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3. OBJETIVOS Y METODOLOGÍA

3.7 Procesamiento de la información

4.1.6 Segunda tópica: Ello, Yo y Superyó (Ideal del Yo)

Luego de que se plantea la primera tópica Freud considera que no explicaba de forma completa el funcionar psíquico, por lo que presenta una nueva tópica para describir el aparato anímico. En esta plantea que el individuo se forma de Ello (al que considera desconocido e inconsciente) en donde se ubica el Yo, ocupando una parte de su superficie que se constituye por el sistema P., el Yo confluye entonces con el exterior y el interior. “Pero también lo reprimido concluye con el Ello hasta el punto de no constituir sino una parte de él. En cambio, se halla separado del Yo por las resistencias de la represión, y sólo comunica con él a través del Ello” (Freud, 1923, p. 2708).

En este sentido el Yo es una parte del Ello que se ve modificada por la influencia de lo exterior. Esta influencia es comunicada al Ello por el Yo con lo que aspira sustituir el principio de placer por el de realidad. El Yo entonces representa la percepción, la razón y el Ello por su parte representa al instinto, las pasiones.

En el proceso de desarrollo de la libido, Freud plantea que cuando el niño se encuentra en la fase más temprana el Yo es el depósito de la libido, la que parte luego de él para ubicarse en el objeto. “El Yo pasó, por tanto, a ocupar un puesto entre los objetos sexuales y fue reconocido en el acto como el más significativo de ellos” (Freud, 1920, p. 2509). Cuando la libido se mantiene en el Yo se le llama narcisista y se considera como la exteriorización de la energía contenida de los instintos sexuales, conocidos como instintos de conservación.

En el Yo también hay elementos inconscientes, elementos que se igualan a lo reprimido. Aquí Freud explica que lo inconsciente no coincide con lo reprimido pues todo lo reprimido es inconsciente pero no todo lo inconsciente es reprimido.

Freud considera al Yo como la residencia de la angustia pues se encuentra amenazado por tres peligros distintos y esto hace que desarrolle el reflejo de fuga para retirarse de las cargas que considera amenazadoras.

Por su parte, el Yo de un niño se encuentra bajo los efectos de una exigencia instintiva poderosa y que se acostumbra a satisfacer, pero cuando es asustado súbitamente por una experiencia aprende que la satisfacción trae un peligro real que es intolerable. Ante esto el Yo debe decidirse entre reconocer el peligro real y renunciar a la satisfacción instintiva o bien negar la realidad y convencerse que no existe peligro para que pueda seguir con su satisfacción. Ante

esto Freud comenta la existencia de un conflicto entre la exigencia del instinto y la prohibición que plantea la realidad.

El niño entonces practica ambos caminos simultáneamente: con el apoyo de ciertos mecanismos rechaza la realidad y niega cualquier prohibición y al mismo tiempo reconoce el peligro de la realidad. Estas dos partes en disputa reciben lo que han requerido; el instinto recibe su satisfacción y a la realidad se le muestra el respeto solicitado. Esto se logra gracias a una división del Yo que nunca se cura sino que se profundiza a medida que va pasando el tiempo, esto significa entonces la escisión del Yo.

El desarrollo de las relaciones objetales comienza cuando el niño carga a su madre como el objeto de su deseo y parte del seno materno. Por su parte, del padre se apodera por el mecanismo de la identificación. Estas dos relaciones se desarrollan y marchan de forma paralela hasta que los deseos sexuales que siente por su madre y la percepción del padre como un obstáculo y es entonces cuando se origina el complejo de Edipo. La identificación con el padre se torna hostil y el niño se concentra en sustituir al padre cerca de la madre. En este momento la relación con el padre se torna ambivalente.

Cuando el complejo de Edipo es destruido se abandona la carga sexual del objeto de la madre y en su lugar se desarrolla una identificación con la madre y con el padre al tiempo.

De este modo podemos admitir como resultado general de la fase sexual, dominada por el complejo de Edipo, la presencia en el Yo de un residuo, consistente en el establecimiento de estas dos identificaciones enlazadas entre sí. Esta modificación del Yo conserva su significación especial y se opone al contenido restante del Yo en calidad ideal del Yo o Superyó. (Freud, 1923, p. 2713)

Freud va a plantear que el Superyó además de ser un residuo de los primeros objetos elegidos del Ello, va a significar una formación reactiva contra esto mismo. En este sentido la relación con el Yo es de advertencia y de prohibición.

El Superyó conservará el carácter del padre, y cuanto mayores fueron la intensidad del complejo de Edipo y la rapidez de su represión (bajo influencias de la autoridad, la religión, la enseñanza y las lecturas), más severamente reinará después sobre el Yo como conciencia moral, o quizá como sentimiento inconsciente de culpabilidad. (Freud, 1923, p. 2714)

Freud plantea que el ideal del Yo es la representación de la relación del sujeto con sus padres. Es considerado el heredero del complejo de Edipo. El Superyó es el abogado del mundo interior (Ello) y es el enemigo del Yo que es el representante del mundo exterior. Los conflictos que se presentan entre el Yo y el Superyó reflejan la incompatibilidad de lo real y lo psíquico del mundo exterior y el interior.

A medida que el sujeto va creciendo el Superyó se transfiere a maestros y personas que ejercen autoridad con el papel del padre, cuyas prohibiciones ejercen en calidad de conciencia la censura moral. En este sentido el Yo se somete al imperativo categórico de su Superyó. El sentimiento de conciencia moral se ubica entre el Yo y el Ideal del Yo y representa una condena del Yo por su instancia crítica. En este sentido el Ideal del Yo muestra una severidad que convierte al Yo en su objeto de ira. Debido a que esta conciencia moral se encuentra relacionada con el complejo de Edipo que se integra en lo inconsciente, debe ser considerada igualmente como un elemento inconsciente.

El ello es totalmente amoral; el Yo se esfuerza en ser moral, y el superyó puede ser ‘hipermoral’ y hacerse entonces tan cruel como el Ello. Es singular que cuando más se limita el hombre su agresión hacia el exterior, más severo y agresivo se hace en su ideal del Yo, como por un desplazamiento y un retorno de la agresión hacia el Yo. La moral general y normal tiene ya un carácter severamente restrictivo y cruelmente prohibitivo, del cual procede la concepción de un ser superior que castiga implacablemente. (Freud, 1923, p. 2725)

Finalmente, para el Ello, el Yo además de ser mediador y auxiliar es considerado como un sumiso servidor que busca obtener el amor de su dueño, ya que, simula una obediencia del Ello. En unión a esto Freud plantea que el Yo auxilia a los instintos de muerte mediante la identificación y

sublimación, aunque para poder lograr esto se ha tenido que colmar de libido o Eros y aspira con esto vivir y ser amado.