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Todo Tiene Su Tiempo - Joan Chittister

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Academic year: 2021

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JOAN CHITTISTER

Todo tiene su tiempo

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Reservados todos los derechos. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Título del original: For Everything a Season © Joan Chittister, 1995, 2013 Orbis Books PO Box 302, Maryknoll NY 10545-0302 www.orbisbooks.com Traducción: Blanca Arias Badia © Editorial Sal Terrae, 2014 Grupo de Comunicación Loyola

Polígono de Raos, Parcela 14-I 39600 Maliaño (Cantabria) – España Tfno.: +34 942 369 198 / Fax: +34 942 369 201

[email protected] / www.salterrae.es Imprimatur:

† Vicente Jiménez Zamora Obispo de Santander

21-04-2014 Diseño de cubierta: María José Casanova

Edición Digital ISBN: 978-84-293-2188-3

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«Todo tiene su tiempo y sazón, todas las tareas bajo el sol: tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar;

tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de llorar, tiempo de reír;

tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras, tiempo de recoger piedras;

tiempo de abrazar, tiempo de refrenar al abrazo; tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de desechar;

tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar;

tiempo de guerra, tiempo de paz».

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Este libro está dedicado a Bill y Betsy Vorsheck, cuyo constante apoyo

lo ha hecho posible. Ellos me han hecho ver

la belleza propia de cada momento de la vida y la han transmitido a la mía.

Les estoy muy agradecida.

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Agradecimientos

Los distintos momentos de la vida son una serie de experiencias conectadas entre sí que, al final, aportan plenitud, amplitud de miras, diversos niveles de significado, verdad... Los momentos de un libro son algo muy parecido. El proceso de escritura consta de diferentes fases, todas igualmente importantes para el resultado final, todas igualmente configuradoras del mensaje que el libro pretende transmitir. A todas ellas les estoy igualmente agradecida.

Estoy agradecida, obviamente, al artista John August Swanson, cuya serigrafía

Eclesiastés inspiró la edición original de este libro. Desconozco el impacto que su obra

ha producido en otras personas; en mí, desde luego, ha producido un profundo y significativo efecto.

Estoy agradecida a Susan Perry y a Robert Ellsberg, de Orbis Books, que se han responsabilizado de la dirección y presentación de este material.

Estoy agradecida al equipo de lectores que con tanta dedicación y fidelidad han comparado estos sondeos de la vida con los suyos propios. En particular, Marlene Bertke, OSB, Kathleen Hartsell Stephens, Mary Lou Kownacki, OSB, Mary Lee Farrell, GNSH, Stephanie Campbell, OSB, el Hermano Thomas Bezanson y Mary Ann Luke, OSB,

han prestado su inestimable ayuda técnica y editorial. Sus comentarios, sugerencias y preguntas han enriquecido la obra.

Estoy agradecida a Bill y Betsy Vorsheck, que me han prestado generosamente su tiempo para que este trabajo viera la luz.

Estoy agradecida a Marianne Benkert y a A. Richard Sipe, que han aportado orden y tranquilidad hasta el final del proceso.

Estoy especialmente agradecida a Maureen Tobin, OSB, y a Mary Grace Hanes, OSB,

cuyas horas de apoyo personal y de experiencia organizativa me han permitido vivir las múltiples vidas que conlleva escribir un libro y seguir al mismo tiempo funcionando como un ser humano más o menos útil.

Y no menos agradecida estoy a todas esas personas que he conocido a lo largo de mi vida, de quienes he aprendido la verdad de estas reflexiones y en quienes veo la prueba y siento el poder de una vida bien vivida.

Todos tendrían que escribir este libro una vez en su vida. Tal vez, trabajar sobre este tema y debatirse con estas ideas les permitiría comprender y apreciar más sus propias vidas, como me ha ocurrido a mí.

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1. Los tiempos de la vida

Supongo que, como la mayoría de las personas criadas en un ambiente donde se leía la Biblia o se daba una cierta formación literaria, yo había oído estas palabras, hasta el punto de que ya no les prestaba atención: «Hay un tiempo de plantar, un tiempo de arrancar; un tiempo de guerra, un tiempo de paz; un tiempo de matar, un tiempo de sanar». Sí, por supuesto. ¿Y qué?

Sin embargo, a medida que pasaban los años, empecé a caer en la cuenta de que las palabras adquirían un matiz que yo no había percibido anteriormente; las ideas cobraban nuevo significado, y yo las entendía de un modo distinto. La vida en toda su complejidad lo dejaba muy claro: la vida no es una obra de teatro construida a partir de escenas aisladas, cada una de las cuales se resuelve de una vez por todas. Poco a poco, comprendí que la vida es una serie de experiencias, todas ellas importantes, todas ellas dignas de ser exploradas y exprimidas para extraerles el jugo, no porque sí, sino para llegar a conocernos mejor a nosotros mismos. La vida no es lo que vemos que ocurre ahí fuera. La vida es lo que ocurre en las turbias y silenciosas aguas de nuestras almas. Y las energías que dirigen nuestra vida son demasiado salvajes como para que las ignoremos, demasiado profundas como para que tratemos de ocultarnos de ellas. La vida es la burbuja de tiempo en la que nos encontramos a nosotros mismos y que nosotros mismos moldeamos. Esta percepción encierra una verdad terrible. Somos nuestros propios secuestradores.

Sea cual sea lo que estés haciendo ahora mismo, no es más que un espejismo. En realidad, no es en absoluto lo que estás haciendo. Simplemente, lo parece. Por debajo del puesto de trabajo, del matrimonio, de la formación, de las responsabilidades que consumen el momento presente, se encuentra el imán que de verdad nos empuja. Cada uno de nosotros, bajo las apariencias de la vida, en el centro insondable de nosotros mismos, podemos, si escuchamos, escuchar el canto de las sirenas, que nos embrujan, nos seducen, nos tientan y nos prometen que la vida consiste en algo más que lo que ahora tenemos. Y, sobre todo, no dejan de recordarnos que ese algo está a nuestro alcance. de modo que todos y cada uno de nosotros vivimos ansiando una línea de meta invisible, una cumbre iluminada por el sol, un santo grial en la vida, el cual, una vez alcanzado, sabemos que nos traerá no solo satisfacción presente, sino también paz eterna. Vivimos deseando que todo siga su debido cauce. Seguimos buscando el secreto para tenerlo todo.

Queremos la medalla o el trofeo, el empleo o la casa, el dinero o el reconocimiento, a la persona o el ascenso... Sea lo que sea, lo queremos desesperadamente y lo queremos todo. Lo queremos ya y lo queremos para siempre. Trabajamos hasta el agotamiento para conseguirlo o nos apoltronamos, apáticos, durante toda la vida, seguros de su existencia, pero inseguros del secreto para obtenerlo. Nos medimos según su existencia, o lo envidiamos en otra persona. Sentimos su falta día y noche, y nos agotamos a base del

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nocivo ejercicio de compararnos constantemente con los demás. Nos recuerda nuestros defectos, o bien nos sosiega con un sentido de escurridiza superioridad. Buscamos la vida. Lo que ocurre es que la vida fluye y no puede apresarse. La belleza de la vida consiste en que corre sin detenerse.

Sin embargo, las consecuencias de una situación semejante son diversas. En un mundo de altibajos, de flujo y de cambio, nunca llegamos a conseguirlo realmente; tan solo tomamos muestras. Si es así, es igualmente cierto que nunca podemos dejarnos atrapar por nada. Porque nada es permanente y nada es mortífero. La vida se convierte en una serie de bandazos y tumbos que nos esforzamos por superar, redireccionándonos de un callejón sin salida a otro, hasta que atisbamos los puntos de unión entre ellos. Al final, el patrón emerge; al final, el armazón privado y personal de nuestras vidas tan distantes cobra forma; al final, triunfa la verdad de que la vida consiste simplemente en vivir de un momento para otro y, si tenemos suerte, en aprender en el proceso.

Dice el proverbio que «no hay nadie más infeliz que aquel que nunca se enfrenta a la adversidad; el mayor pesar de la vida es no sentir nunca ningún pesar». Por supuesto, la cuestión es: ¿es eso cierto? ¿Debería ser cierto? ¿Es el consuelo eterno no solo inalcanzable, sino también indeseable? Y si lo es, ¿por qué? Las respuestas no son sencillas.

