EL P O D E R
D E L A
V O L U N T A D
S O B R E S Í M I S M O S O B R E L O S D E M Á S S O B R E E L D E S T I N O EDITORIAL IBERIA, S. A. M U N T A Ñ E R i8 o - B A R C E L O N ADecimonovena edición: junio 1985
Reservados todos los derechos.
N inguna parte de este libro puede ser reproducida, alm acenada en un sistema de inform ática o transm itida de cualquier form a o por cualquier medio electrónico, m ecánico, fotocopia, grabación u otros métodos
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© Editorial Iberia, S. A.
M untaner, 180 - Barcelona, 1985
ISBN: 84-7082-164-4
Depósito legal: B. 22114- 1985 P rinted in Spain
Una gran firmeza de carácter; esa confianza en sí mismo que permite a quien la posee emprender y llevar a feliz término toda clase de empresas; una vo luntad reflexiva, resuelta y tenaz; la facultad de po derse dominar y de regirse uno a sí mismo deliberada mente; una seguridad luminosa, práctica y juiciosa ante cualquier circunstancia que se presente; el don de poder influir sobre el pensamiento, disposiciones y decisiones de nuestros semejantes; el vigor mental y la destreza necesarios para vencer las mil dificultades que la vida ofrece, todo esto, en verdad, parece inaccesible a la mayor parte de los seres.
Sin embargo, todo eso, que parece tan difícil, puede adquirirse. El presente libro lo demuestra. Es te libro dirá al lector cuál es la manera de poder de terminar en sí mismo — y en amplia medida — las virtudes y facultades arriba enumeradas, aunque el lec tor no se sienta, de modo natural, muy predispuesto a ellas.
La eficacia de nuestro método — que más ade lante detallamos — ha sido comprobada por los pro pios lectores de este Manual. Y hay un hecho que
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lo demuestra; el haberse vendido algunas decenas de miles de ejemplares de esta obra en el espacio de pocos años y sin ninguna clase de propaganda, lo cual quie re decir que nadie ha leído sin provecho esta obra, ni ha dejado, por consiguiente, de recomendarla siempre que ha tenido de ello ocasión.
En consecuencia, ni aun el ser más deprimido debe sentirse desdentado, sino que, antes bien, debe abordar animosamente el entrenamiento gradud que en este libro indicamos; por nucy débil, por muy fluc- tuante y tímida que sea su voluntad, no tardará en vi gorizarla y en llegar a imponerse a fuerza de persisten cia. ..
Capitd es el interés que ofrece ese entrenamiento, y. por poca atención que le preste el lector, habrá de sentirse, no obstante, lo suficientemente inclinado a in tentar un primer esfuerzo, del cual surgirán los esfuer zos subsiguientes. La afirmación del poder rector de lu conciencia, por medio de la educación de la voluntad, no es más que una cuestión de ejercicio. Tras de ha ber dado el primer paso, que creará el impulso nece sario d representarse las excelencias hacia las cudes se orienta, el segundo paso será más seguro, y cada una de las nuevas tentativas que practique hará más enérgica y fácil la que le siga.
La subordinación de las diversas actividades psi- cofísicas d examen reflexivo de la inteligencia cons tituye la principal condición para el éxito, por la sen cilla razón de que capacita d individuo para actuar en todo momento, a pesar de cudqmer obstáculo o
difi-cuitad, de conformidad con una resolución o principio determinado de antemano.
Esta cualidad parece ser la más apetecible de to das, ya que asegura una completa armonía interior. En un determinado grado de desenvolvimiento psíqui co, la voluntad se halla asociada, constante e íntima mente, al «yo» central; y, en consecuencia, permite di rigir los pensamientos, moderar o exaltar — según los casos — las emociones o impulsos que el individuo experimente y reinar de modo soberano sobre los estados sensoriales.
La estrecha influencia existente entre lo moral y lo físico, cuya noción se ha ido extendiendo durante es tos últimos años, mediante el empleo terapéutico de la sugestión (1), se manifiesta con tanta precisión como intensidad en todas aquellas personas que practican con relativa asiduidad la concentración voluntaria del pensa miento: manteniendo en su conciencia la imagen con veniente, les es posible actuar sobre los más profundos tejidos de su organismo. Con anterioridad a esta po sibilidad, veremos que es relativamente fácil al individuo crearse una condición mental, afirmando poderosamen te su vitalidad y su resistencia respecto de las diversas causas patógenas.
Por otra parte, la ciencia experimental considera como un hecho demostrado que la voluntad se ejercita exteriormente al individuo y que, a través del éter, pro yecta, con dirección a aquellas personas en quienes se
(1) Del mismo autor, M étodo práctico de autosugestión. (Prefacio del doctor P. L. Rehm.)
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pone el pensamiento, una serie de movimientos ondulato rios que tienden a crear en dichas personas estados de alma complementarios de los del individuo actuante.
Las voliciones precisas, continuas e intensas, tie nen, entiéndase bien, una acción a distancia mucho más eficaz que ¡os pensamientos indecisos, fugitivos y vaci lantes. Por consiguiente, la influencia psíquica indivi dual aumenta al mismo tiempo que reduce la multi plicidad de estados de alma y enseña ai individuo o pensar enérgicamente.
Vayamos más lejos. Diversas escuelas filosóficas ad miten que la facultad de querer, por efecto de un proceso que dichas escuelas explican, se convierte en modificadora de las causas secundarias cuando adquie re suficiente dinamismo para ello. Así piensan los ocul tistas, los teósofos y magos, cuyas doctrinas han tenido en todos los pueblos y en todas las edades de la Histo ria muy ilustres representantes (1).
* * *
Por lo tanto, lo que nos proponemos en este libro es establecer un }nétodo de desarrollo de la voluntad, orientado, primeramente, hacia el dominio de sí mismo, después hacia la práctica de la influencia mental a dis tancia, sobre una o varias personas, y, finalmente, ha cia la aplicación — por parte de aquellas personas que quieran hacer la experiencia — de los métodos de
con-(1) V éase el Tratado metódico de Ciencia oculta del doc to r Papus y la o b ra de Stanislas d e G uaita.
dicionamiento voluntario del destino. Los primeros efec tos que determinan las prácticas expuestas más adelante se traducen en un impulso hacia la iniciativa mental y más tarde por una sensación de seguridad y de «po der»; el individuo tiene conciencia de que es capaz de realizar esfuerzos de voluntad. Poco a poco — tanto más rápidamente cuanto mayor sea la aplicación del indi viduo — la confianza de éste en sí mismo se hace cons tante, y las ideas parasitarias, los estados emotivos di solventes y las solicitaciones sensoriales quedan domi nados. El «dominio de sí mismo», se hace continuo y el individuo puede prontamente, y a plena satisfacción suya, dirigir sus sentidos, su sensibilidad y su intelecto, llegado tal momento, como quiera que el individuo es ya apto para concentrar su energía psíquica sobre cualquier imagen precisa, el poder de la voluntad
— como se' ha dicho más arriba — puede utilizarse
para obrar de modo regularizado y como elemento mé dico o anestésico actuante sobre los órganos físicos. Incluso independientemente de la influencia telepúqui- ca que pueda ejercer directamente sobre sus semejan tes, resulta evidente que la persona que ha aprendido a dominarse, a razonar sus impresiones y a conservar una calma perfecta ante toda clase de circunstancias, por difíciles que sean, influye — por efecto de esta misma estabilidad — sobre las personas en quienes actúa. Una mirada que exprese determinación, una palabra precisa y juiciosa o una actitud serenamente enérgica, impresio nan, sin duda, de modo considerable. Existen otras cua lidades intrínsecas — igualmente obtenibles por medio
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de la educación de la voluntad — que complementan ¡os precedentes factores de influencia personal: tales son el «espíritu oportunista», la «memoria», la «continui dad en las ideas» y la «rapidez de asimilación». Llega un momento en que ni las circunstancias, ni los in cidentes imprevistos, ni el modo de ser o de obrar de mtestros semejantes, logran en modo alguno descon certarnos. Por consiguiente, el individuo medianamen te dotado podrá modificar su propio destino. En efec to: a presencia de cualquier eventualidad conservará toda su energía, toda su serenidad y lucidez para poder actuar y reaccionar libremente; sin gran esfuerzo, com prenderá cuál debe ser su conducta a seguir y, final mente, siempre atento a su tarea, pasando en el mo mento previsto de una a otra ocupación, conservando en el curso de todas las fases de su labor una misma línea directriz, expresión de una misma voluntad.
