Un «graffitero» escribió en una fachada que el tiempo es la forma en que la naturaleza evita que todo ocurra al mismo tiempo. A lo mejor, toda la filosofía del mundo fue alguna vez graffiti. En cualquier caso, esta obra de graffiti es alta filosofía. La verdad que encierra aplaca el alma momentáneamente, nos concede un descanso, nos despierta a la verdad de lo temporal en el desarrollo espiritual de una persona. El tiempo nos transporta de una situación a otra en la vida, una a una, hasta que al final las hayamos vivido todas. Sin embargo, el criterio para medir la vida no es si hemos empleado nuestro particular número de días asignados, sino si, al hacerlo, hemos vivido la vida de la manera más plena. Pero ¿qué significa eso exactamente?
Vivir bien la vida es parecido a remar en un bote por el océano. Tenemos elección. Podemos adentrarnos en el agua y luchar contra cada ola que pase, oponer resistencia a la resaca, confrontar cada oleada, pelear contra la corriente hasta que el bote se haga añicos..., o bien podemos entregarnos a las sacudidas del agua, a sus barridos, a sus masajes, a sus golpes, hasta que, exhaustos, encallemos en esa orilla a la que habíamos esperado llegar.
La vida es una melodía salvaje y cautivadora. Para vivir bien, podemos participar en la danza de la vida, bailar al son de su mágica música, dejarnos llevar por su ritmo, cantar sus canciones lastimeras, o bien podemos sentarnos taciturnos y verla pasar, siempre como una desconocida para la cadencia que nos exige y las múltiples claves que nos desafía a alcanzar. En ambos casos podemos dejarnos llevar u oponer resistencia a todo hasta el amargo desenlace. Podemos aprender de ella o rechazarla por completo. Hay una sola cosa que no podemos hacer con la vida: ignorar sus enseñanzas.
La vida es una maestra implacable. Y la vida enseña sin cesar.
Sin embargo, la lección a la que menos queremos enfrentarnos, el mensaje que más abiertamente rechazamos, el concepto que no aceptamos, se muestra en todo su esplendor en el Eclesiastés. Si el libro carece de cualquier otro sentido, al menos tiene este: la vida no es regular, la vida no es plana. Todas estas cosas –el nacimiento y la muerte, el amor y la risa, la ganancia y la pérdida– tendrán lugar en cualquier vida. Son la vida. No podremos evitarlas. No seremos lo bastante listos como para evadir y eludir cada uno de esos elementos, ni siquiera alguno de ellos en concreto. No, el propósito de la vida no consiste en reducirla al tamaño de nuestro diminuto yo. El propósito de la vida consiste en aprender a disfrutar de cada parte atolondrada, superar cada esfuerzo costoso, enfrentarse a cada obstáculo agotador, aprender de cada segmento incoloro, expandirse, gemir y crecer, extraerle todo el jugo.
Todos nuestros esfuerzos por controlar la vida, por reducirla a nuestras necesidades, por frenar su progreso hacia la muerte y el morir llaman «¡Necios!» a los verdaderamente sabios. Cuando vivimos fuera de tiempo –cuando insistimos en tener
cuarenta años, pero tenemos sesenta; o en ser adolescentes, aunque somos adultos; en estar más muertos que vivos siendo una esposa y madre joven, o siendo un adolescente que vive como un hombre de mediana edad–, nos burlamos del ahora. Nos perdemos el momento.
La vida no se puede meter en una jaula. No podemos congelar el feliz día de hoy y guardarlo en una vitrina. No podemos ensartarlo como a una mariposa en un marco. No, la vida avanza inexorablemente, la sigamos o no. Se balancea, se tambalea y cojea por el camino. Se mueve de arriba abajo a un ritmo a menudo demasiado acelerado como para seguirlo, a veces demasiado lento como para soportarlo. Sea lo que sea, la vida no es un ejercicio de criogenia mental. No nacimos para hacer acopio de «experiencias cumbre». Nacimos para recordar los pocos grandes momentos que viviremos, de modo que los días aburridos, cuando lleguen –que llegarán...–, no apaguen nuestros espíritus hasta el punto de una muerte en vida.
El mito de la vida vivida en una oscilación regular persiste en las mentes de muchos, pero únicamente seduce a los débiles de corazón. Los leales saben que la vida real exige un mayor aguante. Las viudas jóvenes conocen la punzada de la vida. Los viejos inventores conocen su diversión. Las mujeres de mediana edad conocen su encanto. Las parejas jóvenes conocen su excitación. Los hombres de mediana edad conocen su falsa promesa. Los niños conocen su parcialidad: mientras muchos medran en poco tiempo, otros tienen que luchar sin descanso.
