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Tiempo de refrenar el abrazo

In document Todo Tiene Su Tiempo - Joan Chittister (página 85-90)

Entonces era demasiado joven como para saber explicarlo, pero tenía muy claro el concepto: los grabados del Jardín del Edén que decoraban nuestra aula de primer grado eran una especie de broma cruel. Allí estaba Dios, que ponía a los seres humanos en un jardín de las delicias y luego les prohibía que cataran el mejor de los frutos que tenían a su alcance. «Si no quieres que lo coman», pensaba yo, «¿por qué lo pones ahí?» A menos que tu intención sea atormentar a la gente, claro. A menos que quieras enredar a alguien, a lo mejor. Me preguntaba si ese era un Dios digno de nuestra confianza.

Las reflexiones teológicas de los niños pueden ser irritantemente incómodas, porque son irritantemente parecidas a todos los problemas que la educación religiosa no pone sobre la mesa, a todas las verdaderas preguntas de la vida espiritual. Los niños piensan con tanta claridad porque todavía no conocen lo suficiente acerca de las respuestas prefabricadas que impiden la reflexión. Así, tras años de condicionamiento intelectual, a una persona le cuesta años volver a ser libre de verdad, si es que lo consigue, como para poner de nuevo en peligro aquellas tempranas ideas y preocupaciones. Por desgracia, esos años intermedios de ensayo y error, de preguntas y respuestas por repetición, se enredan en «un conocimiento del bien y del mal», sin el cual probablemente todo nos habría ido mejor.

Solo con que hubiésemos mirado con un poco más de profundidad y de empatía el relato bíblico del Jardín del Edén o la escena del monte Sinaí –dos momentos decisivos de Israel–, tal vez hubiéramos comprendido, antes de que fuera demasiado tarde, que las prohibiciones acerca de lo que vemos como bienes se idearon más para nuestro desarrollo que para nuestra destrucción personal; más para hacernos felices que para poner obstáculos a nuestra sed de vida. Dios, según trata de referir el relato del Edén, no nos atormenta; Dios no trata de enredarnos. Dios trata de salvarnos de nosotros mismos. Dios, como aprendemos con Moisés en el Sinaí, nos advierte, al entregarnos diez mandamientos, de que estemos atentos al gusano de la manzana, a la corriente submarina de un arroyo, a las quemaduras del sol, a los golpes del viento, a las necesidades que experimentamos y nos dejan saciados e insatisfechos al mismo tiempo. Cuando el

Eclesiastés nos avisa de que hay un tiempo para refrenar el abrazo, nos pide que

aprendamos a decir «basta».

Nos pide que entendamos que lo que nos está prohibido nos hace libres. Lo que de verdad nos esclaviza –se infiere del texto– es nuestra tendencia a convertir en dioses cosas que no lo son, a venerar tan solo nuestros propios deseos, voluntades y artimañas, a enterrarnos haciendo acopio de los juguetes de la vida, a agotarnos en nuestra codicia, a destruir todo cuanto nos rodea, a autocomplacernos en aspectos desproporcionados desde un principio. Se nos advirtió en el Edén, y nos dieron indicaciones en el Sinaí; pero seguimos pidiendo «un conocimiento del bien y del mal» y consiguiéndolo a base de golpes.

La Biblia trata constantemente de decirnos que hay algunos tipos de conocimiento de los que podríamos prescindir sin ningún problema. La Biblia trata constantemente de hacernos ver que habrá cosas que nos parezcan buenas, pero que, si las despojamos de sus seductoras pieles y exponemos el lado oscuro de cada una de ellas, veremos que contienen semillas de insatisfacción inherente. No es oro todo lo que reluce.

Las mayores tragedias de la vida no consisten en que se nos niegue lo que deseamos. Todos podemos sobrevivir a aquello sin lo que ya hemos aprendido a vivir. No, las mayores dificultades de la vida a menudo se presentan cuando conseguimos lo que deseábamos. Cuando obtenemos lo que queríamos, debemos determinar qué bien supone para nosotros, qué bien nos acarrea. Es entonces cuando aprendemos que aquello que debemos abstenernos de abrazar puede ser tan importante para disfrutar de lo que amamos como aquello que acogemos con los brazos abiertos.

En cada realidad buena de la vida hemos de tener un conocimiento tanto del bien como del mal. El chocolate está muy rico; pero si comemos demasiado, nos sienta mal. La confianza es buena; la dependencia no lo es. La ambición es buena; la obsesión, no. El problema surge cuando decidimos ver tan solo el lado bueno de lo bueno. La modelo que desarrolla un trastorno alimentario, porque para una modelo es bueno estar delgada, no ha sabido ver el lado oscuro de la belleza. La trabajadora social que pierde contacto con su propia familia, porque la consume el trabajo con las familias de los demás, también ha perdido de vista el sentido de su trabajo. La belleza es buena, pero la obsesión por la talla es un mal de enormes dimensiones. La preocupación por los demás es buena, pero la indiferencia ante nuestro propio entorno emocional es un mal demasiado patético como para definirlo. En ambos casos, un exceso de algo bueno se convierte en algo malo. En ambos casos, lo bueno enmascara lo malo. En ambas situaciones, a simple vista parecemos querer una cosa cuando, en realidad, si analizásemos de cerca nuestros corazones, veríamos claramente que lo que de verdad queremos no es tan bueno, ni mucho menos. La modelo desea la eterna juventud. La trabajadora social tal vez anda buscando una sensación de logro personal más que familias sanas; si no, se centraría más en su propia familia.