El título de esta obra nos parece, pues, perfecta mente justificado, incluso ante la consideración de los espíritus más positivos.
Cómo prepararse para regular la voluntad
1. Determinismo y libre albedrío. - 2. M a
nera de crear en sí mismo una propensión hacia el esfuerzo. - 3. Ayuda aportada por las principales aspiraciones. - 4. La fuer za nerviosa. - 5. Idea general de la subor dinación del automatismo a la conciencia.
- 6. Regulación de los impulsos emocionales.
- 1. Regulación de los impulsos sensoriales. •
8. Posibilidad inmediata de realizar los es
fuerzos precedentes. - 9. Modo de obtener provecho de las indicaciones contenidas en
El carácter de cada individuo aparece ya formado en la edad en que éste es capaz de tener conciencia de ello. De la misma manera que, en ouanto a la parte física se refiere, nuestra constitución orgánica es la re sultante de la herencia, todo cuanto constituye nues tro ser moral — tendencias, facultades, aptitudes, etc. — existe con anterioridad a la noción del «yo». La acción recíproca de las funciones sobre el intelecto y de éste sobre las funciones parece, pues, predisponemos a sentir, pensar y actuar necesariamente de una manera determi nada. Existen dos aforismos, sumamente conocidos, a este respecto: «No es posible cambiar de naturaleza», dice el uno, y: «Combatamos nuestro modo de ser, y éste reaparecerá prestamente», argumenta el otro; afo rismos ambos que expresan claramente la opinión — su mamente compartida, precisamente porque juzga inútil todo esfuerzo — de las Escuelas filosóficas que afir man que el hombre no puede transformar radicalmente su personalidad. Resulta de esta teoría que la voluntad siempre se manifestaría, en un instante dado, como
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to de aquel impulso que el momento o las circunstancias hiciesen más poderoso.
Si bien es cierto que nuestros impulsos, nuestras impresiones y nuestros juicios primitivos son el resul tado de nuestros condicionamientos psicofisiológicos, no es menos evidente que una buena educación de la vo luntad, adquirida fuera de nosotros mismos, pero re flejada por nuestra conciencia, puede crear en noso tros la idea, primero, y después la decisión, de reac cionar contra ese automatismo. El individuo que se da cuenta de la oportunidad de semejante reacción ex perimenta ya el empuje de su determinismo, que toda vía, sin embargo, no ha aprendido a dominar. Ello se traduce en su entendimiento por la noción de servidum bre. El individuo en cuestión se expresará así: «Aquello fue más fuerte que mi voluntad», o bien dirá: «No pu de impedirlo»...
El objetivo primordial de este libro no es otro que el de enseñar el modo de proceder, pese a todos los impulsos del automatismo, en el sentido de aquello que un juicio deliberado haya considerado como más conveniente.
2. Ma n e r a d e c r e a r e n s í m is m o u n a p r o p e n s ió n HACIA EL ESFUERZO
«Todo cuanto entra por el espíritu sale por los músculos», decían los antiguos. Los psicólogos moder nos admiten igualmente la tendencia que tiene toda idea
a transformarse en acto. De conformidad con esa ley, y considerando con la mayor atención posible los diver sos motivos por los cuales resulta útil el desarrollo de la voluntad, d individuo se sentirá inclinado a ini ciar prácticamente dicho desarrollo. Toda aquella perso na a quien le sea familiar la meditación razonada de las cosas, no experimentará dificultad alguna en entre garse a la contemplación mental de sus razonamientos ni en praoticar la educación psíquica. Si, por el contra rio, la aptitud para la concentración no está suficien temente preparada, el individuo logrará vigorizarla efi cazmente trazando un cuadro escrito de las modifica ciones que desee introducir en su personalidad y de las ventajas que dichas modificaciones aporten. Estimamos que los ejemplos que a continuación ofrecemos habrán de ser útiles a más de un lector:
«Quiero adquirir una serenidad constante, una segu ridad imperturbable y una justificada confianza en mí mismo.»
«Quiero dominar la ansiedad, el temor, la nervio sidad y otras diversas emociones paralizadoras.»
«Quiero conservar perfecta lucidez de espíritu en toda circunstancia; quiero ser siempre dueño de mis actos, suceda lo que suceda; quiero conservar mi pre sencia de ánimo ante todo obstáculo.»
«Quiero que mi memoria sea exacta y rápida, viva y correcta mi asimilación e indefectible mi voluntad.»
«Quiero elevar a un grado sumo el cultivo de mis aptitudes y quiero también adquirir, en el dominio
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PAUL C. JAG0Tque a dichas facultades corresponda, una competencia y habilidad superiores.»
«Quiero hacer siempre lo que sea más convenien te en el momento previsto y a pesar de todas las so licitaciones o incidentes susceptibles de apartarme de ello.»
«Quiero regir mis impulsos físicos y emocionales, negándome a dar rienda suelta a todos cuantcs sean contrarios a mi equilibrio vital, a mis principios o a la finalidad que persigo.»
«Quiero examinar juiciosamente, antes de admitir las, cuantas ideas acudan a mí espontáneamente, o bien que me sean comunicadas o me lleguen a través de lec
turas.»
«Quiero denotar serena tenacidad, enérgica corte sía y tranquila seguridad, cualidades que dominan a los hombres y a las circunstancias.»
Naturalmente, cada individuo persigue en la vida una finalidad diferente, que habrá de ser la que le inspire las fórmulas más adecuadas al caso. Por ejem plo: un enfermo, deseoso, ante todo, como es natu ral, de recobrar su salud, podrá añadir a lo precedente: «Quiero dominar mi voluntad hasta que ésta haya ad quirido peder suficiente para modificar mi estado.»
Tras de haber leído completamente y repetidas veces el cuadro trazado con arreglo a las anteriores indica ciones, se hace preciso considerar por separado cada párrafo de lo escrito e imaginarse concretamente su significación respectiva. De esta suerte, la primera afir
mación dada por nosotros como modelo debe ir se guida de la representación imaginativa de la sensa ción que se experimentaría al saberse uno en posesión de una calma inalterable, como asimismo de las posi bilidades que implicaría semejante equilibrio nervioso. Diversos autores recomiendan transcribir, con tra zo firme y atrevido, cada una de las frases sobre las cuales bay que meditar. Aconsejan escribir dichas fra ses en un rectángulo de papel y mantener fija la mirada por espacio de varios minutos, sobre cada una de las fórmulas escritas. Este procedimiento es de suma con veniencia para las personas de espíritu agitado, cuya atención se dispersa mucho menos si se les presta un punto de apoyo material.
