Es importante reconocer que la nube era una teofanía, una manifestación visible de la presencia de Dios en su trono para su pueblo del pacto. En realidad, el Nuevo Testamento usa a menudo el término Espíritu como sinónimo de la nube, atribuyéndoles a ambos las funciones (Neh. 9:19-20; Isa. 4:4-5; Joel 2:28-31; Hag. 2:5). La ocasión más reveladora de esta ecuación de Dios y la nube ocurre cuando Moisés describe la salvación de Israel por Dios en el desierto en términos de un águila que se cierne o
revoloteasobre sus polluelos (Deut. 32:11). ¿Cómo es que Dios "revoloteaba" sobre Israel? ¿Por qué busca refugio el salmista continuamente bajo el abrigo de las "alas" de Dios (por ej., Sal. 36:7; 57:1; 61:4; 91:4)? Ciertamente, Dios mismo no tiene alas. Pero sus ángeles sí las tienen - y la revelación especial de
la presencia salvadora, juzgadora, y protectora de Dios ocurrió por medio de la nube-gloria, que contiene "muchos millares de ángeles" (Sal. 68:17; consultar 2 Reyes 6:17): "Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro ... pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos" (Sal. 91:4, 11).
Ahora, lo fascinante de la afirmación de Moisés en Deuteronomio 32:11 - en el sentido de que Dios "revolotea" sobre su pueblo por medio de la nube - es que Moisés usa esa palabra hebrea sólo en otra ocasión en todo el Pentateuco, cuando nos cuenta que "la tierra estaba sin forma y vacía ... y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas" (Gen. 1:2).
Ni es éste el único paralelo entre estos dos pasajes; porque, en Deuteronomio 32:10, Moisés describe el desierto por el cual el pueblo viajaba como un "yermo" - la misma palabra traducida como sin forma en Génesis 1:2 (y, nuevamente, estas son las dos únicas ocurrencias de la palabra en el Pentateuco). Lo que Moisés está diciendo, entonces - y este hecho seguramente lo entendían sus lectores hebreos -es que la salvación del pueblo de Dios por Él por medio del Éxodo era una representación de la historia de la creación: Al salvar a Israel, Dios estaba constituyéndole en una nueva creación. Como en el principio, la nube-espíritu se cernía sobre la creación, trayendo luz a la oscuridad (Gen. 1:3; Ex. 14:20; Juan 1:3-5), y conduciendo al reposo sabático en la Tierra Prometida, el nuevo Edén (Gen. 2:2-3; consultar Deut. 12:9-10 y Sal. 95:11, donde la tierra es llamada un reposo). Así, pues, la re-creación de su pueblo por parte de Dios para ponerlo en comunión con Él en el Monte Santo fue presenciada por la misma manifestación de su propia presencia creadora que estuvo allí en la creación original, cuando el Espíritu gloriosamente arqueó su dosel sobre la tierra. El brillante resplandor de la nube-dosel fue también la base para la señal del arco iris que Noé vio sobre el monte Ararat, garantizándole la fidelidad del pacto de Dios (Gen. 9:13-17). La gloria de la nube-dosel de Dios, formando un arco sobre un monte, es una señal repetida en la Escritura de que Dios está con su pueblo, creándole nuevamente, restaurando su obra a su estado edénico original y llevando la creación adelante, hacia la meta señalada.
Una promesa básica de la salvación se da en Isa. 4:4-5: "Cuando el Señor lave las inmundicias de las hijas de Sión, y limpie la sangre de Jerusalén de en medio de ella, con espíritu de juicio y con espíritu de devastación, creará Jehová sobre toda la morada del monte de Sión, y sobre los lugares de sus convocaciones, nube y oscuridad de día, y de noche resplandor de fuego que eche llamas; porque sobre toda gloria habrá un dosel". Esta nube-dosel de la presencia de Dios, llena de alas de ángeles, es llamada un escondedero, una cubierta (2 Sam. 22:12; Sal. 18:11; Lam. 3:44; Sal. 9:14). Y es por eso por lo que la palabra cubriendose usa para describir la posición de los querubines
esculpidos que fueron colocados mirando el propiciatorio del pacto (Ex. 25:20). Por consiguiente, es significativo que esta palabra hebrea es el término traducido como cabañas y tabernáculos cuando Dios ordena que su pueblo erija cabañas de ramas frondosas para que habitasen en ellas durante la fiesta de los tabernáculos (Lev. 23:34, 42-43); como hemos visto, esta fiesta era un recordatorio de Edén, una representación simbólica del hecho de que la salvación nos restaura a las bendiciones edénicas.
El huerto de Edén servía, pues, como tabernáculo-templo, una pequeña copia del templo y el palacio de mayor tamaño de Dios en el cual los "cielos" son su trono y la "tierra" es estrado de sus pies (Gén. 1:1; Isa. 66:1) - formando los cielos invisibles junto ccon el universo visible su gran templo cósmico. Un examen de cerca de la arquitectura del tabernáculo y el templo revelará que fueron diseñados como copias, no sólo del huerto de Edén, sino del templo celestial original: la nube-dosel (consultar Heb. 8:5; 9:11, 23-24).
Bajo la protección de la nube-dosel alada, la responsabilidad del hombre era cumplir el "mandato cultural", "llenar la tierra y sojuzgarla" (Gen. 1:28).En obediente imitación a su Padre celestial, el hombre debía reformar, entender, interpretar, y gobernar el mundo para gloria de Dios - en fin, construir la ciudad de Dios.
La simple restauración de Edén no es nunca todo lo que está envuelto en la salvación, del mismo modo que no era el plan de Dios para Adán y su posteridad que simplemente permanecieran en el huerto. Debían ir a todo el mundo, llevar el potencial creado de la tierra a su plena fructificación. El huerto de Edén era una oficina principal, un lugar donde comenzar. Pero el gobierno divino del rey Adán debía abarcar el mundo entero. Por eso, la obra del segundo Adán no sólo es restauradora (trae de vuelta el Edén) sino consumadora: lleva al mundo a la Nueva Jerusalén.