• No se han encontrado resultados

Tiempo de matar

In document Todo Tiene Su Tiempo - Joan Chittister (página 56-62)

La facilidad con que hablamos de cambiar el mundo, de desarrollar una conciencia social, de remodelar antiguos patrones de dominación, de construir una sociedad donde «el león descanse junto al cordero»... lo tiene todo en cuenta, salvo una cosa: a nosotros mismos. La situación es casi irrisoria. Nos lanzamos a cambiar el mundo y pasamos por alto lo que necesitamos cambiar en nosotros mismos. Nos convertimos en la norma de lo que es puro y no vemos la falta de sentido que encierra el hecho de pretender medir tal cosa. Ignoramos por completo el semillero de lo profano en el mundo. Lo cierto es que todo el mal del mundo reside en el centro del yo: está encadenado, si tenemos suerte; pero, en cualquier caso, ahí sigue.

No hay iniquidad en la vida que no anide en mí en forma embrionaria, esperando salir al exterior, luchando por controlarme, arrastrándose y abriéndose camino en mi vida. Las pequeñas ambiciones, los leves deseos, las traiciones insignificantes, las envidias que escuecen...: todo ello forma parte de mi corazón de feligrés. Solo me falta ser capaz de verlo, querer mirar. Uno de los estadios necesarios de la vida espiritual, según nos enseña la Regla de san Benito del siglo VI, es llegar a percibir esto, no con una pretensión neurótica y santurrona, sino con cada latir de nuestro corazón. Lo cierto es que no hay nada terrible de la humanidad de lo que no seamos capaces y que no debamos controlar antes de que ello nos controle a nosotros.

A la vez, por muy cierto que sea eso, la realidad es más de lo que parece. La vida no consiste solo en una serie de luchas interminables por mantener un cierto tipo de pureza ritual. La vida es también una serie de aprendizajes. San Jorge, el santo del siglo XIV que derrotó al dragón y ejemplificó para la Iglesia medieval el problema personal de afrontar el mal y superarlo, y la mística del siglo XV Juliana de Norwich presentan un cuadro mucho más certero del lugar del pecado en la vida. El símbolo de san Jorge nos recuerda que la negociación del pecado es parte de cualquier vida. Juliana y sus visiones nos aseguran de forma todavía más insistente que «el pecado es útil», que el pecado, en otras palabras, es necesario, que el pecado es en sí mismo un instrumento de desarrollo humano. «Dios no castiga el pecado», nos enseña Juliana. «El pecado es castigo del pecado».

Es una verdad dolorosa. Los llamamos los siete pecados capitales, esas corrientes transversales de conflicto que se dan en nuestro interior, esas realidades que matan la pasión de la mente humana, que siempre amenazan con reducir los ardores de nuestros más altos propósitos. Cada uno de ellos deambula inquieto por nuestras almas, y cada uno de ellos nos castiga con una venganza que es implacable. Lo que nos maneja nos destruye.

La avaricia nos mantiene en un estado de tensión constante. Nos pasamos la vida tratando de conseguir más y más cosas, hasta que la constancia del deseo nos marchita el

corazón. La codicia nos llena de confusión y de un deseo agobiante. No somos capaces de disfrutar de lo que tenemos, porque estamos demasiado ocupados deseando las cosas de los demás. Nos perdemos incluso el respeto a nosotros mismos. No somos lo que son los demás y no sabemos apreciar lo que somos. En nuestro interior, la vida se deteriora.

La gula es una forma de avaricia. Desear lo que no necesitamos para vivir, desear en exceso cualquier cosa, es desear lo que otras personas, que realmente lo necesitan, deberían tener. Lo más importante: el empacho del yo que va más allá de cualquier síntoma de verdadera hambre, fuera de cualquier definición del buen gusto, nos hace cautivos de los peligros de la adicción. Nos convertimos en esclavos de nosotros mismos en un mundo donde solo el autocontrol es capaz de liberarnos.

