Las revoluciones son algo un tanto extraño. Nos aportan una salvaje sensación de triunfo y, al mismo tiempo, nos confrontan con la fragilidad de la victoria. En el preciso momento en que una revolución tiene éxito, la ensoñación desaparece, todas las teorías se convierten en polvo, y dejamos de hablar de ella. De pronto, los fuegos artificiales se vuelven negros en el cielo. La luz del amanecer es la plena luz del día. El verdadero trabajo revolucionario comienza en el preciso momento en que el mundo se desmorona.
Entonces, sin importar cuáles fueran las promesas que avivaron la agitación, estas dejan de ser poesía y se convierten en la fría y dura realidad de la política popular. Las esperanzas cobran forma de expectativas. Los héroes vuelven a la monotonía, y los bastoneros del mundo se quedan sin bandas a las que dirigir. Cuando se ha ganado la revolución, el propósito de la vida deja de ser la crítica. Ya no hay necesidad de dirigir a las masas para que deseen nuevos y mejores mundos. Al contrario, las masas dependen de ellos. Los exigen. No, el propósito de la vida tras concluir la dramática labor de una revolución no es concebir posibilidades; es cumplir con las promesas. La misión vital después de una revolución es construir lo que se ha destrozado. El propósito de la vida, cuando se desvanece la última nota de una marcha, es comenzar de nuevo. «Nuestro gran trabajo», escribió Thomas Carlyle, «no consiste en ver lo remoto, sino en llevar a cabo lo que tenemos claramente a nuestro alcance». Ahora es la cotidianidad la que requiere el trabajo, no de soñadores, sino de ejecutores.
Lo cual es más fácil de decir que de hacer. Y, si no, preguntémoselo a Noé. No es gran cosa eso de navegar en un arca en plena tormenta. La gente ve venir las tormentas y huye de ellas a ciegas, por muy aterradora que resulte la forma de llevar a cabo la retirada. El caos no sabe de miedos, ni de razones. En los momentos difíciles, la gente hace cosas que en circunstancias normales ni se les pasarían por la cabeza. Porque, al fin y al cabo, las arcas flotan. Tener poco espacio es mejor que no tener espacio alguno. El sacrificio abunda en una época de agitación social. Cualquier esfuerzo, cualquier forma de resistencia, es posible. No hay nada que sea pedir demasiado para unas personas para quienes la vida buena se ha convertido más en un rumor que en una realidad. Pero ese tipo de carácter se sobrevive a sí mismo rápidamente, se extingue a toda prisa cuando el viento sopla de cara y baja la presión. Entonces se da una condición peor que el sufrimiento: la paz.
Ninguna tormenta dura siempre. Tarde o temprano, el viento se calma. Entonces llega el momento de comenzar de nuevo, de hacerlo mejor que antes, de proponer un producto alternativo –una idea más elaborada, un sistema más preciso, una institución más apropiada, una nación más considerada– al producto que le precedió. Es un momento de nueva creación, un salto a la oscuridad eterna, un momento de la verdad. No es momento para los débiles y los faltos de voluntad. Tampoco suele ser un momento de gran dramatismo. Las cosas de la aburrida rutina toman el relevo. Ahora comienza el
verdadero trabajo de nueva creación.
Noé conocía demasiado bien la situación. Seguramente, la vida no le había ido muy bien en Nod, pero al menos ese era un mal conocido. Al menos era estable. Eran sus raíces y su identidad, su pasado y su futuro, su rinconcito particular del planeta. Seguramente no pasara por el mejor momento, ni tal vez por su mejor época, pero en definitiva, era suyo.
¿Quién no conoce el dilema?, ¿quién no se ha encontrado en esa situación? «Tal vez no sea este el mejor lugar del mundo», decimos, «pero es mejor que la mayoría». Así que seguimos adelante, con no poca inmoralidad descerebrada disfrazada de condición humana. Toleramos lo intolerable en el ámbito personal... hasta que llega un momento en que no tenemos elección; hasta que la ceguera deja espacio a la visión; hasta que nuestro sentido de la justicia supera a nuestro sentido de la autocomplacencia; hasta que dejamos de poder dar por supuesto ni un solo minuto más a nuestro país, a nuestra familia o a nuestra Iglesia. Entonces nuestras opciones se hacen claras con una simplicidad aterradora: o bien debemos aceptar lo que hay, o bien debemos mejorarlo. Eso es precisamente lo que le ocurrió a Noé. Cuando se vio forzado a elegir entre dos opciones incompatibles entre sí, optó por una de las alternativas. «No creo en un destino que les llegue a los seres humanos con independencia de cómo actúen; pero sí creo en un destino que les llega inevitablemente si no actúan», escribió G. K. Chesterton. La situación no podemos tomarla a la ligera.
