El 23 de junio de 2009 los periódicos españoles mostraban una extraña fotografía del rey Juan Carlos. Era difícil de interpretar, si no se leía el pie de foto. Su Majestad aparecía de pie, inclinado hacia adelante, tocando con su frente la de otro señor, de otra etnia, que se encontraba en posición simétrica con el monarca español. Cuando uno examinaba la información, el contexto lo explicaba todo: Los reyes estaban de visita en Nueva Zelanda y, al saludar a unos maoríes, realizaron el gesto protocolario de estos, consistente en juntar sus cabezas. En ese caso, poco importaron las distancias, de las que vamos a hablar en este epígrafe, porque las normas sociales eran predominantes.¿Has observado cómo se sienta la gente en el metro o en el autobús? Si el transporte está vacío, las personas eligen los asientos, dejando espacio entre ellas; sólo cuando el vagón o el autobús se llenan, la gente
comienza a ocupar los lugares situados al lado de otro sujeto. En este caso, lo que estamos buscando es la singularidad, es decir, estar solos. Al final, cualquier hueco que queda es válido y no nos importa estar sentados entre dos desconocidos.
Algo parecido se contempla también en los bancos del parque. Cuando una persona se sitúa en el centro de éste, es indicativo de que quiere el banco sólo para él, y es posible que nadie ocupe el lugar a su lado. Sin embargo, si un individuo se acomoda en una esquina, es lógico que si otro viene lo haga en la contraria, dejando libre el espacio del medio. Sólo si alguien tiene muchas ganas de aposentarse, lo hará en el centro, junto a los otros dos.
¿De dónde surge esta territorialidad? Como diría Charles Darwin, de nuestro propio origen animal; todos los animales tienen sus espacios al igual que nosotros. De hecho, estamos más de un día en un lugar y ya consideramos la zona que hemos utilizado como nuestro territorio. En las clases es muy habitual comprobar cómo los alumnos ocupan los mismos asientos día tras día. Hace poco realicé un experimento curioso.
Era el último día del curso y después de haber contemplado a los estudiantes, sentados cada jornada en el mismo sitio, les solicité, según iban entrando, que variaran de lugar. «Así cambiaréis de perspectiva», les comenté, indicándoles, además, que lo hicieran todos en la misma zona del aula. Lo hicieron. Lo más curioso fue comprobar que, aquellos que iban incorporándose porque llegaban tarde, se extrañaban al percatarse de que sus compañeros estaban sentados en sitios diferentes a los habituales y, por otra parte, al ver a los demás, situados sólo en una parte del aula, asumieron que había una norma implícita para que nadie se colocara en el otro lado, dejando la mitad de la clase vacía.
Cuando se da formación en varios días −como la que yo realizo de Oratoria o Comunicación con PNL−, es útil explicar a los alumnos que en cada sesión ocupen un lugar diferente; es una manera de que salgan de la zona de bienestar y que tengan una perspectiva distinta de la clase. En realidad, es una metáfora de mantener una mentalidad más abierta ante la vida y estar dispuesto al cambio.
Cuando hablamos de proxemia, o distancia en lenguaje no verbal, nos referimos a la separación que hay entre ti y otro individuo, sintiéndoos cómodos ambos. Las personas tenemos reacciones inversamente proporcionales a las distancias, es decir, cuanto mayor es el espacio que dejamos entre nosotros y nuestro interlocutor, menos nos importa dicha persona. Según la Wikipedia1: «El
su espacio físico, de su intimidad personal; de cómo y con quién lo utiliza».
En el marco mediterráneo la distancia más próxima, la denominada como distancia mínima2, es la que existe entre mi cuerpo y unos 45 centímetros; es decir,
si yo permito que alguien esté a menos de ese espacio de mí, estoy dejando que forme parte de mi intimidad. De 46 a 120 centímetros se considera que es una distancia personal. En ese espacio todavía no nos gustan los desconocidos, aunque toleramos a los conocidos en fiestas, reuniones u otros actos sociales. La distancia social va de los 120 a los 360 centímetros. Es la que nos permite estar en la misma zona que otras personas, sin tener que conocerlas. La última es la distancia pública, que comienza a partir de los 360 cm.
Si tienes esto en consideración y observas cómo se saluda la gente en un colectivo, puedes averiguar cuáles son las relaciones existentes entre ellos. Esto es interesante, por ejemplo, en la formación, cuando llegas a clase por primera vez y quieres descubrir de forma rápida los roles que cada persona juega en el grupo; o si te incorporas a un nuevo equipo de trabajo, y necesitas saber cuáles son las interacciones entre sus miembros.
Por cierto, respecto a las distancias, ahora que ya tenemos conocimientos básicos de PNL, conviene destacar que aquellas personas, que son más visuales, prefieren disponer de una zona más amplia en relación con los demás; los auditivos suelen decidir su propia distancia, mientras que a los kinestésicos les importa menos el espacio.
¿Rompemos la norma de las distancias? Sí, en muchas ocasiones una situación social hace que nos la saltemos; por ejemplo, cuando vamos en el ascensor con desconocidos, cuando nos juntamos con otros para hacernos una foto, cuando el transporte público va lleno, al entrar o salir de un espectáculo o en las manifestaciones. Por muchas razones, y por voluntad propia, alteramos las distancias, siendo conscientes de ello, aunque siempre por un objetivo que nos interesa. Así que ¡ojo, porque la distancia también comunica!