De forma coherente con las respuestas colectivas frecuentes ante hechos traumáticos extremos, como ataques o catástrofes, las reacciones en el mismo momento de los hechos fueron de incredulidad y de shock mientras se trataba de dar sentido a lo que estaba pasando.
A la hora del bombardeo yo vi un avión dejar caer algo como una bombona de gas y la gente había dicho que el avión había dejado algo, pero ese algo había que- mado las cosas; no se oyeron ruidos ni gritos ni nada y por eso pensábamos que no pasaba nada, a pesar de estar herida, cuando fui al médico a que me quitase el trozo de hierro que llevaba en la cara, el médico le dijo a mi hermana que yo era muy valiente, pero mi hermana dijo que yo no podía hablar porque tenía mucho miedo. Monina Mohamed Abdalahe.
En medio de la situación de emergencia, inmediatamente tras las primeras bombas, la gente empezó a refugiarse en donde podía, en una huida hacia las zonas altas bajo las rocas y debajo de las raíces de algunos árboles.
Yo estaba bajo un gran árbol, mucha gente vino a refugiarse junto a mí. La mujer que estaba a punto a dar luz fue abandonada, todos nos escapábamos como po- díamos. Yo misma abandoné a mi familia y corrí hacia un árbol en el que estaba una familia que no me dejaba entrar Entonces les dije: “Los voy a proteger93 nada
les va a ocurrir”, y me dejaron entrar. La mujer que estaba a punto de dar a luz pedía ayuda pero nadie se acercó. Tuvo la suerte de salvarse lo mismo que su hijo. Hasinatu Masud Ahmed.
Numerosas personas se movilizaron a buscar a sus familiares, pero otros, especialmente niños y niñas, tuvieron que quedarse con otras personas mientras se averiguaba en los días posteriores si sus familias estaban vivas o muertas. El recuerdo de las imágenes del páni- co y el trauma colectivo todavía produjeron un fuerte impacto emocional en las personas entrevistadas, mostrando las consecuencias duraderas de la tragedia. Los dos siguientes testimonios eran de niños que sufrieron el bombardeo.
Yo era una niña, estaba en la escuela, que estaba bajo un árbol, cuando el bombar- deo empezó. Al principio no sabíamos muy bien qué pasaba, pensábamos que era un juego, y después todo el mundo empezó a correr. Algunas madres vinieron corriendo a buscar a sus hijos pero yo, con la confusión, no encontré a nadie, ni a mi madre ni a mis hermanos y estuve dos días perdida, con unos conocidos. M.M. Mujer. Cada uno se había ido donde podía protegerse. Cuando pasó eso… nunca lo voy a olvidar, es una imagen muy dura… salieron a buscar a su familia… es un mo- mento muy duro, muy duro, la gente estaba gritando, la gente estaba herida… no quiero recordar. Fuimos todo el día a pie huyendo a las montañas con mi madre y mis hermanas. Pasamos toda la noche bajo las raíces de un árbol en la montaña. A las 6h de la mañana la gente empezó a rezar. Cada uno pide a Dios que no pase nada, no sabemos dónde están nuestros familiares, ni hermanos. Por ejemplo, no sabes dónde están tus hijos y no sabes si mañana va a llegar una noticia de que están muertos. Um Erghia Abdalahi.
Otra gente describe cómo estaba en una situación de shock frecuente en situaciones trau- máticas durante los primeros segundos en una mezcla de estupor y sensación de irrealidad que dejó a numerosas personas paralizadas. Estos dos relatos corresponden a dos enfer- meras, una vasca y otra catalana, una de ellas resultó herida por varios fragmentos de metralla en la cadera y zona cercana a la columna vertebral.
Bueno aquello fue… yo al llegar allí, alguien me dio dos tortas y luego lo agradecí muchísimo, claro, yo tenía veinticuatro años. Me quedé así como diciendo, ¿Y esto? un montón de gente en el suelo, todo el mundo gritando, una cosa terrible… pero dices ¿Y aquí qué? Fatimetu Gurutze.
Yo me acuerdo de que estaba en una tienda y de repente oímos un ¡batablum!! Ca-
tastrófico. Salí y se ve que en aquel momento fue cuando se expandió la metralla y
me dio aquí en la cadera. Y me tumbó. Intenté levantarme pero no pude. Dicen que grité pero no me acuerdo. Lo que sí recuerdo que hice, con la melhfa que llevaba, es rasgarla y sacar un trozo de tela y me lo até para hacer un torniquete. Pero en esa zona es muy difícil. Estaban dos saharauis y todo el mundo iba corriendo, corriendo, corriendo, corriendo... Sé que vino un coche y me recogió a mí y nos llevaron a la montaña y estaba Dah allí, Mohamed Embarek Fakella, Gurutze, y también más saharauis intentando ayudar y hacer todo lo que podían. Me hicie- ron una cura allí y me pusieron suero. Recuerdo estar debajo de un árbol solitario con el suero colgando del árbol, yo sentada en una camilla y pasaron los aviones por encima. Montse Escorbe (Hurria).
Varias bombas que cayeron en la zona dejaron grandes socavones por la explosión y un incendio de numerosas jaimas.
