3. Sobre el sentido óptico de las formas (1873)
3.2 El sentido óptico de las formas
3.2.2 Sentimientos, empatía y símbolo
«Así [el sujeto] inconscientemente proyecta su forma corporal —y con esto también su alma— en la forma del objeto».
— SSO: 92
Existe una diferencia fundamental entre sentimiento y sensación: en esta última no hay necesariamente un sentido del yo, ya que se trata de un proceso físico en gran medida. Aun en el caso de la enestesia, que requiere de la imaginación, la armonía que se da entre sujeto y objeto se limita a sus semejanzas o correspondencias formales, por lo que se mantienen en ese nivel y no implica un verdadero contacto emocional con el objeto. En contraste, en el sentimiento la armonía sensorial se proyecta de tal forma en que lo que está en juego es mi reacción vital frente a dicha armonía física de las sensaciones. Como lo que se proyecta en la forma del objeto no es la estructura corporal sino el «alma» del sujeto, hay una experiencia de un ego que experimenta el fenómeno. «Como la resonancia [del sentimiento] involucra una armonía de segundo orden entre el objeto estético y mi forma corporal representada en mi imaginación, yo necesito este sentido del yo, construido en mi imaginación. Mientras no haya sentido del yo, permanecemos en el nivel de la sensación» (Arlette, 2009:107)
La imaginación en la enestesia permite la compaginación entre sujeto y objeto a partir de las afinidades estructurales, pero en los sentimientos la imaginación permite dotar de vida al objeto inanimado hasta penetrar en su centro espiritual más allá de su apariencia sensible.
[El objeto] en lugar de algo que se presenta a sí mismo como una comodidad o incomodidad física, allí [en la empatía] aparece como un individuo viviente o una comunidad de individuos que o bien nos apoya y simpatiza con nosotros, nuestra situación vital y nuestros instintos vitales, o bien trabaja en contra nuestra de manera distante y hostil. (SSO, 103).
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«El camuflaje, sostiene Caillois, no es necesariamente un comportamiento adaptativo, sino, más bien, la muestra de una incapacidad para mantener los límites entre el interior y el exterior, entre la figura y su fondo». (Arlette, 2009:97)
Esta proyección vital se da en tres momentos: el sentimiento inmediato (Zufühlung) es una intelectualización del proceso pasivo de la función nerviosa del ojo, es decir, que el fenómeno me afecta directamente debido a las características percibidas en él. La luz por sí sola condiciona el estado de ánimo de una persona. La estimulación de los nervios desencadena una respuesta sentimental más allá de la mera correspondencia formal con la estructura interna del órgano de la visión. Bajo un tono azul el ambiente de la sala se “enfría” y una leve añoranza nos envuelve. El color rojo, por su parte, genera otro tipo de respuesta. Empezamos a confundir nuestra reacción con el objeto mismo. La luz simboliza nuestro estado de ánimo. Se trata de sentimientos que se despiertan de manera directa, casi sin intervención de la voluntad.
El sentimiento reactivo o cinestésico [Nachfühlung] es una intensificación del proceso activo de las sensaciones reactivas. Se produce cuando el movimiento o la respuesta muscular al estímulo originan ciertas pasiones humanas. El seguimiento visual de unas curvas mientras nos desplazamos a velocidad sobre una carretera hace parecer que las curvas corriesen a lo largo de la misma, dándonos la sensación de prisa e impaciencia. Unas motas de polvo suspendidas en el aire a contraluz, moviéndose lentamente, parecen que flotaran en un estado de regocijo y tranquilidad. Las motas de polvo como las nubes, al estar liberadas de la gravedad desencadenan en mí una sensación de libertad y suspensión. Nuestros propios sentimientos se confunden con la naturaleza. En el sentimiento reactivo los movimientos se reflejan en el proceso de pensamiento del sujeto, con lo cual toda la persona y sus sentimientos son afectados por la forma del objeto. Ambos tipos de sentimiento —inmediatos y reactivos— aun permanecen en la
superficie del objeto dado que es la forma del objeto la que simboliza los sentimientos del
sujeto.
