«En cierta ocasión, unos discípulos le preguntaron a su rabino:
–En el libro de Elías leemos: “Todos los habitantes de Israel deben decir: ¿Cuándo se acercará mi labor a la labor de mis ancestros, Abrahán, Isaac y Jacob?”. Pero ¿cómo tenemos que entender esto? ¿Cómo podemos siquiera atrevernos a pensar que podríamos hacer las cosas que ellos pudieron hacer?
El rabino explicó:
–Al igual que nuestros ancestros inventaron nuevos modos de servir, ofreciendo cada uno un servicio de acuerdo con su propio carácter (uno, el servicio del amor; otro, el de la severa justicia; el tercero, el de la belleza), cada uno de nosotros, a nuestro modo, debemos concebir algo nuevo a la luz de las enseñanzas y del servicio y hacer lo que no se ha hecho todavía».
Es una historia preciosa. La perspectiva que aporta nos libra de la carga y nos enfrenta a la tarea de la responsabilidad creativa. No se nos pide que hagamos más de lo que podemos hacer. No se nos pide que seamos otra persona. Tan solo se nos pide que seamos nosotros mismos y que hagamos algo de valor con nuestro tiempo. Se nos pide que con nuestra existencia mejoremos el mundo. Se nos permite que seamos únicos; no se nos permite ser inútiles.
La historia de la cocreación es la autobiografía de toda vida humana, tanto la tuya como la mía. La responsabilidad ante el mundo empieza aquí, contigo, conmigo. La vida no consiste en pasar de largo. La vida consiste en hacer algo que perviva más allá de nosotros, algo que, al menos en última instancia, lleve al mundo un paso más cerca de su compleción. La vida exige que hagamos algo más que filosofar acerca de las cosas que le faltan al mundo. Tenemos que sacar algo de nosotros mismos para aportárselas. Si no, ¿para qué nacimos?
Este énfasis que pone el Eclesiastés en un «tiempo de ganar» recuerda un pasaje del Nuevo Testamento que resulta igualmente claro en este sentido. Los Doce han trabajado en la barca todo el día –arrojando pesadísimas redes a las olas bajo un sol de justicia y tirando de ellas, vacías, una y otra vez–. No han pescado nada allí donde normalmente habrían esperado encontrar peces. Pero cuando, impulsados por el Espíritu, decididos a no abandonar, en un último gran esfuerzo, lanzan las redes por el otro lado de la barca, las recogen llenas hasta los topes. Ganan porque se niegan a dejar de intentarlo. Ganan porque prueban distintas maneras de hacer lo que hay que hacer. Ganan porque siguen trabajando juntos. Y, al final, obtienen más peces de los que podrían consumir ellos solos. Gracias a sus esfuerzos continuos y creativos, la vida se vuelve mejor y más segura para todos. «El trabajo», escribió el poeta persa Gibran, «es amor hecho visible».
El acento recae sobre el esfuerzo común y la ganancia universal, no sobre la mera «autosatisfacción» ni sobre el beneficio propio. El significado está claro: no trabajamos para nosotros mismos ni trabajamos en balde. Trabajamos para que otros no estén tan necesitados. Trabajamos en beneficio de la siguiente generación. Formamos parte del ejercicio de construcción del mundo, de la cocreación, y en cada época debemos trabajar de formas nuevas, trabajar en serio y trabajar juntos.
El Eclesiastés no deja lugar a dudas: «Hay un tiempo de ganar», dice. Hay un tiempo para suscitar un cambio. Hay un tiempo para desarrollar lo mejor de nosotros mismos con el fin de poder construir el mejor mundo posible también para los demás.
La verdad es que el indicador más significativo del deterioro espiritual de Occidente tal vez se halle en su actual menosprecio del trabajo. Ahora la gente trabaja por dinero, no por el trabajo en sí mismo. La gente trabaja para poder hacer otras cosas lo antes posible. La gente trabaja por necesidad económica, no para expresar su creatividad. Las personas trabajan en tareas compartimentadas que no significan nada para ellas. Así que, por irónico que resulte, hemos separado el trabajo de la vida. El trabajo es algo que hacemos por obligación, no algo que queramos hacer porque sea gratificante, significativo y vivificante en sí mismo. Trabajamos mucho, sí, pero no empezamos a vivir hasta que concluye la jornada laboral. Ahora solo trabajamos porque nos vemos forzados a ello, no porque queramos o porque el trabajo mismo nos llame. Ahora trabajamos en beneficio propio; no trabajamos para la ganancia humana ni para la expresión humana. Es un comentario triste sobre la creación.
