Si partimos de que “las formaciones nacionales de alteridad tienen una notable eficacia residual por la forma en que se entraman desde lo que hegemónicamente se erige como mito-motor de la ‘identidad nacional’” (Briones, 2005, p. 20) —en este caso la idea de mestizo como epítome de la pertenencia nacional— es válido cuestionarse cómo se inscriben los costeños en esa formación. Para el imaginario hegemónico tanto de la Costa como del Pacífico, el término costeño se construye como contraproposición a la gente del Pacífico, aunque en cada espacio y para cada espacio esa contraposición remite a imaginarios diferentes.
Desde el punto de vista emic de los costeños, la utilización del término costeño no supone una homogenización de las particularidades/trayectorias étnicas de cada grupo; a lo sumo la clase política local apela a dicha categoría para hablar de una —dudosa— identidad costeña. En cambio, desde el punto de vista etic de la gente del Pacífico, esa categoría proyecta la idea de un solo grupo racial y culturalmente homogéneo —basada en un histórico desconocimiento de la diversidad y la trayectoria de las distintas etnias que habitan la Costa— condensado en el estereotipo del negro costeño, junto a una serie de diacríticos o marcadores de alteridad entre los que destacan: lo fenotípico (piel negra), lo paisajístico (la Costa se resume en la típica imagen de las palmeras frente al mar turqueza), lo sexual (hombres y mujeres son “calientes”), lo artístico (música del Palo de Mayo), lo culinario (el patty y el rondón), delincuencia/inseguridad (“en la Costa hay mucho consumo de droga”). Es decir, los costeños son diferenciados en lo cultural y lo geográfico, y marcados racialmente bajo el diacrítico de la piel negra. Incluso si su piel no es oscura pero hablan algún idioma extraño para la gente del Pacífico —como el mayangna—, seguramente también se les clasificará como costeños.
Permítaseme ilustrar esto con una anécdota personal. Durante el 2005 y comienzos del 2006 trabajé en una productora de comunicación ubicada en Managua donde, entre otras cosas, estaba a cargo de la realización de un programa de radio (pre-grabado) que se producía en dos idiomas —miskitu y mayangna— y que luego era enviado por encomienda a dos radios locales de Bilwi y Waspam, donde eran difundidos. Para llevar a cabo la tarea contratamos a Valentina, que era miskitu, y a Derly, que era mayangna, quienes se encargaban de traducir el guión que yo escribía en español y luego hacían la locución en sus respectivos idiomas. Ambas actividades se desarrollaban en las instalaciones de la productora, donde además trabajaban otras personas, todas de Managua, con quienes Derly y Valentina estaban en constante comunicación. Luego de un año y a punto de terminarse el proyecto, se me ocurrió hacer una pequeña encuesta informal entre todo el
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personal que trabajaba allí. Con el tono de voz menos sugerente les pregunté si en Nicaragua había indígenas actualmente. Sorpresa mía, todos contestaron que “—No, eso era en tiempos de la Colonia”, a lo cual repliqué: ¿—Y entonces Derly y Valentina qué son? “—Ah, ellos son de la Costa, son costeños”.
En todo caso, aunque los términos sean polisémicos, el clivaje principal entre mestizos y costeños no toma en cuenta la diversidad cultural y las tensiones que esta diversidad suscita dentro de cada espacio, sino que parte del reconocimiento de “una diferencia primordial” que cada grupo construye sobre el otro como una marca de oposición.
En una histórica intervención en 1935 en el Senado de Nicaragua, uno de los representantes de la Costa, el senador Horacio Hodgson (1996, p. 168-172) se refería a la población como “habitantes del litoral Atlántico” o “pueblos de la Costa Atlántica” y luego mencionaba a cada grupo por separado como “mosquitos, criollos, criollos mosquitos y los nicaragüenses latinos que han emigrado a esta región de la costa oeste de Nicaragua”. Si bien no está claro — al menos en esta investigación no pude averiguarlo— en qué momento exacto surge el término costeño, sí podemos señalar al menos que no fue antes de 1935 y que se consolida en el imaginario nacional durante la década de 1980, a partir del conflicto entre los habitantes de la Costa y el gobierno sandinista, cuando los costeños aparecen en la primera línea de la agenda política gubernamental y en los medios masivos de comunicación como nunca antes se había visto.
Ahora bien, es posible dudar de que dicho término, siendo castellano, haya surgido como una autoadscripción, tomando en cuenta que los idiomas hablados por la mayoría de la población de la Costa eran el creole, el miskitu y el mayangna. Entonces ¿de dónde viene?
Revisando la historia del país entre 1935 y 1980 es posible aventurar una explicación, haciendo énfasis en dos procesos paralelos: por un lado tenemos que a partir de la expulsión de los marines estadounidenses en 1932, Nicaragua entra en un período de relativa calma en el que la inteligentsia mestiza de León y Granada emprende grandes esfuerzos narrativos —que llegan hasta la década de 1970— para terminar de consolidar la identidad nicaragüense. En esa producción de sentido, las diferencias culturales del Pacífico se opacan a base de campesinizarlas, mientras que en el Caribe son toleradas y folclorizadas digiriéndolas y reduciéndolas a un estereotipo.
Por otro lado, podemos suponer que la clase política del Pacífico —hegemónica en el escenario de la política nacional— y la clase política de la Costa —casi todos creole de Bluefields, ansiosos por participar en ese juego de poder— terminarían aceptando/creando el término costeños para poder entablar un diálogo político institucional sin tener que desagregar étnicamente a cada grupo, ni diferenciar quiénes eran indígenas y quiénes eran negros, pues
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de alguna forma el reconocimiento público de las minorías siempre tiene como riesgo el reconocimiento de ciertos derechos. Podemos concluir afirmando que la adscripción como costeño funciona como un marcador regional dentro de la economía política de producción de diversidad cultural (Briones, 2005, p. 18).