Por irónico que parezca, los caprichos de la vida nos mueven tanto como sus bendiciones, y a veces incluso más. La muerte, esperada o inesperada, nos exige un nuevo modo de acceder a la vida. El fracaso, atesorado heroicamente o ganado gracias a una terca estupidez, nos obliga a comenzar de nuevo. La pérdida, debida a circunstancias ajenas a nosotros o autorizada por todos esos fallos nuestros que hemos comprobado hasta la saciedad, nos invita a empezar de nuevo. La vida no se vive en línea recta. La vida brota, una y otra vez, de la nada o, cuando menos, de allí donde preferiríamos no estar.

La tensión radica en ser capaz de desprenderse del pasado. Sin embargo, en una sociedad competitiva, lo suficiente nunca es suficiente. En una sociedad movida por los logros, la vida no es una cuestión de tiempos, sino un producto que hay que perfeccionar y preservar. Con esta mentalidad, nunca se puede simplemente seguir adelante, abandonar el pasado para experimentar las realidades del presente. No, quienes viven de acuerdo con las normas y no de acuerdo con lo que requiere el momento presente están decididos a ganar y a aferrarse. Desprenderse de algo no es una de sus virtudes. Desprenderse es perder. Ellos se aferran. ¿Y por qué no? Después de una muerte, suele ser más cómodo bajar las persianas del alma que aventurarse a regresar a la luz. Después de un fracaso, a veces es más cómodo reptar hasta un rincón y negarse a volver a intentarlo, que soportar las miradas de quienes fueron testigos de ese primer esfuerzo inútil. Seguro que es menos doloroso, menos perturbador, rendirse a las expectativas restrictivas de quienes nos rodean que construir un mundo más amplio y grande para nosotros. Es mucho más fácil ser fiel a la definición de otra persona de lo que es una

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esposa perfecta, por ejemplo, que ser una buena compañera y una profesional; es más fácil ser el lacayo de la empresa que ser inventor; es más fácil llevar el uniforme de lo socialmente aceptable que alimentarse de saltamontes y miel silvestre.

Con todo, existe otro tipo de tensión mucho más allá de la adversidad. La adversidad, al menos, nos llama la atención. Pero la alegría la damos por sentada. Consideramos la alegría como un derecho natural y esperamos heredarla en proporciones escandalosas. Sin embargo, también la ignoramos con demasiada frecuencia. Así, la alegría no escuchada y las bendiciones no reconocidas son significativas para nosotros, tanto desde el punto de vista psicológico como espiritual. Henry Ward Beecher era muy consciente de ello: «Hay alegrías», escribió, «que ansían ser nuestras. Dios nos envía diez mil verdades que se nos acercan como pájaros que buscan la ensenada; pero estamos cerrados a ellas, de modo que no nos traen nada. Solo se detienen a cantar un instante en el tejado, y luego se marchan volando».

Pero la alegría es el espíritu de Dios en el tiempo. Es el único bocado de eternidad que se nos concede sin reservas. En otras palabras, hemos cultivado nuestra capacidad de desdeñar la vida. La alegría es la energía para seguir adelante en los días grises, sabiendo que los milagros pueden darse en el futuro, porque ya los hemos visto en el pasado.

Finalmente, la tensión radica también en la voluntad de comprometerse en el presente. Estar donde estamos –inmersos en ello, conscientes de ello, alerta– puede ser el secreto de una buena vida, de una vida plena. Es una lección que hay que aprender. En una cultura basada en el movimiento, no es baladí el permitirnos estar presentes en el presente, para ver lo que tenemos delante.

Solo pensamos que estamos aquí. El problema es perenne, común a todos los tiempos, a todas las tradiciones, descrito por muchos en forma de relato:

–¿Dónde debería buscar la Iluminación? –preguntó el discípulo. –Aquí –dijo el anciano.

–¿Y cuándo ocurrirá?

–Está ocurriendo ahora mismo.

–Entonces, ¿por qué no lo siento? –insistió el discípulo. –Porque no miras –repuso el anciano.

–Pero ¿qué es lo que tengo que buscar? –Nada. Simplemente, mira.

–Pero ¿qué debo mirar? –volvió a preguntar el discípulo.

–Cualquier cosa sobre la que se posen tus ojos –contestó el anciano. –Pero ¿tengo que mirar de una forma especial?

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–No. Basta con que mires con toda naturalidad.

–Pero ¿acaso no miro siempre con naturalidad? –se extrañó el discípulo. –Lo cierto es que no –respondió el anciano.

–¿Cómo que no?

–Para mirar tienes que estar aquí. Y la mayoría de las veces estás en otro lugar – concluyó el anciano.

Con demasiada frecuencia, somos más propensos a estar de camino hacia cualquier otra parte que a hallarnos presentes en el momento presente. Nos pasamos la vida mirando reloj. Nos vamos pronto de una fiesta para ir a otra, y cuando termina la noche no hemos disfrutado de ninguna de las dos. Vivimos constantemente con un pie en el día de mañana. Hacemos planes para mañana, nos preparamos para mañana, tememos el día de mañana y esperamos el día de mañana con una intermitencia que nos distrae. El aquí nunca es lo suficientemente bueno. Y lo que ocurre ahora no le interesa a un pueblo en movimiento. Lo que está por llegar es lo que de verdad cuenta. Lo que se tendrá, lo que se verá, lo que se hará, lo que se conseguirá se convierte en la esencia de la vida.

Pero la vida es cada grano del reloj de arena. Y corre. Y cuando pasa de largo, no hay vuelta atrás.

Demasiado a menudo, mientras esperamos la vida, esta pasa a nuestro lado y deja insatisfechos nuestros corazones, y anhelantes nuestras mentes. Vivimos agobiados por las pérdidas y dispersos en una ruina espiritual, o desgastados por una carestía de espíritu, por una mengua de entusiasmo, por la disipación de la esperanza. Sin embargo, permanentemente el momento presente está latente dentro de nosotros.

El Eclesiastés, uno de los libros sapienciales de la Biblia, es un antídoto frente al problema de la falta de objetivos y la desorientación, la fragmentación personal y la perturbadora desesperanza. El Eclesiastés nos invita a ver la vida como un mosaico construido a partir de pequeñas piezas de experiencia humana que nos son comunes a todos, pero que cada uno de nosotros vive de forma única. El Eclesiastés nos llama a los universales de la vida para que la entendamos antes de perderla, para que la disfrutemos antes de echarla de menos.

Obviamente, el problema fundamental de la vida no es la falta de oportunidades. Es la falta de alma, de lo que los confucianos llaman «rectitud», de lo que los budistas llaman «conciencia», de lo que los judíos llaman ṣedaqah [justicia, rectitud], de lo que los cristianos llamamos «conciencia contemplativa».

El propósito de este libro es explorar claramente y a conciencia las palabras del

Eclesiastés con una mirada espontánea, para aprender de esas palabras, para grabarlas

en nuestros corazones, para permitir que nos pongan en entredicho de forma que, si nos encontramos, y cuando otra vez nos encontremos en esos mismos momentos de la vida, los vivamos con un corazón nuevo y abierto. Son palabras que desarman las fases de la

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vida de una persona de forma temeraria. «¡Aquí!», gritan. «Vuelve a plantearte lo que no entiendas de tu propia vida. Observa con mirada nueva. Vuelve a mirar la vida y, donde hayas estado ciego, ve; y donde te hayas vuelto indiferente hasta el punto de la insensibilidad, donde tu corazón haya muerto, regocíjate ahora».

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2. Tiempo de nacer

El Eclesiastés es absolutamente claro: lo primer que una persona tiene que entender es que nadie «nace a destiempo». Nuestro tiempo es ahora. La era en la que nacemos es la era de la que somos responsables, la era para la que tenemos que ser una bendición. Las implicaciones de todo ello no son triviales. Pase lo que pase ahora –masacres étnicas, políticas comerciales internacionales injustas, el falso dios del militarismo, el sexismo de las iglesias...– es cosa nuestra. Debemos hacer que ocurra en nuestra propia vida lo que queramos que ocurra en estos ámbitos.

William Jennings Bryan lo expresó perfectamente: «El destino no tiene nada que ver con la casualidad. Es cuestión de elección. No es algo que esperar, sino algo que conseguir». Pero, si es así, significa que el destino es algo que debemos alcanzar conscientemente, no algo que debamos sufrir sin darnos cuenta. Es más, tal vez el destino tenga algo que ver con descubrir lo que deberíamos estar haciendo ahora, con moldear nuestra forma de ser en el mundo. No vivimos como crustáceos en el rompeolas, limitándonos a beber agua del mar a lengüetazos y absorbiendo plancton. Vivimos con un propósito más ambicioso, con algo que se espera de nosotros, con una sensación de conexión con el resto de la vida, no como plantas de un invernadero, cuidadas, pero que no crecen fuera de su entorno inmediato. El destino es el enemigo del egoísmo.