Con propósitos como los que nos guían, sin embargo, es posible hacer cualquier cosa, sea del calibre que sea, y no caer nunca en la cuenta de la esquizofrenia moral de que somos víctimas. Hemos llegado a un mundo en el que podemos trabajar en una fábrica de armas nucleares y no experimentar en ningún momento un ápice de remordimiento sobre los posibles efectos de nuestro trabajo. Podemos trabajar en fábricas que vierten residuos químicos en arroyos y ríos, sin que nos remuerda por un momento la conciencia. Podemos pasarnos la vida haciendo publicidad del tabaco, vendiendo alcohol a domicilio, perdiendo el tiempo con publicidad falsa y hábil propaganda sobre tierra baldía y baratijas, sin avergonzarnos por los desperdicios que generan. Podemos tomarnos libres, con absoluta impunidad, los días en que «no nos encontramos del todo bien» y hacer un trabajo chapucero sin el menor escrúpulo, así como convertir las mañanas en una larga pausa para el café y aceptar un sueldo por hacer nuestro trabajo sin darle demasiadas vueltas. En nuestra era hemos conseguido divorciar completamente el trabajo de la vida. Luego nos pasamos años apáticos, preguntándonos en qué consistieron realmente nuestras vidas. «Construimos muñecos de nieve», dijo el poeta Walter Scott, «y lloramos al ver cómo se derriten».
Con todo, algunas de las preguntas básicas de la vida son: «¿Qué estoy haciendo y por qué lo hago? ¿Quién saca provecho de lo que hago y quién no? ¿En qué medida favorece esta labor el advenimiento del reino de Dios?». Las meras preguntas podrían
cambiar el mundo. Nos obligan a plantearnos de nuevo la cuestión de la vocación y del sentido, de la justicia y de la complicidad. Nos hacen afrontar nuevas decisiones sobre la vida y nuestro papel en ella. Nos fuerzan a confrontar el mito de nuestra propia ineptitud. Nos acercan al espejo del mundo y nos preguntan qué hemos hecho nosotros para hacer de ese mundo un lugar mejor o peor.
El trabajo nos pone en conexión con el resto del mundo. Es nuestra llave de acceso a la humanidad, nuestro pasaporte a la supervivencia. Con nuestro trabajo participamos de forma especial en la vida de Dios.
Con todo, acechando en nuestro interior, en los recovecos más profundos de nuestras almas, los obstáculos a una espiritualidad de la cocreación fluyen con intensidad. La comodidad, el aislamiento, la ineptitud y el egoísmo son aferrados con puño de acero por el alma occidental.
El capitalismo, la idea de que los individuos pueden tener lo que sean capaces de conseguir, convierte la codicia en una virtud en esta sociedad. Nos llevamos las manos a la cabeza por las viviendas subvencionadas, pero apenas hablamos de los sobrecostes, de la exención fiscal y de los tejemanejes que mantienen a flote la marca «Estados Unidos». Criticamos el modo en que los pobres gastan sus cupones para la comida, pero no tenemos reparo en hacer trampas nosotros en la declaración de la renta. Olvidamos que Dios juzgará a los pobres en función de su honestidad, y a nosotros según nuestra generosidad. Quizá sin darnos cuenta, usamos a los pobres de otros países como mano de obra barata, esclavista. Así, mientras llenan nuestras estanterías de productos baratos, ellos carecen de cualquier tipo de productos.
