APENDICE B JOSEFO Y LA CAÍDA DE JERUSALÉN
JOSEFO Y LA CAÍDA DE JERUSALÉN
... En consecuencia, me parece que las desgracias de todos los hombres, desde el principio del mundo, si se comparan con éstas de los judíos, no son tan considerables como si fuesen ...
Así escribió Flavio Josefo en el prefacio a su clásico Las Guerras de los Judíos, su asombroso registro de la Gran Tribulación de Israel. Una y otra vez, su historia de aquellos terribles años corre paralela a las bíblicas profecías de la destrucción de Jerusalén. El lector de los siguientes extractos harían bien en familiarizarse con los textos básicos sobre el juicio de Israel, especialmente Deuteronomio 28, el discurso del Monte de los Olivos (Mat. 24, Mar. 13, Luc. 21), y el libro de Apocalipsis.
Las obras de Josefo están disponibles en varias ediciones. A mí me gusta el juego de cuatro tomos publicado por Baker Book House (Grand Rapids, 1974). Gaalya Cornfield ha editado una hermosa y nueva traducción de Josefo: La Guerra Judía (Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1982) con muchas fotografías y un extenso comentario erudito; cualquiera que desee estudiar a Josefo en profundidad ciertamente debería consultar este tomo (aunque está estropeado por muchos errores tipográficos). Los extractos citados más abajo son de la traducción Whiston estándar. Yo he añadido mis propios subtítulos para cada extracto, y he dividido algunos de los pasajes más largos en párrafos para una lectura más fácil; pero la numeración de cada sección corresponde al original. Además, he insertado algunas notas de pie de página explicativas. Aunque estas notas ayudan a mantener juntas las citas, este apéndice no se propone ser una narración continua, sino meramente una colección de extractos que ilustran un argumento principal de este libro: que la caída de Jerusalén en 70 D. C. era el cumplimiento de la profecía de Jesús en el Monte de los Olivos.
Los extractos comienzan describiendo algo de los antecedentes de la Revuelta Judía, y terminan con el suicidio en Masada en 74 D. C.
Facciones y falsos profetas (ii:xiii:2-6)
2. Por lo tanto, Nerón concedió el reino de Armenia Menor a Aristóbulo, el hijo de Herodes (1), y añadió al reino de Agripa cuatro ciudades, con las toparquías que les pertenecían: Quiero decir Abila, y la Julia que está en
Perea, y Tariquea, y Tiberias de Galilea; pero hizo a Félix procurador del resto de Judea. Este Félix tomó vivos a Eleazar el archiladrón, y a muchos más que estaban con él, cuando juntos habían asolado el país por veinte años, y les envió a Roma; pero, en cuanto al número de ladrones a los cuales hizo crucificar, y los que fueron atrapados de entre ellos, y a quienes trajo para ser castigados, eran una multitud que no se podía contar.
3. Cuando el país fue purgado de estas gentes, surgió en Jerusalén otro tipo de ladrones, que eran llamados sicarios, y mataban de día y en medio de la ciudad; esto lo hacían principalmente durante las fiestas, cuando se mezclaban entre la multitud y ocultaban dagas bajo sus ropas, con las cuales apuñalaban a sus enemigos; y cuando alguno caía muerto, los asesinos se convertían en parte de los que se indignaban contra ellos; por este medio, parecían personas de tal reputación que de ninguna manera podían ser descubiertos. El primer hombre que fue asesinado por ellos fue Jonatán el sumo sacerdote, después de cuya muerte muchos eran asesinados todos los días, mientras que el temor que los hombres sentían de correr la misma suerte causaba más aflicción que la misma calamidad, y mientras que todos esperaban la muerte en cualquier momento, como ocurre a los hombres en la guerra, los hombres estaban obligados a mirar delante de ellos, y tomar nota de sus enemigos desde gran distancia; si sus amigos se les acercaban, tampoco podían confiar más en ellos; pero, en medio de sus sospechas y de la necesidad de protegerse, eran asesinados. Tal era la celeridad de los conspiradores, y tan hábil era su ingenio.
4. Había también otro grupo de hombres malvados que se juntaron, no tan impuros en sus acciones, pero más malvados en sus intenciones, los cuales acabaron con el feliz estado de la ciudad no menos que estos asesinos. Estos hombres defraudaban y engañaban al pueblo bajo una pretendida inspiración divina, pero procuraban innovaciones y cambios en el gobierno, y prevaleciendo con la multitud, actuaron como locos e iban delante de la gente y entraron al desierto haciendo ver que allí Dios les mostraría las señales de la libertad. Pero Félix pensó que este proceder era el principio de una revuelta; así que envió a algunos jinetes y soldados de a pie, todos armados, que destruyeron a gran número de ellos.