El privatismo, el pietismo y la psicología han santificado el pecado del individualismo. Y no todo ha sido malo. A fin de cuentas, hemos aprendido a ver en esta generación lo que nunca antes se había visto. Hemos descubierto diferencias individuales y hemos buscado soluciones a necesidades individuales. Ha sido una época de atención a uno mismo y de elección personal. Hemos atomizado la sociedad hasta sus últimos denominadores comunes y, al hacerlo, hemos fragmentado la mentalidad de comunidad.

Ahora la gente se siente aislada. Como autómatas en un mar silencioso, nos cruzamos unos con otros en la oscuridad, buscando a tientas un camino, sin amarres y sin limitaciones. Nadie toca a nadie. Nos pasamos cuatro años trabajando con personas cuyo apellido desconocemos. Vivimos durante años en edificios con personas con las que nunca nos hemos encontrado. Formamos «grupos de apoyo» con desconocidos para buscarle un sentido a las cosas y recobrar la estabilidad. En el lugar del grupo hemos puesto a la persona, vulnerable, aislada y sola. Muy sola.

Nunca hemos tenido una población más alfabetizada... ni más indefensa. Actualmente, la población mejor formada de la historia del mundo no sabe qué hacer con sus conocimientos.

Todo nos resulta demasiado grande, demasiado sobrecogedor, demasiado global. Así que «nos metemos en nuestros asuntos» e ignoramos todo lo demás. Hemos aprendido perfectamente a no ver los cuerpos sobre los que pasamos por la calle, ni a los enfermos

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ancianos del barrio. Todos ellos son responsabilidad de otra persona –de departamentos, agencias y funcionarios anónimos–. Le hemos entregado la conciencia a los programas del gobierno y hemos mirado para otra parte.

El desarrollo personal, no la responsabilidad personal, es el sumo sacerdote de esta era. Nada debe interferir en mi comodidad personal. Nada puede tener prioridad. Es una enfermedad dañina que ha contagiado a nuestra sociedad. Esta filosofía ha invadido nuestras escuelas y nuestro lugar de trabajo y ha erosionando los cimientos de nuestras instituciones sociales. Ahora nadie puede esperar de nadie nada más que los mejores intereses personales de ese individuo.

La cuestión es: ¿cómo va a detener esta tendencia hacia un personalismo patológico? ¿Qué podría llenar el espacio entre el individualismo extremo y la estupidez de grupo, para que podamos conocer la conciencia de comunidad y salvaguardar el alma comunitaria?

Según el Eclesiastés, es el sentido de la propiedad lo que les falta a quienes afrontan el hecho de que este es nuestro tiempo de nacer, que depende de nosotros elegir nuestro destino dentro de él. Igual que Pavel vivió su momento en Hungría, Mandela vivió en Sudáfrica, y Mary Robinson, en Irlanda –todos ellos personas sencillas que lucharon por causas imposibles–, así también mi momento es ahora, en esta ciudad concreta, en este preciso instante. Lo que ocurre aquí ahora es responsabilidad mía. Lo que ocurra mañana es el legado que yo le dejo. No se trata de hacer grandes cosas. No, es mucho peor que eso. Se trata de hacer pequeñas cosas con coraje.

Hace falta mucho coraje para manifestarse abiertamente en contra de las políticas del gobierno. Hace falta mucho coraje para reconocer que soy feminista cuando se ridiculiza a las mujeres. Hace falta mucho coraje para oponerse al militarismo el 4 de julio. Estos son los modestos actos por principios que impiden la acción de los impíos.

Modestos, quizá. Pero no exentos de complicaciones. No hay que tomarlos a la ligera. Antes de enfrentarnos al mundo que nos rodea, debemos enfrentarnos a nosotros mismos. Un carácter cristalino debe nacer en nosotros antes de que podamos empezar a hacer lo que nacimos para hacer por los demás. A menudo pienso en el sabio confuciano Qian Dehong.

–¿Por qué no soy capaz de influir en otras personas? –le preguntó un alumno. Y el maestro Qian repuso:

–Si hablas de influir en otros, ya empiezas mal. Los sabios se corregían a sí mismos, y los demás se corregían a sí mismos espontáneamente. Por ejemplo –prosiguió–, cuando el sol no está oculto, su luz puede iluminarlo todo. No tiene que hacer ningún esfuerzo especial para buscar cosas sobre las que reflejar su luz.

La pregunta es: ¿qué es lo que nos hace reacios a dejar que brille la luz?

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nosotros un factor moral en el mundo que nos rodea:

En primer lugar, el temor a la pérdida de estatus ha hecho más por enfriar el carácter de lo que la historia jamás sabrá. No les hacemos la pelota a los reyes diciendo que el emperador va desnudo. No conseguimos un ascenso contradiciendo los estimados puntos de vista del jefe ni del obispo de la diócesis. No nos invitan a fiestas por ser políticamente incorrectos. No cuentan con nosotros para las barbacoas de vecinos si en la junta vecinal avergonzamos a los empleados del Pentágono posicionándonos abiertamente contra la desmilitarización. Esta elección del destino entre la conciencia pública y la aceptación social es un momento duro. Entonces nos decimos a nosotros mismos que no ganamos nada enfadando a la gente. Y es cierto.

En segundo lugar, la comodidad personal es también un factor crucial en la decisión de dejar que los demás se hagan responsables del tenor de nuestros tiempos. Requiere un gran esfuerzo dirigir la atención más allá de los confines de mi lugar de trabajo, de mi casa, y de las actividades de mis hijos. Se trata de mostrar interés por algo más allá de mi pequeño y diminuto mundo, y quizá de participar en clases o discusiones de grupo. Hace falta que desvíe mi atención hacia una sustancia distinta de las series de televisión, del canal de deportes y del noticiario de mi ciudad. Significa no dejar morir mi cerebro antes de los cuarenta años. Pero estas cosas, que suponen una pérdida de comodidad, son precisamente las que, en último término, mejorarán nuestra vida y la de nuestros hijos.

En tercer lugar, el miedo a las críticas no desempeña un papel intrascendente, sin duda, en este desprecio por el hecho de haber nacido en el mundo en que he nacido. Diferir de la mayoría de la humanidad, adoptar una postura mal vista sobre un tema que no es aceptable, pone a prueba la aptitud del mejor de los participantes en un debate, del mejor de los pensadores, de los oradores más hábiles. Hacer eso en la mesa de la cocina, en el trabajo, en una comida familiar, requiere mucho coraje, un amor inmenso y unas sofisticadas habilidades comunicativas. ¿Y quién de nosotros cree tener todo eso?

El proceso del discurso humano es arriesgado. Los demás hablan con más claridad y son más convincentes que nosotros. Los demás están mejor formados que yo. Los demás tienen autoridad, togas y sotanas, insignias y títulos que nosotros no tenemos ahora ni tendremos nunca; y confrontar estas cosas supone una templanza de especial calibre. Puedo perder. Puedo quedar como un idiota. Pero todo el mundo tiene que ser perfecto en algo. ¿Qué puede haber más valioso que otorgar el don de la pregunta perfecta en un mundo incómodo con las respuestas, pero demasiado asustado, demasiado complaciente o demasiado ambicioso como para volver a plantear estas dudas?

En cualquier caso, estoy segura de que el coraje para hacer preguntas es parte de lo que se requiere para que nazca en nosotros un alma cristalina. De hecho, yo misma he sido testigo de ello.

Era el Día de la Madre en la parroquia de una pequeña localidad. Todo marchaba perfectamente. Los niños iban de punta en blanco. Las mujeres llevaban ramilletes.

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Hombres que desde hacía meses no pisaban la iglesia estaban sentados en los bancos. Las monjas cantaron himnos especiales, y el sacerdote tenía preparada una homilía especial. Sin embargo, antes de que pudiera empezar, una mujer se puso en pie en medio de la capilla y dijo en voz alta y clara: «¿Por qué va a pronunciar un hombre esta homilía? Es el Día de la Madre. Ningún hombre debería pronunciar esta homilía. Debería hacerlo una mujer”.

