la represión primaria 9 homologable para Lacan a la entrada del ca- chorro humano a la dimensión del lenguaje y al corte inaugural que ella instala.

Se trata pues de una división que es constitutiva, que no deviene de la ruptura de ninguna unidad previa ni es reparable por alguna re-unión posterior.

A esa Spaltung esencial que testimonia el inconsciente freudiano le es correlativo ese descentramiento copernicano respecto del Yo, el cual “ni siquiera es el amo en su propia casa”, que Freud (1917) incluye entre

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primordial; de aquella mujer sin hombre, como señala Freud en su es- tudio sobre Leonardo, de la que el sujeto fue su falo, su objeto comple- tante. 7

Ello vuelve a demostrar que el anudamiento y los vínculos entre el complejo de castración y el narcisismo, tanto en la teoría como en la clí- nica, son tan constantes como inseparables.

Haciendo mención al artículo que nos ocupa, Lacan (1957) señala que el problema de la castración y, con ella, el del análisis eventualmente in- finito no gira en torno de tener o no tener el falo (“callejón sin salida imaginario”, dice), sino que lo decisivo pasa por reconocer que no se lo es.23 Es decir que la cuestión de la aceptación o el rechazo de la castra- ción de la madre es estrictamente correlativa de la cuestión de ser o no ser su falo: la Virgen y el Niño para tomar la iconografía que evoca Freud, lo que nos conduce a esa fórmula de Lacan: “A mujer santa, hijo perverso”. 26

De lo que se trata entonces en la desmentida es de preservar la ilusión fálica de la madre y de este modo resguardar otra: la identificación nar- cisista al falo como yo ideal.

Si lo desmentido, como se ha dicho, no puede reducirse al mero dato perceptivo, cabe entonces preguntarse mejor sobre sus alcances y ello sin dejar de reconocer la importancia de la ambigüedad y el equívoco vi- sual, por ejemplo, en la escenografía de la perversión.

Esa ilusión del falo materno freudiano puede articularse con la cues- tión lacaniana del goce femenino, ese que Freud confesó ignorar, como un goce más allá del falo y por ello del penisneid. 27 La falta aquí des- mentida sería precisamente la del significante de “La mujer” y la ilusión a sostener la de que ellas fuesen “todas” fálicas, de que no haya otro goce que el goce fálico. La falta de una complementariedad o simetría de los goces; la de un Saber sobre lo sexual y en última instancia la de una falta en el goce como absoluto (aquel que el neurótico sueña y el perverso haría semblante) son todas lecturas posibles, significaciones de la cas- tración reducida a escribirse como un significante, el del Otro barrado.

Volviendo al texto de 1938, es asimismo notable cómo la desmentida y su efecto de “escisión” en el Yo, definido como “coexistencia de dos pos- turas psíquicas” 16, se desplazan desde las psicosis y el fetichismo pri- mero al Yo “joven” del niño frente a situaciones de “trauma psíquico” para luego, en el capítulo VIII del “Esquema”, extenderse a las neurosis en general. Freud dice también allí que el fetichismo puede ser compa- tible con una “conducta sexual normal”, pues lo común es que su carác- ter sea “parcial” y aún un “mero indicio”. 17

Se evidencian así las imprecisiones e insuficiencias de nuestra psico- patología; saludable insuficiencia, pensamos, ya que al poner en movi- miento los conceptos evita la coagulación de los saberes.

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de la desmentida de la “realidad objetiva” 16 de la castración, entendi- da como falta de pene en la mujer, lo cual constituye una noción sobre cuya paradójica complejidad tal vez nunca se insistirá lo suficiente.