Para activar su funcionamiento cerebral, los seres vacilantes, los inertes, hallarán una ayuda mecánica dando algún paseo a paso bastante acelerado, durante el cual se repetirán las afirmaciones precedentes. A la inversa de la inmovilidad física, que tiende a calmar la excitación cerebral, el movimiento estimula el pensa miento. Hay muchos hombres de negocios que prac tican inconscientemente esta ley cuando, bajo el efecto de cualquier grave preocupación, cuya solución bus can afanosamente, se pasean- de arriba abajo por su despacho.
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3. • Ay u d a a p o r t a d a p o r l a s p r in c ip a l e s ASPIRACIONES
Para poder poner en práctica todo lo hasta aquí con signado, es preciso que, verosímilmente, el individuo sea ya capaz de realizar un pequeño esfuerzo. Hasta el carácter más endeble hallará la energía necesaria para d io si acude a su propio juicio. En efecto, resultaría verdaderamente inconcebible que hubiese un solo hom bre que en d curso de una jomada no experimentase diversos movimientos interiores nacidos de sus prind- pales aspiraciones. Estos movimientos se traducen en diversos estados de conciencia: deseo de adquirir tal o cual facultad, o de eliminar cualquier defecto; deseo de un mayor bienestar material, de poseer un objeto, de procurarse una satisfacción cualquiera; deseo de con sideración o de influencia personal.
La costumbre de asociar a las aspiraciones — cuan do éstas acuden al espíritu — la nodón del desarrollo de la voluntad, que permitirá realizarlas, crea una dis posición hacia el esfuerzo, aun cuando sólo sea momen táneamente. Aprovechar este momento para dar ma yor^ amplitud al impulso activo. por medio de la medi- tación anteriormente descrita, es dar el primer paso y abrirse “d acceso a la vía energética.
La perspectiva de poder llegar a ser una persona lidad vigorosa, física y moralmente robusta; de poder mejorar de situación, de conseguir asimilarse un arte o
dencia cualquiera, de poder regirse uno mismo de con formidad con aquellos principios que se consideran pro vechosos, y en mi orden general, de poder lograr el ob jetivo perseguido en la vida; esta perspectiva, repeti mos, constituye una serie de «ideas- fuerzas» que se pue den encauzar en provecho de la voluntad por medio de la asociación de pensamientos que hemos
indicado.-A la lasitud, a la indecisión y a la inercia debe mos oponer nuestro egotismo superior; debemos repe tirnos constantemente que en modo alguno consenti remos que nuestras tendencias inferiores pongan trabas a la realización de nuestros más caros deseos; debemos considerar que una voluntad^resuelta significa siempre, directa o indirectamente, una ventaja sobre los demás; asimismo debemos tener en cuenta que nuestro poder volitivo regula la eficacia de nuestra reacción contra todo cuanto las circunstancias tienden a imponernos do más desagradable o doloroso, como también la de nuestra acción sobre cuantas cosas apetezcamos.
4. La f u e r z a n e r v io s a
Un motivo cualquiera, que sea suficientemente im perioso, hace accionar la voluntad; pero ésta decae rá- pidamenle„si falta la energía indispensable para produ cir la actividad psíquica, esto es, la fuerza nerviosa. Son muchas las enfermedades de la voluntad que proceden de una insuficiente producción de fuerza nerviosa. No es menos cierto que los asténicos derrochan inútilmen
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te cierta cantidad de esta preciosa energía, cuya reten ción bastaríales para mejorar casi instantáneamente su estado.
El individuo que conserva en los diversosjjlexos la fuerza nerviosa que otros malgastan en inútiles expan siones, tonifica la facultad volitiva, que entonces se halla lo bastante sostenida para ejercer su acción cuan do la oportunidad se presenta.
Por esta razón, como primeros esfuerzos de habi tuación, preconizamos una serie de inhibiciones que, pa ralelamente a la fortificación de todcTejercicio racional, procuren suprimir importantes emisiones de fuerza ner viosa. Dos o tres días de práctica bastarán para conven cer al lector de la eficacia de estos ejercicios, pues, con secutivamente a la aplicación de los mismos, expe rimentará una sensación inmediata de «poder en sí mismo».
5. Id e a g e n e r a l d e la s u b o r d in a c ió n d e l AUTOMATISMO A LA CONCIENCIA
Todo ser puede apreciar en sí mismo la existencia de dos elementos que actúan de fuerzas incitadoras, dos fuentes de donde se originan las decisiones. Por una parte, la conciencia, el juicio, la razón y la re flexión; por otra parte, el automatismo. Un ejemplo mostrará claramente el juego de estos dos centros de la personalidad humana: un estudiante se sienta por la mañana ante su mesa dispuesto a entregarse al
es-tu dio de una cuestión abstracta de Filosofía, carente hasta aquel momento de todo atractivo para él. Fuera brilla el Sol, ’y, por la ventana, entreabierta, llegan hasta la estancia deliciosos efluvios matutinos y el ru mor de mil ruidos del exterior. Nuestro estudiante se siente vivamente inclinado a dejar el libro indigesto y salir en busca de algunos compañeros, con los cua les se entregará a uno de esos juegos al aire libre que tanto placen a la adolescencia sana. Pero este mo vimiento de automatismo, ese «impulso», tropieza con la resistencia que le opone la conciencia, al razonar que los exámenes se acercan, que el programa de lo'i mismos es difícil y que sólo mediante una asiduidad sostenida logrará salir airoso de su cometido. Entonces se entabla el «combate interior», de cuyo resultado de penderá la conducta del estudiante.
La debilitación del automatismo, metódicamente con ducido y esforzándose el individuo en dominar primera mente los impulsos más insignificantes y después otros más importantes, asegura poco a poco su subordinación rápida y fácil a las representaciones reflexivas.
6. Re g u l a c ió n d e l o s im p u l s o s e m o c io n a l e s
La satisfacción de los impulsos emocionales va siem pre acompañada de un enorme desgaste de Juerza ner viosa. Por esta razón el mejor camino para llegar a una
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perfecta cultura de la voluntad es precisamente el de re gular y dominar dichos impulsos. Los principales son:
1.° La expansividad, en todas sus formas. De una manera • general, esfuérzate,, lector, en guardar silencio. Si, por ejemplo, llega a ti cualquier noticia y experimen tas el deseo de comunicarla a un amigo, piensa que ello te conducirá a malgastar cierta cantidad de energía. Conserva esta energía; no digas nada. No manifiestes nunca tus impresiones, singularmente las que resulten de las conversaciones que oigas: cada exclamación, cada palabra, cada gesto retenido aumentará tus reservas de fuerza nerviosa. No malgastes tu fuerza mental en ba gatelas, ni en comentarios cotidianos, ni en apreciacio nes sobre las personas que te rodeen, o sobre las accio nes que presencies... Todo esto no significa insociabili dad, sino únicamente retención de actividades inútiles tanto para ti, lector, como para las personas con quie nes trates. Cuando tengas necesidad de hablar, no lo hagas de un modo mecánico o automático: mide tus expresiones y sustituye aquellas que ibas a pronunciar «impulsivamente» por otras que sean más reflexivas. No discurras con excesiva animación, ya que ello te lle varía a un desgaste inútil y, sobre todo, no discutas.