La envidia incesante que sentimos hacia los demás nos hace estar insatisfechos con todas las riquezas de nuestra propia vida. De pronto, ver que otra persona tiene algo nuevo significa que nada de lo que tenemos nosotros es igual de bueno.

La lujuria nos hace incapaces de mantener relaciones de verdad. Las personas se convierten en objetos, no en amigos, ni siquiera en amantes; solo en tristes excusas de una comodidad insostenible.

El orgullo no nos deja ver lo que los demás nos ofrecen. Envueltos en nosotros mismos, nos perdemos lo que podría haber llegado a nosotros gracias a la solicitud y la competencia de los demás, con lo que nuestras propias limitaciones nos hacen más pobres durante toda la vida.

La pereza nos arrebata el gozo del logro personal. Demasiado indolentes como para intentar conseguir aquello que sabemos que conlleva un gran esfuerzo o una gran perseverancia, nunca conocemos ni el purificador miedo al fracaso ni la emoción del éxito.

La ira nos remueve las energías del alma hasta dejarnos al rojo vivo. Tomamos sobre nuestros hombros la justicia de Dios y, a pesar de ello, jamás logramos poner en orden el universo para lograr nuestros propósitos.

La avaricia nos trastorna y nos agota haciéndonos desear cosas sin parar. No somos capaces de disfrutar de lo que tenemos, porque estamos demasiado ocupados deseando las cosas de los demás. Nos perdemos el respeto incluso a nosotros mismos. No somos lo que son los demás y no sabemos apreciar lo que somos. En nuestro interior, la vida se deteriora.

Por supuesto que el pecado es el castigo del propio pecado. No hay duda de que todo el pecado del mundo se halla inmerso en nuestros propios corazones. Obviamente, hay un tiempo para matar dentro de nosotros aquello que esté pisoteando y extinguiendo cuanto de espiritual y más esencial hay en nosotros.

San Jorge y el mítico dragón nos llaman a buscar en nuestro interior las semillas de la zarza humana, los desechos de la condición humana. Nos damos cuenta de que no

sirve para nada mirar a los demás. Es hora de matar a los dragones que nos azotan por dentro. De otro modo, no hay la menor esperanza de que alguna vida llegue a iluminar la oscuridad del mundo. Como la cola de un cometa, un signo incompleto de lo que es real pero resulta inalcanzable, la energía dorada para la bondad en uno de nosotros genera en todos nosotros la esperanza de que también los demás podamos alcanzar la plenitud de la vida antes de morir. «Como tú eres, así es el mundo», nos recuerda Ramana Maharshi. Lo que cultivamos en nosotros mismos es lo que permitimos que ocurra a nuestro alrededor.

El concepto tiene unas enormes e inquietantes consecuencias. Lo que sostuvo la esclavitud no fue le determinación y la voluntad de los propietarios de esclavos. Lo que sostuvo la esclavitud fue la actitud del pueblo en general, que no fue sometida a prueba ni tenida en consideración y que daba por supuesta la esclavitud. Quienes sostuvieron la esclavitud fueron aquellos que ni siquiera pusieron jamás en duda el irracional argumento de que había diferencias esenciales en la condición humana. Lo que mantiene los grandes presupuestos militares fuera de tiempos de guerra es la dedicación civil a crear enemigos y la negativa por parte de la ciudadanía a reclamar de sus gobiernos que se comprometan en el duro trabajo por la paz. Lo que mantiene la esclavitud de las mujeres es la voluntad casi universal, por parte de muchas mujeres, de ser esclavas, de apoyar a unos gobiernos, unos esposos, unos padres, unas Iglesias y una teología que las atan con sutiles cadenas.

Pogo lo expresa sin rodeos: «Hemos encontrado al enemigo, y somos nosotros». Y el Eclesiastés lo dice con absoluta claridad: «Hay un tiempo de matar» las malas hierbas que crecen dentro de nosotros y que nos permiten leer noticias acerca de violaciones y saqueos, codicia y dominación, mentiras y holocaustos actuales... sin pronunciar una sola palabra de protesta, sin suscitar en nosotros un solo atisbo de duda, sin siquiera arquear las cejas en señal de disgusto, sin sugerir ni una sola reforma. Es hora de acabar con esa forma de maligna obediencia que nos vuelve estúpidos y nos deja marcados, porque nos confiere una mentalidad intelectualmente subordinada que hace que exulten los conquistadores y lloren los conquistados.