La Verleugnung es ubicada por Freud como una defensa a nivel del campo perceptivo, pero ello solo puede ser pensable como un efecto ima- ginario de algo que se sitúa en un nivel simbólico y cuyas claves también nos las entrega Freud. Salta a la vista que a la mujer no le falta nada de lo que la naturaleza anatómicamente le proveyó, así como también se sabe que no hay percepciones negativas, es decir que nada falta excepto que se suponga o se crea que deba estar allí. Esa creencia se llama en Freud “juicio de atribución universal” o también “premisa universal” del falo, que forman parte de ese conjunto de axiomas fantásmáticos pre-existentes respecto del sujeto que llama “Teorías sexuales infanti- les” y que constituyen una lógica del inconsciente. No hay entonces per- cepción pura, “objetiva” por así decir, sino que la captación psíquica de la realidad esta determinada, incluso producida, por esos axiomas uni- versales. Dicho de otra forma, no es que el juicio dependa de la percep- ción sino que ella está determinada por el juicio de existencia 12; lo que surge claramente del texto de “La negación” (1925).

Si el falo remite a un pene será pues en tanto que supuesto y faltan-

te, y en sentido estricto no tiene sexo o bien sería “unisex”. Es sólo el sig-

nificante de una falta (de objeto) y por ello significante del deseo que fundando esa “óntica negativa” (Masotta) propia del psicoanálisis viene a ordenar la inserción del sujeto en una posición sexual 29. El complejo de castración puede considerarse así como un conflicto entre la expe- riencia de la diferencia de los sexos y aquella premisa universal destina- da a simbolizarla, y por ello va a tener diferentes nombres según el lado de la sexuación: “amenaza de castración” del lado viril, “envidia del pene” del lado femenino. Señalemos al pasar que si estuviese en juego una lógica de la privación (es decir, de una falta real), las fetichistas de- berían ser las mujeres; de ello parece no haber casuística a lo que sin duda contribuye que ellas encuentren en el pene real su fetiche “natu- ral”, por así decir.

Desde 1923, cuando interpola la fase fálica, se va marcando en Freud una evolución, una complejización del complejo y de la noción de castra- ción que culminará en 1937 con la admisión allí de un tope a lo analiza- ble. 15 Si el falo como inscripción simbólica trasciende al órgano fe- noménico, la castración pasa a ser mucho más que una mera fantasía (de una amenaza jamás concretada) para adquirir un estatuto estructuran- te de “complejo nuclear” de la subjetividad humana, no solo para la asunción de una posición sexual, sino en cuanto a la relación misma con la realidad. En 1927, además, lo decisivo en cuanto a lo aceptado o des- mentido pasa a ser la castración de la madre, encarnadura aquí del Otro

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como tal; deslizamiento del que es responsable Freud pero sobre todo muchos de los desarrollos “post-freudianos” surgidos de la llamada “se- gunda tópica”. Esa “noción suplementaria” 29 (Masotta) a su metapsi- cología que justamente –al admitir funciones del yo inconcientes en un sentido descriptivo– debería leerse como un intento de reformular para sostener el principio del conflicto psíquico y del descentramiento del Yo respecto del “núcleo de nuestro ser”. 4

Sin embargo y a pesar de las advertencias y esfuerzos de articulación del propio Freud (por caso el del capítulo IV del “Esquema”: “Ello e in- consciente se co-pertenecen de manera tan íntima como Yo y precons- ciente”), su segunda teoría terminó siendo a menudo entendida como un cambio o sustitución de modelo. 17

La realidad que atañe al psicoanálisis –y en ello hay una constancia en Freud– es la “realidad psíquica” (Realität) que diferencia de la “rea- lidad material” (Wirklichtkeit). Esto implica que es del orden de una es- cena con montaje y guión simbólico-imaginario determinado por las fan- tasías y los deseos que éstas vehiculizan. Lo real como necesario no es la realidad; queda velado y es lo que irrumpe como angustia cuando falla la realidad. 2 Esto mismo está por ende connotado en las expresiones “principio de realidad” (Realitätprinzip) y “prueba de realidad” (Realitätsprüfung) que por estar sujetas a los múltiples vasallajes del Yo no pueden ser una función de objetividad y, por ello, lugar de apelación o de “alianza terapéutica”, sino más bien una función de confirmación de apariencias y creencias que van a conformar “el círculo de certidum- bres mediante las cuales el hombre se reconoce como Yo”. 22

Dicho de otra forma, la conformación de la realidad en tanto que “psí- quica” es una función de la síntesis yoica, y por ende su aprehensión es- tará afectada por todo lo que afecte y opere sobre esa síntesis, no sólo la desmentida sino el “proceso de defensa” como tal. La noción de defensa (Abwehr) empleada al comienzo de su obra, vuelve a ser reflotada por Freud cuando ve que la complejidad de la misma no puede reducirse úni- camente a la represión (Verdrangüng).

