• No se han encontrado resultados

Tiempo de abrazar

In document Todo Tiene Su Tiempo - Joan Chittister (página 68-73)

La Biblia está plagada de encuentros entre seres opuestos –José y sus hermanos; la madre de Moisés y la hija del faraón; Jesús y la samaritana; la joven María y la anciana Isabel–. En cada caso ocurre algo físico y muy significativo: José llora al ver a sus envidiosos hermanos; la hija del faraón rescata al niño de las aguas y se lo confía a su aya hebrea; Jesús bebe agua de un recipiente prohibido; María e Isabel cantan gozosas al pensar en la fuerza que las habita y en el significado que tendrá para los demás. La Biblia, en suma, está llena de casos en los que una persona reconoce, da la bienvenida, abraza y libera la fuerza del desconocido. Todo lo que ocurre allí, con muy pocas excepciones, ocurre porque las personas –modestas, corrientes, confundidas y muy distintas entre sí– encuentran unas en otras la fuerza necesaria para acometer lo que está más allá de ellas mismas. Se encuentran y se abrazan. Se encuentran, y sus almas se tocan. Se encuentran y sienten profundamente. Entonces, a raíz de ese abrazo y esos sentimientos, el mundo cambia al instante.

Pero así es la Biblia. Nosotros, en cambio, somos mucho más racionales. Nosotros nos encontramos y establecemos normas. Nos encontramos y nos hacemos enemigos. Nos encontramos y nos mantenemos permanentemente separados. Ponemos a los blancos a un lado, y a las personas de color en otro. Colocamos a los cambistas de dinero en las mesas de la sala de juntas, y a los peones en las aceras. Ponemos en un nivel de la humanidad a los intelectuales, y a los demás en otro.

Lo que de verdad valoramos en la vida, y lo hacemos ver con toda claridad, es la inteligencia. Lo llamamos «lo racional». Y nos enseñan que lo poseen los hombres, los blancos, los ricos y los académicos. El resto de la humanidad se limita a ir a tientas, sintiéndose siempre indigno, ignorado, no respetado, y esencialmente no valorado. En esa situación, lo que el cuerpo pueda conocer, más allá de tesis y teorías, no merece mayor atención. Corrompemos nuestra integridad humana y lo llamamos «progreso».

Cuando muchos mostraron su deseo de retirarse de Vietnam, se les llamó «traidores». Cuando a muchos les pareció obscena la política armamentista nuclear, se cambió el nombre por el de «Star Wars» e incluso se destinó más dinero a la destrucción planificada del planeta. Cuando muchos muestra su dolor por ejércitos enteros derribados a tiros mientras huían por el desierto hacia casa y por miles de niños carentes de agua potable que mueren en los brazos de sus madres árabes, se califica de «liberalismo instintivo». Cuando una mujer opta a la presidencia, preguntamos si será «lo bastante fuerte» como para pulsar el botón nuclear, pero aún nos falta por preguntar si un candidato varón será lo bastante fuerte como para no pulsarlo. Denominamos «resolución» la intención de destrozar a la raza humana, y «blandenguería» el deseo de negociar constantemente para protegerla. Se trata de un dilema deleznable. Nos hallamos en un mal trance para la condición humana, donde ser humano es lo único que no nos sirve para la vida.

Porque somos un pueblo mal informado. La pregunta es: ¿por qué? La respuesta es que el racionalismo es irracional. Hemos ideado la forma de caer en el olvido cuando lo que realmente necesitamos es sentirnos en camino hacia un nuevo orden mundial.

Es un espíritu nacional ruin el que sabe razonar la forma de arrebatar el bienestar a los pobres y otorgárselo a los ricos. Los más cívicos de entre nosotros nos llevamos las manos a la cabeza ante el fraude en el ámbito del bienestar social, pero no decimos ni palabra a la hora de pagar más impuestos para rescatar a los propietarios del sistema fraudulento de ahorros y préstamo. Pagamos más impuestos individualmente para absorber las cargas impagadas por empresas exentas de impuestos, pero nos negamos a incrementar los fondos que harían falta para dotar de escuelas decentes a los barrios marginales. Nos avergüenzan nuestros sentimientos y vivimos sin ninguna vergüenza lo que nuestras racionalizaciones han supuesto para la condición humana. Alardeamos de la razón como el summum de la definición humana y nos hacemos unos a otros cosas que los animales no se harían. Algo ha fallado en una sociedad que acepta ese tipo de pensamiento y lo llama «lógico».

Peor aún: en el nivel del intelecto sabemos que algo ha fallado en ese sentido, pero en el nivel del sentimiento apenas sentimos nada. Vemos cómo la inhumanidad se cuela por los bordes del televisor de la cocina mientras preparamos canapés y entrantes y no sentimos nada. Cuando de verdad hace falta, gracias a nuestra glorificación de la razón y de la racionalidad, abrazamos poco más que a nosotros mismos.