En la zona que pude ver, al menos había tres grandes agujeros en el suelo cerca de donde llegamos. Dos eran como de un metro de profundidad y siete-ocho me-
tros de diámetro. Otro era así de ancho, pero más profundo como de 1,50 metros
porque el terreno era más débil. Ese era el lugar donde estaba el dispensario. Pero todo estaba incendiado, todas las jaimas se habían incendiado después del bombardeo. Hassena Mohamed Andalla.
Las descripciones del horror entre los sobrevivientes y víctimas del bombardeo muestran la destrucción total del campamento, y el gran número de muertos y la destrucción de los cuerpos. Dichas descripciones son congruentes entre sí, y coherentes con las consecuen- cias de bombardeos, mostrando una masacre de enormes proporciones.
Fue horrible. Muertos, heridos por todas partes. Yo perdí a muchos miembros de mi familia. Mi prima hermana con todos sus hijos falleció, y otra prima que en ese mo- mento estaba dando a luz en una especie de dispensario, también falleció. Una bomba cayó justo encima y no pudimos ni siquiera reconocer su cuerpo porque todo eran trozos de carne. El hermano de la fallecida y su hijo quedaron heridos. J.S.B. Mujer. Dos hermanas, mis primas esposas de estos dos señores Burkini y Ali, una de ellas perdió la cabeza de inmediato y la otra dio a luz de inmediato. Ambas estaban embarazadas. Hasinatu Masud Ahmed.
El griterío, mujeres, niñas, niños... corriendo de un lado para otro. Nadie sabía a dónde ir. Nosotros estábamos en el dispensario. Una de las enfermeras era preci- samente una de las heroínas de la ciudad de Güera en la lucha contra la invasión de Mauritania. Esta enfermera era Chaia Abeidala Ahmed Zein, estaba a punto de parir y tanto ella como una prima suya estaban en el dispensario. Le quedaban una semana o diez días para parir. Fue decapitada por la metralla de esa bomba que cayó en el dispensario. Sid Ahmed Baba Chej.
Yo corrí hacia la tienda donde estaba mi madre porque ella no podía andar, pasé por la tienda que era el hospital y allí vi el cadáver de la enfermera, vi al feto que salió de su barriga porque estaba embarazada. El dispensario de salud tenía un símbolo muy grande, la Media Luna Roja por encima y por los dos lados de la jaima. Bubeker Banani Abdellah.
Las mutilaciones de cuerpos fueron masivas en la zona donde cayeron las bombas. Varios de los encargados de la salud en ese momento refieren cómo recogieron muchos de esos cuerpos destrozados. En medio del horror, los cuerpos fueron cubiertos o enterrados en condiciones extremas.
Era una situación dantesca, no se puede describir por su atrocidad. Había tro- zos de manos, de cabras, de clavos... Una prima hermana de la mártir Chaia también falleció en éste bombardeo estando embarazada a punto de parir. Una de las imágenes que más se me quedó grabada en la retina y en la memoria es la de Chaia que fue decapitada. Junto con el otro enfermero que estaba conmi- go, metimos como pudimos su cuerpo dentro de una caja de cartón que había
contenido medicamentos porque todo había quedado pulverizado por la onda expansiva. Metimos del pecho para arriba en éste cajón para que no se pudiera ver esta parte. Sid Ahmed Baba Chej.
Unas horas después del bombardeo llegó a la zona un equipo de miembros del Frente POLISARIO que habían sido avisados del bombardeo. Junto con algunos hombres que tenían como tarea la organización y distribución de alimentos, se dedicaron durante esa tarde a recoger los restos humanos que habían quedado desperdigados por la zona. Según un testigo directamente implicado en dichas actividades, un grupo de unas sesenta perso- nas se dedicó a esa tarea, trabajando durante varias horas en ello.
Empezamos a recoger los restos de personas que todavía quedaban desperdiga- dos. La zona quedó totalmente deshabitada, no había ya nadie allí. Llegó Ma- hfud Ahmed Zein, un alto cargo del Frente POLISARIO encargado de la zona sur. Empezamos a buscar y recoger, pero apenas ya había cuerpos, era un brazo, una pierna, un trozo de cráneo. Los restos se acumularon en una zona cerca del dispensario bombardeado y de allí se los llevaron a enterrar. Ya no supe más. Yo me fui al hospital de campaña, arriba de la montaña. Allí me encontré que habían llevado a varios de los heridos del bombardeo. Hassena Mohamed Andalla. La recogida de algunos restos continuó sin embargo varios días, ya que algunos quedaron desperdigados en los alrededores del campamento. Las imágenes del horror referidas por los testigos y víctimas describen un panorama atroz.
De una anciana encontramos su brazo varios días después a unos quinientos me- tros del campamento. Lo encontramos por casualidad porque vimos cómo unos cuervos estaban dando vueltas por encima y pensamos que ahí habría algo. Fui- mos y, efectivamente encontramos el brazo de aquella mujer con el rosario que ella siempre llevaba en la mano atado a la muñeca. Sid-Ahmed Baba Chej. Huimos hacía la montaña, cada uno se escondía donde podía y donde encontraba. El que quería volver a los campamentos no podía volver. Olía a muerte a pólvora. Por la noche la gente volvió a la jaima porque cada uno quería coger una manta o algo, pero realmente no querías ni volver, veías una mano o un estómago espar- cido. Lambarka Mahmud.