Querríamos un mundo mejor, pero nosotros mismos seguimos sustentando este mundo del que disponemos con nuestro silencio, con nuestra aceptación, con nuestra mentalidad de que lo que hay ahora es lo que debe haber para siempre. De algún modo, a esta generación se le escapa la idea de que tenemos la responsabilidad de cambiar el mundo, trabajando en un corazón cada vez. Lo que otras épocas se atribuyeron a sí mismas como el trabajo de sus vidas –construir un país, educar a un pueblo, cambiar un gobierno o convertir el mundo– parece haberse perdido en la nuestra. Los objetivos de esta época, al contrario, se han vuelto molestamente insignificantes. En tiempos pasados se trabajaba por el bien de los hijos. Nosotros trabajamos para nosotros mismos y dejamos que nuestros hijos corrijan lo que vamos dejando atrás –residuos en el espacio, residuos en el agua, residuos nucleares en los vertederos–. Con nuestra creación de un dinero de cadena de montaje, hemos perdido la visión que aporta la responsabilidad. De hecho, deberíamos desarrollar un nuevo concepto de trabajo en el mundo, y deberíamos hacerlo con todos los trabajadores del mundo. Deberíamos reconocer los valores del trabajo y tomar conciencia.
La industrialización inició el proceso que la cibernética acelera hoy a una velocidad vertiginosa. Arrancados de la tierra, faltos ahora de la labor manual creativa, ya no vemos los resultados de nuestro trabajo. De ser agricultores y artesanos que cuidaban
con sus propias manos los productos desde el momento de su siembra en el surco hasta su llegada a las manos del consumidor, hemos pasado a ser robots en una cadena de robots igualmente aislados. Ya no fabricamos productos. Contamos remaches, amontonamos papel, nos encargamos de las monedas, barremos una parte del suelo del almacén o registramos segmentos de datos. La compartimentación nos ha superado, ha limitado nuestra visión, nos ha arrebatado la percepción de lo que hacemos realmente en la vida. Los siervos de la gleba nunca lo tuvieron tan mal. Los siervos veían una cosecha de principio a fin; ellos mismos vivían de ella, la almacenaban y la sembraban de nuevo. Conocían los efectos de lo que hacían o dejaban de hacer, y los experimentaban en su propia carne.
Nosotros, en cambio, nunca vemos los frutos de nuestro trabajo. Nunca llegamos a percibir el potencial creador que poseemos. Perdemos de vista los desperdicios tóxicos que generamos, las armas que construimos y los efectos corporativos de las hábiles y astutas negociaciones laborales.
Ya no trabajamos con personas. Simplemente, trabajamos en presencia de estas. Estamos solos, realizando tareas minúsculas para empresas gigantescas. Somos peones en un sistema de gigantes. Nos resulta difícil responsabilizarnos de lo que no vemos nunca.
La impotencia que sentimos nos desespera, pero seguimos adelante porque, según decimos, no hay nada más que hacer. Hemos perdido nuestra sensación de importancia para la raza humana.
Pero para quienes saben superar el torbellino de la avaricia capitalista, la sensación de aislamiento del sistema y de los productos que producen, la impotencia del anonimato, hay una espiritualidad del trabajo que espera ser desarrollada y que es capaz de recrear este mundo desolado y hambriento. «Los ideales son como las estrellas», escribió Charles Schurz. «Nunca los alcanzamos, pero, al igual que los marineros en la mar, con ellos trazamos nuestra ruta». Lo que nos falta son los ideales en el trabajo. Debemos trazar nuestras vidas y nuestro trabajo según estos ideales, si pretendemos que nosotros y el mundo que nos rodea aspiremos a obtener un beneficio de nuestra presencia en la tierra.
Una espiritualidad del trabajo se basa en un agudo sentido de la sacramentalidad, de la idea de que todo cuanto existe es sagrado y de que nuestras manos lo consagran al servicio de Dios. Cuando cultivamos rábanos en una pequeña maceta en un piso de la ciudad, participamos en la creación. Nutrimos al mundo. Cuando barremos la calle delante de nuestra casa en la ciudad más sucia del país, estamos brindamos un nuevo orden al universo. Ponemos en orden el Jardín del Edén. Renovamos el mundo de Dios. Cuando reparamos lo que se ha roto, pintamos lo que se ha deslucido o donamos lo que hemos ganado y que supera con creces cuanto necesitamos para vivir, nos inclinamos y alzamos los brazos a la tierra y le infundimos aire nuevo, como lo hizo Dios una sola mañana, para después verla desarrollarse incesantemente a lo largo de los siglos. Cuando
separamos la basura y reciclamos latas, cuando limpiamos una habitación y ponemos posavasos debajo de las copas, cuando somos cuidadosos con todo lo que tocamos, y lo hacemos con respeto, nos convertimos en creadores de un nuevo universo. Entonces santificamos el trabajo, y el trabajo nos santifica.
