3. OBJETIVOS Y METODOLOGÍA
4.4 Melanie Klein, las ansiedades y los mecanismos de defensa
4.4.3 La Identificación Proyectiva y las Relaciones Objetales
Además de la escisión, la proyección e identificación; Klein va a plantear que en este proceso se lleva a cabo la idealización la que está ligada a la escisión del objeto debido a que los aspectos buenos son exagerados para poder protegerse del temor al objeto persecutorio. Este
mecanismo permite también al niño poder crear un pecho inagotable y generoso, un pecho ideal. En relación a esto se llevan a cabo procesos de gratificación alucinatoria donde el objeto frustrador se mantiene a grandes distancias del objeto idealizado. La existencia del objeto malo es negada lo que se relaciona con una negación de la realidad psíquica. Esta negación es posible gracias a los mecanismos omnipotentes característicos de la mente infantil. En esta negación no solo se niega el objeto malo sino también se niega y aniquila la parte del yo de la que surgen los sentimientos hacia el objeto.
De esta manera, en la gratificación alucinatoria tienen lugar dos procesos interrelacionados: la conjuración omnipotente del objeto y situaciones ideales, y la igualmente omnipotente aniquilación del objeto malo persecutorio y de la situación dolorosa. Estos procesos están basados en la escisión tanto del objeto como del Yo. (Klein, 1946, p. 7)
Las funciones ejercidas por la escisión, la negación y la omnipotencia son similares a las que ejerce la represión en etapas posteriores del desarrollo del Yo. Klein plantea que el niño además de utilizar impulsos orales, también utilizará fantasías de deseos uretrales y anales de naturaleza tanto agresiva como libidinal. Los ataques al cuerpo de la madre seguirán dos líneas principales, la primera será un ataque oral hacia el cuerpo de la madre y la otra será de ataques anales y uretrales lo que significará la expulsión de sustancias fuera del Yo y dentro de la madre. Los excrementos y las partes malas del yo dañan al objeto pero al mismo tiempo lo controlan. “En la medida en que la madre pasa a contener las partes malas del yo, no se la siente como un ser separado, sino como el Yo malo. Mucho del odio contra partes del Yo se dirige ahora contra la madre” (Klein, 1946, p. 8). La autora va a llamar este mecanismo como identificación proyectiva.
Adicional a lo anterior, las partes buenas del Yo también son expulsadas y proyectadas. Cuando se unen a los excrementos estas partes buenas representaran lo amoroso y bueno del Yo.
La proyección de sentimientos buenos y de partes buenas del Yo dentro de la madre es esencial para la capacidad del niño de desarrollar buenas relaciones de objeto y de integrar su Yo. Pero, si este proceso de proyección es excesivo se sienten perdidas partes buenas de la personalidad y de este modo la madre se transforma en el ideal del Yo; este proceso también debilita y empobrece el Yo. Muy pronto estos procesos se extienden a otras personas, y el resultado puede ser una extrema dependencia de estos representantes externos de las propias partes buenas. Otra consecuencia es el temor de haber perdido la capacidad de amar, porque se siente que el objeto amado es amado predominantemente como representante del Yo. En consecuencia, los procesos de escindir partes del Yo y proyectarlas en objetos son de vital importancia tanto para el desarrollo normal como para las relaciones objetales anormales. (Klein, 1946, p. 9)
Con relación a lo anterior, en las relaciones objetales con otras personas Klein va a plantear que cuando el ideal del Yo se proyecta a otra persona, ésta se convierte en una persona amada y admirada debido a que va a contener partes buenas del Yo. Pero cuando la relación con otras personas se basa en la proyección de las partes malas del yo, se convierte en una relación de naturaleza narcisista porque el objeto también representará una parte del Yo.
A medida que el proceso de desarrollo del Yo avanza, se introyecta el objeto total durante el segundo cuarto del primer año, aquí se avanza mucho más hacia la integración. Esto afectará la manera en la que se relaciona con los objetos. Debido a que los aspectos amados y odiados de la madre no se perciben tan separados, se va aumentar el miedo a perderla, se establecerán fuertes sentimientos de culpa y duelo porque se sabe que los impulsos agresivos se dirigen contra el objeto que se ama. Es aquí cuando se comienza a desarrollar la posición depresiva. “La misma experiencia de sentimientos depresivos tiene, a su vez, el efecto de integrar más al yo, porque contribuye a una mayor comprensión de la realidad psíquica y a una mayor percepción del mundo externo, como también a una mayor síntesis entre las situaciones internas y externas” (Klein, 1946, p. 14).
