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Tiempo de morir

In document Todo Tiene Su Tiempo - Joan Chittister (página 50-56)

Es una pregunta terrible, obviamente, pero, a la larga, puede que sea una de las pocas preguntas que de veras merece la pena hacerse en la vida. Y es que esta pregunta esencial sobre la condición humana resulta engañosa. «¿Qué hay por lo que merezca la pena vivir?», nos preguntamos, cuando en realidad la pregunta esencial de la aventura humana tal vez sería esta otra: «¿Que valor tiene una vida carente de algo por lo que morir?». Desde el corazón mismo de la acuciante lucha contra el apartheid en Sudáfrica, Allan Boesak escribió: «Nos presentaremos ante Dios para ser juzgados, y él nos preguntará: “¿Dónde están tus heridas? [...] ¿No había nada por lo que mereciera la pena morir?”». Y el poeta cubano José Martí escribió: «¿Qué derecho tengo yo a verter lágrimas, cuando hay personas que vierten su sangre?». La cuestión es si debemos preservar la vida en aras de una existencia privada, cómoda y segura o si, por el contrario, debemos arriesgarla constantemente para ser algo más que simples seres humanos como tantos otros? ¿En qué cosas merece realmente la pena emplear toda una vida? Las respuestas nos incomodan y nos provocan. Un paso en falso, y nos veremos reducidos al nivel de recortables humanos, a una existencia al estilo de la de Barbie y Ken, que insensibiliza lamentablemente el alma.

La variedad de respuestas a estas preguntas de la confusión humana son innumerables, eternas e insignificantes. A menudo son muy, pero que muy insignificantes. Para algunos, la preservación del Imperio Romano fue motivo suficiente para dar sus vidas. Para otros, los papas y los Estados pontificios tenían todo el derecho a reclamar manejar su lealtad y disponer de su incierto futuro. Para algunos, fueron los York quienes merecieron la entrega de sus vidas durante la Guerra de las Rosas. Para otros, Adolf Hitler y sus sueños violentos de la superioridad alemana fueron causa suficiente para justificar la pérdida de una generación entera. Para algunos, lo fue Gengis Khan. Para otros, Richard Nixon, Vietnam y un comunismo demasiado débil como para sobrevivir. Para algunos, han sido mil dictadores, cientos de sistemas políticos de corta duración, eras interminables de guerras causadas por la avaricia, sangrientos combates por un pedazo de tierra y luchas de poder. Y, al fin y al cabo, todas estas causas fugaces apenas se recuerdan ahora, o bien perdieron relevancia hace ya mucho tiempo. Cada una de ellas ha sido un desgraciado error del espíritu humano. Cada una de ellas ha sido suplantada por otro héroe sobrevalorado, por otro tirano vacío. Si contemplamos la historia en su conjunto, todas ellas palidecen, se marchitan y fracasan a la hora de estimular la memoria, por no decir «dominar corazones». Son pocas –si es que hay alguna– las que hoy parecen haber sido merecedoras de sacrificar una sola vida humana o prestarles el más mínimo apoyo. No, no es de esta clase de causas de las que nos habla el Eclesiastés.

El Eclesiastés convoca el torrente de circunstancias que rodean a la muerte de la justicia y del amor –enemigos irreflexivos, amigos fieles, traiciones terribles y la

iluminación que puede surgir de la más profunda de las oscuridades–. Confronta la muerte tanto con preguntas como con respuestas. El propósito de una muerte gratuita no consiste simplemente en satisfacer el ansia devoradora de la vida con víctimas sumisas. La función de la muerte del yo es lanzar miles de signos de interrogación al cielo que requieran saber de nosotros no tanto por qué merece la pena morir, sino por qué consideramos que merece la pena vivir.