«Un hombre justo»: así define la Biblia a Noé. Y quizá también un loco. Noé escuchó la Palabra de Dios dentro de sí y decidió marcharse y dejar atrás un mundo decadente. Un noble esfuerzo, sin duda, pero a la vez muy solitario para una persona que había crecido en esa situación y había logrado, obviamente, resistirse durante mucho tiempo al impulso de cambiar. Después de todo, el ambiente social no se había desvanecido de la noche a la mañana. Algunas personas –Noé entre ellas, sin duda– habían visto las circunstancias que daban lugar a la desintegración cultural, la corrupción y el declive durante años, y habían decidido ignorarlas.
De pronto, Noé no solo se encuentra en un territorio extraño que, literalmente, le viene grande, sino que, además, está solo en esa situación. Se convierte en el Noé cuya conversación resulta inaceptable en las fiestas; en el Noé que disiente disidente de la opinión de la mayoría; en Noé el feligrés, cuyo párroco piensa que está loco; en Noé, el hombre de mundo y un tanto raro, que tiene unas ideas demasiado radicales como para tenerlo en cuenta. ¡Pobre Noé...! Si alguna vez hemos hecho en la vida algo que desentonara de algún modo con lo que hacían los demás, entenderemos perfectamente a Noé. Sabemos la incertidumbre que conlleva el hecho de ser un visionario idealista mientras todo el mundo clama por una tierra seca en medio del espeso barro lleno de los detritos del pasado.
En otras palabras, llega un momento en que no basta simplemente con criticar el pasado. Llega un momento, nuevo en la vida, en que debemos dedicarnos a crear el
futuro. Y ese es un trabajo muy duro.
En ese momento, descubrimos la diferencia entre los demagogos y los líderes, entre los detractores y los profetas, entre los insatisfechos y los realmente comprometidos dentro de una organización. Lamentablemente, a menudo tal descubrimiento se produce demasiado tarde. Buscando la luz, nos encontramos con que hemos seguido a una estrella fugaz y sin sustancia que no va a ninguna parte.
La caída del muro de Berlín fue una cosa; llevar a cabo el proceso de reconstrucción de un pueblo completamente desmoralizado y privado de derechos es otra cosa muy distinta. Desinstitucionalizar a los enfermos mentales fue una cosa; vaciar los parques urbanos de personas emocionalmente enfermas y de marginados que se reúnen allí porque el cierre de hospitales psiquiátricos no les deja otro lugar al que acudir, ha resultado ser otra cosa bien diferente. Abolir la segregación de los sistemas educativos trasladando a los niños en autobús lejos de sus barrios fue una cosa; equilibrar los programas educativos de tal modo que las escuelas de los barrios marginales cuenten con el mismo tipo de instalaciones y programas que las escuelas de los barrios más favorecidos ha sido otra cosa muy distinta. Escribir ensayos sobre la vocación laica es una cosa; incorporar a las mujeres y a los laicos en las estructuras de la Iglesia ha resultado ser otra cosa muy distinta... y desalentadora. Proclamar la desaparición del sexismo fue una cosa; remodelar el matrimonio patriarcal ha resultado ser otra cosa extraordinariamente diferente. Sin lugar a dudas, hacer la revolución es la parte fácil del problema; la reconstrucción ya es otra cosa: es el don espiritual.
Reconstruir es uno de los carismas de la creación. En esta ocasión, sin embargo, no es Dios quien crea de nuevo, sino Noé. La labor de Noé consiste ahora en salvar a la raza humana del desastre en que se ha convertido. Dios no elimina el mundo de un plumazo para volver a crearlo con un material mejor. Al contrario: Dios simplemente envía a alguien para que lo intente de nuevo con el mismísimo tipo de criaturas de la primera creación. De donde se desprende que reconstruir significa hacerlo con las mismas personas que primeramente corrompieron una situación, si corrompiéndola por sí mismas, sí al menos dejándose arrastrar por la corriente.
