Conocemos la historia de Israel. Dios obligó a Faraón a dejar ir a Israel, y éste siguió adelante a heredar la Tierra Prometida. Pero el aspecto realmente crucial de todo el evento del Éxodo, por lo que concierne a la actividad del pueblo, era el culto. La fe cristiana ortodoxa no puede reducirse a experiencias personales, discusiones académicas, ni actividades para construir la cultura - por importantes que sean todas ellas sen grados variables. La esencia de la religión bíblica es el culto a Dios. Y con culto no sólo quiero decir escuchar sermones, aunque la predicación ciertamente es necesaria e importante. Quiero decir oraciones organizadas, congregaciónales, alabanza, y celebración sacramental. Además, esto significa que la reforma del gobierno de la iglesia es crucial para el dominio bíblico. La verdadera reconstrucción cristiana de la cultura está lejos de ser simplemente un asunto de aprobar una ley X y elegir al congresista Y. El cristianismo no es un culto político. Es el culto divinamente ordenado del Dios Altísimo.
Por eso el libro de Apocalipsis comienza con una visión de Cristo y pasa a tratar del gobierno (los "ángeles", u oficiales) de la iglesia. De hecho, la profecía entera está estructurada como un servicio de culto el día del Señor
(Apoc. 1:10). Durante todo el libro, vemos un patrón repetido: primero, los "ángeles" guían a los santos en un culto organizado; segundo, Dios responde al culto de su pueblo trayendo juicio para salvación. Por ejemplo, Juan nos muestra los mártires reunidos al pie del altar de incienso, implorando a Dios que les vengue de sus perseguidores (Apoc. 6:9-11). Poco después, un "ángel" ofrece formalmente las oraciones de ellos a Dios, luego toma fuego del altar y lo arroja a la tierra: el resultado es devastación y destrucción para Israel; la tierra se incendia; una montaña en llamas es lanzada al mar (Apoc. 8:1-8). Esta no es sino una ilustración entre muchas de una verdad central en Apocalipsis: la inseparable conexión entre la liturgia y la historia. El libro de Apocalipsis muestra que los juicios de Dios en la historia son respuestas directas al culto oficial de la iglesia. Cuando la iglesia, en su capacidad oficial, pronuncia juicios legales, esas declaraciones son aceptadas en la Corte Suprema del cielo (Mat. 16:19; Juan 20:23), y Dios mismo ejecuta el veredicto de la iglesia.
De hecho, Jesús había mandado específicamente a su pueblo que oraran para que el monte de Israel fuese lanzado al mar (Mat. 21:21-22), y eso es exactamente (de manera figurada) lo que sucedió. Esta es una importante lección para la iglesia hoy día. Nuestra primera respuesta a la persecución y la opresión no debe ser política. Es decir, no debemos poner nuestra confianza en el estado. La primera respuesta de la iglesia a la persecución debe ser litúrgica. Debemos orar por ello personalmente, en familia, y en el culto organizado y corporativo de la iglesia, cuyos oficiales están divinamente autorizados para pronunciar juicio. Por supuesto, esto significa que la iglesia debe regresar a la práctica ortodoxa de cantar y orar salmos imprecatorioscontra los enemigos de Dios. (Los "salmos imprecatorios" son los salmos que consisten principalmente de imprecaciones, o maldiciones, contra los impíos; algunos de estos salmos son los números 35, 55, 59, 69, 79, 83, 94, 109, y 140). Los oficiales de iglesia deben pronunciar sentencia contra los opresores, y los cristianos deben seguir esto con fieles oraciones para que los opresores se arrepientano sean destruidos.
Para dar otro ejemplo: ¿Qué debe hacer la iglesia acerca de la moderna forma de sacrificio humano, la diaria abominación conocida como aborto? Si nuestra respuesta centrales una acción social o política, somos, en principio, ateos; estamos confesando nuestra fe en las acciones humanas como las últimas determinadoras de la historia. Es verdad que debemos
trabajar para que el aborto sea declarado un crimen: los asesinos deben recibir la pena capital (Éx. 21:22-25). También debemos trabajar para salvar las vidas de los inocentes y los indefensos. Pero nuestras acciones fundamentales deberían ser gubernamentales y litúrgicas. Los oficiales de iglesia deben pronunciar juicios sobre los abortistas - dando los nombres de los que abogan por la muerte, incluyendo jueces, médicos, y publicistas.
Si la iglesia invoca fielmente a Dios para que juzgue a los asesinos y perseguidores, ¿qué ocurrirá? La respuesta está dada en la totalidad del libro de Apocalipsis: Los ángeles de Dios arrojarán fuego sobre la tierra, y los malvados serán consumidos. Pero tenemos que recordar que las ascuas de la retribución de Dios tienen que proceder del altar. La ardiente ira de Dios procede del trono, donde nos encontramos con Él en el culto público. Un
"movimiento de resistencia" que no esté centrado en el culto estará bajo el juicio de Dios. En principio, es como la ofrenda de "fuego extraño" de Nadab y Abiú (Lev. 10:1-2).