A menudo se nos recuerda y con razón que el Yo no es sólo una ima- gen especular (el moi de Lacan), sino que hay un Yo de funciones; pues bien, la defensa es su función esencial, ya que sobre ella se sostiene la vi- vencia psicológica del sí-mismo y el espejismo de su autonomía. Esto in- cluye al Yo (je) que se articula como primera persona del enunciado y agente del discurso intencional, de la racionalidad, del control del pensa- miento y del sentido común pretendiendo gobernar el “acceso a la moti- lidad”.

Esa función yoica de la Abwher freudiana será en Lacan18 función de desconocimiento (patentizada por la negación) apuntando al racionalis- mo del “conócete a ti mismo”, pues el sujeto cartesiano del conocimien-

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Por un lado, la sola referencia a la Verleugnung aparece como insufi- ciente para la caracterización de la perversión como estructura clínica y se hacen necesarias otras referencias. Por ejemplo: la condición del pene real en el partenaire; el imperativo categórico de la “voluntad de goce” más allá del deseo o el encarnar ese fantasma de “sabergozar” al decir de Lacan y que por eso no demandaría saber sobre lo sexual, obstáculo por ende para hacer transferencia. 2

Por otro lado ha de situarse ese rasgo o sesgo fetichístico (la renuncia nunca es completa) cuya función como condición erótica es esencial al movimiento del deseo, por caso todo aquello que integra lo que Lacan, tomándolo de Joan Riviere, llama “mascarada femenina”. 24

III

Lo que Freud llama “escisión del Yo” como efecto de la desmentida se va a expresar básicamente en la relación de éste con la realidad, no sólo de la castración de la mujer sino de la realidad entendida como realidad ex-

terior. Esta correlación entre la castración y el criterio de realidad es

una de las cuestiones teóricas más importantes que se desprenden del texto si bien ya estaba implicada en las reflexiones de Freud (1910) sobre la alucinación del dedo cortado en el “Hombre de los Lobos”. 11 Paradójica correlación ya que no siendo la castración ninguna realidad efectiva deviene condición clave para la construcción y sostenimiento de la misma; al extremo que la forclusión (Verwerfung) de la inscripción de su significante se traduciría en ese descalabro de la realidad que carac- teriza a las psicosis.

El falo se constituye así en “el significante privilegiado de las relacio- nes del hombre con el significado” 23 y, a partir de allí, con la realidad en tanto que humana y el complejo de castración como estructura re- sulta ser algo así como el delirio común o consensuado del ser (o de la “falta de ser”) del ser humano y nos remite a ese aforismo de Pascal 20 que cita Lacan (1953): “Los hombres están tan necesariamente locos que sería estar loco de otra locura no ser loco”.

Esto quiere decir que las relaciones del Yo con la realidad son efecto o dependen más de la inscripción de la castración que del sistema Percepción-Conciencia.

No menos trascendente resulta la admisión por parte de Freud 16 de una sobrevaloración (“en esto andamos errados”, dice) de la función de síntesis del Yo a la luz de sus “perturbaciones”, que develan que su uni- cidad o mismidad es del orden de la apariencia o del espejismo.

Cae así la ilusión de una supuesta función objetivante del Yo hereda- da de la psicología clásica (P. Janet) de registro y adaptación a lo real

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intuitivos del adentro-afuera, por lo que modelos como la banda de Moebius, que puede mostrar dos lados pero tiene una sola cara y un solo borde, pueden dar mejor cuenta de ese “egomorfismo” de la realidad que esa topología cerrada del “huevo” freudiano de la segunda tópica.

Se podría hacer así un inventario de los fenómenos que en principio llamaremos imaginarios, que a lo largo de la historia del psicoanálisis y la psiquiatría describen una afectación de la unidad yoica, por caso: transitivismo, disociación, desdoblamiento, despersonalización, fenóme- no del doble, proyección freudiana e identificación proyectiva kleiniana,

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