En esta etapa se desarrolla la necesidad de reparación, ésta va a significar un mayor insight de la realidad psíquica debido a que se reaccionará de una forma más realista a los sentimientos
de culpa y temor a la pérdida. Esto contribuye a una mayor integración del Yo. El proceso transitorio y circular de la elaboración de las posiciones esquizo-paranoides y depresivas debe ser elaborado y reparado por el niño. Cuando esto no es posible se desarrolla un círculo vicioso debido a que los sentimientos persecutorios son muy intensos y el Yo no logra elaborar la posición depresiva. Esto obligará al Yo a regresar a la posición esquizo-paranoide lo que reforzará los temores persecutorios. Cuando hay perturbaciones en este proceso se podrán desarrollar formas de esquizofrenia al igual que cuadros de perturbaciones maníaco-depresivas.
Por otra parte, Klein va a plantear que cuando al niño no se le da suficiente felicidad en la primera etapa de su vida, se perturbará su capacidad para tener optimismo, amor y confianza en los demás. Sin embargo, no es posible pensar que la capacidad de amar y ser feliz se desarrolla gracias a la cantidad de amor que se haya recibido. Ante esto hay niños que configuran imágenes paternas duras y severas aunque en realidad hayan tenido padres buenos y cariñosos. En relación a esto, las dificultades del niño no se relacionan con el trato desfavorable que pueda haber sufrido. Si se tiene la capacidad de tolerar la frustración y la agresión que se siente es muy fuerte el niño exagerará y deformará los defectos de los padres. En contraposición con esto, existen niños que a pesar de la adversidad que puedan experimentar con sus padres, podrán soportar las frustraciones sin exceso de odio y serán más tolerantes con los errores que cometan los padres.
Ninguna mente infantil se encuentra libre de temores y sospechas, pero si la relación con los padres está basada sobre todo en la confianza y el amor, éstos podrán ser establecidos firmemente en la mente como figuras mentoras y benéficas, las que serán fuente de bienestar y armonía y prototipo de todas las relaciones amistosas de la vida futura. (Klein, 1937, p. 34)
Si se ubica el desarrollo del niño en la vida escolar, es importante recordar que la escuela es un lugar que permite se desarrollen experiencias y relaciones nuevas. Las nuevas amistades ayudan a corregir y mejorar las primeras relaciones del niño, aquí encontraremos aquellos que
son capaces de hacerlo y otros que son incapaces de hacer amigos en la escuela lo que significa que se ha trasladado a este ambiente los conflictos primitivos. Cuando es exitoso el logro de nuevas amistades, este nuevo amigo le demuestra al niño que tiene la capacidad de amor y ser amado, que el amor y la bondad existen y que tiene la capacidad de reparar el daño que en la fantasía le ha provocado a otros. El mundo escolar le permite al niño separar mucho más al odio y al amor. En este espacio habrá niños detestados o que no gozan de la simpatía del niño mientras que otros si lo harán. “En esta forma las emociones de amor y odio, reprimidas debido al conflicto que surge al odiar a la persona amada, pueden encontrar plena expresión en cauces más o menos aceptados socialmente” (Klein, 1937, p. 22).
Planteando ahora el deseo de ser madre, se puede establecer que lo lazos que vinculan a una madre con su hijo repiten la relación que en su niñez tuvo con su propia madre. Todos los niños desean consciente e inconscientemente tener hijos. En la fantasía de la niña, el cuerpo de la madre está lleno de hijos que han sido colocados ahí por el pene del padre que simboliza la creatividad, el poder y la bondad. Esto crea una admiración hacia su padre y sus órganos sexuales como creadores y capaces de dar vida y se acompaña de un deseo de tener hijos propios como la posesión más preciosa. Estos deseos infantiles de tener hijos persisten hasta la vida adulta y contribuyen al desarrollo del amor que siente una mujer embarazada por el bebé que crece en su vientre. Cuando logra dar a luz a su bebé disminuye la agresión y aumenta su capacidad de amar a su bebé. Adicional a esto el estado de desamparo con el que se presenta el bebé hace que se desarrollen deseos de reparación y que pueden aplicarse al bebé. Cuando éste crece, la relación que la madre tenga con su hijo ya crecido dependerá de la calidad de la relación que haya mantenido con sus hermanos. Cuando se han presentado dificultades en esta relación,
estas interferirán sus sentimientos hacia sus propios hijos. Pero cuando esto puede superarse sus afectos maternales pueden manifestarse de forma completa.