Escucha con calma cuando se te exponga y no emitas tu opinión sino cuando sea indispensable. No permitas que se te obligue a hablar a pesar tuyo. Si cualquier charlatán te abruma con un aluvión de palabras, aparen ta interesarte por ellas, dejando que aquél derroche su fuerza nerviosa, pero no hagas lo propio con la tuya.
mente inclinado a hacerse valer; cuantas veces se le presenta ocasión para ello, trata de dar a sus seme jantes una alta idea de su personalidad y de hacerles partícipes de sus opiniones o juicios, que siempre con sidera superiores a los de los demás. Observa, lector, a las personas a quienes escuches; pronto descubrirás cuán estériles esfuerzos impone la vanidad a la mayoría de las personas inclinadas al deseo de aprobación. Ob sérvate tú mismo y procura reprimir cuidadosamente esta tendencia.
3.” Arrebato^. Si el individuo comienza por domi nar-cualquier ligero movimiento de impaciencia, lie-gre fría imperturbable ante las más graves provoca ciones. La contrariedad, la irritación y el enervamien to determinan ciertas expresiones fisonómicas, ciertos gestos y ciertas exclamaciones que hay que prohibirse con gran empeño. El ejercicio de la impasibilidad con tribuye poderosamente al desarrollo de la voluntad.
7 . Re g u l a c ió n d e l o s im p u l s o s s e n s o r ia l e s
Nuestros cinco sentidos hállanse incesantemente afec tados por múltiples impresiones que reaccionan de con tinuo sobre nuestras disposiciones mentales. Resultará verdaderamente provechoso tratar de razonar estas im
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presiones. A tal efecto, enumeraremos unas cuantas, apropiadas a cada sentido:
El aspecto de los seres de las cosas alteran en oca siones profundamente nuestras disposiciones íntimas. He aquí por qué nos dejamos influir por el ambiente en que nos hallamos. «No entramos de la misma manera — dice Sylvain Roudés — en una posada de pueblo, en el sa lón de una dama de mundo o en el despacho de un médico célebre cuando los habitantes de estas tres mo fadas están ausentes. Los tapices, las obras de arte, los cristales del salón o el mobiliario severo del gabinete médico ejercen involuntariamente en nosotros cierta im presión que llega incluso a influir hasta en nuestra com postura.» Si la casualidad nos lleva a ser testigos de un accidente cualquiera, más o menos trágico, instin tivamente desviamos la cabeza. La indumentaria o por te de las personas suele modificar nuestra actitud res pecto de ellas. Los días sombríos que ponen sobre los objetos exteriores cierta pátina de tristeza, llegan en oca siones a trastornar nuestra actividad. Pero son éstas otras tantas ocasiones que se nos ofrecen de ejercitar nos en el dominio de nosotros mismos. El contacto de ciertos cuerpos o de ciertos animales inspira a nuestro sentido del tacto un horror insuperable... en apariencia. Sin buscar precisamente dichos contactos, cuando la oca sión nos lo depare procuremos sufrirlos con la mayor frialdad posible. Los ruidos estridentes, bruscos e ines perados producen en nosotros una contracción de ios músculos del rostro, provocan cierto sobresalto y hasta alguna exclamación: reprimamos estos movimientos re
flejes y esforcémonos en oír tranquilamente el estré pito de una fábrica o taller, la estridencia de cualquier grito o la batahola de los vehículos. Cuando cualquier olor desagradable repugne a nuestro olfato, procure mos aislar el foco pestilente, sobre todo si dicho olor puede suponer una posibilidad de intoxicación; pero, en caso contrario, si el olor es inofensivo, no vacilemos en soportar sus desagradables efluvios, diciéndonos: «No permito que me afecte causa tan insignificante». Sabido es también que las preferencias y las repugnancias en materia alimenticia no siempre corresponden a la exce lencia o nocividad de las substancias comestibles de que se trate. También en este caso debemos apelar a nuestro juicio y dejar que prevalezca éste en la regulación de nuestras comidas.
8. Po s ib il id a d in m e d ia t a d e e f e c t u a r l o s p r e c e d e n t e s e s f u e r z o s
«Ser enérgico es una cosa, y obrar como si ya se fue se enérgico, por lo menos ocasionalmente, es otra. Por consiguiente, lector, nunca digas: «Para observar »lo precedente es menester tener ya voluntad.» Sara
observarToSoñímuaniente. y sin fatiga, desde luego, sí;
pero, al principio, no aconsejaríamos a nadie un esfuerzo semejante, que, además resultaría exagerado; para esfor
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análogo, seguiríg^ m . fipmfag enérgico^,no es precisa di- cha voluntad.»
Incluso en los individuos más imperfectamente do tados se observa la posibilidad de realizar, por lo me nos, tentativas de resistencia, cuando no de resistencia inmediatamente , victoriosa. Por otra parte, por muy fuerte que uno se crea, no debe hacerse la ilusión de triunfar al primer dta.de haber jatean en practica las precedentes reglas. El objetivo exacto del principiante debe ser el de tratar de estar sobre aviso. Si — como suele ocurrir durante los primeros-días —, al produ cirse el impulso, no se piensa en reprimirlo, por lo menos se procurará evitarse la inútil emoción del des pecho: sencillamente, la comprobación de la falta de atención que hemos señalado se hará seguir de una afirmación semejante a ésta: «Quiero estar prevenido para la próxima vez y estoy absolutamente decidido a ser dueño de mi automatismo». Y, en efecto, reiterando este procedimiento, la conciencia llegará a intervenir a tiempo.
Suele ocurrir que cuando un mismo impulso ha sido reiteradamente contenido durante varios díasjreajparece casi siempre en un momento dado y con mucha mayor intensidad que de ordinario. Ello constituye un escollo que hay que combatir vigorosamente, puesto que, una v e z dominado. se puede tener la certeza de poder ven cer completamente y con la mayor facilidad cE impulso primitivo.
9. Mod o d e o b t e n e r p r o v e c h o d e l a s in d ic a c io n e s CONTENIDAS EN ESTE CAPÍTULO
Antes de poner en práctica estas indicaciones, bue no será que el lector las relea varias veces. Su conte nido impregnará su espíritu, y cuanto mejor las haya comprendido, analizado y meditado, tanto más dispuesto se sentirá para ponerlas en ejecución.
Cuando el lector tenga la plena seguridad de haber penetrado perfectamente su sentido; cuando haya com prendido que el sendero del adiestramiento es llano y gradual y que está cuidadosamente combinado para que todo el mundo pueda seguirlo, señálese para el día siguiente la tarea de poner en práctica u n a de las pres cripciones antes indicadas, aplicando a ella toda su atención y energía. Después, reitere el esfuerzo inicial, acompañándolo de un segundo esfuerzo, diferente del anterior. Apliqúese el lector, sucesivamente, a dominar los impulsos anteriormente descritos; y, finalmente, pro cure, durante todo un día, vivir de acuerdo con el con junto de indicaciones contenidas en el presente capítulo. Y cuando lo haya logrado, repita el intento durante toda una semana. Entonces se hallará en disposición de poder pasar al capítulo siguiente. No se olvide de bus car en sus aspiraciones superiores, en su ambición y en su afán de progreso, de superioridad y de triunfo, la energía sustentadora del esfuerzo.
