Fotografía 1. Tomada del documental buses en mi casa (2013)
Cuando los buses azules del MIO recorren la calle 13, cruzan por un paisaje que ha permanecido estático durante muchos años� Sobre el andén derecho de este reco- rrido, hay una casa que queda en frente a la estación Fray Damián del MIO; tiene una puerta azul y en lugar de una chapa, tiene un agujero� Allí vive una familia de 14 personas� Tres mujeres mayores de treinta años y sus hijos e hijas: Andrea esposa de Wilson, madre de Jeison (siete años), Andrés (ocho años) y Steven (die-
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ciséis años); Carmen, madre de Samanta (siete años), Santiago (cuatro años), Deisy (veintiún años) y Yasmín (veinticinco años) y Mónica, madre de Camila, María José (ambas de quince años) y Julián (ocho años)� La casa tiene un patio grande y cinco habitaciones en donde cada familia se acomoda�
El cuarto de Carmen tiene una reja que lo separa del patio� La reja siempre está cerrada y sus niños pequeños no pueden salir, pues a ella no le gusta que jueguen con los hijos de Andrea, quienes a su parecer son groseros y callejeros� Carmen pre- fiere mantener a sus hijos lejos de la calle; de la inmoral calle� Los hijos de Andrea salen con libertad de su cuarto y de la casa� Las esquinas de la manzana son el lí- mite para ir a jugar� Límite que los niños rompen cuando reúnen algunas monedas para jugar a los videojuegos o comprar balines, en la calle del frente, a dos cuadras de la casa� Julián, quien vive con su padre, durante el día visita la casa donde vive su mamá, recorriendo en bicicleta las cuatro o cinco cuadras de distancia que hay entre ambos lugares� Sus hermanas, María José y Camila, son quienes más andan con libertad� Desde la Loma de la Cruz12, ubicada en el oeste de la ciudad, hasta la Estación de Policía de Fray Damián, andan juntas, cuando salen de las clases en horario nocturno o cuando visitan los fines de semana a algunos amigos que tienen en la Estación� Los niños y las dos adolescentes entran a estudiar en los colegios cercanos, pero por inconvenientes económicos o desconocimiento de las fechas de inscripción, pueden pasar periodos de seis u ocho meses sin ir a estudiar�
Fotografía 2. Tomada del documental buses en mi casa (2013).
Carmen trabajó durante más de seis años vendiendo jugo de borojó13 en la calle 15, hasta que la policía la desalojó a ella y a otros cientos de vendedores que obs- taculizaban el lugar por donde empezó a circular el MIO� Desde entonces, ella no tiene un trabajo fijo, al igual que Andrea y Mónica, quienes trabajan de manera ocasional e informal en Fray Damián�
12 Parque artesanal ubicado en la Calle 5, una de las vías principales de Cali� Allí se celebran eventos cultu- rales que incluyen música, cuentería y danza�
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Luego de la construcción de la estación del MIO en Fray Damián, los niños empe- zaron a jugar en los vagones; se colgaban de las barandas y se subían a los buses� La estación dejó de ser un lugar de paso, para dar lugar a lo que los niños hacían antes en la calle: jugar� Sus cotidianidades entraron en tensión con los propósitos urbanísticos del MIO y después de varias intrusiones de los niños en los vagones de la estación, un policía detuvo a Yuyo, hermano de Andrés y Jeison, y lo llevó al Instituto de Bienestar Familiar, ente gubernamental encargado de velar por la “protección” de los menores� Luego, los niños dejaron de frecuentar la estación y después de algunos meses a los pasillos que conectan un vagón con otro, les colo- caron placas de cristal, haciendo de las barandas una muralla de difícil acceso� Aun así, cuando algún niño necesita cruzar la calle, se mete entre los angostos espacios que aún le quedan a los pasillos, sin que el guarda de turno lo vea�
Fotografía 3. Tomada del documental buses en mi casa (2013)
Las prácticas que tiene ésta familia en la calle desbordan el sentido de lo público.