La actitud materna se conforma por la capacidad de la madre de ponerse en el lugar del niño y de ver la situación desde su punto de vista. Esto se relaciona con los sentimientos de culpa y el impulso de reparación. Pero cuando esta culpa es muy fuerte se puede desarrollar una actitud de extremo autosacrificio que será desventajosa para el niño. Cuando un bebé es educado por una madre que lo inunda de amor sin pedirle nada a cambio, este bebé se convertirá en una persona egoísta. “La indulgencia materna exagerada tiende a fomentar un clima de quietud y, además, no da campo suficiente para el ejercicio del impulso infantil de hacer reparación, sacrificios a veces, y desarrollar una verdadera consideración hacia los demás” (Klein, 1937, p. 13).
Con relación al deseo de ser padre, el hombre siente una gran gratificación cuando es capaz de proporcionar un hijo a su mujer, pues esto representa que ha compensado los deseos sádicos hacia su madre y los ha reparado. Cuando era niño deseaba tener hijos con su madre y estos deseos aumentaron sus impulsos de robarle sus niños. De adulto puede darle hijos a su mujer y verla feliz con ellos. Esto le permite ser un buen padre para sus hijos y le significa grande satisfacciones. Esto le permite identificarse con un padre bueno, ya sea real o idealizado.
Cuando se presentan dificultades en la relación de la madre con sus hijos, estas pueden ser una repetición de los conflictos que se hayan presentado con sus hermanos o sus padres en la niñez. Se puede presentar un temor de amar al hijo. Esto puede resultar también de la no resolución del conflicto entre amor y odio, produciéndose una necesidad de alejarse del ser amado. “Muchas personas buscan solución a estas dificultades mediante el recurso de reducir su capacidad de amor, “negándola” o suprimiéndola, y evitando toda emoción fuerte. Otras escapan
a los peligros del amor desplazándola predominantemente de las personas a los objetos” (Klein, 1937, p. 16).
Recordando que el primer objeto de amor es el pecho materno, el vínculo del pecho y la leche constituyen entonces la base de todas las relaciones de amor en la vida. Al considerar la leche como un alimento saludable y adecuado puede concluirse que puede ser reemplazado por otro con las mismas características. Debido a la importancia de este vínculo es necesario saber si puede ser reemplazado psicológicamente por otro alimento. En relación a esto, el niño logra la independencia a medida que puede separarse de ella y sustituir la leche por otro alimento. La independencia le va a permitir interesarse por lo que ocurre a su alrededor, sentirá curiosidad y placer por personas y cosas, lo que le ayudará a establecer nuevos objetos de amor e interés. La necesidad de independencia de la madre también se originará por el miedo a perderla y a depender de ella. El conflicto de estos sentimientos le permitirá al niño transferir su amor a otros objetos y cosas. “Precisamente la cantidad de amor que el niño experimenta hacia su madre le proporciona una gran disponibilidad para sus vínculos futuros” (Klein, 1937, p. 20).
De acuerdo a lo anterior Klein va a plantear que la ansiedad de separación, considerada la primera ansiedad en la vida postnatal va a proporcionar el patrón de todas las situaciones de ansiedad que se vivan y marcará las relaciones del bebé con el mundo exterior. El dolor e incomodidad sufridos en el nacimiento se sienten como un ataque de fuerzas persecutorias. Klein va a plantear que los periodos en los que no hay hambre ni tensión se presentará un equilibrio entre lo pulsional y lo agresivo. Cuando este equilibrio se altera se habla de una fuerza a la que se le llama voracidad. Cuando ésta se ve aumentada los sentimientos de frustración y de agresión se fortalecen. “En los niños en quienes el componente agresivo innato es fuerte, la ansiedad
persecutoria, la frustración y la voracidad se despiertan fácilmente y esto contribuye a las dificultades del niño para tolerar la privación y manejar la ansiedad” (Klein, 1952, p. 2).