Los obstáculos a la reconstrucción, a la renovación, a la revitalización de un sistema decadente son transparentes. Para empezar, nosotros mismos somos producto del último sistema. No es nada fácil tener la apertura de corazón suficiente para imaginar la posibilidad de un evangelio no mutilado, de un mundo justo, de un gobierno honesto, de una institución no sexista, de un matrimonio igualitario, de una Iglesia donde verdaderamente no haya «ni judíos ni griegos, ni esclavos ni libres, ni hombres ni mujeres». Estamos tan deteriorados como lo que nos deterioró a nosotros. Sucede tan solo que no lo sabemos. Y si somos capaces de proponer un sistema semejante, casi nunca podemos imaginar cómo sería el mundo sin los rasgos esenciales del mundo viejo. Nos regodeamos en el pasado y a la vez deseamos el cambio; pero lo que de verdad queremos es un cambio «planificado»; deseamos una revolución, siempre y cuando se
trate de una revolución «amable»; o exigimos un «nuevo» mundo, pero no un mundo demasiado nuevo. Somos por naturaleza víctimas de la ceguera de nuestra propia creación, pero no somos reconstructores en absoluto.
Reconstruir exige también un peculiar tipo de coraje. Es un proceso que toma el corazón de un jugador y lo hace sagrado. Los reconstructores han de estar dispuestos a perder, porque no tienen ni idea de lo que realmente significa ganar ni de lo que va a ser de ellos si ganan. Tienen que estar preparados, desde el cuervo hasta la paloma, para ir de fracaso en fracaso hasta que, finalmente, algo funcione y la gente esté al fin nuevamente salvo, al fin mejor de como estaban, al fin lo bastante libres del pasado como para crear vida de nuevo. Ser reconstructor significa arriesgarse a fracasar una y otra vez; significa arriesgarse a perder el apoyo de la gente a la que uno se propone salvar; significa ser considerado como un charlatán chiflado o un visionario ingenuo, personajes ambos igualmente inútiles y peligrosos. Hablando de esta dimensión del proceso de cambio social, decía Guizot: «Solo después de un número indefinido de esfuerzos ignorados, después de que un montón de corazones nobles hayan sucumbido al desánimo, convencidos de que su causa está perdida, solo entonces triunfa la causa».
Reconstruir significa lanzar a un pueblo entero al espacio sin mapa para que no regrese a tierra bajo ninguna circunstancia si algo no funciona como es debido. En eso consistió la Revolución Francesa; en eso consistió también el experimento comunista; y lo mismo ocurre con los poetas en el mundo de la política. Cuando una persona se embarca en el camino de la revolución, reconstruir es el precio de la percepción y el precio del sueño. ¡Y ay de los que fracasen!
Ahora bien, ser reconstructor tiene un gran mérito espiritual. Los reconstructores son los que toman aquello de lo que los demás se limitan a hablar y lo hacen realidad para la siguiente generación. Son las superestrellas de largo recorrido. Son las personas que pagan con su vida por que una idea se convierta en un hecho real. Abandonan el prestigio y el dinero y dejan de ser los Peter Pan de la esfera pública a cambio del prolongado y arduo esfuerzo de poner en marcha sus proyectos personales. Construyen el nuevo mundo justamente en el corazón mismo del antiguo. Empiezan a usar «monaguillas» en cuanto las primeras niñas se ofrecen a ayudar en la iglesia. Empiezan a suministrar servicios sociales y presencia compasiva a los enfermos de sida cuando observan su sufrimiento, cualesquiera que sean las conclusiones morales de los moralistas de turno. Nos muestran el mundo que los demás no queremos ver hasta que, forzados a verlo, no podemos seguir ignorándolo.
Hay personas que se pasan la vida proponiendo ideas que nunca se molestan en llevar a cabo, o que abandonan ante la primera muestra de oposición. Los críticos «de salón» difunden libre y generosamente sus juicios y luego se apresuran a criticar el siguiente esfuerzo de quienes, como Noé, se embarcan en un viaje más arriesgado. Ellos siempre saben qué tiene de malo cada elemento del patrimonio humano. Sin embargo, rara vez, en el mejor de los casos, ofrecen una solución mejor a los problemas. Su fuerte
son las preguntas, no las respuestas. Los reconstructores, en cambio, muestran una mayor entereza.
