Doña Pilar Ramírez
(En el momento de la entrevista era presidenta de la Junta Directiva de ASECSA y capacitadora de la Asociación de Promotores y Comadronas de Pochuta –APSADEC–).
Nací en Palencia, luego viví en la finca La Florida donde conocí a mi futuro esposo. Cuando despidieron a mi papá nos fuimos a Antigua. Allí me vino a buscar mi esposo que me ha apoyado siempre. Ahora vivo en el caserío San Antonio El Noj de Pochuta.
En mi comunidad no había nadie que viera por los enfermos. Me dio el “colerín” y no había quien me pudiera ayudar. Mi cuñada Ileana me llevó a su casa y me cuidó. También me enfermé de la vesícula y me puse muy mal, vi la necesidad y de que cuando queríamos una inyección buscábamos a un señor, don Enrique. También a don Primitivo Rodríguez, era anciano el señor pero era médico de caballos y vacas, era como veterinario y como sabía vacunar animales también lo buscábamos para inyecciones, sueros. Le teníamos confianza, pues tenía experiencia en cuidar no sólo a animales, también
a la gente y sabía de plantas.
Las mujeres me buscaban para leer las recetas y me dijeron: “Usted que puede leer y escribir, puede aprender”. Y así empecé en el puesto de salud y fue muy motivador con el interés de mejorar en la familia y en la comunidad. Luego, las hermanas del Centro Nutricional –CERNE–, me enviaron a ASECSA, Chimaltenango, para recibir los cuatro años de
promotora de salud.
Nos organizamos primero por las letrinas de pozo negro, luego el agua entubada. El lema era “No le damos agua a la gente que no haga letrina”. Después fue la energía eléctrica y ahorita los drenajes.
El libro Donde no hay doctor ha sido en mi caso como la Biblia. Odio el guaro. No me gusta el olor del alcohol y una vez me vinieron a traer por un señor que se había caído de la cama y estaba completamente borracho. Tenía un paro cardíaco y no tenía con qué...
así que le hice el boca-boca.
Tengo tres hijos vivos y uno muerto, además tengo cuatro nietos. Los abuelos de mi marido eran sordomudos y tuvieron 19 hijos que oían y hablaban normal. Hemos conseguido una ambulancia para las emergencias, pues las emergencias las mandaba al alcalde (de Pochuta) que es mi esposo.
Quienes conocen a Doña Pilar, saben es una mujer extraordinaria, y con
Entre los finqueros y la Cámara del Agro se ejercían fuerte presión para consensuar e imponer las condiciones laborales de los trabajadores, como no pagar el salario mínimo y que ningún finquero se atreviera a cambiarlos.
El programa fue creciendo en dos líneas de trabajo. La capacitación de promotores y el programa de recuperación nutricional infantil que promovió la organización de mujeres tzutujiles.
La capacitación de promotores indígenas convulsionó al mundo ladino municipal al igualarlo en “capacidad, humanidad y oportunidad”... a la vez que los finqueros impidieron que los trabajadores temporales, cuadrilleros que llegaban a los cortes, participaran en las capacitaciones.
En el programa nutricional, la fuerza motriz que multiplicó las expectativas y demandas fue el deseo de las madres de recuperar a sus hijos que mayoritariamente estaban con algún grado –en general alto–, de desnutrición. Las madres se convirtieron en las gestoras del proyecto y de sus fondos. Se introdujeron pequeños cambios en los hábitos de higiene, alimentación y en el uso de alimentos disponibles en el área o accesibles al jornal. Los centros de recuperación nutricional se estructuraron en torno a las madres de los primeros niños recuperados y su participación sentó las bases de las siguientes iniciativas donde las mujeres rompieron su silencio secular y protagonizaron sus reclamos con una presencia discreta pero organizada.
El efecto de este proceso fue el aumento de la conciencia social de los trabajadores de las fincas y sus familias así como de los campesinos de las comunidades minifundistas. En el año 1978, Llegó al área un programa del Instituto de Nutrición para Centroamérica y Panamá –INCAP–, con un gran financiamiento de AID-USA. Se proponía estudiar e incidir en la desnutrición de la población infantil de las fincas y comunidades. Ofrecían un modelo de trabajo jerarquizado, con clínicas y recursos en cada finca. A corto plazo, el resultado fue la disminución de la participación de las bases en la gestión de sus problemas de salud.