«La diferencia entre la poesía y la retórica», escribió Audre Lorde en su poema

Power (“Poder”), «consiste en estar dispuesto a matarte a ti mismo en lugar de matar a

tus hijos». La imagen, aguda y pertinente, pone a prueba el peso de nuestras almas y mide nuestra calidad humana. Es retórica, prosa improvisada, lo que define los sistemas que nos controlan. Es poesía, una visión hasta donde no alcanza la mirada, lo que nos eleva por encima de lo mundano y prioriza las cosas del espíritu por encima de las cosas de la mente. La retórica muere para permitir y mantener el presente, un acto irreflexivo cada vez. La poesía muere para permitir el futuro. Ser los retóricos de la sociedad, no estar dispuestos a morir si es necesario para cambiar el yo enfermo de la sociedad, significa optar por sobrevivir nosotros a la enfermedad social actual y dejar que nuestros hijos, la próxima generación, muera de esa misma enfermedad. Cuando toleramos el sexismo, por ejemplo, para sobrevivir a él, condenamos a nuestros hijos a ser destruidos por él. Tolerar la energía nuclear para aprovecharnos de ella significa condenar a nuestros hijos a los peligros que encierra. Ser los poetas de la sociedad, estar dispuestos a entregar nuestras propias vidas para que otras personas «puedan tener una vida, y una vida más abundante», es una llamada a mil formas gloriosas de pequeñas muertes.

Se usa y se abusa de la retórica, sugiere Lorde, para glorificar sistemas porque sí, sin importar el número de muertes que suponga mantenerlos. La retórica alimenta a los hijos de una generación con las deformaciones de nuestros propios deseos. «Los jóvenes libran las batallas de los viejos», dice el proverbio. La poesía del alma, por otro lado, requiere mucho más que el servicio del yo político. La poesía exige un impulso muy superior al orden del Estado. La poesía pide, sobre todo, cuidar de los hijos de nuestros sueños, que llevan sobre sus espaldas la carga de nuestra visión –o nuestra falta de ella–. La poesía nutre el espíritu humano, liberando así de sus grilletes a las generaciones venideras. La poesía nos obliga a enfrentarnos a nosotros mismos y a morir de algún modo, para que otros puedan vivir.

Morir por la pervivencia de un presente distorsionado es pura retórica; morir para lograr un futuro más humano para los demás es poesía.

El mañana solo puede triunfar si hacemos morir en nosotros todo cuando no nos aporte hoy vida. De la posibilidad humana, no de la política, es de lo que trata la poesía; por eso, generaciones enteras que nos siguen viven a la luz de una sabiduría adquirida a fuerza de crítica social y riesgo personal. Solo si nosotros mismos hemos muerto un poco, podemos enfrentarnos a las sinagogas de la sociedad, a los grupos de presión de nuestros propios sistemas, con leprosos que se curan al margen de nuestras políticas y

con mujeres que se levantan de los cementerios de nuestra etiqueta social.

Henry Van Dyke lo expone de manera muy clara: «Algunas personas tienen tanto miedo a morir que nunca empiezan a vivir». El problema es, por supuesto, que nos enamoremos tanto de la vida a cualquier precio que no estemos dispuestos a perderla cuando parece que más merecemos vivirla. Tenemos tanto miedo a perder lo que tenemos que intentamos ganar tiempo con cosas que nos matan y decimos que nos dan vida. Malgastamos nuestros recursos humanos más preciados en el culto a la muerte, por ejemplo, y lo llamamos «defensa». Nos tragamos nuestra ética en la sala de juntas y lo llamamos «hacer negocios». Negamos el desarrollo de la mitad de la raza humana y hablamos del «papel de la mujer». Crucificamos en los demás cosas que deberían estar matándonos por dentro a nosotros mismos. Crecemos en el racismo, el sexismo y el militarismo y no decimos ni una palabra en su contra, porque nunca hemos descubierto el efecto que producen en nosotros, nunca hemos desvelado las toxinas con que nos envenenan, nunca los hemos dejado morir dentro de nosotros para que algo mejor creciera en su lugar. «La vida que no es sometida a análisis no merece ser vivida», dijo Sócrates. Pero Sócrates se equivocaba. Lo cierto es que una vida sin analizar ni siquiera es vida.