¿Qué es lo que nos ata a nuestros pecados? La situación está clara: estamos tan inmersos en la teología del perfeccionismo que seguimos queriendo negar que el pecado sea pecado, en lugar de admitir nuestra necesidad de aprender de él. Cuando el perfeccionismo es la base de la espiritualidad, el pecado deja de ser funcional, y el error resulta inaceptable. Llegados a ese punto, lo único que podemos hacer es negar nuestros pecados y convertirlos en virtudes. Pagamos a los pueblos del tercer mundo sueldos de esclavos, en nombre del «desarrollo». Cableamos el mundo para su destrucción total en aras de la «seguridad». Educamos, contratamos, concedemos ascensos y solo admitimos en nuestro país al tipo de personas que interesan al «bien nacional», en lugar de pensar en el racismo que ello implica en realidad. Excluimos a clases enteras de personas de la generosidad de la Iglesia y predicamos y teologizamos acerca del «plan eterno» del

universo. Creamos ídolos a partir de nuestros sistemas, nombramos sumos sacerdotes a nuestros oficiales, y los más ingenuos de entre nosotros son nuestros chivos expiatorios. No pecamos. Justificamos las corrupciones que ponemos en práctica y las denominamos «buenas acciones».

En otras palabras, las personas que tienen que ser perfectas no pueden, simplemente, permitirse fracasar. Para ellas, la perfección se halla en la perfección, no en el hecho de aprender a recobrarse de los avatares que hacen humano al ser humano. Así pues, una sociedad basada en el perfeccionismo nunca pide disculpas, ni hace penitencia, ni se arrepiente de verdad. Los perfectos únicamente se aferran a su perfeccionismo. Es una condición enfermiza del alma.

Sin embargo, el perfeccionismo, el deseo de llegar a un punto en que hayamos refinado nuestros comportamientos de tal modo que no temamos la recaída, no es el único obstáculo a la libertad de espíritu que se obtiene al matar las ansias asesinas de poder y de las cosas que viven, aunque latentes, en nuestro interior. La noción de perfectibilidad, la idea de que cualquier cosa humana pueda ser perfecta, constituye la otra gran ilusión de la vida espiritual. Se centra en la eliminación de los errores, más que en el valor de los esfuerzos. Al fin y al cabo, si una cosa es perfectible, el esfuerzo es el objetivo en sí mismo, no el problema. Hay pocos músicos que toquen el Vals de un

minuto de Chopin en tan solo un minuto; sin embargo, generación tras generación se

intenta conseguir esa meta, y los intérpretes lo hacen mejor cada vez y están cada vez más satisfechos de sí mismos.

No es que el pecado no sea pecado. Es, sencillamente, que el pecado no es el fin del mundo –y, de hecho, puede ser el principio de una serie de cosas que a duras penas podrían lograrse de otro modo en la vida y sin las cuales la vida sería una farsa lamentable–. Un encuentro con la avaricia puede ser precisamente lo que nos enseñe la libertad de la pobreza. Un problema generado por la lujuria puede ser lo que, al final, nos enseñe la verdadera naturaleza del amor. Una fuerte dosis de ira puede ser lo que nos enseñe la belleza de la amabilidad.

Es decir, tenemos cosas que aprender del pecado. Una de ellas es la compasión. Otra es la comprensión. Una tercera es la humildad. Una cuarta, la percepción. Y es que sin la capacidad de cometer nuestros propios pecados, todas estas cualidades son difíciles de adquirir.