La comunidad adoptó una postura de asombro e incomodidad. El sacerdote se aclaró la garganta para comenzar de nuevo. La mujer se levantó una vez más y dijo: «Tengo algo que leer». Y recitó un poema sobre la fuerza y los dones de las mujeres. La acompañaron amablemente hasta la puerta de la iglesia, por supuesto, calmándola por el camino.

La anécdota fue la comidilla durante varios días; la contaban con un poco de nerviosismo, un tanto impactados. Pero nadie ha olvidado el incidente. Nadie ha olvidado la pregunta. Después de dos mil años sentados en silencio, bajo una represión indecente, les asombró la indecencia de una mujer que puso en riesgo su estatus y su comodidad y se atrevió a pronunciarse en voz alta y ejercer de madre de las mujeres del mundo. Pero creo que nadie ha olvidado el mensaje, ni lo olvidará jamás. Y ¿quién sabe? Quizá, gracias a ello, algo naciera en aquella parroquia que algún día, por fin, saldrá a la luz. Fue un pequeño acto de valentía personal, pero no debe tomarse a la ligera.

Y es que en verdad hay un «tiempo de nacer». Es un imperativo espiritual. Hay un momento para salir del cobijo de uno mismo a fin de que los demás vivan.

Aunque pueda ser socialmente difícil, el soportar las cargas de nuestro tiempo como propias acarrea grandes recompensas espirituales para vivir este tiempo llenos de integridad, sin fraude. Nos convertimos en las mujeres y los hombres que somos capaces de ser. Nos convertimos en los padres que deberíamos ser. Nos hacemos adultos espiritualmente.

Criticaron a la mujer que reivindicó a las mujeres en la iglesia el Día de la Madre, pero a mí me recordó a Jesús, que también se rebeló en un templo que hablaba de la piedad divina y luego infligía injusticias a los pobres. Dijeron que la mujer no tendría que haber dado «ese espectáculo por una causa personal» delante de sus hijos, porque les daba mal ejemplo. Pero yo no estoy tan segura. Quizá, lo que hizo su madre sea el mejor ejemplo que tendrán de cómo exponerse al ridículo para defender una creencia propia. Dijeron que la mujer «no debería haber avergonzado al sacerdote de aquella manera» en público, pero quizá, solo quizá, la única forma de poner fin a la invisibilidad pública de las mujeres consista en que los demás sientan el mismo tipo de vergüenza por su existencia que sienten ellas.

Una cosa es segura: la mujer tenía los dones espirituales que se derivan de tomar en serio que el tiempo en el que nacemos es el tiempo en el que debemos nacer, el tiempo que nos espera a nosotros y nuestros dones, el tiempo que es nuestro para poner nuestra vida a salvo. Era una mujer libre y con autoestima. Tenía lo que todos necesitamos para

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afrontar los altibajos de la época en que vivimos. Sin la libertad interior necesaria para desafiar las cadenas de la costumbre, sin la autoestima necesaria para confiar en nuestra propia verdad, nos enfrentamos desprevenidos e inconscientes a nuestros mundos.

La libertad es la piedra de toque de la verdad. Nuestro tiempo aquí es breve, y hay mucho que hacer. Por eso cultivamos una pasión por la verdad. Debemos buscarla, exigirla y compartirla. Y una vez que hayamos superado los niveles de propiedad y protocolo que conspiran para fingir que lo que no es cierto es necesario, seremos libres para siempre. Nadie podrá volver a esclavizarnos.

La autoestima es la bendición que llega con la honestidad. Con autoestima no podemos perder absolutamente nada. Los versos de Longfellow tienen un valor inmortal: «Quienes se respetan a sí mismos están a salvo de los demás; lucen una cota de malla que nadie puede perforar». Cuando hayamos hecho lo que hay que hacer, lo que nos ha tocado hacer en este tiempo, en esta era, en este lugar, podremos vivir con la cabeza alta y el corazón intacto, perdamos lo que perdamos. Entonces nadie podrá superarnos, ni siquiera cuando perdamos la batalla. Entonces, nunca moriremos antes de haber vivido.

Así es: este tiempo es mi único tiempo de nacer. De hecho, de él dependen los dos pilares de mi vida: la libertad de mi alma y mi autoestima eterna.

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3. Tiempo de perder

En su serigrafía del texto del Eclesiastés, el artista John August Swanson ilustra el panel «Tiempo de perder» con una imagen de Adán y Eva en el momento en que son expulsados del Jardín del Edén. «¿Tiempo de perder?» Bueno, a mí no me lo explicaron así en la escuela. Cuando Adán y Eva fueron expulsados del Edén, no se produjo, según mi profesora, una situación que pudiera definirse como de «pérdida». Se acercaba más a la desgracia, la vergüenza y la completa degradación humana. Gracias a ellos, gracias a su insensato y lamentable fracaso, nos explicaba ella, nada había ido bien desde entonces. Para nadie. En un lamentable error, insistía, lo habíamos echado todo a perder. No, la hermana Laura no habría titulado esa imagen «Tiempo de perder», como si este fuera tan solo otro de los pequeños procesos de la vida. Seguramente le habría llamado «Tiempo de ser castigados» o «Tiempo de arrepentirse», o algo que, al menos, no dejara lugar a dudas sobre el hecho de que se había tratado de una pifia, sobre quién era el culpable y sobre lo que había que hacer al respecto. La hermana Laura era una purista.

Durante años le estuve dando vueltas a aquella escena. Y, con el tiempo, empecé a pensar que quizás a la hermana Laura se le había escapado algo y que, con ello, también yo había estado cegada por mucho tiempo. Gracias a ese tipo de teología, me había empapado del impulso de otra clase de significados y de otra clase de etiquetas. Como consecuencia de esa forma de pensar, cualquier fracaso me parecía algo malo. Como un niño que tropieza y da al traste con una reliquia familiar, me sentía llena de pecado, en lugar de llena de promesas. Había dejado pasar por completo el concepto más certero de la Iglesia, cantado en el extático Exultet de la noche de Pascua, cuando por fin Adán y Eva reciben su parte de alabanza. «¡Oh, feliz culpa!», canta la Iglesia a pleno pulmón. «¡Oh, feliz culpa!», que nos trajo la necesidad de este Salvador. «¡Oh, feliz culpa!», que nos trajo adonde estamos.

«Ningún mal está exento de compensación», escribió el retórico romano Séneca. «Cuanto menos dinero, menos problemas; cuanto menos poder, menos envidia». En otras palabras, nada es malo del todo.

En China se cuenta una historia encantadora sobre un granjero que tenía un solo caballo que le ayudaba a tirar del arado en tiempo de siembra. Un día, el caballo rompió las cuerdas que lo sujetaban y salió huyendo a las colinas. «En fin; para bien o para mal», se dijo el granjero. «¿Quién sabe?»

Y, como era de esperar, unas semanas más tarde el caballo regresó al galope desde la montaña, a la cabeza de una tropilla de caballos salvajes. Cuando llegaron al corral, los vecinos se pusieron locos de contento. «En fin», dijo el anciano en voz queda para responder a las felicitaciones, «para bien o para mal. ¿Quién sabe?»

Y, como era de esperar, durante la cosecha, el único hijo del granjero, su heredero, se cayó del caballo al que estaba entrenando, y este, de una sacudida, le destrozó la

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pierna. Los vecinos sufrían por el anciano, cuya cosecha estaba ahora en peligro. «En fin, puede para bien o para mal. ¿Quién sabe?», dijo el granjero encogiéndose de hombros, al ver que gran parte de su cosecha se perdía en el campo.

Unas seis semanas después, un caudillo militar atravesó el valle llamando a filas a todos los jóvenes del pueblo para que lucharan en la última guerra feudal. A todos, excepto a uno. El caudillo no quiso que el hijo del granjero, un lisiado, formara parte del noble ejército de su majestad. Y cuando los vecinos, dolidos por la pérdida de sus propios hijos, envidiaron al viejo granjero por contar con la presencia del suyo, él se limitó a juntar las manos y a decir: «En fin, para bien o para mal. ¿Quién sabe?»