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cia», procure razonar fríamente este fenómeno. Dígase, de modo alentador: «En estos momentos me siento deprimido; pero esto no puede durar. Además, dentro de algún tiempo, cuando esté más habituado, no su friré este decaimiento.» En fin, no conceda la menor importancia a las palabras de desaliento que le puedan dirigir. Resulta inútil confiar a nadie que uno se en trega a la cultura psíquica. Esta manifestación de ex- pansividad es precisamente la primera que hay que re primir. Así el lector ahorrará a aquellos que no tienen
conciencia de la oportunidad de semejante cultura el
Modo de regirse el individuo
1. Regulación orgánica. - 2. Regulación del
sueño. - 3. Regulación de la actividad men tal al despertar. - 4. Cambio voluntario de pensamientos. - 5. Período de reposo. - 6. Examen periódico de sí mismo. * 7. Las depresiones ocasionales. - 8. Las costum
El juego de las facultades mentales, y en particular de la voluntad, depende estrechamente del estado or gánico del individuo. Antes de haber adquirido el desa rrollo psíquico necesario para podfcr influir sobre las diversas funciones por medio de la concentración de la atención sobre una imagen ideativa, el individuo habrá de aplicar su voluntad a imponerse una higiene racional, único modo de poder gobernar su estado físico. La directriz de esta higiene consiste en evitar cuidadosa mente toda causa de intoxicación. «El intoxicado — ha escrito, muy justamente, el doctor Gastón Durville —, ve y siente a través de sus toxinas.»
Fracasa la psicoterapia propiamente dicha cuando, paralelamente a su aplicación, el enfermo no se somete a un régimen que determine la eliminación de las di versas sustancias venenosas que infectan sus órganos. Cuando la masa cerebral se nutre de sangre viciada, se prcduce cierto malestar, con marcada predisposición a la inercia, y no tardan en aparecer graves trastornos. Cualquier ligera intoxicación basta a anular el resorte
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espiritual, a crear el pesimismo, la tristeza, el abati miento y el temor a realizar cualquier esfuerzo.
Los individuos dotados de constitución vigorosa no experimentan de un mcdo inmediato la consecuencia psíquica de las diversas causas de intoxicación, sino úni camente cierta pesadez de cabeza, especialmente después de las comidas; pero, tarde o temprano, el artritismo, en sus diversas formas, viene a alterar su vitalidad general, disminuyendo su capacidad de trabajo cerebral y perturbando su sistema nervioso. Inversamente, los organismos débiles, delicados y fluctuantes, experimen tan una verdadera renovación mediante la observancia de las reglas que más adelante expondremos. Alimen tación racional, abundante oxigenación de la sangre y circulación homogénea, son las tres condiciones primor diales del equilibrio fisiológico, el cual, al librar a la voluntad de toda perturbación o molestia interiores, la pone en las mejores condiciones de desarrollo.
En primer lugar se hace preciso reglamentar la ali mentación, suprimiendo resueltamente toda clase de co mestibles hipertóxicos. Aun cuando, a pesar de la inges tión de estos últimos, se desenvuelvan normalmente las funciones eliminatorias, es de observar que esta elimi nación se efectúa a expensas de un laborioso funciona lismo interno, que exige un desgaste de fuerza nerviosa que luego falta a la facultad volitiva. Esta primera medida cualitativa debe ir emparejada con la restricción cuantitativa de las ingestiones. La cantidad exacta de alimentos que bastan para la nutrición de cada indi viduo varía según las naturalezas, la profesión, el clima;
pero, no obstante, podemos indicar un criterio absoluto a este respecto: es excesiva toda comida que produzca la menor pesadez o abotagamiento.
De acuerdo con los estudios realizados por los doc tores Pascault y Cartón, damos a continuación una no menclatura de dos series de alimentos que figuran or dinariamente en nuestra mesa. La primera de dichas series se recomienda especialmente a las personas que persiguen un desarrollo íntegro de su voluntad. La se gunda serie les está formalmente contraindicada. Toda sustancia alimenticia que no figure en ninguna de ambas listas puede ser utilizada con moderación:
Primera serie: alimentos recomendados. — Pierna
de carnero aiada, costillas, jamón de York, carne asada a la parrilla, conejo, pollo, pichón; quesos de Gruyere, Brie, Holanda, Culommiers, mediasal, suizo; mantequi llas, ostras, lenguado, merluza; legumbres tiernas, pa tatas, arroz, castañas, puerros, alcachofas, espinacas, co hombros, verduras crudas y cocidas, berros, rábanos, apio, coliflor, col, colinabo, pastinaca, zanahoria, setas, frutas diversas crudas y cocidas, melón, calabaza, sé mola, leche.
Segunda serie: alimentos que deben suprimirse, pues to que intoxican y ocasionan un desgaste funcional de eliminación que contrarresta la propia aportación de energía de los mismos. — Alcohol, licores, vinos ran
cios, oporto, etc. (los vinos ligeros y naturales, por el contrario, son recomendables); caza mayor, carnes gra sas, foie-gras, ánade, ganso, sesos, embutidos y carnes secas en general; carne de cerdo, tripas, despojos, quesos
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fermentados, grasas cocidas, crustáceos, pescados, con servas cuyo recipiente sea de metal; bacalao, legumbres secas de color, acederas, coles de Bruselas, confituras, pasteles de crema y chccolate.
Frecuentemente hemos oído decir a las personas a las que indicábamos este régimen alimenticio que «les era imposible prescindir» de tal o cual alimento. Otras personas nos han objetado que este régimen supone una serie de privaciones gastronómicas. En ambos casos se impone un esfuerzo de voluntad, tanto más fácil de realizar cuanto más se haya penetrado el individuo de su conveniencia y oportunidad. Por lo demás, gustamos sobre todo de aquellas comidas a las que estamos ha bituados: véase la diferencia de gusto de los ingleses y de los alemanes, de los africanos y de los asiáticos. En Francia, en España, un hombre del Mediodía no dejará de sentarse al principio con cierto malestar a la mesa de un compatriota del Norte. Ya sabemos que la costumbre — la tiránica costumbre —, apoyada sobre todo en un elemento atávico, suele sujetamos a una alimentación determinada.
Satisfagamos, pues, esta idiosincrasia mediante «co midas excepcionales», cada mes o cada quince días, pero durante tcdo el tiempo restante seamos dueños de nuestro gusto. Lentamente iremos estableciendo cierta selección de alimentos buscándolos entre los que com ponen la primera serie. Y cuando nos hayamos intoxi cado, cuidemos de favorecer la eliminación de los ele mentos desvitalizadores por medio de un lavado del hígado o de los riñones, bien mediante un purgante en
ayunas, bien recurriendo a una comida compuesta en teramente de frutas.
La segunda condición de la pureza de la sangre y su debida oxigenación está muy lejos de ser objeto de la atención que merece. H a sido precisa la evidencia de que se iba hacia una verdadera degeneración de la raza, para que la cultura psíquica obtenga la importan cia indispensable en los programas escolares. El hom bre robusto que ha llegado a la edad de setenta u ochen ta años sin haberse preocupado en su vida de ninguna práctica higiénica, generalmente se encoge de hombros cuando en su presencia se aborda esta cuestión, sin pen sar que su magnífica resistencia la debe a antepasados suyos más sobrios y más familiarizados con el trabajo muscular. El lector decidido a ejercitar el poder de la voluntad ño se detendrá más ante las sugestiones de quienes niegan los beneficios de la reglamentación orgá nica ante las de la inercia. Entregándose a los ejercicios siguientes, no tardará en experimentar sus saludables efectos:
Ejercicio 1.° Por la mañana, al despertarse, tién
dase horizontalmente en el suelo, con los brazos a lo largo del cuerpo. Haga una inspiración lenta y profunda, que ayudará describiendo con los brazos un semicírculo lateral completo. Las manos deberán tocar al suelo, por la parte de la cabeza, en el preciso momento en que la inspiración termine; seguidamente deje escapar el aire inspirado, al tiempo que los brazos volverán a su pri mitiva posición. Repítase esta operación de diez a veinte veces. Este ejercicio puede practicarse también en pié.
