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Motivaciones correctas

In document Conducta Ministerial - Rogelio Nonini (página 89-94)

4 motivaciones del ministro

E L CARACTER DEL MINISTRO

2. Motivaciones correctas

Amor

Este debe ser el motivador más grande de toda acción pastoral o ministerial, como lo fue en el ministerio de Je­ sús.

Amor a Dios

El amor a Dios nos impulsa a obedecerle como lo hizo Jesús. Por amor y por el deseo de agradarle, haremos todo con calidad buscando sólo Su gloria. Nuestro amor a Dios es el resultado de conocer Su amor redentor “Nosotros le amamos porque El nos amó primero” (1° Juan. 4:19). Por amor Dios envió a su Hijo para morir por nosotros. ( I a Juan 4:9-10)

El amor a Dios es el motivador más grande y el que le da calidad a todos nuestros actos, porque el amor le quita atisbo de egoísmo o la búsqueda de todo bien personal. Obra buscando el gozo del Padre, por eso el que ama obe­ dece.

Amor al Prójimo

Pablo nos exhorta a hacer todo con amor “Todas vu e^ tras cosas sean hechas con amor.” ( I 9 Corintios 16:14) En 29 Corintios 5:14 dice: “el amor de Cristo nos constriñe” por su sacrificio a nuestro favor. En Gálatas 5:6 escribe que lo que vale es “la fe que obra por el amor.”

En Efesios 5:1,2 nos dice que seamos “imitadores de Dios como hijos amados y que andemos en amor como Cristo nos amó y se entregó a sí mismo.”

Juan nos dice en su primera carta ( l 9 Juan 3:18, 4:7- 11), que nuestro amor debe ser reflejado en nuestras accio­ nes y ministerio. “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.”

El verdadero amor no se declara, se evidencia con he­ chos. El que obra por amor no especula sobre el rédito que le dará su ministerio, actúa porque ama y desea el bien pa­ ra los demás.

Por eso no es ético cuando se usan instituciones, como comedores infantiles, hogares de niños o ancianos y situa­ ciones especiales, como catástrofes, para conseguir dinero

para su propio ministerio o prestigio parajgu persona. El amor nos permite actuar sin motivos egoístas o per­ sonales y sin segundas intenciones. Obramos para ayudar, para servir a los demás y para honrar a Dios, sin pensar en el rédito personal o en el costo que pueda acarreamos. El obrar con amor da pureza y trasparencia a nuestro minis­ terio.

Gratitud

La gratitud es, junto con el amor, otro de los motivado- res que le dan calidad al servicio y al ministerio. La grati­ tud a Dios por todo lo que hizo en y por nosotros nos im­ pulsa a obrar sin esperar nada. Sólo deseamos tener la oportunidad de hacer algo para expresarle nuestra grati­ tud.

El apóstol Pablo le escribe a Timoteo en su primer carta. ( l e Timoteo 1:12-17) que daba gracias al Señor por haberle puesto en el ministerio. Recuerdan la historia del cristiano que sufría por el comercio de esclavos, ahorró durante un tiempo con el propósito de comprar un joven negro y darle la libertad. Cuando tuvo el dinero suficiente fue a un mer­ cado y seleccionó a un joven de buena apariencia, lleno de vida y lo compró gastando todo su dinero. Al salir del mer­ cado el cristiano le entregó al joven el certificado de compra y le explicó porque lo había comprado. Aquel joven le dijo que una persona que tenía una actitud como esa merecía ser servido y le pidió que por favor le permita servirle por amor y gratitud. Eso era lo mismo que sentía el apóstol Pa­ blo quien habiendo sido perseguidor de la iglesia, Dios le llamó, le perdonó y le puso en el ministerio.

Dios le había sacado de la esclavitud del pecado y le dió el privilegio de servirle. La gratitud tiene dos fases: la pri­ mera por la salvación y la segunda por haberle llamado y puesto en el ministerio.

Todo ministro, como el apóstol Pablo, debe sentirse in­ digno de ese llamamiento y agradecido por el privilegio de haber sido llamado. No hay precio que un ministro pueda pagar para expresar su gratitud por el amor redentor de Dios.

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Co n d u c t a Mi n i s t e r i a l Agradar a Dios

Este debe ser otro de los motivos fundamentales del mi­ nisterio y clave para obrar con honestidad y con santidad de vida.

El apóstol Pablo escribe en la carta a los Gálatas “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.” (Gálatas 1:10). Esto no significa que no procuremos agradar a las personas, pero sí que no descuidemos nuestras responsabilidades ni baje­ mos nuestras normas de vida o principios doctrinales para quedar bien, o para agradar a otros.

Este es uno de los grandes principios del ministerio pas­ toral HACER TODO LO QUE AGRADA A DIOS. El dijo que se agradaba de su Hijo Jesús (Mateo 3:17; 17:5). y nuestro mayor anhelo debe ser que toda nuestra vida y nuestro mi­ nisterio agrade, honre y lleve gloria a Su Nombre.