El hecho es que la pérdida no solo no siempre es mala, sino que además a veces es un gran bien que se presenta de incógnito. Los Estados Unidos, por ejemplo, nunca perdieron una guerra hasta que cayeron ante un ejército de guerrilleros vietnamitas, y entonces, por primera vez, la guerra se convirtió en una política exterior menos segura de lo que jamás lo había sido en la historia del país. Si no se hubiese arrojado al joven abogado indio Mohandas Gandhi de un tren en Sudáfrica por ser de color, es probable que el movimiento que más tarde se extendería como la resistencia no violenta no hubiera llegado a desarrollarse. Es más, sin él, la propia India quizá no habría ganado la independencia de Inglaterra hasta muchos años después, ni los Estados Unidos habrían conocido su propio movimiento por los derechos civiles y la no violencia que se desarrolló gracias a aquel mismo estímulo. Si Helen Keller no hubiese sido sorda, tal vez toda la comunidad mundial de sordos seguiría hoy torturada por el silencio.

Y en nuestras vidas sencillas, muchas pérdidas entretejen la madeja de la realidad. La muerte del padre se convierte en el comienzo de una vida totalmente nueva para toda la familia. La pérdida del trabajo supone el inicio de una carrera nueva y mejor. La ruina económica significa la oportunidad de liberarnos del estilo de vida postizo que había sedado nuestras mentes y plastificado nuestras cabezas. La pérdida está pensada como invitación a otras opciones.

Para quienes conocen la pérdida, la vida pide a gritos satisfacción, y las posibilidades son inagotables.

Sin embargo, aprender el valor de la pérdida es un viaje a lo desconocido. La pérdida saca de quicio al espíritu de esta cultura. No enseñamos a nuestros hijos a perder. Les enseñamos cómo perder, es decir, les enseñamos los rituales de la pérdida; pero no les enseñamos el papel de la pérdida en la vida.

En este mundo aprendemos enseguida que perder es un fracaso, más que simplemente otra vía hacia un objetivo distinto. Todo lo que aprendemos desde la infancia está pensado para poner a prueba nuestra capacidad de éxito y nuestras habilidades para competir. No tiene mucho que ver con nuestro talento para la vida en sí misma.

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Les enseñamos que los juegos son la vida. Decimos que los juegos conforman el carácter y generan confianza, y luego, si son estudiantes, los sobornamos para que jueguen por nosotros y les inflamos las notas. Si son jugadores profesionales, les pagamos escandalosas cantidades de dinero para que ganen para nosotros, y luego los multamos por recurrir a las drogas o generar las peleas que nuestra necesidad de triunfo les exige. Y al terminar el juego, dejamos que nuestros jóvenes hagan cola para darse apretones de mano y salir a tomar algo, y les susurramos al oído que «nadie se acuerda del que quedó segundo», y que «ganar no lo es todo, es lo único».

Luego nos preguntamos por qué las estadísticas de suicidios, divorcios y violencia de género se disparan tras las crisis económicas. Nos echamos las manos a la cabeza cuando algunas familias arrojan la toalla. No damos crédito al ver que el grado de delincuencia en la clase media ha aumentado para cubrir errores en la gestión de la economía y en los negocios y las humillaciones sociales. Nos lamentamos por la viudez, los cambios en la empresa y los planes frustrados, como si fueran la peste. El juego está para ganarlo. Y todo forma parte del juego.

Hemos olvidado la virtud de perder. Hemos destrozado la creatividad de la pérdida. Hemos convertido el ciclo natural de aprendizaje mediante el error en vergüenza, en culpa y en rabia.

Pero el Jardín del Edén no consistía en eso. «Lo que Dios le concedió a Adán», escribió Elie Wiesel, «no fue el perdón de los pecados. Lo que Dios le concedió a Adán fue el derecho a volver a empezar». Si queremos mantenernos mentalmente sanos, si queremos vivir una vida plena y vibrante, debemos recordar la lección del Jardín del Edén. Es el exquisito arte de aprender a equivocarse.

La pérdida puede ser algo maravilloso y liberador. Concede a unos pocos lo que demasiado a menudo niega a la mayoría. Le proporciona a una persona la oportunidad de empezar de nuevo en la vida y desprenderse de los desechos y las acumulaciones de los años. Dice que llevamos dentro lo necesario para aprender del pasado y adaptarnos al futuro. Dice que la resiliencia es un don para quienes buscan respuestas.

Hay dos obstáculos que debemos superar dentro de nosotros si queremos que la pérdida se convierta algún día en el elixir de la vida que debería ser. La primera barrera a la experiencia liberadora de la pérdida es la necesidad de éxito. La segunda barrera es la corrupción, que acarrea la necesidad de control.

La pregunta, por supuesto, es sencilla: ¿Triunfaron o fracasaron Adán y Eva, nuestros arquetipos de la raza humana? La respuesta, creo yo, depende de si los concebimos como humanos o como divinos. Si los creemos cuasi divinos, sí que fueron un estrepitoso fracaso, por haber sido conocedores de la verdad y haberla menospreciado en contacto con las alturas y despreocupados de ellas. Impostores impetuosos fueron ambos para los dioses, y también una vergüenza para el género humano. El hecho, con todo, es que Eva y Adán eran humanos, no ángeles, y que comer la fruta prohibida fue la acción más humanizadora que acometieron. ¿Qué ocurre si el verdadero mensaje del

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relato del Edén es que la esencia de la humanidad consiste en tropezar de un árbol frutal en otro, intentando hacerlo bien, buscando la «diferencia entre el bien y el mal», pero siendo capaz de aprenderla solo por las malas? En tal caso, la lección que la raza humana debería aprender del Jardín no sería que Dios estuviera furioso porque Adán y Eva no fueran dioses, sino que Dios sabía que ellos necesitaban aprender que eran humanos, que la vida no sería fácil, que habría no pocas dificultades y, sobre todo, que sobrevivirían a todas ellas, una tras otra.

El éxito –implica el Eclesiastés– no es la capacidad de mantener la buena suerte; es la capacidad de sobrevivir a la pérdida. Es, de hecho, la redefinición del éxito que la pérdida trae a la vida en alas doradas.

La segunda barrera que nos impide comprender el valor de la pérdida puede ser la más difícil de negociar de todas. La pérdida del sentido de uno mismo que comporta la derrota trae consigo la lucha que no podemos nombrar y al demonio que no podemos vencer. Si no consigo el trofeo, ¿sigo siendo un atleta? Si me quedo sin el ascenso, ¿sigo siendo alguien de cara al público? Si no obtengo logros, ni acopio de tesoros, ni listado de títulos, ni una multitud a la que sumarme, ¿soy alguien? ¿Cómo se enfrenta a la sociedad una mujer divorciada? ¿Cómo empieza una viuda a arreglárselas por sí sola? ¿Cómo se enfrenta al mundo el anterior presidente? ¿Cómo se enfrenta el quarterback derrotado a la familia que lo educó para ganar? ¿Cómo se redefinen las personas después de la pérdida? La respuesta, por supuesto, se halla en el Eclesiastés. Debemos redefinirnos como lo hicieron Adán y Eva: como Adán y Eva, las mismas personas, pero ahora más sabias y abiertas a la promesa de una nueva vida.

Los efectos espirituales de la pérdida son profundos. Llegamos a conocernos a nosotros mismos en las contiendas que no supimos ganar, en las cumbres que no pudimos escalar, en los objetivos no alcanzados y en la pérdida de un amor sin el que no sabríamos vivir. Entonces, como Adán y Eva, conducidos desde los edenes de nuestra vida por las deficiencias de nuestra alma, vemos quiénes somos realmente y de qué estamos hechos. Y nos asombramos. Descubrimos que tenemos la capacidad de sufrir igual que la de ganar, y entonces nos damos cuenta de que, en realidad, ya no podemos volver a perder. Se nos puede hacer vivir con menos de lo que antes teníamos o deseábamos, o de aquello con lo que quizá soñábamos, pero nunca se nos puede hacer creer que la vida se acaba cuando algo muere, las personas se marchan, las imágenes se desdibujan, o el mundo se convierte en un tiempo más incontrolable.

El autoconocimiento es lo que ocurre cuando descubrimos que lo que no podemos hacer no es lo único que podemos hacer. Quizá no pueda ser actor y no obtenga el deseado papel; pero si sé realizar decorados, puedo convertirme en diseñador. Quizá no pueda ser el ejecutivo de la empresa y no me den el puesto que deseaba, pero puedo ser su pilar. Quizá no pueda ser un gran artista y nadie compre mis cuadros, pero puedo embellecer cada habitación pobre y escuálida en la que entre.