5. Pero había un falso profeta egipcio que hizo más daño a los judíos que los anteriores; porque era un estafador, y pretendía ser profeta también, y reunió a treinta mil hombres engañados por él; a éstos condujo desde el desierto hasta el llamado Monte de los Olivos, y estaba listo para, desde este lugar, tomar a Jerusalén por la fuerza; y si hubiese podido derrotar a la guarnición romana y al pueblo una sola vez, se proponía dominarlos con la ayuda de los guardias que debían irrumpir en la ciudad con él. Pero Félix impidió este intento, y lo enfrentó con sus soldados romanos, mientras todo el pueblo le ayudó en su ataque contra ellos, de manera que, cuando se inició el combate, el egipcio
huyó junto con algunos otros, mientras que la mayor parte de los que le acompañaban fueron o destruidos o tomados vivos; pero el resto de la multitud fue dispersado, y se fueron cada uno a su propia casa, y allí se ocultaron.
6. Ahora bien, cuando estas gentes se aquietaron, sucedió, como ocurre en un cuerpo muerto, que otra parte estaba sujeta a inflamación; porque se reunió una compañía de engañadores y ladrones, y persuadieron a los judíos para que se rebelaran, y les exhortó a declarar su libertad, infligiendo la muerte a los que continuaban obedeciendo al gobierno romano, y diciendo que los que escogieran voluntariamente la esclavitud deberían ser obligados a abandonar tales deseadas inclinaciones; porque se separaron en diferentes grupos, y poniéndose al acecho a lo largo de todo el país, saqueaban las casas de los hombres importantes, y mataban a los mismos hombres, e incendiaban las poblaciones; y esto ocurrió hasta que toda Judea estuvo llena de los efectos de la locura de ellos. Y así, las llamas eran avivadas más y más todos lo días, hasta que estalló la guerra directa.
La tiranía de Gesio Floro (2) (ii:xiv:2)
2. Y, aunque tal era el carácter de Albino, Gesio Floro, que le sucedió, demostró que el primero había sido una persona excelente por comparación; porque el primero cometió la mayor parte de sus diabluras en privado, y con una especie de disimulo; pero Gesio cometió sus injustas acciones, que perjudicaron la nación, de una manera pomposa; y aunque había sido enviado como verdugo para ejecutar a los malhechores que habían sido condenados, no escatimaba ninguna clase de rapiña ni delitos; cuando el caso era realmente digno de lástima, él era de lo más bárbaro, y en las cosas de la mayor bajeza, era de lo más descarado. Tampoco podía nadie superarlo en disfrazar la verdad, ni en inventar más sutiles maneras de engañar que él. De hecho, sólo le parecía una falta de poca monta obtener dinero de personas solas; así que saqueaba ciudades enteras, y arruinaba grupos enteros de hombres al mismo tiempo, y proclamaba casi públicamente por todo el país que aquéllos eran libres para convertirse en ladrones, con la condición de que compartieran con él el botín que obtuvieran. En consecuencia, su codicia de ganancias era la ocasión de que toparquías enteras quedaran desoladas, y que mucha gente abandonara su propio país y huyera a provincias extranjeras.
Matanza en Jerusalén (ii:xiv:8-9)
8. Ahora bien, en esta época, Floro se instaló en palacio, y al día siguiente hizo instalar el tribunal delante del palacio, y se sentó en él, y los sumos sacerdotes, y los hombres que tenían autoridad y los que eran más eminentes en la ciudad comparecieron delante de aquel tribunal. Floro les ordenó que le trajeran los que habían hablado mal de él, y les dijo que ellos mismos debían participar de la retribución correspondiente a aquéllos si no le traían a los criminales. Pero las autoridades demostraron que el pueblo era de temperamento pacífico y le rogaron a Floro que perdonase a aquellos que habían errado al hablar contra él, pues no era extraño que en una multitud tan grande hubiese algunos más atrevidos de lo que debían ser y más tontos también, en razón de su menor edad. Dijeron que era imposible distinguir a los que habían ofendido del resto de la gente; que cada uno sentía lo que había hecho y lo negaba por temor a lo que pudiese sobrevenirle. Dijeron que él debería proporcionar paz a la nación y tomar las medidas que preservaran la ciudad para los romanos y que, más bien, por amor al gran número de personas inocentes, debía perdonar a los pocos que eran culpables antes que perjudicar a un grupo tan grande de personas buenas a causa de unos pocos malos.