En los 80, la represión directa afectó al equipo pastoral con el asesinato de uno de los sacerdotes y de cientos de personas de la región, además del exilio de dirigentes del Programa y el desplazamiento de varios promotores para salvar sus vidas. El programa continuó trabajando aún en los años más duros de la guerra pero con un perfil más limitado. Complementando lo anterior, el estudio del Dr. Díez (1988) retoma algunos aspectos anteriores y aporta otros nuevos:
El programa de salud estaba dirigido por la Misión Católica de Oklahoma y en 1975 da comienzo el Programa Integrado de Salud del Proyecto CONCERN Internacional de Santiago Atitlán, San Pedro y San Juan La Laguna. El proyecto cubre la clínica Santiaguito, dos centros nutricionales, una farmacia, un programa de promotores y un programa de detección de tuberculosos en colaboración con el MSPAS.
Existen dos tipos de Colaboradores Voluntarios, el de promotores y madres. Hay once promotores de salud de Santiago y otros tanto para San Pedro y San Juan, de los que sólo cuatro desarrollan acciones curativas por pertenecer a aldeas de difícil acceso. El otro voluntariado es de Comités de madres para la recuperación nutricional de los niños que por ahorita sólo funcionan en Santiago. El conjunto de promotores se reúne una vez al mes con el personal de Concern. Varía el lugar de reunión para que no sean siempre los mismos los que se desplacen. La supervisión a las dos clínicas se hace una vez a la semana, en que uno de los médicos pasa la jornada completa con el promotor.
Quien no conoce la vida en las fincas, no llega a entender un país
En el año 1982, uno de los autores de este libro trabajó en las fincas de café, privadas y estatales de Matagalpa, Nicaragua, en donde con la revolución se habían creado escuelas y botiquines y en las cocinas, a la dieta de frijoles y arroz, se había agregado un pedazo de carne o de queso, una vez a la semana, la tortilla “de una cuarta” seguía haciendo de plato y cuchara siendo el vaso de plástico el único elemento industrial ...había desaparecido el maltrato... pero las galeras seguían siendo aquellas del tiempo del trabajo forzado. Una de ellas, pintada de negro tenía un pasillo central de cuatro metros de ancho, suelo de tierra, un solo bombillo como a diez metros de altura colgado en el techo de lámina, a los lados se extendían los cubículos a modo de enjambre, 50 cubículos a cada lado, metro y medio de largo y ancho y tres metros de profundidad, alineadas en diez por largo y cinco de altura, a los que se subía por una escalera de mano. En ellas se instalaban las familias con sus niños en los meses que duraba el corte de café. Allí en medio de la oscuridad, a la luz de la linterna y candela se atendían los partos.
Otras galeras, las nuevas, eran de 20 metros de largo con pasillo de dos metros y a sus lados, dos niveles de tablas que se extendían a lo largo de toda la galera. Cada familia parcelaba su lote de tablas por medio de un nylon. Los partos seguían y siempre en las noches.
En medio de la oscuridad, algunas noches sonaban los violines de los cortadores de café de las brigadas rojinegras de los jóvenes de Managua. La gente estaba contenta, un poco a la expectativa pues aquello era demasiado bonito para ser realidad. Era un sueño, era la revolución. No duró mucho, la “contra” de Reagan pronto hizo del sueño, pesadilla.
En Guatemala, las fincas cafetaleras cuentan con casitas individuales de piedra o madera para las familias de los mozos colonos y... ALTO. Prohibido el paso. Propiedad privada. Es tan difícil entrar en una finca en Guatemala como que un rico entre en el reino...de las galeras. A finales de los 80, cuentan las leyendas que había que disfrazarse de sacerdote para poder entrar, el acento español ayudaba para ello.
A las y los promotores de salud en las fincas, las analizaremos desde tres hilos que a veces se entrelazan, la organizada con apoyo externo por instituciones como Iglesias, ONG, MSPAS, reconociendo diferencias entre ellas; otras de base, por las familias de los mozos colonos (trabajadores permanentes en la fincas) y las comunidades aledañas y una tercera, organizada por los patrones en Programas como Agrosalud.
Las fincas y la Iglesia Católica en Santiago Atitlán.
En relación con el trabajo de salud en las fincas, desarrollado por el Programa de salud de la Iglesia Católica de Santiago Atitlán, María Luisa Cabrera en “Otra historia por contar. Promotores de salud en Guatemala” (1995) relata lo siguiente:
El programa de salud de la Iglesia católica en Santiago Atitlán se inició a mediados de los años 70 y se desarrolló en todo el municipio, donde la mayoría de la población, tzutujil, estaba en extrema pobreza, analfabeta y del que una buena parte eran colonos en fincas cafetaleras de propietarios no indígenas.