W. S. Plumer escribió sobre el poder de las oraciones imprecatorias de la iglesia: "De los 30 emperadores romanos, gobernadores de provincias, y otros oficiales de alta jerarquía, que se distinguieron por su celo y encarnizamiento en la persecución de los cristianos primitivos, uno pronto se volvió loco después de haber cometido alguna crueldad atroz; otro fue asesinado por su propio hijo; otro quedó ciego; los ojos de otro comenzaron a salírsele de las órbitas; otro se ahogó; otro fue estrangulado; otro murió en un cautiverio miserable; otro cayó muerto de una manera indescriptible; otro murió de una enfermedad tan repugnante que varios de sus médicos fueron ejecutados porque no pudieron soportar el hedor que llenaba la habitación; dos se suicidaron; un tercero lo intentó, pero tuvo que pedir ayuda para terminar el trabajo; cinco fueron asesinados por su propio pueblo o sus propios sirvientes; otros cinco murieron de la manera más miserable e intolerable; varios de ellos sufrieron una indecible complicación de enfermedades, y ocho murieron en combate o después de haber sido tomados prisioneros. Entre éstos se encontraba Julián el apóstata. Se dice que, en los días de su prosperidad, apuntó su daga hacia el cielo desafiando al Hijo de Dios, al cual llamaba comúnmente el galileo. Pero, cuando fue herido en combate, viendo que todo había terminado para él, recogió su sangre coagulada y la arrojó al aire, exclamando: "¡Has vencido, galileo!".
Por supuesto, el culto de la iglesia no es principalmente negativo sino positivo: Hemos de ofrecer peticiones para la conversión del mundo. Debemos pedirle a Dios que haga que todas las naciones acudan a su templo, orando para que su monte crezca y llene la tierra más y más, y para que nuestra era presencie triunfos crecientes para el evangelio en todos los órdenes de la vida. No hay ninguna razón para no esperar la victoria; si somos fieles a la palabra de Dios, hay todas las razones para suponer que los poderes de las tinieblas serán hechos trizas por nuestro avance. Las puertas del infierno deben caer y caerán delante de la iglesia agresiva y militante (Mat. 16:18). Es una señal de nuestra incredulidad el hecho de que ponemos nuestra confianza en los hombres y en los príncipes antes que en el Espíritu de Dios. ¿Cuál es más poderosa, la depravación humana o la soberanía de Dios? ¿Puede Dios convertir al mundo? ¡Por supuesto! Más que eso, ¡ha prometido
que Él convertirá al mundo! Nos ha dicho que "la tierra será llena del conocimiento del Señor como las aguas cubren el mar" (Isa. 11:9). ¿Cómo cubren las aguas el mar? ¿Hay alguna parte del mar que no esté cubierta por agua? Ése es justamente el punto: algún día, la gente de todas partes del mundo conocerán el evangelio. Todas las naciones le servirán.
La salvación del mundo es la razón de que Jesús viniera, como el Él mismo le dijo a Nicodemo:
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que en Él crea no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él(Juan 3:16-17).
¡Para que el mundo sea salvo! Este es uno de los pasajes bíblicos que se citan más a menudo, pero a menudo no vemos su mensaje. Cristo Jesús vino a salvar al mundo- no sólo a un pecador aquí, otro allá. Él quiere que hagamos discípulas a las naciones - no sólo a unos pocos individuos. El Señor Jesús no quedará satisfecho del éxito de su misión sino hasta que la tierra entera cante sus alabanzas. Sobre la base de las infalibles promesas de Dios, la iglesia debe orar y trabajar para que se expanda el reino, en la Esperanza de que Dios llenará su iglesia con "una grande muchedumbre, que nadie podía contar, de toda nación y tribu y lengua y pueblo" (Apoc. 7:9).
Tenemos que dejar de actuar como si estuviéramos destinados para siempre a ser una subcultura. Estamos destinados al señorío; debemos enderezarnos y actuar en consecuencia. Nuestras vidas y nuestro culto deben reflejar nuestra Esperanza de dominio y nuestra creciente capacidad para adquirir responsabilidades. No debemos vernos a nosotros mismos como avanzadillas solitarias, rodeados por un mundo cada vez más hostil; eso es dar falso testimonio contra Dios. La verdad es exactamente opuesta a eso. Es el diablo el que está huyendo; es el paganismo el que está condenado a la extinción. En fin de cuentas, el cristianismo es la cultura dominante, predestinada a ser la religión final y universal.La iglesia llenará la tierra. El gran san Agustín entendía esto. Refiriéndose a los que se veían a sí mismos como el último remanente de una iglesia que se dirigía a una inevitable declinación, se rió: "Las nubes retumban con los truenos, de que la casa del Señor se construirá por toda la tierra; y estas ranas se sientan en su pantano y croan: '¡Nosotros somos los únicos cristianos'!"
Nosotros damos forma a la historia mundial. Dios ha vuelto a crearnos a su imagen para que dominemos el mundo; Él ha derramado su Espíritu sobre nosotros, con "poder de lo alto" (Lucas 24:49); Él nos ha confiado el evangelio del reino, y nos ha encargado que tomemos posesión del mundo. Si
confiamos en Él y le obedecemos, no hay ninguna posibilidad de que fracasemos.