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académico confuciano Ouyang De nos enseñó que «El agua de la fuente y el agua de río abajo no son dos naturalezas distintas. [...] Todo cuanto vemos, oímos, pensamos y hacemos se debe al cielo. Lo único que tenemos que hacer es reconocer qué es verdadero y qué es falso».

Lo que es innegable es que somos más que aquello que nos esforzamos por conseguir. Lo que es falso es que perder algo sea nuestro fin. Lo que es innegable es que, de hecho, perder algo puede ser el comienzo de un estimulante mundo nuevo, de una vida completamente nueva, de una forma de ser totalmente distinta e incluso más gratificante. Lo que es real es que el agua de la fuente y el agua de río abajo no son dos naturalezas distintas. Lo que somos cuando llegan los grandes cambios de nuestra vida es lo que debemos llevar a la siguiente fase vital.

Las cosas, la posición y los títulos no nos hacen a nosotros; nosotros los hacemos a ellos. Ninguna persona que obtenga un determinado puesto es ni un ápice más de lo que era antes de obtenerlo, y el hecho de no conseguirlo no le hace ser menos en absoluto. Lo que no teníamos antes de descubrir los diamantes no lo seremos cuando los encontremos. Un necio con un diamante no es más que un necio con un diamante.

«El arte de perder no es difícil de dominar», escribió Elizabeth Bishop. «Hay tantas cosas que parecen tan destinadas a perderse que su pérdida no es un desastre». La pérdida es, simplemente, otra forma de acceder a la vida. Si hay algo que no estamos dispuestos a perder, nos veremos obligados a mantenerlo a toda costa. Si hay algo que no estamos dispuestos a perder, disminuye nuestro sentido del alma y la profundidad de nuestro espíritu. Esta definición de la vida es demasiado limitada como para promoverla, demasiado peligrosa de mantener. Es tiempo de perderla.

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4. Tiempo de amar

Seguramente Thornton Wilder ya haya dicho casi todo lo que se puede decir sobre el tema. Escribió: «Hay una tierra para los vivos y una tierra para los muertos, y el único puente es el amor, la única supervivencia, el único sentido». Lo que Wilder no dijo es que es muy fácil entusiasmarse con el amor, y que mucha gente lo hace. Es muy fácil fantasear con el amor, e industrias enteras se dedican a ello. Es muy fácil distorsionar el amor y llamarlo «matrimonio».

Hay muchas cosas que se hacen pasar por amor, pero a las que en realidad podría aludirse con un nombre más apropiado. El sexo, el matrimonio y la convivencia forman juntos la farsa que se ha comprado y vendido como grados variables de compromiso y de felicidad eterna.

Veámoslo de este modo: cualquier cosa que, de una forma u otra, degrada, rebaja o destruye a una persona no es amor, por más que se proclame a gritos lo contrario.

Por extraño que pueda resultar el concepto del amor como experiencia enardecedora en un mundo proclive a una premeditada y perniciosa violencia, este no deja de ser el lugar del corazón, aunque hoy nos resulte ajeno y hasta exótico. Vivimos en una cultura que abusa de los niños y lo denomina «amor», pero ese tipo de abuso nunca ha producido adultos sanos. Vivimos en una sociedad condescendiente con la violación conyugal, a la que también denomina amor, pero semejante crueldad nunca ha producido hogares sanos. Generamos un público cuyos miembros se humillan entre sí en nombre de la «verdad», hasta que la gente se muere de vergüenza, y lo calificamos de «amor duro», pero la degradación nunca ha desembocado en amistades santas. Hay que revisar el amor.

Es el sexo el que mueve esta cultura, no el amor. Como no podemos negar la verdad feminista de que, en general, las mujeres son tratadas como objetos al servicio del hombre y para la satisfacción este, ahora ridiculizamos el feminismo en sí mismo como desvergonzado, absurdo, antinatural y estridente, como si alguien se pusiera a gritar «¡Fuego!» en la ducha. Pero ahí están las estadísticas, que gritan «¡Mentira!» a quienes estén dispuestos a ver las cosas con objetividad. Pagamos menos a las mujeres que a los hombres, aun cuando realicen un mismo trabajo, excepto en el caso de las prostitutas y las modelos, y afirmamos respetarlas. Ahora les otorgamos títulos sofisticados –directora adjunta a la Presidencia, por ejemplo–, pero seguimos empleándolas como secretarias y afirmamos respetarlas. Adoptamos sus ideas ideas, pero las ignoramos a la hora de conceder ascensos, aunque decimos que las valoramos. Trivializamos sus problemas de salud, pero les cobramos más por el seguro médico y afirmamos preocuparnos por ellas. Decimos que Dios las hizo iguales a los hombres, pero no queremos que desempeñen un papel relevante en nuestras iglesias, y aseguramos desear su liderazgo moral, pero no les concedemos liderazgo alguno. Confundimos los roles biológicos y los de género,

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utilizando los unos para definir los otros, y afirmamos verlas como personas de pleno derecho. Interpretamos la maternidad como eternamente determinante, pero definimos la paternidad como un fenómeno efímero, y declaramos que no hay diferencia entre nuestras expectativas de paternidad y nuestras exigencias sobre la maternidad. Ponemos a una mujer de muestra en cada comité para que el resto de las mujeres se queden fuera, y aseguramos creer en la igualdad. Chasqueamos la lengua en señal de desaprobación cuando habla una mujer, nos mostramos condescendientes con ellas, las minusvaloramos y consideramos que esa es «la voluntad de Dios respecto de ellas». Y luego se nos llena la boca diciendo cuánto las queremos...

Pero eso no es amor, sino puro sexismo. Eso no nos beneficia a ninguno de nosotros. No hay matrimonio posible construido sobre semejante tipo de abuso humano. Ninguna verdadera amistad entre los sexos puede descansar sobre semejante base. Eso no es sino en menosprecio de la mitad de la raza humana, así como un ácido que corroe el alma de los hombres.

El sexismo ha entorpecido el desarrollo de los hombres, del mismo modo que ha bloqueado el desarrollo de las mujeres, convirtiendo a aquellos en víctimas hasta un límite que roza el absurdo. Si no están dispuestos a maltratar a otros seres humanos por razones deportivas o políticas, se les condena al ostracismo por causa de su debilidad. Si el dinero no es su único objetivo en la vida, se les tilda de fracasados. Si de pequeños comienzan a manifestar alguna emoción, se les dice que actúen como «hombrecitos», y luego, cuando son adultos, descubren que no tienen sentimientos ni emociones a los que poder recurrir. Se les exige que se responsabilicen de personas que, en muchos casos, son más inteligentes que ellos. Por eso, como no son capaces de hacerlo y no se atreven a reconocerlo, se sienten hostigados y ridiculizados durante toda su vida. Entonces, en su frustración, se convierten en unos bravucones y maltratadores para demostrar su hombría. Y, finalmente, mueren jóvenes por exceso de trabajo, de preocupaciones y de exigencias.

Ponemos a las mujeres en pedestales, y a los hombres en altos cargos; pero ni una cosa ni la otra suple su condición de seres humanos. El que te permitan ser media persona no es una recompensa. El sentirnos seducidos por las limitaciones del sexismo es ventajoso para algunos de nosotros, pero nos resta valor a todos. El matrimonio y el machismo, la pornografía y la pasión, la dominación y la vida en pareja no son sinónimos. Pero seguimos vendiendo el sexo, el sexismo y todo lo demás llamándolo «amor».

El amor que es más real que autocomplaciente no lleva a la persona a las alturas de lo inalcanzablemente romántico, sino al nivel de lo bello y lo auténtico. El amor que no libera a cada una de las partes para ser plena y perfectamente ella misma no favorece a ninguna de ellas y defrauda a ambas. Es una falsedad tan básica que ni todos los consejeros matrimoniales del mundo ni recubrimiento alguno de cualidades personales pueden sanar su corrosión. El hombre que se casa para tener a alguien que lo cuide, que

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desea tener una esposa «chapada a la antigua», cuyo papel en la vida consista en vivir exclusivamente para él, de hecho no quiere a nadie más que a sí mismo. En el mejor de los casos, estos individuos tratan de comprar el afecto con dulces y con flores, pero lo que hacen en realidad es eso: comprar. La mujer que desea «casarse con un médico» para tener una preciosa casa y un montón de dinero está reduciendo al hombre al nivel de una ayuda doméstica, y el matrimonio a un acuerdo comercial, con independencia de lo bien que sepa desempeñar su papel en sociedad.