La cuestión es que también podemos crear dioses a partir de la bondad. Cuando distorsionamos un bien, lo retorcemos, lo inflamos, nos dejamos consumir exclusivamente por él, convertimos nosotros mismos el bien en mal. Por eso hay, efectivamente, «un tiempo de refrenar el abrazo». Lo que exageramos en la vida, las cosas que nos hacen perder el equilibrio, serán al final nuestra ruina. Como el escalador que muere en una tormenta de nieve en una cumbre, corremos el riesgo de destrozar en nosotros mismos las cosas que precisamente amamos de la vida, por no saber detectar de qué modo nos pervierten.

«El corazón siempre nos sobrepasa», escribió el poeta Rilke. Nos dejamos atrás a nosotros mismos. Nos hacemos cargo de más cosas de las que podemos abarcar. Echamos mano de todos los bienes que tenemos al alcance, como niños en una tienda de

caramelos, y nos preguntamos por qué no podemos disfrutar, catar, saborear ninguno de ellos. Nos hincha el bien. Y luego duele.

El culto a los santos, incluso la misma noción de santidad, si significa alguna forma de abnegación, está en desuso en esta cultura. No emulamos fácilmente a quienes se desprenden de cosas en la vida. Estamos demasiado ocupados amasando cosas como para respetar el valor de desprendernos de algo. No admiramos demasiado a quien, según nuestro punto de vista, se priva de las «cosas buenas de la vida». En una sociedad movida por el consumo, la simplicidad no es una virtud en la vida, y todo tipo de ascetismo se mira con sospecha. En todo caso, puede ser que quien lo practique esté un poco loco, pensamos, que tal vez padezca algún tipo de neurosis. Y es que, si una cosa se nos pone delante de los ojos, ¿por qué no apoderarnos de ella?

Pero en ese caso hay otro tipo de persona que tal vez se convertiría en el objeto de las miradas de los demás en una sociedad de la opulencia. Hoy en día, el modelo de vida que pueda tener un efecto más piadoso sobre nosotros a largo plazo, probablemente se halle en quienes lo tienen todo y luego caminan sin rumbo de un lugar para otro buscando más. Más, más, siempre más. Hasta que, disipados, trastornados, aburridos, sin aliento, se dan cuenta de que algo bueno en demasía es tan denigrante para el alma humana como la misma carencia de ello.

Por fin comprenden que lo que les faltaba en la vida –la capacidad de refrenar el abrazo– es lo que más necesitaban en realidad. Y también nosotros debemos aprender esa lección. Una sensación de la presencia de Dios consume a Moisés en el Sinaí. Mientras rellenemos el presente con cualquier cosa que no sea la sensación de Dios, jamás tendremos suficiente. Simplemente, nos consumiremos consumiendo.

La gran tarea espiritual, pues, consiste en mirar con diligencia la pasión interior que en este preciso momento se ha convertido, bajo la apariencia de bien, en nuestro mayor problema. Debo llegar a preguntarme qué es lo que he abrazado y que requiere contención si pretendo vivir una vida plena y equilibrada. ¿Qué tiene de bueno, si me está impidiendo acceder a todas las demás cosas buenas de la vida?

El problema es que nos han mostrado una ruta equivocada: el objetivo de la vida no es llegar a ser perfectos. La perfección no existe. El objetivo de la vida es llegar a ser buenos, que es algo completamente distinto. La necesidad de ser perfectos es lo que nos lleva a ser los primeros, a ser los mejores, a tener el control, a dominar el terreno. La perfección ha encendido muchas guerras, ha ejecutado a muchas personas y ha sido la causa de muchos suicidios. La bondad, por otra parte, conoce sus limitaciones de entrada. Defendida por un sentido de la falibilidad, la bondad vive sin dramas en el universo, camina suavemente por el mundo, aporta paciencia a la tarea de madurar, llama a las cosas por su nombre, ama profundamente y a menudo fracasa, sí, pero sabe, al fin y al cabo, ante qué cosas debe refrenar el abrazo. La bondad no se deja llevar por las corrientes submarinas del corazón que nos esclavizan y nos hacen prisioneros de nosotros mismos. La bondad se contenta con hacer bien las cosas. La bondad no

necesita hacerlo todo.