A lo largo de todo el proceso, a pesar de sus vueltas y revueltas por el camino, la vida nos deja en los corazones una imagen clavada de los ancianos serenos, de los eruditos y los maduros, de quienes lucharon y luchan y encontraron estímulo en ello, de los sabios cuya sabiduría se volvió ternura, de los fuertes que aprendieron a perder. Está claro que, al final, la vida destaca por su amabilidad. Si no nos resistimos a ella, si bailamos el baile entero sin saltarnos ningún compás, también nosotros llegaremos al final curtidos y fuertes, encantadores y risueños, pisando fuerte y dando vueltas de emoción por lo que hayamos aprendido, por aquello en lo que nos hayamos convertido y que no habríamos logrado ser sin nuestra particular receta de dolor purificador y de alegría perfecta en las proporciones justas.
En el centrifugador de la vida, las fuerzas surten su efecto a nuestro alrededor y sobre nosotros, sobre aspectos que no están bajo nuestro control. Como en la alfarería – el único arte en que el artista se rinde en la última fase del proceso creativo ante una fuerza incontrolable, el fuego del horno–, el calor que soportemos en la vida dará cuenta de nuestra forma y nuestro brillo finales. La vida no solo nos ocurre; la vida ocurre dentro de nosotros, ocurre a pesar de nosotros, y ocurre debido a nosotros. La dinámica de la vida depende tanto de lo que le aportamos a ella como de lo que extraemos de ella. No hay momentos insignificantes.
La vida es algo que crece desde la semilla hasta el retoño, desde la base hasta el poste, aquí y allá, hacia delante y hacia atrás, pero siempre, siempre, hacia su propósito:
el moldeado del yo en forma de una persona de calidad, compasiva y alegre. Para que eso ocurra debe plantarse cara incluso al segmento más pequeño; no es posible escapar de ninguno. La vida no es controlable; solo es factible.
Por este motivo, en preservar el ritmo de la vida, en llegar a la esencia de cada una de sus medidas, de todos sus elementos, es en lo que consiste el baile de la vida. ¿Quiénes han vivido bien? Los que han exprimido el jugo de la vida en todas las fases del crecimiento de esta. ¿Quiénes son felices? Los que han sobrevivido a cada uno de estos elementos y, al superarlos, han visto que se habían convertido en personas más humanas, más sabias, más bondadosas, más justas, más flexibles, más íntegras, por haber vivido ese periodo de tiempo, ese momento de definición, esa fase de supervivencia, esa racha de conciencia reprobadora.
¿Qué duda cabe de que el ciclo del tiempo moldea y vuelve a moldear nuestro yo deforme hasta que tenemos la oportunidad de llegar a ser lo que podemos?
Hay un tiempo para matar cualquier cosa que haya dentro de nosotros, encadene a nuestras almas y les impida volar libres. Aunque harán falta paciencia y severas dosis de verdad, a quienes perseveren les aguarda una bella imagen cuyas promesas no conocen límites.
Hay un tiempo para contener el abrazo de los patrones del pensamiento, de las convenciones de la vida que ahogan el alma. Vivir en la Mirada de Dios exige una visión más clara y un rumbo más auténtico.
Hay un tiempo para sembrar las semillas que tal vez solo vaya a cosechar la siguiente generación, pero que deben ser sembradas ahora. Los sembradores se enfrentan a una acogida recelosa por parte de las personas satisfechas del mundo, pero hemos de sembrar si queremos que el nuevo mundo dé frutos.
Hay un tiempo para llorar lágrimas de dolor y lágrimas de pérdida que honren la despedida de aquellas cosas y personas de la vida que nos han traído hasta donde estamos. Incluso hay momentos para lamentarse por el presente, no para regodearse en la desgracia, sino para hacer acopio de las energías que se necesitan para cambiarlo.
Hay un tiempo para abrazar las cosas buenas de nuestra vida con abrazos grandes y apretados que iluminan nuestros cuerpos y llenan de luz nuestros corazones. Estos son los momentos que nos proporcionan combustible para el viaje y nos dejan entrever su valor.