9. Floro se enojó mucho al oir esto, y ordenó en voz alta a los soldados que saquearan lo que se llamaba el Mercado Alto y que mataran a todos los que encontrasen. Así que los soldados, tomando esta orden de su comandante en un sentido que estaba de acuerdo con su deseo de obtener ganancias, no sólo saquearon el lugar a donde habían sido enviados, sino que entraron por la fuerza en cada una de las casas y mataron a sus habitantes. De modo que los ciudadanos huyeron por estrechos senderos, y los soldados mataron a los que capturaron y no se omitió ningún método de saqueo. También capturaron a muchas de las personas pacíficas y las llevaron ante Floro, quien las castigó con azotes y luego las crucificó. En consecuencia, el número total de los que fueron muertos ese día, con sus esposas y sus hijos (pues no perdonaron ni siquiera a los mismos niños) fue de aproximadamente 3,600. Y lo que hizo que esta calamidad fuese aún mayor fue el nuevo método de barbarie romana. Floro se aventuró a hacer lo que nadie había hecho antes, es decir, hacer que hombres del orden ecuestre fueran castigados con látigo y clavados a una cruz delante de su tribunal. Aunque estos hombres eran judíos de nacimiento, eran ciudadanos romanos (3).
"El día transcurría derramando sangre" (4) (ii:xviii:1-5)
1. Ahora bien, el pueblo de Cesarea había matado a los judíos que había entre ellos el mismo día y a la misma hora [en que los soldados fueron muertos], lo
cual uno pensaría que debió haber ocurrido por disposición de la Providencia, por cuanto en una hora más de veinte mil judíos fueron muertos y toda Cesarea fue vaciada de sus habitantes judíos. Floro capturó a los que escaparon y les envió encadenados a las galeras. Por la desgracia que sobrevino a los judíos de Cesarea, la nación entera se airó en gran manera. Los judíos se dividieron en varios grupos, y asolaron las poblaciones de los sirios y las ciudades vecinas, Filadelfia, Sebonitis, Gerasa, Pella, Scitópolis; y luego Gadara y Hipos; y cayendo sobre Gaulonitis, algunas ciudades fueron destruidas allí, y algunas fueron incendiadas. Luego los judíos fueron a Quedasa, que pertenecía a los tirios; a Ptolomeo, Gaba, y Cesarea; ni Sebaste [Samaria] ni Ascalón pudieron oponerse a la violencia con que fueron atacadas, y cuando los judíos hubieron incendiado estas ciudades hasta dejar sólo cenizas, demolieron completamente a Antedón y a Gaza; además, muchas aldeas alrededor de cada una de esas ciudades fueron saqueadas, y tuvo lugar una inmensa matanza de los hombres que fueron atrapados en ellas.
2. Sin embargo, los sirios estaban a la par con los judíos en cuanto a la multitud de hombres que mataron, pues mataron a los que capturaban en sus ciudades. Y no sólo las asolaban por odio, como anteriormente, sino para evitar el peligro que ellas representaban. Así que los desórdenes en toda Siria eran terribles, y cada ciudad se dividió en dos ejércitos, cada uno de los cuales acampaba en frente del otro. La supervivencia de un ejército significaba la destrucción del otro. Así que el día transcurría en medio del derramamiento de sangre, y la noche en medio del temor. No se sabía cuál de los dos más terrible, pues, cuando los sirios creían que habían derrotado a los judíos, sospechaban de los judaizantes también. Y como cada lado no se preocupaba de matar aquellos de los que sólo sospechaba, tenían gran temor de ellos cuando se mezclaban entre sí, como si ciertamente fueran extranjeros. Además, la codicia de ganancias era una provocación para matar al contrario, aun a los que hacía tiempo parecían muy amables y gentiles para con ellos, porque sin temor saqueaban los efectos personales de los muertos, y se llevaban a sus casas los despojos de aquellos a los que habían matado, como si los hubiesen obtenido en combate formal. Y el que obtenía la mayor porción era considerado hombre de honor, por haber vencido al mayor número de enemigos. Entonces era común ver ciudades llenas de cadáveres insepultos, los de viejos mezclados con los de niños, y esparcidos juntos. Había también mujeres entre ellos, desnudas. Se podía ver la región entera llena de calamidades indescriptibles, mientras el terror de prácticas aun más bárbaras se cernía amenazante, y estas prácticas eran en todas partes mayores que las que ya se habían perpetrado.
3. Y hasta ahora el conflicto había sido entre judíos y extranjeros; pero cuando hicieron incursiones a Scitópolis, encontraron judíos que actuaban como enemigos; porque mientras con arreos de combate se enfrentaban a los de Scitópolis y preferían su propia seguridad a su relación con nosotros, luchaban
contra sus propios paisanos; más aun, su diligencia era tan grande que los de Scitópolis sospecharon de ellos. Por consiguiente, éstos últimos temieron que aquéllos asaltaran la ciudad de noche y, para su gran desgracia, debían disculparse ante su propia gente por su rebelión. Así que les ordenaron que, en caso de que confirmaran su acuerdo y les demostraran su fidelidad, los que eran de diferente nacionalidad debían salir de la ciudad con sus familias a una bosquecillo cercano; y cuando hubieron hecho como se les había ordenado, sin sospechar nada, la gente de Scitópolis permaneció quieta por espacio de dos días para tentarles a sentirse seguros; pero a la tercera noche vieron su oportunidad, y les cortaran las gargantas, a algunos mientras estaban descuidados, y a otros mientras dormían. El número de los asesinados fue superior a trece mil, y también les despojaron de todo lo que tenían.
