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El mito de lo dado

In document Ken Wilber - Ciencia y Religión (página 144-147)

Ya hemos señalado que Kant demostró convincentemente que la mayor parte de lo que ingenuamente tomamos como datos de los sentidos no son más que construcciones de nuestra mente. Por

El idealismo: el Dios que está por venir

ejemplo, nosotros decimos que podemos ver fácilmente la dife­ rencia existente entre nuestros dedos. Pero ¿dónde radica esa “di­ ferencia”? ¿Acaso puede usted señalarla? ¿Puede verla? Porque no cabe la menor duda de que usted puede ver singularmente cada uno de los dedos, pero ¿acaso puede ver igualmente la dife­ rencia existente entre ellos?

Porque la verdad es que la “diferencia” es un concepto men­ tal que superponemos a ciertas sensaciones puras. Ninguna de esas sensaciones nos permite experimentar, ver o percibir real­ mente la “diferencia” porque ésa es una noción construida, im­

puesta e interpretada por nosotros. Dicho en otros términos, la

mayor parte de lo que consideramos percepciones no son tanto datos empíricos como datos mentales, concepciones.

De modo que, cuando muchos empiristas nos exigen eviden­ cia sensorial, lo que realmente nos están pidiendo -sin darse cuenta de ello- son interpretaciones mentales. Los idealistas, re­ cordémoslo, se apoyaron en este hecho y llegaron a concluir algo muy “mental”, que todo lo que vemos es el producto de la mente (pero de una mente, de un yo o de un Espíritu supraindividual y transpersonal). Los postestructuralistas postmodernos también partieron de la misma noción, pero se movieron, en cambio, en una dirección similar aunque mucho menos espiritual, una direc­ ción mucho más caótica, concluyendo que lo que llamamos mun­ do dado no es una percepción sino una interpretación y que no existe en consecuencia, fundamento alguno, ni espiritual ni de ningún otro tipo, sobre el que asentar nada.

Y éste es precisamente el punto en el que los postmodernistas suelen exagerar las cosas, porque no se limitan simplemente a subrayar los aspectos de la Mano Izquierda (la faceta interpreta­ tiva) de todo holón, sino que tratan de negar toda realidad a las

facetas de la Mano Derecha (a las dimensiones objetivas). Des­

de esta perspectiva, los únicos rasgos realmente existentes del Kosmos son los interpretativos. Pero, de ese modo, la verdad ob­ jetiva termina desdibujándose en una maraña de interpretaciones arbitrarias impuestas por el poder, el género, la raza, la ideología,

Los intentos previos de integración

el antropocentrismo, el androcentrismo, el especieísmo, el impe­ rialismo, el logocentrismo, el falocentrismo, el falologocentris- mo, etcétera (con excepción, curiosamente, de sus propias afir­ maciones a las que eximen de los prejuicios que, en su opinión, afectan a toda afirmación, lo que anteriormente calificábamos como contradicción performativa).

Pero el hecho de que todo holón tenga un componente objeti­ vo y un componente interpretativo no niega el componente obje­ tivo, sino que simplemente lo ubica en su lugar. Hasta el mismo Wilfrid Sellars, a quien suele considerarse el adversario más per­ suasivo del “mito de lo dado” -el mito del realismo directo y del empirismo ingenuo, el mito de que la realidad nos viene simple­ mente dada-, sostiene que, si bien la imagen manifiesta de un ob­ jeto constituye, en parte, una construcción mental, se ve, no obs­ tante, guiada, en muchos y muy importantes sentidos, por ciertos

rasgos intrínsecos de la experiencia sensorial (y ése es precisa­

mente el motivo por el cual, como afirmó el mismo Kuhn, la ciencia puede realmente avanzar).

Así pues, aunque superpongamos ciertas concepciones sobre ella, las exterioridades de la Mano Derecha poseen rasgos intrín­ secos que pueden ser detectados por los sentidos o sus extensio­ nes y, en este sentido, los holones de la Mano Derecha poseen al­ gún tipo de realidad objetiva. La “diferencia” existente entre nuestros dedos tal vez sea algún tipo de construcción mental, pero el hecho es que los dedos preexisten, en cierto modo, a cual­ quier conceptualización en tomo a ellos. No se trata, pues, de un mero producto de nuestras construcciones mentales (y ése es pre­ cisamente el motivo por el cual un perro, un niño en el estadio preconceptual o una cámara fotográfica -todos los cuales care­ cen de una mente conceptual que elabore construcciones- tam­ bién los detectan). Un diamante cortará el cristal sin importar las palabras o los conceptos culturales que utilicemos para referimos a las realidades “diamante”, “cortar” y “cristal”, y no hay ningún constructivismo cultural que pueda cambiar ese hecho.

El idealismo: el Dios que está por venir

que desempeña la interpretación en la percepción del mundo (que incluso puede llegar a negar el mito de lo dado) y otra, muy distinta, extrapolar esta situación y negar cualquier tipo de ver­ dad objetiva (y la utilidad de cualquier tipo de teoría de corres­ pondencia o de representación) puesto que, en este último caso, se cierra la puerta a toda posible discusión.

No debe extrañamos que John Searle, en su maravilloso libro

La construcción de la realidad social9 -un título que se opone a

“la construcción social de la realidad”- , haya rechazado esta idea porque las realidades culturales se construyen sobre los cimien­ tos de una verdad representacional que sustenta la misma cons­ trucción y sin la cual no sería siquiera posible ningún tipo de construcción. Una vez más, podemos aceptar las verdades par­ ciales del postmodemismo -la interpretación y el constructivis­ mo son ingredientes fundamentales del Kosmos, todo el camino de descenso- sin arrojar por la borda a los otros cuadrantes y tra­ tar de reducirlos a este vislumbre parcial.

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