En los primeros años, cuando el programa de salud daba sus primeros pasos, el equipo de salud de la Iglesia lograba entrar a las fincas por intervención del párroco que mediaba con los finqueros. Se apelaba a los sentimientos cristianos de los finqueros para que se permitiera desde el programa dar servicios mínimos de salud para los trabajadores, logrando que algunos finqueros asumieran parte de los costos del programa. En otras fincas nunca se logró entrar.
administradores no permitieron más que los trabajadores llegaran a las capacitaciones del MSPAS. Desde entonces se trabajó sólo con mujeres, pues los hombres que iban a las capacitaciones perdían su día de trabajo y el séptimo día (el domingo). Aún así, hubo algún hombre en lo de promotor, pero la mayoría ya fueron mujeres.
Uno de los primeros trabajos del grupo de promotores fue presentar proyectos de letrinas y a los administradores de cada finca se les pidió letrinas, allá no se sabe quienes son los dueños pues hay personas que dan los nombres. Un grupo de Houston nos apoyó. Se formó una Junta Directiva de promotores y con el apoyo del alcalde salían las letrinas a Q25.00. Los finqueros no apoyaron e incluso hicieron “cartas negras” pues decían que los promotores incitaban a organizar sindicatos y no se les daba trabajo. Cuando la gente empezaba a despertar despedían a las familias. A Félix Tamat, promotor en la finca San Carlos Miramar, que juntó 20 personas y se presentaron al mero dueño a solicitar las letrinas, la respuesta fue: “Vinistes de redentor y salís crucificado. Estás despedido y mañana mismo desocupas la casa”.
Otro promotor, Mateo Alvarado, que perdía sus días por ir a las capacitaciones, trabajó en las fincas Concepción, California... deambuló por las fincas y siempre apoyando en la salud de la gente, al fin se enfermó de hepatitis y decía “el promotor está para todos, pero nadie por uno”. Ya no siguió.
En este trabajo de letrinización, educamos a la gente, pues su costumbre era ir al monte. Cuando el conflicto de la guerrilla, los patronos cercaron los centros de la finca y con ello la gente tuvo que usar las letrinas pues ya no podían ir al cafetal. Santo remedio. Como parte del trabajo, también era detectar y tratar a los tuberculosos, dar consulta a los enfermos. Si los promotores eran hombres, en las mañanas iban al trabajo en la finca y en la tarde veían a los enfermos. Tenían un cuartito para consulta, los medicamentos los daba el centro de salud y con un listadito, otros pocos nos compraban los finqueros que eran buenos. No se cobraba o era mínimo para reponer el botiquín. En algunas fincas conseguimos que a las galeras les pusieran paredes y las viviendas fueran más para gente. También trabajamos en educación para mejorar la alimentación de las familias.
Al principio en las fincas...¡cómo nos costó¡. Gente renuente a vacunarse, tenían miedo por los efectos de las vacunas. Los patronos casi no permitían entrar. Para las vacunas teníamos que ponernos de acuerdo con el alcalde auxiliar, el administrador y el centro de salud. Se programaban, se enviaba el aviso y en la fecha se llegaba y a los que no querían, los íbamos a buscar a su casa. Más de una vez nos recibieron con “ustedes vienen a dejarnos el mal, la fiebre, a los niños no les van a vacunar y si van a seguir con su necedad aquí está el machete”.
En las campañas de oncocercosis se obligaba a toda la gente y teníamos que buscar las bolitas de la filaria en todo el cuerpo. Los patrones obligaban y las mujeres se escapaban pues muchas veces les metían la mano por todos lados, desnudaban a la gente y a las señoras no les gustaba, se escapaban al río, pero como el patrón obligaba... también obligaban en los exámenes de pulmón cuando llegaban en un gran camión a la finca. En la finca La Torre, varios años pasó que no pagaban las quincenas a los colonos desde el mes de febrero, llegaba marzo, llegaba abril y Semana Santa y ya no podían hacer para la fiesta. Es el tiempo que dan la tierra para prepararla para la siembra de maíz, chipilín, hierbas... pero hasta julio/agosto no cosechaban, así que pasaban calamidades. Hoy todavía no hay quien atienda allí y hace poco tuvimos que subir seguido para atender a una postoperada a la que se le abrió la herida. Los planilleros, esos pobres muchachos hacían maravillas en La Torre y sus anexos.
Las bajas están en un 35% entre promotores y 15% en los comités de madres promotoras y se deben a la falta de seguimiento y el hecho de haber encontrado trabajo fuera de la comunidad. No se registra como importante la reivindicación económica como causas de baja.
En 1986 se inició el Programa de Supervivencia Familiar mediante promotores con el objetivo de disminuir la morbi-mortalidad debida a enfermedades prevenibles por vacunación, diarreicas, nutricionales, neonatales o por embarazos demasiado cercanos mediante promotores. Se descartó la intención inicial de crear “facilitadores comunitarios” a modo de supervisores para integrarse a la estrategia de canalización del MSPAS. También se realiza trabajo educativo con los farmacéuticos, debido a que casi el 70% de la gente, cuando tiene un problema de salud se dirige en primer lugar a las farmacias. Las promotoras de salud de las fincas y comunidades de Pochuta
Pochuta, es un municipio de la Boca Costa de Chimaltenango, productor de café y caña de azúcar, con una mayoría de población cakchiquel que viven como colonos en las fincas.