4. Merece contarse lo que le ocurrió a Simón. Era hijo de un tal Saúl, hombre de reputación entre los judíos. Este hombre se distinguía del resto por la fortaleza de su cuerpo y la audacia de su conducta, aunque abusaba de ambos para perjuicio de sus paisanos. Venía todos los días y mataba a gran número de los judíos de Scitópolis, y con frecuencia los obligaba a huir, y él solo era responsable de la victoria de su ejército. Pero un justo castigo le sobrevino por los asesinatos que había cometido contra los de su misma nación. Cuando la gente de Scitópolis arrojó sus dardos contra los que estaban en el bosquecillo, Simón sacó su espada, pero no atacó a ningún enemigo porque vio que no podía hacer nada contra semejante multitud. Exclamó de manera muy conmovedora: "Pueblo de Scitópolis, merezco sufrir por lo que les he hecho, cuando no les di ninguna seguridad de mi fidelidad hacia ustedes al matar a tantos de mis paisanos. Por lo cual, con mucha justicia experimentamos la perfidia de los extranjeros, mientras actuamos de manera extremadamente impía contra nuestra propia nación. Por lo tanto, moriré, miserable corrupto que soy, por mi propia mano, porque no es correcto que muera por la mano de nuestros enemigos. Y que la misma acción me sea a la vez castigo por mis grandes crímenes y testimonio de mi valor para crédito mío, para que ninguno de nuestros enemigos pueda ufanarse de que fue él quien me mató, para que nadie me insulte cuando caiga". Ahora bien, cuando hubo dicho esto, miró alrededor suyo, a su familia, con ojos de conmiseración y rabia (aquella familia consistía de esposa e hijos, y sus padres ancianos); así que, en primer lugar, tomó a su padre por sus grises cabellos y lo atravesó con su espada, y después hizo lo mismo con su madre, que lo aceptó de buena gana; luego hizo lo mismo con su esposa y sus hijos, cada uno de los cuales casi se ofreció a su espada, como deseosos de evitar ser muertos por sus enemigos. Cuando hubo puesto fin a toda su familia, se puso de pie sobre los cadáveres de ellos para que todos le viesen y, extendiendo su mano derecha, para que su acción pudiese ser observada por todos, hundió toda su espada en su propio vientre. Este hombre joven era digno de lástima a causa de la fortaleza de su cuerpo y el valor de su alma; pero, puesto que había asegurado a extranjeros de su fidelidad [contra sus propios paisanos], merecía sufrir.
5. Además de este asesinato en Scitópolis, las otras ciudades se levantaron contra los judíos que estaban entre ellos; los de Ascalón mataron a dos mil quinientos, y los de Ptolomeo a dos mil, y pusieron en cadenas a no pocos; los de Tiro también ejecutaron a un gran número, pero mantuvieron en prisión a un número mayor; además, los de Hipos y los de Gadara hicieron lo mismo al ejecutar a los más osados de los judíos, pero mantuvieron en custodia a aquellos a los que temían, como hizo el resto de las ciudades de Siria, según si cada una odiaba o temía. Sólo los de Antioquia, Sidón y Apa perdonaron la vida a los que moraban entre ellos y ni mataron ni tomaron prisionero a ningún judío. Y quizás les perdonaron la vida porque su propio número era tan grande que tuvieron en poco los intentos de ellos. Pero creo que la mayor parte de este favor se debía a que se compadecieron de los que ellos veían que que no hacían ninguna innovación. En cuanto a los gerasanos, no hicieron daño a los que moraban con ellos; y a los que pensaban irse, les guiaron hasta donde alcanzaban sus fronteras.
50,000 judíos masacrados en Alejandría (66 D. C.) (ii:xviii:8)
8. Ahora bien, cuando él (5) se dio cuenta de que los que estaban a favor de las innovaciones no se tranquilizarían sino hasta que les sobreviniera alguna gran calamidad, despachó contra ellos las dos legiones romanas que estaban
en la ciudad, y junto con ellas, cinco mil soldados [de a pie], que, por casualidad, habían venido de Libia, para desgracia de los judíos. Se les permitió, no sólo matarles, sino despojarles de lo que tenían e incendiar sus casas. Estos soldados entraron violentamente en la parte de la ciudad llamada
Delta, donde los del pueblo judío vivían juntos, e hicieron como se les había ordenado, aunque no sin derramar su propia sangre también; porque los judíos
se reunieron y pusieron al frente a los mejor armados de entre ellos y