Debemos fijar la atención en las implicaciones del Eclesiastés –en un elemento del mismo cada vez– para un mundo entregado a la satisfacción instantánea y al control absoluto, para un mundo donde nada puede salir mal, a pesar de que tantas cosas les salgan mal a muchísimas personas, para un mundo donde la cornucopia está limitada y ladeada hacia un lado del planeta, el cual se muere de hambre espiritualmente, mientras que el otro lado, débil y deficiente, se muere de hambre físicamente. Y todo esto lo observamos sin sentir nada.

Son muchos los obstáculos al desarrollo de los sentimientos, y los efectos de la pérdida de estos sobre el desarrollo de la vida son múltiples. De hecho, es muy posible que nos hayamos empeñado tanto en buscar la «objetividad» que hayamos sustituido el pensamiento por la realidad. Adoptamos la postura de que los sentimientos pueden quedar fuera de control y los evitamos como una plaga. No somos capaces de ver que quienes puedan pensar que el holocausto purifica, que el sexismo protege, que el poder empodera y que los sistemas salvan son los que de verdad están peligrosamente fuera de control. Lo que nos purifica y nos protege, lo que nos empodera y nos salva, se halla oculto en el corazón humano en el punto donde se propagan los sentimientos y, en un tierno momento irracional, la gente abraza sin temor.

Sin embargo, es precisamente nuestro amor por los sistemas, nuestro respeto por el orden artificial –por las fronteras, los rangos, los potentados y las jerarquías– lo que nos amarra el corazón más allá de cualquier respeto por lo que es realmente el summum de

los logros humanos. Abandonamos nuestras mentes y desmentimos nuestros sentimientos ante quienes dicen saber qué es lo mejor para nosotros y, en el proceso de ser «racionales», perdemos de vista la gloria de la ternura humana. Mientras un conflicto de fronteras se desataba a su alrededor en la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial, el poeta Thomas Hardy escribió:

«Lo maté porque... Porque era mi enemigo. Sin más: era mi rival; ya se sabe, aunque él pensó en alistarse por hacer algo –como yo–

no tenía trabajo –vendió los bártulos–. Por nada más.

Sí; ¡es curiosa la guerra! Te cargas a un hombre

con quien quizás harías buenas migas en un bar, al que prestarías dinero sin dudar».

Irrazonablemente razonables, tomamos las armas contra personas a las que nunca llamaríamos enemigos en cualquier otra situación, y lo denominamos «patriotismo», «moral», «justicia», «necesidad»... Al preocuparnos más por nuestros sistemas que por nuestros corazones, retrasamos el desarrollo de la humanidad hasta el punto de que, en realidad, tal vez jamás vayamos a tener tiempo para hacernos humanos antes de destruir nuestros yoes racionales en un último estallido glorioso de irracionalidad tecnológica. En el aula, a los niños los sometemos a este tipo de supuestos demenciales sobre el patriarcado, el beneficio y el logro personal.

Recuerdo perfectamente el día y el momento en que por primera vez escuché a un profesor decir que una de las ventajas de la guerra era «el control de la población». Incluso entonces me horrorizó la idea, pero estaba demasiado condicionada como para decirlo. Es más, hoy sigo horrorizada. No por el profesor, sino por mí. Lo que de verdad es horrible es que lo escribí en el examen, consideraron que estaba «bien», saqué unas notas brillantes en aquella asignatura y, años más tarde, se lo enseñé a otra generación de estudiantes. Y ni siquiera tuve la decencia de ruborizarme. La poderosa razón había golpeado duramente mi humanidad, y ni siquiera me quedaba la suficiente humanidad incontaminada como para alzar la voz ante este azote de la razón, este pecado contra la dulce razón, las cicatrices de la razón que había absorbido y aceptado y que me hacían sentirme afligida en nombre del desarrollo intelectual, la ciudadanía y la autoridad.

El verdadero problema, por supuesto, es que nos parece como si con ese tipo de principios de barbarismo racional hubiéramos triunfado. Sin embargo, tal vez la realidad sea que con esa adoración a los monumentos de la razón tan solo hayamos conseguido llevarnos a nosotros mismos y a toda nuestra civilización al borde del desastre, a nuestra propia desaparición prematura. «La gente razonable», dijo George Bernard Shaw, «se

adapta al mundo; los irracionales insisten en su empeño por adaptar el mundo a ellos mismos. Así pues, todo progreso depende de los irracionales». Es una lección que ya hace demasiado tiempo que hemos olvidado.

Nos hemos convertido en nuestros propios enemigos. Hemos consagrado los principios del dualismo y convertido en sospechosos los impulsos, las emociones y los sentimientos del cuerpo humano. Hemos advertido a la gente que se alejara de las necesidades de su yo físico para que pudieran cultivar las obscenidades de la fría razón. Hemos perfeccionado el pensamiento ciego hasta el punto de que, hoy en día, en el país más rico del mundo podemos pasar por encima de un indigente sin darnos cuenta siquiera, crear políticas que hacen que la gente pase hambre y no ponerlas en entredicho, sustituir el duro individualismo por la comunidad humana y, encima, llamarlo «sagrado».

