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Lleno del Espíritu

In document Conducta Ministerial - Rogelio Nonini (página 65-69)

2 Base bíblica y teológica

2. Lleno del Espíritu

Cuando el Señor Jesús se despidió de sus discípulos les dió instrucciones muy precisas. Ellos debían esperar el po­ der del Espíritu Santo antes de comenzar la tarea de predi­ car el evangelio a todo el mundo.

Ellos habían estado más de tres años con el Salvador, habían sido capacitados teórica y prácticamente. Ellos ha­ bían sido discipulados, habían experimentado cambios en sus vidas, en sus motivaciones y en sus prioridades. Ha­ bían enseñado y realizado milagros. “Habiendo reunido a los doce discípulos les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios y a sanar a los enfermos... Y sa­ liendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evan­

gelio y sanando por todas partes.” (Lucas 9:1-6). Aparen­ temente estaban listos, pero la realidad era otra, les faltaba el PODER DEL ESPIRITU SANTO.

“Entonces les abrió el entendimiento, para que com­ prendiesen las Escrituras: y les dijo... vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros: pero quedaos vosotros en la ciudad de Je­ rusalén hasta que seáis investidos del poder de lo alto.” (Lucas 24:45-49)

“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre voso­ tros el Espíritu Santo, y me seréis testigos...” (Hechos 1:8)

La enseñanza clara de las escrituras es que todo cristia­ no tiene el Espíritu de Cristo desde el momento de su con­ versión. “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.“ (Ro­ manos 8:9). “En él también vosotros, habiendo oído la pa­ labra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y ha­ biendo creído en él, fuistes sellados con el Espíritu Santo de la promesa.” (Efesios 1:13)

Pero una cosa es tener el Espíritu Santo y otra ser LLE­ NO DEL ESPIRITU SANTO. “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíri­ tu.” (Efesios 5:18). Ser llenos del Espíritu es permitir que él controle nuestra vida en su totalidad, haciendo de Cristo el Señor de ella.

Recordemos, el Espíritu Santo es una persona, que no se fracciona, no se da en medida “Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida.” (Juan 3:34). Por eso no podemos tener más o menos Espíritu. Todos los cristianos tenemos en nosotros al Espíritu Santo que es Dios. La diferencia entre un cris­ tiano y otro es la obediencia que tiene en relación con las indicaciones que el Espíritu le da. Jesús nos dice en el tex­ to citado, (Juan 3:34), que “el que Dios envió, las palabras de Dios habla.”

La plenitud, o llenura del Espíritu no se mide por los milagros o por el poder que puede tener para que sucedan cosas, ni por la cantidad de personas que atrae, sino por LA OBEDIENCIA A DIOS. Esa obediencia siempre tendrá

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una característica con dos facetas: santidad de vida y bus­ car en todo la gloria de Dios.

En el libro de los Hechos se nos narra la experiencia de Simón el mago con estas palabras, “Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciu­ dad, y había engañado a la gente de Samaría, haciéndose pasar por algún grande. A este oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios.” (Hechos 8:9-11). El último versí­ culo nos dice que había engañado a la gente por mucho tiempo.

Los milagros y los fenómenos no son garantía del poder de Dios aunque se invoque su nombre.

Una ilustración conocida que nos ayuda a comprender esta verdad es que el cristiano es como un guante, sin la mano que lo llena no puede actuar por si solo. El cristiano lleno del Espíritu Santo es aquel que se ha despojado del derecho a autogobemarse y permite que Dios le dirija con Su Espíritu. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20)

Para ser lleno del Espíritu Santo debemos saber que he­ mos muerto con Cristo al pecado y que ahora vivimos por él y para él. Es importante que estudiemos Romanos capítu­ los 6 al 8 para comprender mejor esta verdad. /

Tenemos que comprender que la vida cristiana llena del Espíritu no se basa en una experiencia única y puntual en la que podemos o no tener alguna manifestación carismáti- ca, sino en una vida en la cual constantemente optamos por obedecer a Dios. “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias: ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumento de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miem­ bros a Dios como instrumentos de justicia... Hablo como humano, por vuestra humana debilidad: que así como pre­ sentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y

a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vues­ tros m iem bros para s ervir a la ju s tic ia .” (Rom anos 6:12,13,19). Cada uno debe escoger cada momento a quien servirá si al Señor y su reino o a sí mismo. “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.” (Romanos 8:5).

3. Santo

El hombre de Dios es santo, apartado de toda especie de mal. No es impecable, pero sí una persona que vive agra­ dando a Dios porque se aparta del mal, tanto en la esfera de sus acciones como de sus motivaciones y sentimientos. No guardará malos sentimientos en su corazón como la en­ vidia, el rencor o el odio.

Es sensible a la voz del Espíritu cuando le indica que pecó y con sinceridad lo confiesa pidiendo ser limpio de to­ do pecado. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonamos nuestros pecados, y limpiamos de

toda maldad.” ( I 9 Juan 1:9)

La santidad comienza en el corazón. Si nuestra natura­ leza está crucificada en Cristo y si somos llenos del Espíri­ tu Santo, Dios nos da una vida en la cual el deseo pecami­ noso va perdiendo intensidad. El cristiano no debe pelear por no pecar, simplemente no DESEA HACERLO.

Nuestros ojos, nuestra lengua, nuestros pensamientos y todo nuestro ser será tan santo, como lo sea nuestro cora­ zón. El apartamos del pecado tiene que ver primero con el deseo y después con los hechos.

Cuando realmente deseamos ser santos y nos entrega­ mos a la dirección del Espíritu notaremos que Dios nos da la gracia para decir NO a la tentación. Santiago nos ense­ ña que “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal , ni el tienta a nadie; sino que cada uno ES TENTADO, CUANDO DE SU PROPIA CONCUPISCENCIA ES ATRAIDO Y SEDUCIDO. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado siendo consu­ mado, da a luz la muerte.” (Santiago 2:13-15)

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ciendo al Espíritu Santo. Esta es la razón por la cual Dios no dice en su palabra que la responsabilidad del pecado humano y, especialmente de los cristianos, es culpa de Sa­ tanás o de los demonios, aunque ellos tengan su influencia en ciertas circunstancias. La responsabilidad siempre es del cristiano. Analicemos el caso de Ananías y Safira. Dios los castigó porque ellos dieron lugar a la tentación y mintie­ ron al Espíritu Santo. (Hechos 5:1-6)

La santidad abarca toda nuestra vida y debe ser eviden­ ciada en toda circunstancia y lugar. (1° Pedro 1:15). Quie­ ro insistir que la santidad de vida no es opcional, SINO QUE ES UNA OBLIGACION para todo cristiano y, especial­ mente', para todos los ministros y responde al hecho que Dios es Santo. “Sed santos, porque yo soy santo.” (1B Pedro

1:15).

Un Ho m b r e l l a m a d o

El ministro es una persona llamada por Dios para reali­ zar una tarea en su reino. Uno de los problemas que tene­ mos en nuestros días es que hay pastores y ministros que se han “autoungido” como tales. La Biblia nos enseña que Dios es el que llama a sus siervos para que desarrollen ta­ reas que responden a su voluntad.

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