Una espiritualidad del trabajo nos pone en contacto con nuestra propia creatividad. Preparar una ensalada para la cena se convierte en una obra de arte. Plantar otro árbol de hoja perenne se convierte en nuestra contribución a la salud del mundo. Organizar una asamblea donde se planteen cuestiones importantes para preservar lo mejor de los valores humanos realza la humanidad de la humanidad. El trabajo nos capacita para poner nuestro sello personal de aprobación, nuestra propia filigrana, el autógrafo de nuestras almas, en el desarrollo del mundo. De hecho, hacer menos que eso es no hacer nada en absoluto.
Una espiritualidad del trabajo nos lleva más allá de nosotros mismos y, al mismo tiempo, nos permite ser más plenamente lo que estamos destinados a ser. Mi trabajo me hace crecer. Yo soy mi trabajo. «La excelencia», escribió Samuel Johnson, «solo se puede obtener con el trabajo de toda una vida; no puede comprarse a un precio más bajo».
Si echamos las redes una vez más, si lo volvemos a intentar cuando intentarlo parece inútil, ponemos a prueba los límites de nuestra fortaleza y conocemos el temple con que nos conducimos en la vida. El buen trabajo –el trabajo realizado con buenas intenciones y buenos resultados, el trabajo que consolida la raza humana en lugar de reducirla a lo monstruoso o aumentar el riesgo de su destrucción– desarrolla cualidades de compasión y carácter en mí.
Mi trabajo también desarrolla todo cuanto le rodea. Nada de cuanto yo haga deja de tener repercusión sobre el mundo en el que vivo. Desarrollando una espiritualidad del trabajo, aprendo a confiar, más allá de la razón, en que el buen trabajo aportará cosas buenas al mundo, aun cuando yo no las espere ni pueda verlas. De ese modo, me aportará cosas a mí. Me hará ganar, literalmente. Tomo posesión de un yo que vale la pena, cuya vida no ha sido en vano, que ha sido un miembro valioso de la raza humana.
Finalmente, una espiritualidad del trabajo me introduce de lleno en la búsqueda de la comunidad humana. Empiezo a ver que todo cuanto hago, absolutamente todo, repercute en alguna otra persona en algún lugar. Empiezo a ver mi vida unida a la de los demás. Empiezo a ver que, si hay quienes pasan hambre, es porque hay alguien que no está trabajando con suficiente ahínco para alimentarlos. Así que yo lo hago. En ese punto, se hace evidente que los pobres son pobres porque a alguien no le interesa la justa distribución de los bienes de la tierra. Y a mí me interesa. Empiezo a darme cuenta de que el trabajo es un proceso de toda una vida de santificación personal que solo se satisface salvaguardando el mundo para los demás y salvaguardando a los demás para el mundo. Al final, me percato de que mi obra es la obra de Dios, inacabada porque Dios quiso que yo la concluyera.
Cuando el rabino Yaakov Yitzhak era joven, tenía por vecino a un herrero que se levantaba cada mañana antes del amanecer y golpeaba el yunque con el martillo con un estruendo ensordecedor. «Si este hombre puede quitarse horas de sueño para un trabajo mundano, ¿cómo no voy yo a hacer lo mismo por el servicio al Dios eterno?», se preguntaba el joven rabino. Así que al día siguiente se levantó antes que el herrero, el cual, al entrar en la herrería, oyó al joven leer sus oraciones en voz baja, pero con bastante claridad.
«Escúchalo trabajar», se dijo el herrero a sí mismo. «Tengo que ser aún más diligente, porque trabajo para mantener a mi familia, no solo para desarrollar la mente». Y a la noche siguiente el herrero se levantó incluso antes que el jasid.
Pero el joven rabino aceptó el desafío y ganó la carrera de concentración en su trabajo. Años después, solía decir: «Lo que he conseguido se lo debo sobre todo al herrero».
¿Quién me debe su sentido de la santificación del trabajo, si es que me lo debe alguien?