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En tal caso es preciso adosarse a una pared, tocándola
con las manos al fin de cada inspiración.
Ejercicio 2.° Repítase el ejercicio anterior antes de
cada comida y antes de acostarse.
Debemos añadir que la gimnasia sueca, practicada en casa, e incluso cualquier deporte más o menos vio lento, contribuyen al desarrollo de la voluntad, a con dición expresa, naturalmente, de que se ponga en ello la mayor atención y que el pensamiento esté fijo sobre cada uño de los movimientos que se ejecuten. La na tación y la esgrima, a nuestro parecer, deberán ser los preferidos.
Es conveniente irse acostumbrando progresivamente a dormir con la ventana del dormitorio abierta y asi mismo a no dormir con la cabeza erccesivamente en alto; la horizontalidad del cuerpo favorece mucho la función respiratoria. Por eso cesa más pronto un síncope si se tiende al paciente con la cabeza, a nivel del cuerpo e incluso, a ser posible, un. poco más baja. Una buena circulación y una buena alimentación se complementan mutuamente. La respiración activa ayuda a la circula ción. Pero es también indispensable practicar todas las mañanas una excitación periférica de los vasos capila res, excitación que regula muy eficazmente la función vascular. Para ello basta con dejar correr a lo largo del cuerpo, de arriba abajo, una corriente de agua fría. No es necesaria ninguna instalación especial para ello: basta con úna esponja y un recipiente cualquiera (cube ta, barreño, tub, etc.) semilleno de agua fría. El agua, al
pasar sobre la piel, provoca la afluencia de sangre a los tejidos.
Las personas que teman la brusca impresión del agua fría, pueden hacerla preceder de una ducha tibia. Determinadas contraindicaciones respecto de esta prác tica están motivadas por ciertas afecciones crónicas, es pecialmente de los pulmones y los bronquios.
2. Re g u l a c ió n d e l s u e ñ o
Es indispensable dormir tranquila y suficientemente para que desaparezca por completo la fatiga cotidiana. En este caso, el despertar está exento de síntomas de lasitud; se levanta uno voluntariamente y la jornada comienza con una sensación de bienestar. El espíritu lúcido y el cuerpo reposado tienen un máximo de po tencialidad y de resistencia ante las dificultades cerebra les y los esfuerzos materiales. El hombre que duepme bien, piensa, siente y actúa con la plenitud de sus fa cultades.
El aspecto exterior del individuo también expresa los beneficios del reposo. El semblante del hombre que duerme normalmente aparece fresco, viva y clara la mirada, y distendidos los músculos del rostro. La voz acusa toda la plenitud de su timbre y aparece articulada con entera claridad.
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cada hora otorgada a Morfeo es una verdadera inte rrupción de la vida, es decir, de la edad.
Por el contrario, la falta de sueño deprime y des gasta rápidamente. Independientemente de la soñolienta fatiga que producen las noches pasadas a i claro, éstas pueden llevar al individuo a los mayores desórdenes nerviosos; y puede decirse que esos desórdenes facilitan todos los demás. La falta de reposo y de asimilación que lleva consigo, ponen al organismo en estado de menor resistencia frente a toda clase de intoxicaciones, frente a cualquier invasión microbiana, frente a la acción de la intemperie, frente a las emociones violentas y las heridas; en una palabra, frente a todos los asaltos que el organismo pueda sufrir.
Además de estas razones puramente higiénicas y de un interés indirecto respecto de la voluntad, el ejercicio de ésta en el momento en que el individuo va a entre garse al sueño es extremadamente eficaz. La acción de reducir a pasividad el automatismo psicológico en razón del cual la afluencia de pensamientos continúa durante el sueño, requiere una atención, un autodominio, en ocasiones considerable, cuya práotica permite dar un gran paso en el camino de la subordinación de las ac tividades interiores a la voluntad reflexiva.
Véase a continuación el procedimiento a seguir exac tamente:
En primer lugar, tiéndase el individuo en el lecho. Los miembros deben estar completamente estirados. Bus que una posición agradable, en la que cada porción del cuerpo descanse con todo su peso. Aconsejamos
po-ncrse del costado derecho o bien de espaldas; pero, en este último caso, procurando inclinar algo el cuerpo hacia el lado derecho. Realizado esto y hallada la pos
tura mejor — que es siempre la que resulte más cómo da —, el individuo debe imponerse una inmovilidad ab soluta. Seguidamente debe comprobar si sus músculos
están o no bien distendidos, poniendo especial atención en las extremidades inferiores. ¿Están libres los pies? ¿No estarán crispados o torcidos? También cuidará de que las piernas y les muslos descansen por entero, aun que sin tensión, en la superficie del lecho.
Seguidamente llevará este minucioso examen al pe cho, procurando que éste no se halle comprimido ni contraído. Para cerciorarse de ello, verá si funciona nor malmente. ¿Reposan bien los brazes? ¿Y la cabeza? ¿Su posición no fatigará los músculos del cuello?
Cuando el individuo lleva unos instantes de inmo vilidad, experimenta, por regla general, una tan impe riosa, tan súbita necesidad de cambiar de postura, que, de ordinario, la satisface ya antes de haber pensado siquiera en resistirse. Recobrando la posición primitiva, el individuo toma a imponerse la inmovilidad, vigilando el retomo del impulso anterior, y cuando éste hace su aparición, se esfuerza en no ceder a él. Tras de un cuar to de hora, aproximadamente, de absoluta inmovilidad, se experimenta una especie de agradable abotagamiento y el individuo se da cuenta de que el sueño le va ga nando gradualmente. De esta suerte, el insomnio, por re belde que sea, resultará vencido, y la agitación nocturna
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y el ensueño obsesionante serán reemplazados por un re poso tranquilo, completo y profundo.
3. Re g u l a c ió n d e l a a c t iv id a d m e n t a l AL DESPERTAR
La inercia física y moral que se señorea de nosotros durante el sueño persiste más o menos tiempo al des pertar. Quienes la combaten por medio de excitantes, tales como el café, dañan profundamente su organismo. La fuerza nerviosa extraída de los plexos por la acción de la droga supone un estimulante de corta duración y que siempre va seguido de la correspondiente depre sión. Por otra parte, se trata menos de «despertarse» que de atraerse los pensamientos sanos, determinados y bien orientados, de que se tiene necesidad para obrar conscientemente según los principios de la cultura psí quica. Cuando ya se ha practicado durante algún tiem po la «autorregulación del sueño», la lucidez de espíritu sigue casi inmediatamente al retomo de la conciencia a la actividad. Además, he aquí un procedimiento que nos ayudará a dominar las disolventes impresiones que se producen al momento de despertarse. Por la noche coloquemos a nuestro alcance un libro cualquiera, cuya lectura cautive nuestro interés. A la mañana siguiente, inmediatamente después de habernos despertado, coja mos el libro y continuemos la lectura a partir d d lugar en que la dejamos suspendida la víspera. Esta sencilla
operación nos devolverá rápidamente nuestra habitual claridad de ideas.
