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Percíbete con el metamodelo del lenguaje

Hace unos años, dando un curso de periodismo, incluí en mi alocución una generalización. Con la naturalidad, con que suelo hablar, exclamé: «los periodistas somos unos vagos». Mi comentario venía a propósito de cómo hay veces que los informadores nos conformamos con las notas de prensa que nos llegan a las redacciones y no trabajamos el tema. Y, por supuesto, yo me incluía en el grupo porque soy periodista. El caso es que uno de los reporteros, que estaba en el público −era un curso para comunicadores−, se sintió muy ofendido y así lo expresó. Lo que yo había hecho, sin ninguna intención de molestar, por supuesto, y casi como un reproche al mundo de las redacciones, se había convertido en algo que había sentado mal a alguien. Por supuesto pedí disculpas y el comunicador perdonó mi comentario. Años más tarde regresé al mismo lugar, en esta ocasión para hablar de PNL, y me encontré con el mismo periodista como alumno. Sólo cuando vi su cara de satisfacción, al reencontrarse conmigo, comprendí que aquello no le había molestado. Un buen ejemplo de algo de lo que vamos a hablar en este epígrafe: las generalizaciones.John Grinder y Richard Bandler fueron los que descubrieron, mediante la PNL, la existencia en el lenguaje de una estructura profunda (EP), lo que pretendemos comentar, que es sensorial −lo que recibimos por los sentidos−, y de una estructura superficial (ES), lo que expresamos en realidad, que es lingüística.

Como dice John Grinder: «el lenguaje no puede alcanzar la velocidad de nuestros pensamientos por lo que sólo puede aproximarse a ellos aunque no igualarlos».

De hecho, una misma ES puede disponer de varias EP, es lo que se conoce como ambigüedad. Por ejemplo, la frase «ya tengo preparado el gato» es la ES de varias EP: ya tengo preparado el gato hidráulico para el coche, ya tengo preparado el gato (minino) para el concurso. Las imprecisiones de este tipo son muy utilizadas en el humor, permitiendo al oyente cavilar sobre algo que cree que es la EP, cuando en realidad es otra EP diferente, y eso es lo que provoca la gracia de la situación.

Si nosotros queremos ser entendidos lo mejor posible, deberemos hacer un esfuerzo y tratar de conseguir que ambas estructuras de nuestro lenguaje coincidan al máximo. Un ejemplo de mala utilización del lenguaje lo vemos con frecuencia en las noticias del tiempo. Estamos acostumbrados a decir que viene mal tiempo cuando va a llover, a pesar de que todos somos conscientes de lo necesario que es, que suceda. Expresiones como se arregla el tiempo, aludiendo a que va a hacer sol, son absurdas cuando el agua es tan necesaria en muchas ocasiones.

El objetivo, por tanto, del metamodelo del lenguaje de Grinder y Bandler, es volver a conectar las palabras con la realidad, con la experiencia.

¿Qué es lo que separa nuestra ES de la EP? Según la PNL, hay unos limitantes neurológicos que dificultan la llegada del lenguaje de la EP a la ES. Cuando nos comunicamos, nuestra mente hace tres cosas:

· Selecciona y elimina parte de la información que quiere transmitir, dejando una parte, por tanto, fuera. Sólo consideramos una parte de lo que se produce en nuestra EP.

· Simplifica la información, y para ello, la transforma. Distorsiona el significado de lo que iba a decir, al eliminar alguna parte.

· Utiliza la generalización por comodidad, ya que sería difícil hablar sin extrapolar nuestras experiencias.

Por lo tanto, el mensaje que queríamos transmitir es distinto al que transmitimos. Observa estos ejemplos y lee estas frases:

una sucesión de eventos.

Me fui el el

miércoles a su casa.

Si lo has leído con mucho cuidado, te habrás dado cuenta de que dos palabras estaban repetidas, aunque la mayoría de los lectores no se habrá percatado y será ahora, al releerlo, cuando lo percibirán.