Hay un tiempo para sembrar, para trabajar sin horario y producir sin paga, si es necesario, a fin de poder hacer lo que hay que hacer en la vida. Solo quienes llevan a cabo el arduo trabajo de desarrollar las cosas duras del presente nos dan alguna esperanza de atesorar el futuro. «No estás obligado a terminar el trabajo», dice el Talmud, «pero no eres libre de abandonarlo».
la cabeza bien erguida, recolectando por el camino, acumulando sus bienes y riéndonos a cada paso. Entonces, y solo entonces, cobran sentido todos los demás momentos. Entonces la vida muestra su cara dorada. Cualquier esfuerzo es posible después de eso.
Hay un tiempo para amar, un tiempo para encontrarnos en otra persona, de tal modo que podemos encontrarnos a nosotros mismos. El amor nos conecta con el resto del mundo. Una vez que hemos amado a alguien, odiar se hace mucho más difícil. El amor nos ablanda y nos libera de nosotros mismos.
Hay un tiempo para perder, un tiempo para desprenderse de cualquier cosa que se haya convertido en nuestro captor en la vida. La pérdida absorbe la esencia del alma y nos brinda la oportunidad de comenzar de nuevo. Es un tiempo bruto y es un tiempo de verdad. Nos dice mucho de nosotros mismos, y más aún acerca de las cosas esenciales en la vida.
Hay un tiempo para nacer con frescura y plenitud, dejando atrás las antiguas ideas, formas y maneras. Hay un tiempo para comenzar de nuevo, para mirar más adónde vamos que de dónde venimos.
Hay un tiempo para reírse, para abandonar la corrección y las pomposidades obsoletas y unirse a la raza humana chapucera, atrevida y bobalicona. Al reírnos nos ponemos en peligro, pero el estallido de reflexión que supone el humor nos vuelve más cuerdos.
Hay un tiempo para morir, para poner fin a las cosas, para detener el tiovivo, para rendirse a las fuerzas del tiempo y a la confianza. Solo cuando estamos dispuestos a dejar que las cosas mueran en la vida pueden comenzar de verdad las cosas para nosotros. Morir un poco cada día y ver lo viejo, lo inútil, lo que se ha deseado mucho tiempo pero ya no existe, es uno de los mayores logros vitales. «¡Qué poco he muerto hoy, amigo mío!», dijo Thomas Lux. «Perdóname».
Hay un tiempo de guerra, para luchar contra las fuerzas que conducen a la destrucción y reducen a las personas a la categoría de «daños colaterales», que olvidan los mandamientos de la vida en su búsqueda de la tecnología de la muerte. «Lo que el mundo espera de los cristianos es que hablen alto y claro. [...] Deben apartarse de la abstracción y enfrentarse a la historia, cuya faz está hoy manchada de sangre», nos advierte Camus. Esa es nuestra guerra. Este es el momento de librarla.
Hay un tiempo para curarnos de las heridas que nos ahogan y nos impiden tomar las riendas de nuestras vidas. Someternos a las reacciones de otros, hacer que nuestro bienestar dependa del suyo, nos deja a merced de la tristeza. La vida es para los vivos, y mientras no nos curemos a nosotros, jamás estaremos verdaderamente sanos.
Hay un tiempo para construir, para levantar el nuevo mundo, para crear conjuntamente el planeta de forma que lo que dejemos tras nuestro paso sea mejor que lo que recibimos. En un mundo de miseria y pobreza, de hambre y opresión, de patriarcado y militarismo, los constructores no abundan; son aves raras de gran valor.
Hay un tiempo para la paz, para reconciliarse con los demonios que habitan en nosotros, para hacerles bajar la mirada y limar asperezas con ellos, con el fin de ser capaces de extender la paz como terciopelo, vivir en paz como las plumas y ser paz como una fragancia que no conoce fronteras.
¿Y quién va a hacer todas estas cosas? El Eclesiastés es muy claro al respecto: tú y yo no tenemos más opción; es tarea nuestra. Por definición, la vida nos lo exige. ¿Y vamos a tener nosotros ese enorme valor cuando los grandes que nos precedieron no terminaron, al parecer, todo el trabajo? Los rabinos son tajantes en su respuesta:
–¿Cómo puede alguien tan humilde como yo vivir como Moisés? –preguntó el discípulo Zyusha.
–Cuando mueras –respondió el rabino–, nadie te preguntará: «¿Por qué no fuiste Moisés?». Te preguntarán: «¿Por qué no fuiste Zyusha?».