• No se han encontrado resultados

Trabajando con el órgano electrónico

In document Libro Saitta (página 149-151)

Para trabajar con estas máquinas sólo es necesario que el docente, después de un detenido análisis, advierta que todo lo que tiene que hacer es ponerse a tocar. Con esto quiero decir que debe animarse, superar el natural temor que produce un “artefacto desconocido” pues, hasta donde yo entiendo, éste es el problema más generalizado.

Los docentes, durante años, argumentaron una serie de razones en contra del uso de estos instrumentos que, afortunadamente, el tiempo se ocupó de disipar. Veamos algunas de estas argumentaciones:

1. Tienen un sonido pobre: ¿Qué debemos entender por sonido pobre? ¿Poco armonioso, desafinado? Qué podemos decir entonces de los pianos de las escuelas, por lo general de- safinados y con sonidos de calidad más que discutible. Es cierto que algunos timbres -espe- cialmente en los órganos viejos- se parecían muy poco al instrumento que pretendían imitar, pero, en tal caso, deberíamos decir que algunas “imitaciones” son malas y esto se compensa con una amplia variedad de timbres, perfectamente afinados y de muy fácil producción. La calidad de los sonidos, por otra parte, es incuestionable en los órganos de buena calidad y de fabricación reciente.

2. Tienen acordes simples. Si bien es cierto que en estos instrumentos sólo vienen pre- sentados los cuatro acordes básicos: mayores, menores, mayores y menores con séptima, también es cierto que son estos acordes los que definen las estructuras cadenciales propias de la armonía tonal, sistema que rige para la mayor parte de la música (para no decir toda) que usamos en la escuela. En los casos en que se necesitaran otros acordes, si en la música que tocamos no existe impedimento alguno para usarlos, menos existe como posibilidad instrumental. En estos instrumentos se pueden usar los patrones rítmicos sin recurrir a los acordes preseteados, lo que amplía las posibilidades armónicas; el teclado puede ser usado en forma normal si no se selecciona el sistema de acompañamiento automático propio de estas máquinas.

3. Usan esquemas rítmicos propios de la música popular. ¿Y eso qué tiene de malo? ¿Acaso existe en la escuela otro medio para obtener un “acompañamiento”, una sección rítmica que suene de esta manera? De haberlo, en buena hora, de no ser así, ésta es una base eficaz para acompañar las canciones de moda con una sonoridad muy parecida a la de las grabaciones comerciales. Además, la mayoría de estos instrumentos poseen, aunque en menor cantidad, algunos ritmos que podríamos llamar clásicos, por supuesto, estos recursos se amplían si se cuenta con un buen instrumento o se compone.

4. No tienen ritmos folklóricos. Es cierto, no están pensados para nuestra música, pero hoy existe, en la mayoría de los instrumentos, la posibilidad de “cargar” otros bancos que no sean los que la máquina trae. Existen, por supuesto, cartridges con diferentes estilos, inclusive con nuestros más característicos ritmos (zamba, chacarera, chamamé, tango, candombe, etc.).

5. El pie métrico es implacable, no se puede seguir. Si uno quiere ser preciso, qué remedio, también es implacable un metrónomo. Habrá que ir probando diferentes velocidades o, en todo caso, puede anularse el “ritmo automático” y trabajar con el ritmo libre.

6. No favorecen la creatividad. No creo, sinceramente, que un instrumento por sí mismo favorezca o no la creatividad. La creatividad depende de otras variables y, honestamente, muchas de las cosas que se hacen en el aula son poco creativas sin que intervenga el órga- no electrónico. La música puede ser arte, magia o espectáculo, y para estas alternativas, un instrumento con las características del órgano electrónico no sólo es apropiado, puede ser, además, estimulante para desarrollar muchas habilidades musicales.

7. No se prestan para las tareas del aula. Este argumento, como el anterior, se esgrime con frecuencia y es un índice más de la inconsistencia de dichas argumentaciones. Las máquinas son eso: máquinas; tienen ventajas y limitaciones, están hechas para hacer un determinado trabajo y no para otro, aunque, con un poco de ingenio, pueden ampliarse sus aplicaciones. No es correcto juzgar a una máquina por lo que no hace, debemos, más bien, aprovechar aquellas cosas que sí hace, si es que nos ayuda en nuestra actividad, si es que sirve a nuestros propósitos.

Me atrevo a decir que las ventajas que un órgano nos ofrece para resolver o experimentar ciertos temas son verdaderamente sorprendentes. En pocos segundos nos pone frente a una realidad que de otro modo nos insumiría muchas horas de trabajo, sin la seguridad de un resultado cierto. Pensemos cómo nos puede ayudar a achicar la distancia o el camino que media entre el propósito y el resultado, cómo una idea se puede “corporizar” en muy poco tiempo, cómo, una vez establecido un patrón, es posible mantenerlo sin temor a errores o a modificaciones casuales o accidentales.

Podría agregar muchas otras ventajas: la posibilidad de convertir cualquier aula en aula de música, la posibilidad de que la escuela posea un teclado a un monto mínimo, la posibilidad de acceder a la armonía, a una base rítmica, al arreglo en forma inmediata.

Trabajando con el órgano electrónico II

In document Libro Saitta (página 149-151)