La autonomía y la independencia, la dominación y el control, la separación y el yo se han llevado al extremo, hasta el punto de que hemos perdido la capacidad de amar. No hemos sabido abrazar, porque no nos han enseñado a hacerlo. Y hemos estado muriendo, literalmente muriendo, por ese motivo como pueblo y como población humana a lo largo del último siglo. En Ruanda, Bosnia, Irak y Afganistán, en el Pentágono, en las salas de juntas y en las barriadas de todas las ciudades de los Estados Unidos. Miles y miles de personas mueren, y hemos aprendido a no darnos cuenta de ello, a no manifestarnos, a no «involucrarnos», a no sentir. El letargo psíquico se ha convertido en nuestra forma de vida.

Lo que debemos desarrollar en nuestro tiempo es una espiritualidad del abrazo, la santificación del sentimiento. Se nos ha dicho que el mejor de estos es el amor, pero la verdad es que no nos lo creemos. No en el nivel racional. Se nos ha dicho que estemos dispuestos a poner siempre la otra mejilla, pero no nos arriesgamos a ello. No en el nivel social. Y, aun así, mientras no nos entren ganas de vomitar al observar la brutalidad por todas partes, ¿qué esperanza nos queda para el éxito del gran experimento de la divinidad, que es la mente de Dios en el corazón humano?

Santayana escribió: «El joven que no ha llorado es un salvaje, y el anciano que no sonríe es un necio». La espiritualidad del abrazo depende de nuestra voluntad de dejar de lado los adornos del falso intelectualismo, del racionalismo, del patriarcado, para que tanto hombres como mujeres puedan valerse de sus emociones sin vergüenza y conducirse por sus sentimientos más nobles sin temor.

La comunidad humana y el globalismo van de la mano. Los valores que otorgamos a la toma de decisiones en el mundo moderno no son ya un tema de relevancia únicamente personal o privada. No podemos fingir que somos humanos y seguir privándonos de la mitad de nuestra forma de percibir en los más altos niveles de funcionalidad. Los gobiernos insensibles están esencialmente pervertidos; las personas insensibles son errores monstruosos.

Abrazar al otro, incluir al extraño en nuestras vidas, confiar en que al otro le motivan los mismos amores y preocupaciones que a nosotros, son actos que rediseñan la

raza humana. Cuando abrimos la mente a la idea de que los demás experimentan nuestras emociones, los japoneses dejan de ser siniestros, los negros dejan de ser peligrosos, los blancos dejan de ser los incorregibles dictadores y colonizadores del mundo. Shakespeare conocía bien la disciplina espiritual. El personaje shakespeariano Shylock, un judío en un entorno cristiano virulentamente antisemita, dice: «Soy judío. [...] Un judío, ¿no tiene manos, órganos, miembros, sentidos, deseos, emociones? ¿No come la misma comida?, ¿no le hieren las mismas armas?, ¿no le aquejan las mismas dolencias?, ¿no se cura de la misma manera [...] que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos?».

Lo que engendra la necesidad de un antídoto para un racionalismo depravado es la capacidad de permitir que el sentimiento humano se convierta en una base respetable para la toma de decisiones en los más altos niveles. Durante demasiado tiempo hemos permitido que una falsa masculinidad guiara los juicios de la Iglesia, justificara el carácter del mundo empresarial, hinchase las arcas de un militarismo suicida, dirigiera las políticas de los gobiernos, redujera la humanidad a la racionalidad de la objetividad y negara a la población mundial la validez de lo femenino, de los sentimientos, tanto de las mujeres como de los hombres.

La razón se ha convertido en el pecado humano; la independencia y el individualismo, en nuestra patología. Nos sobran los hechos. Lo que nos falta es sentimiento.

El momento de abrazar es ahora, antes de que la autonomía destruya la comunidad y nos deje, al término de nuestro proceso evolutivo, menos humanos de lo que éramos cuando lo comenzamos. La adoración de lo racional no ha funcionado. Solo el abrazo puede salvarnos ahora.

Los rabinos son bastante directos en este sentido. El rabino Moshe Leib explicó: «Fue un campesino el que me enseñó en qué consistía amar. Este se encontraba en una posada, bebiendo con otros campesinos. Pasó un buen rato en silencio, como los demás; pero cuando el vino surtió su efecto, le preguntó a uno de los hombres que lo acompañaban: “Dime, ¿me quieres o no me quieres?”. El otro le respondió: “Te quiero mucho”. El campesino le dijo: “Dices que me quieres, pero no sabes lo que necesito. Si me quisieras de verdad, lo sabrías”. El otro no supo qué responder, y el campesino que había hecho la pregunta volvió a guardar silencio. Pero yo lo entendí. Conocer las necesidades del otro y sostener la carga de su sufrimiento: eso es el amor verdadero». Y el campesino no lo aprendió en el cole; lo aprendió en una taberna, regado de vino, donde los sentimientos se desbordaban y los hechos no valían para nada.

In document Todo Tiene Su Tiempo - Joan Chittister (página 68-73)