Traduciendo estos tres pasos, según el metamodelo del lenguaje, en realidad, lo que hacemos es:

a) Eliminación: Sólo prestamos atención a ciertas dimensiones de nuestra experiencia. Nos sucede no sólo en el lenguaje. ¿Cuántas veces ocurre que uno está buscando las gafas y las lleva puestas? ¿0 que estamos leyendo el periódico y nos preguntan algo, no estamos escuchando y ni nos enteramos? ¿Eres consciente ahora mismo de cómo estás respirando? Llega tanta información a nuestro cerebro que no tenemos más remedio que seleccionar; las omisiones nos sirven para hacer el mundo más manejable. Igual nos ocurre con el lenguaje. La explicación de lo que querríamos decir es tan larga que acortamos, dando por sentado que el receptor nos va a entender (ejemplo: se fue). El interlocutor puedepensar: ¿quién se fue? ¿Él? ¿Ella? ¿Quién era él, quién era ella? ¿Se fue a dónde? ¿Cuándo se fue? Nos puede parecer exagerado, sin embargo, en muchas ocasiones. Reducimos tanto nuestro lenguaje que es difícil, para el receptor de la información, comprender el mensaje. Las comparaciones son, a veces, también incompletas. Imaginemos el caso de un ponente que, en una conferencia, diga: «Es mejor continuar con esta tendencia». Alguien del público puede pensar: «¿mejor que qué?». b) Generalización: Si no generalizáramos, nos volveríamos locos. Las generalizaciones nos han servido para ayudarnos a sobrevivir en el mundo mediante la experiencia. Si no fuera así, tendríamos que aprender todo a cada instante, como aquel pez hembra, llamada Dory, de la película Buscando a Nemo (2003), que olvidaba cualquier cosa que le ocurría en cuestión de minutos. Gracias a que generalizamos, sabemos cómo se abre una puerta, una vez que ya hemos abierto una, y así con cualquier otra actividad. Lo malo es que a veces generalizamos demasiado pronto, y si nos roban en un país,

somos capaces de llegar a la conclusión de que «a ese lugar no se puede ir porque te roban siempre». Eso nos sucede también en la comunicación. Con frecuencia empleamos, en nuestras conversaciones, numerosos cuantificadores universales que no son sino expresiones en las que una unidad la convertimos en un todo. Siempre vienes tarde, todos los perros son buenos, son algunos ejemplos corrientes a los que alguien podría preguntar: ¿siempre? ¿Todos? Y si no se generaliza en el lenguaje conversacional, menos aún cuando nos enfrentamos a un público en el que puede haber personas que opinan de manera diferente a nosotros. c) Distorsión: También distorsionamos la realidad de manera habitual. Si estás sólo por la noche, y oyes un ruido en casa, tu cerebro lo primero que hace es compararlo con otros sonidos que hay en tu mente para comprobar si lo conoce. ¡Ah, es un gato, no pasa nada! Sin embargo, si tu materia gris responde que no sabe lo que es, tu cerebro puede empezar a crear una serie de pensamientos sobre lo que está ocurriendo, que muchas veces depende de la última película de asesinos en serie que has visto. Al final, cuando te decides a encender las luces, y comprobar toda la casa, tu mente racional te indica que no ocurre nada y te recuerda que vives en un piso doce y que tienes puerta blindada. Las distorsiones nos permiten las creaciones artísticas. Al igual que distorsionamos la realidad, desfiguramos nuestro lenguaje. Pueden ser desde exageraciones «esto va a acabar conmigo», refiriéndonos, por ejemplo, a un problema con un hijo; lecturas mentales «estoy segura de que piensa eso de mí». Imagínate que un ponente diga: «si no conseguimos esto, será la llegada del Juicio Final». Este tipo de distorsiones metafóricas se pueden emplear si estamos haciendo eso, un discurso retórico, aunque para una mayor comprensión del público, deberían evitarse.El metamodelo nos muestra nuestras carencias y limitaciones a la hora de expresarnos y es nuestro deber, si queremos ser buenos comunicadores, asumirlas y vencerlas. Para hacerlo, es preciso conocer cómo responder ante las situaciones que nos plantea el metamodelo, ¿estás dispuesto?