Una vez conseguido este primer resultado, abando naremos el volumen y nos entregaremos a rememorar fas ocupaciones proyectadas para la jornada que em pieza, asociando constantemente a su representación mental la noción de su interés, 6, por lo menos, del que nosotros atribuimos a algunas de dichas ocupaciones. Todo esto apenas si exige unos diez minutos y en tan corto espacio se prepara maravillosamente la voluntad para actuar.
4 . Ca m b io v o l u n t a r io d e p e n s a m ie n t o s
La operación de absorberse enteramente en el tra bajo, en el examen de una cuestión, en la ocupación a que uño se entrega, no solamente contribuye a asegu rarse la rapidez y perfección de dicho trabajo, sino tám- bién a desarrollar las facultades puestas en juego por la atención.
Para ejercer la voluntad en este sentido, lector, apro vecha un momento de ocio y esfuérzate en imprimir a tus pensamientos una orientación determinada. Cuanto menor sea el atractivo que dicha orientación te merezca, tanto más eficaz, será el ejercicio. No faltan, sin duda, objetivos que puedan acaparar por completo la atención, pero será el automatismo psíquico el que se desarrollará dirigiendo voluntariamente hacia ellos la ideación.
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Por el contrario, vale más fijar la atención en cual quier objetivo trivial de la vida corriente, un objeto, por ejemplo. Examínalo, lector, desde todos los puntos de vista posibles: dimensiones, peso, sustancia, etc.; imagínate las transformaciones sucesivas que esta últi ma ha debido experimentar hasta llegar a revestir su forma actual. Piensa en la importancia de dicho objeto en el mercado y en los trastornos que se producirían si su fabricación quedase suspendida... Piensa además: ¿es susceptible de perfeccionamiento este objeto? En caso afirmativo, ¿en qué sentido? Independientemente de sus aplicaciones ordinarias — que podrás pasar en revista mentalmente —, ¿qué nueva aplicación podría tener en manos de un hombre ingenioso?
Cuantas veces el pensamiento se desvíe de este cen tro de consideraciones, procura volverlo a su cauce y prosigue tus observaciones.
Te verás altamente sorprendido al observar la diver sidad de nociones que surgirán de tu subconsciencia.
Cuando en el curso de cualquier tarea experimentes síntomas de fatiga, suspende inmediatamente tu acti vidad, siéntate cómodamente, permanece inmóvil por espacio de cinco minutos y durante otros cinco esfuér zate en pensar en cualquier cosa que difiera esencial mente de tu interrumpida ocupación. Así reposarán por completo los centros afectados de fatiga y prontamente te hallarás en disposición análoga a la que disfrutabas al comenzar la jornada.
voluntad hacen especial hincapié en los ejercicios que acabamos de describir. A mayor abundamiento, véanse algunas variantes de los mismos, tomadas de diferentes autores:
—Leed diariamente varias páginas de cualquier obra que trate aspectos importantes de la vida, y concentrad toda vuestra atención mental en esta lectura. No per mitáis a vuestro pensamiento que divague o que se esfuerce estérilmente; si se aleja de la idea a que le queréis someter, -volvedlo a encauzar sujetándolo a dicha idea. (Annie Besant.)
—Leed por espacio de cinco minutos y meditad du rante un cuarto de hora sobre lo que acabáis de leer,
(Los Teósofos.)
—Cuando estéis sentados, permaneced erguidos, avanzando el mentón y los hombros tan unidos como os sea posible. Alzad lateralmente el brazo derecho hasta la altura de los hombros, volved la cabeza y la punta de los dedos hacia la derecha, manteniendo el brazo en su posición horizontal por espacio de un minuto cuando menos. Repetid la operación con el brazo izquierdo y, cuando hayáis conseguido dar cier ta elasticidad a estos movimientos, aumentad progre sivamente, de día en día, la duración de los mismos.
(Atkinson.)
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dedos y extended el brazo perfectamente recto. Acto seguido inmovilizadlo cuanto os sea posible, hasta llegar a conseguir que el agua del vaso no se mueva.
(Atkinson.)
—Cuando deis un paseo, examinad atentamente las personas que halléis a vuestro paso y procurad obser var con cuidado el corte y color de sus vestidos, el color del calzado, el del cabello, y sus actitudes, gestos y maneras... En cuanto a las cosas, proceded de forma análoga y adquiriréis prestamente la facultad de ver rápidamente y de recordar lo que hayáis visto durante mucho tiempo. (Durville.)
El tiempo que requiere cada una da estas prác ticas varía en relación con los resultados que se de seen obtener. Al principio pueden limitarse los ejerci cios a dos o tres por semana.
5. Pe r ío d o d e r e p o s o
La tensión psíquica que exigen los esfuerzos rea lizados para desarrollar la voluntad, causa fatiga más o menos pronto. Tras de un período de actividad se hace preciso dar rienda suelta a las facultades propias por espacio de algunas horas, con el fin de poder rea nudar más tarde la obra iniciada, ya reposado el indi viduo. Por mucha prisa que se tenga de conseguir ta
les o cuales resultados, no sería prudente trabajar sin tregua, ya que ello podría conducir a una depresión cuya duración sería proporcional a la fatiga experimen tada. El saber reposar constituye un arte. Es el arte de saber abandonar voluntariamente las preocupacio nes más apremiantes, de saber proporcionar reposo al cerebro, a los nervios y a los músculos, con el fin de que el impulso inicial tome a manifestarse y haga posible la realización de los planes proyectados. La inac ción, por sí misma, no disipa el cansancio. Para ello se hace indispensable que vaya acompañada de un perfec to reposo mental.
La práctica del aislamiento, descrita más adelante (Capítulo V), constituye el mejor medio de sustraerse a todo derroche de energía física y moral. Cualquier otra distracción resultará saludable, siempre que el in dividuo sepa liberar su conciencia en el momento desea do y no se preocupe de antemano más tiempo del estric tamente preciso para decidir dicha liberación.
Es conveniente determinar previamente los días y horas destinados a practicar estas operaciones y la ín dole de las mismas. Hasta el instante previsto se evi tará el pensar en ello, ateniéndose al principio de age
quod agís (obra cuando obres), es decir, que debe con
centrarse totalmente el espíritu sobre la ocupación del momento. De conformidad con este precepto, hay que procurar acostumbrarse a abandonar resueltamente la tarea que se tenga entre manos cuando llegue d mo mento de divertirse, y se dejará que la propia aten ción sea plenamente acaparada por d ejercicio físico,
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d espectáculo o el juego que se haya elegido. Y después,
al cesar este provechoso período de libertad de las facul tades psíquicas, debe dirigirse el pensamiento haoia la continuación de 'as tareas iniciadas; debe recobrarse d autodominio y entregarse de lleno al trabajo.
Prevenimos formalmente al lector verdaderamente deseoso de llegar a un perfecto dominio de sí mismo, que no ceda a las «ocasiones» ni solicitaciones placente
ras, por muy seductoras que le parezcan. Cuando, con harta frecuencia, se sienta solicitado por cualquier deseo, guárdese muy bien de emplear en satisfacerlo el tiempo previsto para sus ocupaciones; por d contrario, si hay lugar a ello, asígnde un lugar en el próximo período de descanso.
6. Ex a m e n p e r ió d ic o d e s í m is m o
Suele ocurrir que d individuo bajo la influenda de múltiples solicitadones, se desvía de la línea directriz que se había trazado de antemano. A menos que posea una rectitud de juicio poco común, suele ocurrirle tam bién, en ciertas circunstancias, que obra con predpita- dón y de un modo abiertamente contrario a como debie ra haberlo hecho. Antes de haber adquirido una fuerza de voluntad suficientemente firme, las defecdones de és ta traicionan las mejores intenciones. Es preciso darse cuenta exacta de estas diversas faltas, si se quiere elimi narlas progresivamente.