No obstante, la empatía [Einfühlung], como el tercer tipo de sentimientos, requiere que nos proyectemos en el interior del objeto. De la misma manera que la enestesia integra las sensaciones inmediatas y las reactivas, la empatía hace lo propio con los sentimientos inmediatos y reactivos. Se trata no solo de un percibir desde dentro del objeto (enestesia), sino sentirse a sí mismo dentro del objeto. Proyectamos nuestro contenido vital en el interior del fenómeno hasta el punto en que el objeto mismo parece dotado de vida y sentimientos. Vida y sentimientos que nosotros mismos hemos puesto en él. De este modo, en la empatía lo otro se vuelve mí-mismo. Mientras en la enestesia
el centro de experiencia aún permanece en mí —aun cuando no haya una representación del yo—, en la empatía el centro de experiencia se desplaza hacia el fenómeno para luego retornar a mí. En el ejemplo anterior de las nubes al viento y el recorrido de la silueta de una montaña como sensaciones enestésicas solo hay un desplazamiento en la imaginación. Pero en todo caso soy «algo» que vuela con las nubes o «algo» recorre la montaña. En la empatía se desdibujan las fronteras del ego para volverlas a reafirmar instantáneamente. Al mismo tiempo soy y no soy el objeto.
Proyecto, pues, mi propia vida en la forma inerte, tal y como […] lo hago con otra persona viva. Solo en apariencia mantengo mi propia identidad, aunque el objeto permanece como otro, […] y sin embargo, soy misteriosamente trasplantado y mágicamente transformado en este otro. (SSO:104)
Así lo que ahora encuentro en el objeto estético no es únicamente un componente formal, sino que involucra a mi cuerpo vivo en una armonía formal y, en consecuencia, el objeto se llena de vida. Una forma por sí sola no sólo evoca ciertas imágenes, pensamientos en relación con su propio simbolismo inherente; sino que también evoca otras imágenes distintas al objeto. Y cada imagen despierta en nosotros ciertos sentimientos. La asociación de ideas (simbolización de las formas) y la subsecuente carga emocional de la imagen son, entonces, fenómenos emparentados con la percepción misma de las formas, y sin ellos no es posible hablar de una experiencia estética como tal.15
De este modo, Vischer logra una lectura del fenómeno empático que tiene serias implicaciones tanto para el arte como para la ética. La empatía frente a otro individuo, es decir el «sentirse a sí mismo» en el otro, presupone una universalización de la condición humana. La proyección sentimental en la otra persona, la compasión del dolor ajeno o la celebración de la alegría del otro como si fuera la mía, responden a una suerte de universalización de mis propias experiencias. Extiendo la proyección mis contenidos emocionales a todo ser que se me presente como humano. Esta particular forma de relacionarnos socialmente se entroniza o se atrofia a través de la formación cultural. La educación nos enseña que estamos separados del mundo, pero el sentimiento empático
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«En cada imagen las simbolizaciones de la forma discutidas aquí siempre trabajan juntas, primero entre sí y segundo con la asociación de ideas. Ellas se entrelazan en un todo inextricable, y solo en virtud de este entrelazamiento [Ineinander] y yuxtaposición [Beieinander] absolutas es que surge una verdadera apreciación estética de la forma.» (SSO:109)
requiere que de alguna forma nos ubiquemos más allá de esta perspectiva limitada. La empatía, pues, se basa en una renuncia intelectual y volatilización del yo, que ahora solo existe en relación con el todo. El mundo aparece entonces como un todo orgánico y nosotros pasamos a formar parte de ese todo.
Esto tiene consecuencias no solo en el campo de la reflexión ética, sino también en el campo religioso: dado el impulso de unión con el cosmos, la empatía se revela como la raíz de toda personificación religiosa. Así, los campos, el manantial y los animales se dotan de vida y voluntad de manera espontánea y natural. La religión no sería otra cosa para Vischer sino la expresión de esta unión sentimental con el cosmos. Esto sucede porque la fuerza empática no solo es universal y total, sino que, sobre todas las cosas, también es carente del ego. En esta experiencia de conexión con el universo y la totalidad no hay necesidad de una reacción activa frente al objeto, dado que el objeto (la totalidad) es infinito. Mi ego se disuelve en él.
Este impulso panteístico de unión con el universo es la forma más primitiva del sentido de coherencia universal. La empatía es una idea cargada emocionalmente [Gefühlsvorstellung] a través de la cual la sensación se transforma en sentimiento y el sentimiento en emoción. A mayor conciencia de esta coherencia universal mayor es la fuerza que amenaza con destruir la distancia entre el yo y el mundo exterior. En el lenguaje cotidiano subyacen muestras de esta unión pero de manera sublimada. Fuera del mundo mítico, del mundo del simbolismo religioso, el impulso panteístico sobrevive en expresiones poéticas.
El árbol tuerce y sacude su cabeza como un ser humano cansado. La roca gastada por el tiempo se maravilla con el aire cambiante, como si la «luz rejuvenecedora» del «sol eterno» se vertiera «sobre los gigantes y desgastados verdes brotes de hiedra a su alrededor». (SSO:112)