Nos achicamos, nos postramos y nos derrumbamos ante cualquier forma de poder, nos identificamos con ella, y nunca llegamos a conocer la oscuridad de nuestros corazones. Vemos el sistema que nos rodea, probamos sus frutos envenenados, nos revolcamos en su ácido y no nombramos la enfermedad que todo ello nos provocan. Toleramos cualquier forma de mal que el mundo haya conocido y lo denominamos «bien». A los abusos físicos contra los homosexuales los denominamos «libertad de expresión»; a la invisibilidad de los problemas de la mujer, «Plan Divino»; al racismo, «ley natural»; a la nuclearización del planeta, «patriotismo». Vemos las leyes que sostienen los sistemas y nunca preguntamos: «¿Quién lo ha dicho? ¿Y por qué? ¿Y en beneficio de quién?». No dejamos que mueran en nosotros las antiguas ideas para que brote un mundo nuevo.

Llevamos a nuestros mundos respectivos el corazón del político, más que el espíritu del poeta-profeta. Vendemos nuestras almas a sistemas que nos prometen ascensos, con lo cual nos marchitamos y nos sumimos en un mundo de enanos. Escuchamos la calumnia y el escándalo y dejamos que asesinen nuestras mentes, en lugar de matar la grosería de esas mismas conversaciones. Nos encaramamos sobre las espaldas de aquellos a quienes dejamos atrás. Siendo como son los Estados Unidos una nación de inmigrantes, nos resistimos a la inmigración con todas nuestras fuerzas, por temor a que signifique menos para nosotros y suficiente para ellos. Las mujeres niegan estar oprimidas, para apoyar a los hombres; y, al hacerlo, olvidan los letales efectos del sexismo que anida en ellas mismas. Aceptamos cualesquiera sistemas, tanto en la Iglesia como en el Estado, sin la menor muestra de escepticismo público sobre sus objetivos, resultados o filosofía, santificándolos por el impulso de su longevidad, más que por su moralidad fundamental. Nos entregamos a fuerzas mortíferas de la sociedad y lo

llamamos vida, con lo que nosotros mismos nos volvemos mortíferos. Mientras tanto, manifestamos nuestra inocencia en relación con el expolio del mundo y nos lavamos las manos de nuestras almas.

Sin embargo, el Eclesiastés dice que hay «un tiempo de morir». Lo que no dice el

Eclesiastés es que la muerte se prepara con muertes más pequeñas. Lo cierto es que no

podemos alzarnos hasta que estemos dispuestos a morir un poco. Podemos estar vivos, pero no podemos ser humanos mientras no afrontemos lo inhumano que hay dentro de nosotros. No podemos dar la vida mientras no admitamos que formamos parte de la muerte que nos rodea. No podemos ofrecer nueva vida hasta que estemos dispuestos a quemar, abrasar y desenmascarar las astillas viejas y decadentes de pensamiento y voluntad en nosotros mismos. De hecho, la vida consiste en morir un poco.

Si pretendemos vivir bien y dar la vida morir por lo que es justo, debemos aprender a preguntar: «¿Quién se mantiene junto al que sufre, quién tortura en nombre del sistema y por qué lo hace, quién falta en la escena, y cuál es el propósito de la muerte?». En otras palabras, el masoquismo no es una virtud.

Sin embargo, morir es uno de los procesos más difíciles de la vida. Sus exigencias minan el alma de todas nuestras antiguas racionalizaciones, de todas nuestras excusas mejor buscadas para decir una cosa y hacer otra, de todos nuestros fingimientos de una bondad que es una etiqueta social, más que una virtud social. Nos separa de las mismas cosas que nos han llevado al punto en que nos encontramos. Cuando empezamos a morir a cosas en nosotros que antes eran tradicionales y socialmente aceptables, el peligro reside, por supuesto, en que al finalizar el proceso ni siquiera nos conozcamos a nosotros mismos. A medida que un conjunto de creencias cede su lugar a otro, nos acucian nuevas preguntas: ¿Cuál es nuestra familia? ¿Quién es nuestro Dios? ¿Quiénes son de verdad nuestros amigos? ¿Qué está bien realmente? Las preguntas se convierten en el azote de nuestra alma y nos castigan día y noche. Hemos abandonado nuestro propio país y somos incapaces de regresar a él.