El pecado nos insta a sufrir con los que sufren a causa de la estupidez de sus debilidades, porque a nosotros nos han curtido las nuestras. Una vez que sepamos admitir los propios pecados, una vez que afrontemos esas cosas de dentro de nosotros y que, si alguna vez salieran a la luz, supondrían nuestra ruina social, podremos acompañar a aquellos con quienes la oscuridad de la noche no ha sido tan amable. El pecado nos capacita para comprender al homicida, para ser justos con el delincuente, para controlar la pasión por la sangre que enmascara los pecados de los justos con una pátina de virtud.

–las consecuencias voluntarias– del exceso de pecado. La humildad no solo nos identifica con el resto de la humanidad y confirma lo terrenal de la condición humana, sino que además erosiona la base misma de la jerarquía. La humildad sabe que los señores de palacio no existen; nadie está autorizado a someternos a los demás; nadie es lo bastante bueno ni lo bastante puro como para evaluarnos a los demás. Todos luchamos. Todos tratamos de eliminar dentro de nosotros las mismas toxinas que envenenan a la raza humana en general. Todos estamos a merced del Dios de la misericordia. Todos podemos aprender algo de los demás.

A menos que sepamos aceptar nuestra naturaleza incompleta, no podremos librarnos de ella. Sea cual sea la talla de nuestra virtud actual, el pozo sin fondo de la vida siempre se extiende ante nosotros, siempre para ser catapultado, siempre para ser respetado, siempre con la agonía del desafío de mirarnos de nuevo a nosotros mismos. La humildad nos recuerda que todos estamos siempre en proceso. Es más, la humildad nos recuerda que estar en proceso es estar perfectamente bien, perfectamente vivos, ser perfectamente humanos y estar perfectamente llenos de vida. «Lo que importa no es dónde estamos», dice el proverbio, «sino adónde vamos». Y una doctrina china nos enseña que, «si permanecemos en el camino en el que nos encontramos, seguro que llegaremos a nuestro destino». La humildad es la base para la conversión; el pecado es su semilla.

Imagínate a la persona perfecta. ¡Qué aburrida! Lo que los más grandes santos nos muestran es el mayor triunfo, no la mayor cantidad, de insulsa belleza. El pecado y la tentación, el fallo y los fracasos son la esencia de la vida. Su propósito es darnos profundidad, no razones para la desesperanza. Lo que de verdad necesitamos matar dentro de nosotros es la idea de que no hay nada que matar dentro de nosotros.

Cuando llega la humildad, viene acompañada de la percepción. Entonces somos capaces de ver que el pecado y la virtud van de la mano. Podemos ver detrás de las máscaras ese desfile a través de la vida como perspicacias comerciales, políticas prudentes, religiones fervientes y leyes incorruptibles. Cuando empezamos a comprender la resaca de nuestra propia alma, podemos descubrir las aguas revueltas que nos rodean. Podemos encontrar el bien en la suciedad de los negocios, la santidad bajo el pecado de la religión, y la enorme y apabullante bondad de corazón de la mayor parte del mundo que nos rodea. Podemos mirar dentro de nosotros y entrar tiernamente en contacto con las luchas de toda la raza humana, que, palpitante, busca a tientas frágiles virtudes y gime desamparada. Entonces podemos aprender a amar de veras.

Por supuesto que hay «un tiempo para matar» en nuestro interior todo cuanto nos oculta de nosotros mismos y mantiene a raya dentro de nosotros el empeño único, grandioso y salvador de la vida humana, el poder de perdonar en los demás lo que no vemos en nosotros mismos.

Entre los cuentos jasídicos, hay uno que destaca por su tratamiento del tema de la compasión. Dice así:

por dar unas monedas al tonto del pueblo, el cual, como bien sabían todos, no iba a hacer buen uso del dinero.

–¿Qué pasa? –dijo el rabino–. ¿Tengo que ser yo, al dar estas monedas, más quisquilloso de lo que fue Dios al dármelas a mí?».

Seguramente no sea el pecado lo que tengamos que matar en la vida. Lo que de verdad necesitamos evitar como la peste es la tentación de una vacía y brutal falta de pecaminosidad que podría hacernos caer en la inhumanidad, el mayor de todos los pecados.

In document Todo Tiene Su Tiempo - Joan Chittister (página 56-62)