Para ello lo más indicado es procurarse todas las se manas un momento de ocio y emplearlo en rememorar los pensamientos, emociones, impulsos y acciones de los días precedentes, procurando determinar los móviles que los han producido. Es sumamente importante que el individuo se juzgue a sí mismo sin indulgencia, que reconozca fríamente que se ha engañado, que se ha mos trado débil y que se ha dejado dominar por sus tenden cias inferiores o por sugestiones ajenas. Debe examinar si las decisiones adoptadas han sufrido alguna influencia que sea preciso separar, y, si ello es necesario, debe pro ceder a rectificar dichas decisiones. También debe esfor zarse en penetrar cómo ha sido inducido a error su juicio y qué ha sido lo que le ha llevado a descuidar o violar las reglas de la cultura mental. Y asimismo debe meditar acerca de las enojosas consecuencias de los extravíos observados, sobre las que pueden produ cirse en lo futuro, y, de modo especial, sobre los saluda bles efectos que espera del ejercicio de la voluntad.
Para terminar, debe repetirse enérgicamente que está firmemente decidido a reaccionar con la mayor firme za y, especialmente, a evitar toda circunstancia disol vente.
7. La s d e p r e s io n e s o c a s io n a l e s
Por regla general, los caracteres mejor templados se dejan abatir profundamente por cualquier aconteci miento doloroso. La muerte de un ser particularmente
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querido, la adversidad que reduce a la nada el fruto
de largos años de trabajo, los estragos de una penosa enfermedad, trastornan el equilibrio, abaten el ánkno o aniquilan las fuentes biológicas de la energía. La no ción de lo irreparable deprime tanto más fatalmente cuanto que imposibilita toda idea de reacción. ¿Qué ra zonamiento podremos oponer al ser que se lamenta gimiendo: «Nada ni nadie podrá devolverme lo que aca bo de perder»?
Pero, ¿qué será de la misión y del poder de la vo luntad si se hunde el manantial en que aquélla bebía a diario una fuerza nueva, y deja inerte al espíritu? En tales momentos el hcmbre experimenta una estupefac ción paralizadora ante la idea de lo poco que significa su voluntad frente a la ciega crueldad de inevitables catástrofes. Y lo vemos postrado ante la ruina de aque llo que en la Tierra había merecido su mayor afecto, en tanto que en tomo suyo, con soberbia indiferencia, si gue funcionando el frío mecanismo de la vida exterior. A nosotros, a fuer de psicólogos positivos, nos co rresponde dar ejemplo. Téngase la certeza de que las líneas que siguen están inspiradas por la más juiciosa compasión.
—Tu desesperación es infinita; tu alma desborda amargura y te parece que tu existencia discurrirá en lo sucesivo doliente y miserable, en medio de un mundo que ya no tiene atractivo alguno para ti. ¿Quieres, cuan do menos, disminuir la intensidad de tu dolor? En tonces, resueltamente, adopta las medidas
siguientes:-Rehuye el trato de cuantas personas sean conoce doras de la desgracia que te abruma, ya que estas per sonas se creerán en el deber de hablarte con simpatía de esa misma desgracia, recordándotela constantemente. No cedas a la tentación de expansionarte. No hables a nadie del estado en que te hallas y oculta cuidadosamen te las manifestaciones o indicios del mismo. Para cal mar la agitación de tu mente, permanece largas horas inmóvil, aislado en cualquier lugar tranquilo, lejos de tu esfera habitual. Puedes también modificar la dispo sición de una de las habitaciones de tu casa con el fin de que no llegue hasta ti nada que pueda recordarte la desgracia sufrida. Visita lugares, espectáculos o cosas cuya existencia ignoraras. Por lo menos durante los primeros tiempos subsiguientes al infortunio de que has sido víctima, evita cuidadosamente argumentar o ra zonar respecto a lo ocurrido. Por el contrario, procúra te el mayor número de diversiones que te sea posible. Imponte un especial cuidado de tu organismo y no des aproveches la ocasión de actuar de manera que puedas contribuir a mantener o aumentar tu vitalidad.
Al cabo de algunos días, una impresión de aneste sia moral sucederá a la crisis dolorosa de los primeros momentos. Será llegado entonces el instante de hacer un llamamiento a la razón y de reorganizar tu existen cia. Si eres materialista y hombre de espíritu positivo, la idea de luchar para volver a crear condiciones aná logas a aquellas de que dependía tu felicidad, a la sa zón desaparecida, te sonreirá ciertamente. Si, por el contrario, tus observaciones te han conducido — como
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a nosotros — a admitir la persistencia de la personali dad humana más allá de la muerte y, además, atribu yes una finalidad utilitaria a las diversas pruebas de la existencia, ante ti queda abierto un vasto campo de re confortantes meditaciones.
8. La s c o s t u m b r e s
Por efecto de un fenómeno de automatismo suma mente conocido, la costumbre crea en nosotros necesi dades físicas, inútiles o nefastas, a cuya satisfacción nos creemos inevitablemente obligados. En ningún caso mejor que en el del toxicómano se pone de manifiesto el antagonismo existente entre la inteligencia y el auto
matismo, ya que el toxicómano sabe muy bien que la droga que ingiere le produce sufrimientos, y aunque quisiera dejar de tomarla no puede dominar la irresisti ble tentación. Parece ser que cuanto más pernicioso es un vicio es tanto más tenaz, y que al alcanzar cierto gra do es ya incurable. No obstante, en tanto que el enfermo conserva la noción de la conveniencia de librarse de su perniciosa costumbre, subsiste una posibilidad de cura ción; ya que esa noción, convenientemente desarrollada, puede llegar a acaparar por completo la conciencia del paciente y oponerse al hábito, actuando a la manera de un contrapeso.
poder anular radicalmente cualquier movimiento auto mático arraigado en el individuo desde meses o años atrás, puede, no obstante, eliminar con bastante rapi dez ese movimiento, cualesquiera que sea su naturaleza. En semejante caso, la primera indicación que conviene observar consiste en rechazar obstinadamente toda duda acerca del resultado de la lucha a entablar. No se con sigue de un modo inmediato dominar las impresiones desalentadoras, pero es preciso considerar estas impresio nes como pasajeras y hacerse a !a idea de que, antes que sea demasiado tarde, serán sustituidas por un estado de alma combativo.
En segundo lugar, conviene que el individuo, apo yándose en el afán de liberación que siente, aprove che el impulso periódico proporcionado por este mismo afán, en sus diversas reiteraciones, para imaginarse en íorma concreta, viva y precisa, 'as ventajas que podrían derivarse de la supresión de tal o cual hábito. Un fuma dor, por ejemplo, a quien la nicotina ocasiona vérti go, pesadez, atonía de la memoria, trastornos visua les, etc., invertirá una o dos horas en imaginarse a sí mismo convertido en un hombre nuevo, que ya no expe rimenta afición alguna por el tabaco, que disfruta de un espíritu despierto y de una perfecta disposición corpo ral, que come con apetito, que digiere perfectamente, y que triunfa en sus negocios realizando una labor prove chosa. Se imaginará cuál sería su estado si el hábito de fumar, en lugar de serle tan querido, le inspirase una repugnancia insuperable e incluso náuseas.