Jesús dijo: “Cuando hayáis levantado al Hijo del Hom­ bre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado so­ lo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.” (Juan 8:28-29). Ese debe ser nuestro lema de vida. Hacer SIEMPRE lo que le agrada a Dios. Estimado ministro ¿To­ do lo que has hecho durante tu ministerio agradó al Pa­ dre?.

Servicio

Este es otro motivador que embellece el ministerio pas­ toral, ministrar porque deseamos como Jesús, servir a nuestro prójimo.

Jesús dijo que no vino para ser servido sino para servir. (Marcos 10:45) Uno de los hechos que desprestigian el mi­ nisterio es la actitud de algunos pastores que obran como si fueran reyes que se vanaglorian de la cantidad de perso­ nas que les sirven, o están bajo su dirección.

La grandeza del pastorado no está dada por los que nos sirven sino por la cantidad de personas a las cuales servi­ mos con amor y humildad.

téngannos los hombres como servidores de Cristo, y admi­ nistradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requie­ re de los administradores, que cada uno sea hallado fiel.” El apóstol Pablo nos enseña que la gente debe reconocer­ nos como servidores de Dios y administradores del evange­ lio y no como dueños o patrones de la iglesia o ministerio.

Todos los cristianos somos siervos de Jesucristo. Nin­ gún cargo o ministerio, por fructífero que sea, cambia esa condición.

El apóstol Pablo llegó a ser un gran hombre de Dios, pe­ ro en todas sus cartas se autodescribe como SIERVO DE JESUCRISTO. La vida de José nos ilustra perfectamente este tema.

Su historia se narra en Genésis capítulos 39 al 50, co­ mo recordamos el fue vendido por sus hermanos a los Is­ maelitas, quienes lo vendieron en Egipto a un general lla­ mado Potifar. “Mas Jehová estaba con José y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio. Así ha­ lló José gracia en sus ojos, y le servía; y él le hizo mayordo­ mo de su casa y entregó en su poder todo lo que tenía.” (Génesis 39:2-4)

A pesar de esa posición José siguió siendo esclavo y, cuando con el correr del tiempo llegó a ser segundo des­ pués del Faraón, no dejó de ser esclavo. Tenía otra posi­ ción, tenía mayores beneficios pero siempre fue esclavo. De igual manera todos los cristianos, incluyendo a los mi­ nistros somo esclavos del Señor, no importa el nivel de lide­ razgo. Por eso es que en el ministerio no hay lugar para el orgullo.

“Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido.” ( I 9 Corintios 4:7). El apóstol es muy claro, si algo tenemos nos lo dió el Señor. Es como en el caso de los talentos en la parábola de Mateo 25:14-32. El Señor dió a sus siervos recursos para que los administren, nunca fueron dueños aunque los negociaron y usufructua­ ron de los intereses. De la misma manera, los ministros somos siervos y Dios nos da el privilegio de servirle como lí­ deres en su iglesia.

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o n d u c t a Mi n i s t e r i a l

sables. Como pastores debemos comprender que la fideli­ dad en el cumplimiento de nuestro ministerio es una de nuestras grandes responsabilidades. Dios no nos pide que seamos exitosos, no nos pide que reunamos a millares de personas sino que seamos fieles para cumplir la tarea que nos asignó a cada uno.

Obediencia

El ministro que es consciente de su llamdo comprende­ rá que la finalidad del mismo es predicar el evangelio por todo el mundo, haciendo discípulos en todas las naciones (Mateo 28:19-20; Marcos 16:15-16; Hechos 1:18).

La obediencia, como motivador de la actividad pastoral, no es el resultado del temor sino de la gratitud al Señor por habernos salvado y por el privilegio que nos confirió al lla­ mamos al ministerio. La obediencia no es una carga cuan­ do entendemos que Cristo es la cabeza del cuerpo, que es su iglesia, y que él desea seguir obrando como lo hizo hace casi dos mil años.

La obediencia nos permite ocupar nuestro lugar dentro del gran plan redentor de Dios. El con sabiduría divina ha dado a cada iglesia y a cada institución los hombres y mu­ jeres con los dones necesarios para hacer una parte de su

obra. Si desobedecemos, alteramos sus planes y podemos entorpecer el progreso de la misma.

Pablo nos dice que Dios nos encomendó el ministerio de la reconciliación. (2S Corintios 5:17-20). Jesús hizo su par­ te en la cruz, la salvación está provista, ahora nosotros te­ nemos que llevarla a todo el mundo. Creo que la humani­ dad no tiene en nuestros días una oportunidad de conocer la verdad, porque los ministros no estamos obedeciendo sus indicaciones y hemos caído en un personalismo que impide trabajar como cuerpo.

No debemos desobedecer primero, porque El es el Señor y, segundo, porque si fracasamos muchos serán condena­ dos eternamente.

In document Conducta Ministerial - Rogelio Nonini (página 89-94)