Por supuesto, Moisés no tenia idea de lo que había pasado durante su ausencia con Israel, pero el Señor si. Incluso mientras el Señor había estado conversando con Moisés, su omnisciente mente había estado observando la escandalosa apostasía que se había iniciado como una marea en Israel y se estaba transformando en una rebelión manifiesta tanto en contra de Dios como contra Moisés. El Señor por lo tanto interrumpió el estado espiritual sublime en el que Moisés se encontraba disfrutando y lo trajo súbitamente a las amargas realidades de esta hora. “Anda desciende”, mando el Señor, “porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido”. Moisés no podía creerlo. ¿En seis semanas? ¿Qué habían hecho? El Señor dio a Moisés una pista.
“Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le ha ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto.”(Éxodo 32:8)
Pero, como Moisés pronto descubriría, la situación era peor que una simple adoración de un becerro de oro. El pueblo realmente se había corrompido. Sin describir todos los mórbidos detalles, el Señor impactó a Moisés anunciándole abruptamente que El estaba a punto de mandar a toda esa vasta multitud de israelitas de regreso al mundo de los espíritus en una poderosa avalancha de venganza y destrucción.
El Señor advirtió a Moisés que no intentara detenerlo: “Ahora, pues, déjame que encienda mi ira en ellos, y los consuma...” Entonces para confortar a Moisés y asegurarle que las profecías y promesas de Dios no se desvanecerían con esa
acción, le dijo: “y yo TE PONDRÉ sobre una nación fuerte y mucho más numerosa que ellos.”(Deuteronomio 9:14 y Éxodo 32:10).
En otras palabras. De este punto en adelante, los propósitos de Dios se cumplirían exclusivamente con Moisés y con todos aquellos que fueran valientes y obedientes; aquellos que vigorosamente estuvieran dispuestos a estar en paz con El espiritualmente. La intención del Señor era dividir el trigo de la cizaña y ya lo había hecho en los días de Enoc. El limpiaría a Israel y construiría una nación exclusivamente con aquellos que vivieran bajo su convenio. Pero tal cataclismo de destrucción de Israel – a pesar de su rebeldía le parecía horrible a Moisés. El no podía concebir que nada que ellos hubieran hecho justificaba tan terrible juicio. Dijo él, “Entonces Moisés oró en presencia de
Jehová su Dios, y dijo: Oh, Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte?”
(Éxodo 32:11) Poco se imaginaba que dentro de unas horas estaría tan disgustado y en shock por lo que vería en los israelitas hacer que ¡él mismo ordenaría la ejecución de varios miles de ellos!
En este momento, sin embargo, él rogó por los israelitas. Dijo que si el Señor destruía tal multitud de israelitas los egipcios estarían jubilosos. Ellos dirían, “Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra?” (Éxodo 32:12). En profunda angustia Moisés clamó al Señor: [Nota del Traductor: Hay una variante en el texto de la 3a. edición de 1965 y el de la 24a. edición de 1985, ambas son interesantes por tanto insertaré las dos en el orden correspondiente]
“Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu
pueblo.”(Ibid).
Es algo asombroso que un hombre imperfecto trate de aconsejar al Señor, juzgarlo, y llamarlo al arrepentimiento. Sin embargo, muchos de nuestra rasa que han sido privilegiados con la oportunidad de ascender hasta esa alta dimensión de realidad espiritual y ver la faz del Señor, han descubierto que El es accesible, comprensivo y dispuesto a discutir los problemas “como un hombre habla con otro”, al grado de que llegan ha desarrollar una osadía y confianza únicas. Con presunta seguridad tratan de desviar al Señor respecto de lo que ha dicho. Más allá de eso, en alguna de estas ocasiones, y sin lugar a dudas con la finalidad de imprimir una lección, el Señor ha condescendido para satisfacer sus demandas. En cada caso, sin embargo, las consecuencias han sido catastróficas. Moisés estaba a punto de aprender esa lección por si mismo. El Señor consintió en suspender Su decreto contra el segmento inicuo de Israelitas.
Sin duda Moisés sintió un gran alivio y quizá hasta cierta sensación de triunfo cuando parecía que había ganado con su argumento. Pero no estaba preparado para la gran desilusión que le esperaba en las faldas del Monte Sinaí. (Esta es la version de 1965)
“Vuélvete del ardor de tu ira. Tu pueblo se arrepentirá de este mal; por tanto no vengas contra ellos [Esto es tomado de la Versión Inspirada. Nótese que esta versión declara “Tu pueblo” o Israel es quien debe arrepentirse y no Dios. !En la versión del Rey Santiago Moisés llama al arrepentimiento a Dios!]
Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre.
“Y el Señor dijo a Moisés, Si ellos se arrepienten de este mal que han hecho, Yo los perdonaré, y retiraré el furor de mi ira; pero he aquí, tú ejecutaras mi juicio sobre todos los que no se arrepientan de este mal este día. Por tanto, mira que hagas esto que te he mandado, o Yo ejecutaré todo lo que he pensado hacer con mi pueblo.”
Moisés pronto concordaría con esta propuesta. El gustosamente castigaría a los no arrepentidos si el Señor perdonaba al resto del pueblo. Poco se imaginaba él que ejecutar esta encomienda le requeriría ¡ejecutar alrededor de tres mil Israelitas! (Esta es la versión de 1985)