Pilar Ramírez, promotora de salud, comadrona, ex presidenta de ASECSA y lideresa local, nos relata
En 1988 cuando comenzó a llegar a las capacitaciones de salud, la mayoría de los promotores venían de las fincas pues entonces no había casi comunidades en Pochuta. Empezamos 20 promotores, cuando llegó el Técnico de Salud Rural, TSR. En el 89 entró otro grupo de 20. El MSPAS pagaba Q20 por día y cursos de 20 días. Era un pistasal para nosotras.
Para que un promotor de la finca fuera al curso tenía que ir el TSR a hablar con el administrador y con la condición de que no le quitara su día y el séptimo. El administrador nombraba al trabajador que debía ir al curso. El promotor no era libre para decidir: “o vá o vá”, quiera o no quiera. Al inicio se cumplió pero cuando el MSPAS les pidió de informar y llegar una vez cada mes y de ver por el saneamiento... ya no siguieron. Los patrones les reconocieron los 20 días del curso pero luego ya no les apoyaron, así se fueron quedando más mujeres. Poco a poco el TSR, de salud pasó a hablar de lo socioeconómico, de lo injusto de su salario y del trabajo y en el 91 terminó. Los
semana y el administrador dice no llegó la paga. Así hacían con todos, parejo. Finca Sacbiná. Trabajamos por gusto, de regalado y mi padre habló con el administrador y éste dijo no se van, le puso fecha para el pago pero nosotros nos aburrimos y quedó pendiente.
El grupo pensó que como no había paga, con una amiga nos fuimos a San Lucas Tolimán. En San Lucas el cafetal es de campesinos, es propio, no es finca y aquí sí cambió la cosa, aquí si pagaban semanal. Ya no sufrimos.
Cuando yo crecí, me eligieron como promotor de la Asociación para la Educación y el Desarrollo –ASEDE– y trabajaba con mi gente en prevenir la enfermedad. Empecé a trabajar en el cantón donde vivía y luego nos dieron un botiquín para atender alguna enfermedad. Luego participé en un equipo itinerante, de seis personas, íbamos tres promotores, una comadrona, una doctora y un chofer. Trabajamos de 1992 a 1994. Dábamos charlas en las fincas, por Retalhuleu; en finca San Luis, finca Espina por Mazate, La Máquina, muchas fincas. En estas fincas también había desplazados. No había nada de salud, nosotros fuimos a dar un apoyo. Hablamos con el administrador y nos dejó entrar, hay unos que nos rechazaron y otros bienvenidos.
En las fincas ya no había curanderos, en ese día no había yerberos, curanderos, se murieron. Había promotores, pero no hacían el trabajo que nosotros hacíamos, ellos sólo están, el promotor no trabajaba, sólo tenía nombre. Cuando hay vacunación, son sólo los enfermeros quienes vacunaban. Hicimos grupos de promotores pero no siguieron y nosotros íbamos a trabajar.
Nosotros planificábamos nuestro trabajo: charlas, desparasitaciones, salud oral... y teníamos nuestro papel de donde estábamos cada día. Primero damos plática sobre los tres tipos de lombrices y les mostrábamos cómo son y las señas que dan... preguntamos a la gente si tiene dudas y luego damos desparasitación. Ellos entienden, porque han visto y saben que hay que tener higiene y lavarse las manos. Un día prevención, otro día consulta, cada día se cambiaba.
En las fincas, los desplazados se conocían y se comunicaban entre ellos y no con los otros trabajadores. Nosotros llegábamos a ver a todos, invitábamos a una charla, una desparasitación. Les dejábamos la invitación a los maestros, ahí unos que había, unos que no... daban a los niños y avisaban a sus papás.
Los problemas de salud que había eran muchos parásitos, amebas, de pulmones, hongos de los pies. Se morían niños y adultos. Atendimos una anciana que tenía tuberculosis y ya no curó las medicinas que tomaba, ya era avanzada la enfermedad y no lograron, se murió. La gente no quería plantas, le tenía más confianza a las medicinas.
Estábamos un día en cada finca y a la semana regresábamos. Cada semana una vez. Había mucha enfermedad y había que llegar seguido.
Yo era colaborador, no se ganaba, no tenía salario. Me daban comida y pasaje, era lo único. No tenía familia y era joven. Era una colaboración.