En la relación con la madre, adicional a la necesidad de alimentarse y la relación alimentaria que se establece con ella; el niño también responderá a su sonrisa, sus manos, su voz, al hecho de ser alzado, abrazado, la proximidad física durante el amamantamiento o que sus necesidades sean atendidas. La gratificación y amor que el niño experimenta le ayudará a contrarrestar la ansiedad persecutoria y los sentimientos de pérdida que se despiertan con el nacimiento.
De acuerdo a Klein, se sabrá si la pérdida del objeto amado conducirá o no a una enfermedad maníaco-depresiva en la medida en que se haya elaborado con éxito la posición depresiva durante el primer año de vida y se hayan introyectado objetos buenos. La posición depresiva está relacionada con los cambios de la organización libidinal del bebé pues es aquí donde ocurre el complejo de Edipo positivo y negativo. En la medida en que el Edipo se va desarrollando se formará en la mente del bebé la figura parental combinada: la madre contiene el pene paterno o al padre en su totalidad, el padre contiene al pecho materno o a la madre en su totalidad. Esto se constituye como los padres fusionados en la relación sexual. Pero a medida que se desarrolle una relación más real con los padres se comienza a considerarlos como individuos separados por lo que la figura parental combinada pierde fuerza.
Cuando se siente temor a perder a la madre se crea la necesidad de sustituirla por lo que entonces el bebé se vuelve al padre quien en esta etapa es introyectado como una persona total. Esto ayudará a que la ansiedad persecutoria y los sentimientos depresivos se desvíen de la madre.
La ansiedad influye en cada etapa del desarrollo libidinal, ya que conduce a la fijación de estados pregenitales y una y otra vez a la regresión a éstos. Por otra parte, la ansiedad y la
culpa y la consiguiente tendencia a la reparación, agregan ímpetu a los deseos libidinales y estimulan la dirección progresiva de la libido, pues dar y recibir gratificación libidinal alivia la ansiedad y satisface también la necesidad de reparar. Por lo tanto, la ansiedad y la culpa a veces frenan y otras veces favorecen el desarrollo libidinal. (Klein, 1952, p. 22)
Una vez que se ha alcanzado la primacía genital, el niño es capaz de establecer objetos buenos en su mundo interno y podrá desarrollar una relación estable con sus padres. Esto significa que las ansiedades persecutorias y depresivas se han elaborado. Una vez superada esta etapa se puede hablar del inicio del período de latencia, aquí:
La relación con los padres es más segura, los padres introyectados se aproximan más a la imagen de los padres reales, sus normas, advertencias y prohibiciones son aceptadas e internalizadas y por lo tanto la represión de los deseos edípicos es más eficaz. Todo esto representa el clímax del desarrollo del superyó, resultado de un proceso que se extiende a lo largo de los primeros años de la vida.(Klein, 1952, p. 28)
En el proceso del desarrollo mental existen dos fuerzas que están en constante lucha y conflicto. Estas fuerzas son las que se conocen como instintos de vida y muerte. Frente a esto, el dominio de la ansiedad, principal función del Yo, es puesta en escena desde el comienzo de la vida. La ansiedad frente a la que el Yo se defiende viene dada por la amenaza del instinto de muerte.
El peligro de ser destruido por el instinto de muerte origina angustia en el Yo, que, de este modo, en el comienzo de su desarrollo se ve enfrentado con la tarea de movilizar libido contra el instinto de muerte. El niño pequeño estaría en peligro de ser inundado por sus impulsos destructivos si el mecanismo de proyección no pudiese actuar. Es en parte para realizar esta función que el Yo, desde el nacimiento, es puesto en acción por el instinto de vida. El proceso de proyección constituye el medio que desvía el instinto de muerte hacia afuera y a la vez reviste de libido al primer objeto. El proceso primario es la introyección, también extensamente al servicio del instinto de vida; combate al instinto de muerte porque conduce a que el Yo reciba algo que da vida (los alimentos en especial), ligando de este modo al instinto de muerte. Desde el comienzo de la vida los dos instintos se adhieren a los objetos, ante todo al pecho materno. (Klein, 1958, p. 2-3)
Como último, el instinto de muerte se va a relacionar con el superyó, debido a esto el superyó actuará en contra de los impulsos destructivos, la protección del objeto bueno, la autocrítica, las amenazas, quejas inhibitorias y la persecución. En este sentido el superyó se
asemeja a la madre buena real que cuida pero debido a que se encuentra [el superyó] bajo los efectos del instinto de muerte también se convertirá en representante de la madre frustradora.