El amor es cuestión de total y absoluto respeto, veneración y apoyo. Ha de ser enseñado (y aprendido), no ser objeto de una especie de «ruleta hormonal». La química acelera el amor, pero ni lo demuestra ni será capaz de sostenerlo.

Desafortunadamente para quienes lo simplifican alegremente, el amor es una paradoja. A la vez que exige un compromiso total para con el bienestar del otro, requiere también comprometerse totalmente con el propio bienestar. Enseñamos a sentir auténtica devoción por el otro, pero no comprendemos que el desarrollo del yo es igualmente importante, si es que tiene que existir algún tipo de relación. Aplaudimos lo primero y nos avergüenza lo segundo. Consiguientemente, es muy poco lo que enseñamos acerca de un amor verdaderamente válido.

El amor reside en la santificación de la amistad: mala noticia, realmente, para quienes se han sacrificado a la pantalla de humo de la atracción física o del estatus social, y no al corazón y la sencillez. La amistad, un tema sobre el que filosofaron abundantemente los antiguos, se encuentra sometida en el alma occidental a los efectos de un cloroformo que adopta los nombres de compañerismo, trabajo en equipo y sutileza social. Hemos desfigurado de tal modo el concepto que apenas si significa ya algo. En este punto no hay supervivencia ni sentido ni compromiso real. La amistad es un asunto bastante más serio que todo eso.

La amistad requiere el encuentro entre iguales. «La amistad es una mente en dos cuerpos», escribió Mencio, el gran pensador chino. La amistad brota con la emoción eléctrica que nos invade cuando reconocemos en una mente el espejo mismo de la nuestra, no su eco ni su contrario, ni tampoco su silenciador. La igualdad y la sinergia son la piedra de toque de la amistad, la medida de su significado, el hilo de seda de la supervivencia que constituye su urdimbre y su trama.

Lo que busco en un amigo es a alguien que me apoye cariñosamente y me diga la verdad, aunque duela. Al amigo le presto toda mi atención e interés, mi solicitud más auténtica, mi más profunda consideración. En la mirada de un amigo descubro que soy atractiva, en su soy cautivadora, y sus respuestas me hacen saber que tengo algo valioso que decir. En un amigo veo a alguien a quien respeto por poseer unas cualidades que yo admiro, y veo también a alguien que, por más sorprendente que me resulte, me respeta a su vez porque poseo unas cualidades que a mí me cuesta ver en mí misma. En presencia de un verdadero amigo, percibo mis auténticas cualidades.

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cohesión a mi vida, el punto central que mantiene unido todo lo demás y lo juzga en lo que vale. La amistad es un juego sumamente exigente y en el que todo es posible, pero en el que únicamente lo mejor de ambas partes supera la prueba de lo aceptable. Los amigos no me desaprueban; me preguntan. Los amigos no me bloquean; me facilitan. Los amigos no me controlan; me acompañan. Los amigos no me dominan; fomentan lo mejor que hay en mí hasta eliminar toda negatividad. Los amigos no me ahogan; me liberan. Me aman tal como yo deseo que me amen, no como ellos quieren amarme. Un amigo es la otra cara de mi alma.

Allí donde no hay un amigo, no hay verdadera conversación, sino simple parloteo. Allí donde no hay un amigo, no hay un consejero de fiar, sino meros oyentes eventuales, básicamente despreocupados y esencialmente indiferentes. Allí donde no hay un amigo, puede haber muchas personas que necesiten mis servicios, pero no hay nadie cuya existencia me resulte maravillosa y cuya muerte me resulte insufrible.

La pérdida de un amigo no es como un hueco que se produce en el entorno; es un desgarro en el corazón para siempre. Nada reemplaza la pérdida de un amigo, porque cuando un amigo desaparece, se cierra en la propia vida una puerta que nunca podrá abrir nadie más. Pienso que el poeta William Blake conocía perfectamente el problema cuando escribió: «Tu amistad ha hecho que me doliera a menudo el corazón; prefiero que seas mi enemigo... por el bien de la amistad».

Sin amistad, la vida avanza con dificultad en la mecánica del amor, pero carece del alma de este.

Es cierto que la amistad puede existir en el matrimonio. Pero lo que es peligrosamente más cierto es que el matrimonio no puede existir sin la amistad, aun cuando tal matrimonio no se rompa nunca. La amistad es todo cuanto necesitamos en relación con el matrimonio. Cuando desaparece la química, y la luna de miel da paso a la preocupación por la hipoteca, si no hay amistad, no hay matrimonio. Ni el tiempo ni los hijos ni los formalismos van a solucionarlo. Son la igualdad y la sinergia las que convertirán el matrimonio en amistad, y la amistad en amor.

Hay dos cosas que socavan el corazón humano e impiden el desarrollo del amor en nosotros. Una de ellas es el narcisismo, y la otra es la falta de autoestima. Los narcisistas creen quizás, aunque rara vez lo reconocen, que han nacido para que los demás les sirvan o bien dependan de ellos. Es el caso del marido que «ayuda en las tareas de la casa» y «cuida de los niños una noche a la semana para que la mujer pueda salir con sus amigas». Es también el caso de la mujer que está de morros y se queja porque «él jamás tiene un detalle con ella», pero que tampoco se permite tener un detalle para consigo misma. Piensa que es cosa de su marido hacerla feliz. Estas personas traspasan a otras la responsabilidad sobre sus vidas y hacen uso de todo cuanto tienen a su alcance para sus propios fines. Toman y toman y toman..., pero no dan nada a cambio. Pretenden que en su matrimonio los «roles» estén claramente definidos en función de su propia conveniencia.

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El otro obstáculo para una sana amistad es la baja autoestima. Lo que no tenemos dentro no podemos dárselo a los demás. Lo único que podemos hacer es aferrarnos a alguien en busca de refugio o de identidad. Pero ni siquiera ese aferrarse a alguien es merecedor de un afecto eterno. Por eso, antes o después, la relación se revela clara o imperceptiblemente como lo que en realidad es: un simulacro de relación. Cuando un matrimonio está en función de que una vida tenga que perderse para que la otra pueda ser vivida, lo de «matrimonio» es una forma equivocada de referirse a lo que no es sino «domesticación».

De modo que, paradójicamente, una amistad que no es independiente no es amistad en absoluto. Y lo que es tal vez más importante, dentro de la actual confusión de roles sexuales y del desarrollo personal: un matrimonio que depende de que quede anulada una de las partes no es en modo alguno una relación. Ella es algo más que una madre: es una persona con sus talentos y sus ideas. Y él es algo más que un «proveedor»: es un hombre con sus sentimientos y sus temores. Un matrimonio basado en la amistad ofrece posibilidades a ambos y no sofoca a ninguno.

«El matrimonio», escribió Joseph Barth, «es nuestra última gran oportunidad de madurar». Es, en otras palabras, nuestra esperanza dorada de realizarnos plenamente en una unión que nos compromete, pero no nos ata; que nos conecta, pero no nos impide ser la persona que cada uno de nosotros está llamado a ser.

Los efectos espirituales del amor son incontables, pero hay tres especialmente significativos. Conocer el amor es conocer una confianza embriagadora y libre. Una vez que nos hemos amado el uno al otro, somos capaces de amar al mundo. Una vez que hemos descubierto el inesperado tesoro, suponemos que podemos encontrarlo en todas partes. Entonces el amor se convierte en un recurso natural, en un elemento del universo, en una energía que aprendo a explotar de persona a persona en mi vida.

Pero si percibir la gloria en otra persona es para nosotros una invitación a apreciar la gloria en el mundo entero, entonces el atisbar las maravillas de Dios en mí mismo es una invitación a comprender el significado del cielo ya ahora. Justamente aquí y ahora. Ser amado por alguien es ser renovado una vez más, es conocer el brillo que acompaña al hecho de ser importante, es descubrir lo que significa ser fascinante.

–¿Qué es lo que le atrae de ti a tu prometida? –le preguntó la madre a su hijo perdidamente enamorado.

–Piensa que soy guapo e inteligente, que tengo talento y que bailo muy bien – respondió él ensoñadoramente.

–¿Y qué es lo que te atrae a ti de ella? –preguntó de nuevo la madre.

–Que piensa que soy guapo e inteligente, que tengo talento y que bailo muy bien – replicó el hijo.