Entonces nos encontramos con amigos débiles e ineptos, criaturas ineficaces que no ofrecen ninguna garantía. Nos vuelve inseguros la inseguridad de los más cercanos a nosotros, que encuentran inútiles nuestras preguntas, que las consideran una locura. Recordemos lo que dijeron sobre Jesús sus familiares cuando intentaron apartarlo de la vida pública, porque pensaron que había perdido el juicio: «Está loco». Y lo peor, quizás, es que nos enfrentamos a enemigos a los que una vez llamamos aliados. Los compinches del sistema cumplen su deber a nuestra costa y no parece preguntarse nunca a quién correspondería hacer lo que ellos hacen. Saludan y obedecen órdenes. Sueltan a los perros para que ataquen a los indefensos. Agujerean los costados de buenas personas para asegurarse de que no vuelvan a levantarse para hablar. Tropiezan, flaquean y huyen de sus vínculos con nosotros. Resulta agotadora esta muerte de las viejas ideas.

Pero la muerte hace algo más que romper los lazos con nuestro pasado y mermar el coraje de nuestras almas. Cada pequeña muerte que experimentamos nos convierte en

algo nuevo y nos arrastra a la orilla soleada de una psique distinta; ha de nosotros personas a las que siguen llamando por el mismo nombre, pero que ni siquiera se reconocen a sí mismas.

La muerte es la resurrección no deseada.

A quienes están dispuestos a desmontar determinadas estructuras mentales, a buscar ideas que configuren lo nuevo, aun cuando no encaje con lo antiguo, les aguarda la libertad. El mundo comienza a girar de nuevo, y no queda nada de lo que había antes. Ninguna idea está libre de ser explorada; ninguna norma es sacrosanta por decreto; ningún sistema merece ser venerado. En este mundo, los leprosos bailan, las mujeres piensan, y la saliva sana. Cualquier cosa es posible. Dios vuelve a estar al mando. La muerte se vuelve vida. La tumba se convierte en un paraíso de nuevos perfumes en que la vida se mantiene a la espera de quienes están dispuestos a empezar de nuevo.

Así, la espiritualidad de la muerte es la conservación de las personas dispuestas a mirar de frente a un sistema y decirle que, por muy brillante que sea, está gravemente deslustrado. «No he venido a suprimir la ley, sino a cumplirla», dijo Jesús de la Tradición, que le había educado lo bastante bien como para hacerle capaz de ver sus deficiencias. Y lo condenaron a muerte por las ideas por las que él ya había muerto en incontables ocasiones, en busca de una nueva vida.

«Hay un tiempo de morir», nos dice el Eclesiastés ante un Jesús que lo hizo, un soldado que no lo hizo y un Pedro que se pasó la mayor parte de su vida eludiendo sus consecuencias, como seguramente hacemos todos. Hay un tiempo en el que nos enfrentamos a lo que en la vida tiene un final, se deteriora, es destruido..., y dejamos de intentar que antiguas ideas se adapten a situaciones nuevas.

Nos aferramos a viejas ideas y sistemas, simplemente porque son los que conocemos. El precio que pagamos por mantener lo imposible es el mismo desarrollo del yo; pero vivimos en una jaula de oro, a salvo, protegidos, seguros, en el sentido de que contamos con una salvación asegurada. En esta cárcel, la novedad nunca es una opción; la conformidad sustituye a la convicción; las ideas son peligrosas; y la aprobación es primordial. El Jesús de Nazaret que murió convencido de que había que dejar descansar a los bueyes el día del sábado no sería capaz de adaptarse a esta situación. El Jesús de Nazaret que llamó «sepulcros blanqueados» a quienes ponían la letra de las leyes por encima de su propio espíritu no se sentiría cómodo en esta situación. El Jesús de Nazaret que prefirió el sepulcro a los palacios de los privilegiados no habría tolerado esta falacia intelectual.

Existe una espiritualidad de la muerte que ilumina la tierra de las sombras, que brinda vida al mundo, que devuelve el pulso a la línea plana de los sistemas enfermizos. Sin ella, el mundo no se alzará nunca de nuevo para salir de sus sepulcros de barro seco y ver la luz de una nueva vida. Sachs lo expresa perfectamente: «La muerte es más universal que la vida. Todos mueren, pero no todos viven».

La espiritualidad de la muerte es la llamada a una nueva vida interior. ¡Qué lástima, que sean tantos los que se empeñen en evitarla, como si la Palabra de Dios pudiera conocer el deterioro...!

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