María José, Camila y otras dos amigas del barrio juegan con el agua que nunca deja de fluir, pues se trata de una manguera que está conectada al acueducto de otra casa� De repente, María José corre descalza hasta la calle, para que su hermana no le arroje un baldado de agua� Llega hasta la puerta de la casa, la abre y sigue su ca- mino hasta la esquina de la cuadra� Camila le tira el balde; su licra y la blusa de su pijama quedan mojadas� Los pasajeros del MIO la observan� Este tipo de acciones en el espacio nos permiten pensar en un tipo de actor social que no sería, sola- mente, un ‘obstáculo de navegación’� Estas acciones harían parte, más bien, de un contexto que constituye un nuevo tipo de actor social del espacio público� Así, los acuerdos tácitos que construyen los vecinos, como las horas en las que se puede transitar, los callejones por donde es mejor pasar o las normas que impone el MIO sobre la buena conducta, no son un obstáculo para que la calle se convierta en una extensión de la casa� La calle es reinterpretada� La cotidianidad se explaya y quie- bra los límites entre el mundo interior de la casa y el mundo exterior del trabajo� A las calles de Fray Damián se les otorgan sentidos que vinculan la vida familiar y el espacio público: una fiesta de cumpleaños en mitad de la cuadra, salir a la tienda descalzo, pegarle al MIO con una almohada, pintarse las uñas en la entrada de la
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casa o jugar dentro de la estación, son algunas de las actividades cotidianas que observan los usuarios del MIO desde las vitrinas de los vagones�
Fotografía 4. Tomada del documental buses en mi casa (2013)
Según Ariès (1995) el movimiento de privatización de las ciudades convierte a la casa en el mundo de lo privado y a la calle en el lugar donde juegan más los simu- lacros de la interacción social� Así, los efectos de tal movimiento repercuten en la calle y ésta se concibe como un espacio del simulacro y del disimulo� No obstante, aun cuando el MIO es una consecuencia más de las políticas de privatización del espacio público, la gramática desde la cual se rescribe correctamente la ciudad, no permea a los habitantes del Centro y así, las calles todavía resultan inquietantes� Las vitrinas no terminan de intimidar a la familia de Fray Damián� El silencio, la asepsia, el orden y la simetría no son normas de las cuales se apropien las madres de la familia y mucho menos sus hijos�
El paisaje de la estación siempre es el mismo� Durante el día los buses azules del transporte masivo pasan en intervalos de cinco a diez minutos; se amontonan en el Centro por el exceso de pasajeros que, luego del trabajo, quieren llegar a sus ca- sas� Temprano en la mañana y al finalizar la tarde, los vagones se congestionan y, en cambio, durante el resto del día pueden estar vacíos� El sonido de los motores avisa su parada en la estación� La mecánica y el control del sistema de transporte contrastan con los andenes de Fray Damián, los cuales se convierten en escenarios de eventos inesperados�
Las iniciativas estatales sensibilizan a los actores por lo que se considera colec- tivo14� Así, en la calle se practican aprendizajes sobre el buen comportamiento, a pesar de que en este escenario también se improvisa frente a situaciones inespe- radas que rompen el funcionamiento habitual� Cuando la Calle 13 se convirtió en 14 En los buses del MIO la voz pregrabada de una mujer nos avisa no solamente cuáles son las normas de
buen comportamiento y uso del medio de transporte, sino también el sentido de cumplir con tales nor- mas: la frase El Mio es tuyo, posterior a cada consigna, alude a la concepción de tal medio de transporte como algo que al pertenecerle a los caleños debe cuidarse y preservarse como un símbolo con el cual los habitantes de Cali se identifican�
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una de las vías principales para el paso del MIO, la fragilidad del espacio público se materializó� Luego vino la contestación, diferente a la resistencia y semejante a la adaptación� Los residentes del barrio, al margen de muchas decisiones que nacen desde la municipalidad, respondieron a aquellas transformaciones� Lo que Isaac Joseph (2002) plantea como sonambulismo, aquí encuentra un matiz: quizá los niños o sus familias no son conscientes de sus, como lo llamaría De Certeau (1996), reescrituras de la calle, pero son éstas las que nos permiten verlos no como sonámbulos que obedecen a las rutinas de lo urbanístico, sino como actores ca- paces de improvisar y articular lo íntimo con lo público� Sus escrituras en la calle modifican el sentido que tiene el paso del MIO por el barrio, de la misma manera en que la adaptación del espacio público permea la cotidianidad de la familia que vive frente a una de las estaciones del masivo: sus hábitos, los usos y las relaciones con el espacio se modifican a partir de una rescritura urbana�
La reescritura de los actores sociales en el Centro no corresponde solamente a una respuesta al espacio y a los cambios que éste ha sufrido; corresponde, también, a acciones cargadas de significados políticos� La rescritura permite que los actores ejerzan ciudadanías desde la marginalidad; los desvincula de la pasividad y los involucra en acciones que articulan lo social y lo político� Se trataría, entonces, de cómo los actores viven su cotidianidad en las calles y cómo ésta se relaciona con la consolidación del espacio público� Esta noción de ciudadanía nos permite indagar en cuáles actos son los que convierten a un citadino en ciudadano y si aquellas formas de dotar de nuevos sentidos y significados la calle son un acto político� La familia que vive en Fray Damián teje relaciones con la calle que son distintas a las de muchos transeúntes de otros sectores de la ciudad cuando la atraviesa abor- do del MIO� Estas relaciones toman formas de resistencia, contestación, rechazo o adaptación y otorgan nuevos sentidos a la calle ¿Cómo podríamos interpretar las reescrituras que hace la familia sobre la calle? Las cotidianidades que construyen en el exterior, como el juego de los niños y niñas dentro de la estación, ¿pueden reducirse a la las rutinas que practican los transeúntes? O ¿acaso esto desborda los límites de lo público y se hacen necesarias otras categorías?
El espacio se reinterpreta como un síntoma de apropiación ciudadana� No obstan- te, esta apropiación no surge tanto por el resultado de un proceso de identifica- ción que se construye de manera lenta y colectiva, sino más bien por los acuerdos tácitos sobre los cuales se define cómo y cuáles normas, establecidas por el nuevo orden urbanístico, se deben cumplir� Aunque podríamos decir que sus prácticas cotidianas no están ligadas enteramente al sonambulismo que describe Joseph, lo cierto es que no podemos decir tampoco que haya una escritura que pase cons- cientemente por lo político y por lo identitario� Más bien, es justamente la tensión entre rutina e improvisación, entre control y azar, la que le da lugar a una escritura que, en palabras de Goffman, reinterpreta el espacio, modificando los usos y senti- dos sociales que se hacen de la calle, una vez las reformas urbanas llegan al barrio� Las renovaciones urbanas entonces, no podrían entenderse al margen de las socia- bilidades que desafían los límites entre lo público y lo privado� Como diría Sagás-
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tegui (2010), no basta solamente con que el Estado reconozca el espacio público como un lugar formador de actores sociales activos� Lo colectivo no solamente se expresa en el terreno de lo público sino que, cualquier transformación en éste, genera una reacción en el espacio privado; por lo tanto, para intervenir el espacio público hace falta enunciar los problemas del mundo privado�
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METodoLogÍA
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