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insignificancia y nos procura el coraje para arriesgarnos con otras personas. El amor nos enseña además la grandeza de un Dios que hace milagros valiéndose de las carencias de un yo limitado. Ello nos proporciona estima, admiración, consideración y respeto. El amor hace que nos sintamos bellos y maravillosos. Nos eleva por encima de la rutina de lo ordinario para coronarnos con una sorprendente plenitud de vida. Conlleva una catarata de aprobación, orgullo, afirmación y atención que hace llevaderos los días interminables, y soportables los tiempos difíciles. El amor nos hace capaces de amarnos a nosotros mismos, y esta es la preparación fundamental para poder amar a cualquier otra persona.

El amor, por último, nos adentra en el corazón de Dios. Los maestros jasídicos refieren la historia de un rabino que, según pensaba su comunidad, desaparecía cada noche de šabbat «para encontrarse a solas con Dios en el bosque». De modo que una noche de šabbat encargaron a uno de sus cantores que siguiera al rabino y fuera testigo del sagrado encuentro. El rabino se adentró cada vez más en el bosque, hasta que llegó a la casita de una anciana pagana que padecía una enfermedad terminal y se hallaba postrada por el dolor. Una vez allí, el rabino le preparó la comida, encendió la chimenea y barrió el suelo. Luego regresó de inmediato a su humilde vivienda, aneja a la sinagoga.

De vuelta en la aldea, la gente preguntó al que habían enviado a seguirlo: –¿Se elevó hasta el cielo nuestro rabino, tal como pensábamos?

–¡Oh, no! –respondió el cantor después de reflexionar durante unos momentos–. Nuestro rabino se elevó mucho más alto.

El mensaje del rabino abrasa el alma: el amor no es para nuestro propio provecho. El amor nos libera para ver a los demás tal como Dios los ve.

Amar es conseguir ver más allá y sin dejarse influenciar por el buen gusto, el sentido común y el juicio prudente. El amor nos ve tal como somos realmente y tal como podemos ser.

El amor ve en nosotros poco, pero bueno, y perdona todo cuanto no lo sea. Lo vemos a diario y, desde la prepotencia de nuestras almas resecas, lo tildamos de ridículo cuando, tal vez, deberíamos considerarlo sagrado. El amor insensato, de hecho, puede ser todo cuanto lleguemos alguna vez a conocer acerca del amor de Dios en la tierra y, al final, será todo cuanto cada uno de nosotros necesite. Entonces sí será realmente «el puente, la supervivencia y el sentido».

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5. Tiempo de reír

Si existe alguna prueba de que la vida espiritual, la vida santa, no ha de identificarse con la adustez y la depresión, es precisamente esta. Estoy segura de que el Eclesiastés, el libro de Qohelet, no es la lectura de cabecera de la mayoría de las personas que conozco. De hecho, es un libro serio, un libro que no debe tomarse a la ligera. De modo que podemos confiar en él, ¿no es verdad? Efectivamente. Y Qohelet, por muy claramente que afirme que hay «un tiempo para llorar», dice también que hay un tiempo para reír. «Hay un tiempo para cada cosa», dice. Y de vez en cuando es tiempo de reír.

Se han dicho cosas muy serias sobre la risa. Algunos de los ensayos más aburridos que se han escrito han tenido por objetivo diseccionar la risa o, al menos, ahuyentarla de la faz de la tierra. Siendo como soy una amante de la risa, yo solía comprar esos libros, convencida de que me irían bien para la digestión y para la mente. La verdad es que compré dos volúmenes diferentes de artículos sobre el tema porque, después de leer el primero, estaba segura de que se trataba de una sátira que yo no había alcanzado a entender. Para cuando terminé la segunda tanda de artículos, sin embargo, me di cuenta de que nunca en la vida había estado en una compañía tan socialmente dañina. Ahí había un grupo de personas que, sin ayuda de nadie, eran capaces de arrancarle la sonrisa de la cara a un payaso. Ahí había una reflexión maliciosa que intentaba pasar por benigna. Estoy convencida de que el análisis académico de la risa no era lo que Qohelet tenía en mente.

Yo creo que Qohelet hablaba de esa ventilación del alma, de esa respiración del espíritu que llega en la conciencia irreprimible de lo incomprensible, de lo imposible y de lo disyuntivo –un perro que sabe jugar a las cartas o un Dios que no sabe jugar al golf–. La risa señala el momento en que fallan todas las reglas vitales, y el mundo no se acaba cuando el campo de juego de la vida se nivela y los siervos se ríen de los reyes, y las reinas se caen de culo en las tierras del granjero, cuando los hijos confunden a los padres, y personas aparentemente insignificantes se hacen valer.

–Joven –dijo la maestra–, dado que no le parece necesario prestar atención en esta clase, díganos, por favor, qué ocurrió en 1898.

–Se hundió el acorazado Maine, señorita –respondió el alumno. –¿Y qué pasó entonces en 1900? –insistió la maestra.

–Que se cumplieron dos años desde el hundimiento del acorazado Maine, señorita. De pronto la vida es gloriosa de nuevo, cualquier cosa es posible, y la derrota no es para siempre.

Sobre todo, la risa es sana cuando sabemos reírnos de nosotros mismos, cuando cometer un error es más un momento de liberación del protocolo que una de las tragedias

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ocultas de la vida. Cuando me río de mí mismo, he pasado el Rubicón de la vida y he dado señales de que puedo arriesgarme a ser mortal y de que sé que sobreviviré a ello.

La risa libera y estimula. Cuando la risa llega a una vida, nada es imposible, nada es demasiado difícil, nada puede acabar con nosotros. Podemos sobrevivir al sol del mediodía, a la oscuridad de la muerte y al demoledor aburrimiento de la rutina, y seguir encontrando estimulante la vida. Otras cosas de la vida cambian el carácter como camaleones sobre telas a cuadros, pero la risa siempre es adorno, siempre es gracia.

Por supuesto, hay algunas personas que sencillamente son negadas para el humor. Empiezan un chiste contando la frase clave. Terminan un chiste sin decir la frase clave. Cuentan dos chistes a la vez y no se dan cuenta de que los han mezclado. A pesar de carecer de ese don para el humor, son personas entrañables que pueden salvarse gracias al silencio y a un amigo divertido. Para ellas, la risa es una bendición, no un simple don. Eso ya está bien. Si todos tocaran el piano, ¿quién iba a comprar los discos? La raza humana adolece de problemas mucho más graves. De hecho, estas personas son una bendición para la humanidad. Consiguen que las cenas familiares sigan siendo un éxito. No importa cuántas veces haya contado el tío Louie el mismo chiste: ellas se ríen año tras año. Las necesitamos más que el aire que respiramos.

Por otra parte, están las personas sin humor alguno, ya sea porque no han cultivado esa virtud o porque creen no necesitarla. ¡Cuidado con este grupo! Son personas trabajadoras, intensas, sombrías, que no cometen insensateces en la vida ni les permiten a otros cometerlas. Trabajar con ellas es como sentarse sobre papel de lija; no mata, pero nunca es cómodo. Necesitan que les redondeen los cantos, una nube de azúcar en las venas. Probablemente Mark Twain tuviera a este colectivo en mente cuando le preguntaron dónde querría pasar la eternidad. «En el cielo por el clima», respondió, «y en el infierno por la compañía». Los santos serios pueden llevar el mundo al pecado.

Sin embargo, hay obstáculos a la risa que parecen virtudes en las personas que los poseen. Uno de ellos es la espiritualidad negativa, una concepción acerba de la vida en pro de la rectitud. Estas son las personas peligrosas. No solo intimidan a los niños en las iglesias, sino que además emiten juicios sobre buenas prácticas. Se nombran a sí mismas heraldos del Dios de la Ira. Estos individuos no toleran el absurdo en la búsqueda de la santidad. Estos individuos convierten la santidad en una plaga, más que en una pasión.

A veces, en aras de la santidad, llaman frivolidad o bufonería al humor. A su modo de ver, todo se reduce a lo mismo: las personas con humor son cabezas huecas. Estas personas consideran que la risa va en detrimento de lo sagrado de la vida. Qohelet y yo – y también Dios, si nos tomamos la Biblia en serio– pensamos de otra manera. Desde nuestro serio punto de vista, es precisamente la risa la que hace soportable la seriedad de la vida, la hace transparente y la pone en su justa medida. Sara se rió, Dios se rió, y el libro de los Proverbios se ríe. Todas ellas son risas bastante importantes.

El segundo obstáculo a la presencia de la risa en la vida se deriva de la preocupación por el perfeccionismo. «La imaginación», escribió Horace Walpole, «nos fue dada para

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