Para los reconstructores, la vida es un largo ejercicio espiritual de creación conjunta. Para ellos, la santificación depende de hacer –siempre hacer– lo que haga falta para acercar al mundo un paso más al reino de Dios, ofrecer una idea más cercana a la visión de Dios, propiciar un momento más cercano a la voluntad de Dios.
Los reconstructores son artistas del alma que moldean una pieza de creación humana y dejan que el horno del tiempo dé sus frutos. No se jactan de tener todas las respuestas. Afirman honrar las preguntas. Están dispuestos a flotar para siempre, si es necesario, con el fin de construir un mundo mejor, de mejorar el planeta.
No existe forma alguna de hacer el ridículo capaz de desalentar a los reconstructores, ni hay forma alguna de rechazo que los disuada. Los reconstructores tienen un objetivo en la vida demasiado bien perfilado como para abandonarlo por algo tan necio como una censura irreflexiva. Con todo, el ridículo, el rechazo y la censura constituyen a menudo su pan de cada día. Para los fanáticos de la sociedad son demasiado lentos. Para los conservadores del grupo son demasiado rápidos. Para los ortodoxos del mundo son herejes. Están destinados demasiado a menudo y demasiado claramente a actuar en solitario. Hay quienes los siguen como héroes y quienes los persiguen como enemigos. No tienen opción alguna de éxito, porque lo que se proponen reconstruir no son las estructuras dañadas de un pueblo que busca refugio, sino los corazones petrificados de un pueblo que lleva demasiado tiempo sin nada sustancioso que poder amar. Trabajan con un pueblo que sabe lo que antes no funcionaba correctamente, pero que está básicamente desprovisto de la longevidad de espíritu necesaria para cambiarlo por algo mejor. Los reconstructores se enfrentan a caminos grises en noches oscuras que no llevan a ningún lugar que nadie haya visto antes.
El espíritu de un reconstructor se basa en la capacidad de mirar con amor la nada y saber que hay ahí algo que merece la pena descubrir, algo por lo que merece la pena dar esta vida en forma de esfuerzos, para que las vidas de quienes están por llegar sean aún mejores.
Muchas veces se entiende mal a los reconstructores, se les juzga equivocadamente y se les llama por otro nombre. Se les tacha de «reformadores», de «liberadores», de «líderes»..., cuando, de hecho, no son más que seres que aman y que son fanáticos de la esperanza. Reconstruir es, por tanto, una tarea triste pero gloriosa. Son muchos los reconstructores que han muerto con el corazón roto, seguros de que habían fracasado, cuando la verdad es que toda una vida no basta, sencillamente, para reconstruir una cultura que se ha echado a perder. Los reconstructores son esos personajes de la historia que se alzan mucho después de su muerte en la niebla púrpura de la tenacidad. Al final, el mundo los recuerda como los que repensaron, redefinieron y rejuvenecieron el mundo; como los que llevaron el mundo a cuestas y cruzaron los puentes derribados del pasado para llegar a las orillas vacías de una tenue y nueva era. Por eso es demasiado tarde para
que el reconstructor conozca la belleza de estar decidido más allá de toda prueba de factibilidad, pero no es demasiado tarde para el resto de nosotros. En los reconstructores del mundo, el resto de nosotros puede ver el poder de la imaginación y el carácter implacable de la paciencia profética cuando nuestras propias vidas parecen haber dado un traspié y haber quedado atascadas. Los reconstructores nos enseñan que «el coraje es un miedo que ha aguantado un minuto más».
Los reconstructores miran el arco iris con los ojos de Noé. Tratan de poner a salvo a los demás tanto como de huir, de empezar y de terminar, de repetir las cosas buenas de la vida en una clave más alta. No se desaniman fácilmente, y gracias a ellos el espíritu humano ha sobrevivido de un fiasco humano al siguiente, cada vez mejor, siempre con la fe de los indudablemente sencillos que han oído la Palabra de Dios y han sido lo bastante necios como para creer, como dijo George Bernard Shaw, que «el verdadero gozo de la vida consiste en ser utilizado para un fin que tú mismo reconoces como poderoso; agotarte profundamente antes de que te lancen a la pila de desechos; ser una fuerza de la Naturaleza, en lugar de un zoquete egoísta febril y cargado de males, que se queja porque el mundo no se toma en serio su obligación de hacerle feliz».