«La prueba básica de la libertad», escribió Eric Hoffer, «se encuentra quizá menos en las cosas que somos libres de hacer que en las cosas que somos libres de no hacer». La prueba consiste en saber qué buscamos realmente. Puede ser que, de hecho, busquemos seguridad y le llamemos «comunidad». Podemos buscar logros y llamarlos «educación». Podemos tener deseo de control y llamarlo «amor». Saber qué cosas somos libres de no hacer, a medida que perseguimos el propósito de nuestras vidas, debe ser el criterio por el que juzguemos nuestros actos en todo momento. Debemos ser libres de no hacer nada bueno que pueda torcer todas las demás cosas buenas de nuestras vidas. Libres de no sobrecargarnos; libres de no comer en exceso; libres de no exagerar; libres de no controlar demasiado. Tal vez, la libertad de «contener el abrazo» sea, en último término, el verdadero secreto para una vida buena.

La dificultad radica en que demasiadas veces solo nos damos cuenta de nuestros desequilibrios al mirar atrás. Siempre reconocemos los excesos del pasado. Recordamos los tiempos en que estábamos demasiado enamoriscados como para estudiar. Sabemos perfectamente en qué momento valorábamos más el coche, el barco, las tarjetas de crédito y la ropa que el trabajo, a la familia o las relaciones que representaban. Sin embargo, lo que nos cuenta es saber –admitir– en qué perdemos el tiempo ahora. «Nadie es libre si no es dueño del yo», nos enseñó Epicteto. Pero seguimos. Mientras buscamos apasionadamente un tipo de bien, no nos preguntamos qué bienes verdaderos nos niegan esas cosas.

A pesar de su importancia para la salud mental y la felicidad humana, el desarrollo de la libertad del corazón no está libre de obstáculos.

Los primeros obstáculos provienen del hecho de que, cuando nos preguntamos qué es lo que falta en nuestras vidas, no sabemos escuchar nuestras propias respuestas internas. Un segundo obstáculo es que la autocrítica nos resulta dolorosa. El tercero es que asumimos que las suposiciones del mundo que nos rodea son correctas.

Si trabajo ochenta horas a la semana y culmino un proyecto tras otro y, aun así, me siento infeliz, significa que lo que me falta no son logros. Lo que me falta y lo que no escucho en mí mismo es la convicción de que el logro no es sustituto del descanso, ni de la reflexión, ni de la familia, ni de la creatividad. Lo que me falta es ser consciente de que siempre me faltará algo hasta que me ocupe de esos otros aspectos de mi vida.

Si no examino de cerca mi vida presente, si no me pregunto cómo empleo el tiempo, nunca veré a qué cosas tengo que resistirme en la vida. Seguiré haciendo algo en exceso, sin abstenerme de nada que se me ofrezca y convirtiendo en paja uno de los grandes momentos de la vida. Debo insistirme a mí mismo en mirar a los objetivos que subyacen a mis objetivos. Debo insistir en destapar lo que obtengo de mi propia destrucción. Debo exigirme a mí mismo saber por qué sigo con lo que no es bueno para mí, por qué continúo haciendo lo que no quiero, por qué me desgasto esforzándome por una cosa en detrimento de otra igual de buena, igual de importante para la condición humana.

Si no pongo en entredicho las cosas que se dan por supuestas y en las que se basa mi vida, no puedo desenmascarar la falacia en que consiste. Se da por sentado que las mujeres tienen que quedarse en casa, de modo que me quedo en casa hasta dejar de existir. Tengo que preguntar quién dicta las normas que regulan mi vida y a quién benefician. Se da por sentado que el militarismo es una medida de defensa, de modo que sigo apoyando los gastos en defensa hasta que las carreteras estén hechas puré, las escuelas se caigan de puro viejas y las medicinas del país se vendan solo al mejor postor. Se da por sentado que el dinero proporciona la felicidad y que, cuanto más dinero tengamos, tanto más felices seremos, de modo que me mato a trabajar... para acabar sintiéndome más pobre cada día. Todo ello es un error. Un terrible error.

«Incluso cuando me siento, el sol sigue brillando, y la hierba sigue creciendo», nos enseña un maestro zen. Hay cosas en la vida que siguen adelante, hagamos lo que hagamos nosotros. Hay cosas que habrán de ocurrir, actuemos nosotros o no. Hay cosas sobre las que no tenemos ninguna influencia. No somos mesías. Llegamos adonde llegamos. A partir de ahí, debemos mostrarnos receptivos ante lo que nos ofrece la vida. A partir de ese punto, tenemos que esforzarnos por no llevar las cosas hasta el punto de no disponer ya de fuerzas para lo demás que nos ofrece la vida.

La espiritualidad de la contención es la espiritualidad del equilibrio. El equilibrio allana la vida y la hace soportable. Nos hace humanos y nos hace felices. No teníamos ninguna necesidad de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, ¿os dais cuenta? Pero lo hicimos. Y lo hacemos. Y desde entonces hemos sufrido por ello una y otra vez. Sócrates nos enseñó: «Cuantas menos cosas deseamos, tanto más nos parecemos a los dioses». El Edén y el Sinaí nos demuestran de forma bastante contundente que Sócrates estaba en lo cierto.

In document Todo Tiene Su Tiempo - Joan Chittister (página 85-90)