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tación fija, encaminada a modificar su destino original y a conducirlo, poco a poco, a coincidir con su ideal.

Los románticos deploran amargamente el contraste que existe entre el poeta genial, que sufre hambre, viste harapos y habita una helada buhardilla, y el tendero, de espíritu limitado, que vive su vida de relativo bien­ estar económico. El primero, verosímilmente, no sabría producir regularmente como el segundo: la desigualdad material de sus vidas no reconoce otra causa que ésta. El artista debería estar siempre desvinculado de toda inquietud de carácter mercantil.

Entre los dos extremos que acabamos de señalar puede también considerarse el ejemplo, constantemen­ te renovado, de los individuos que vegetan miserable­ mente, aunque no carecen de verdaderos méritos o con­ diciones, por la sencilla razón de que no se explotan a sí mismos con continuada rectitud; y aún hay otros seres, ordinarios en todo, pero que, no obstante, con el tiempo logran crearse una posición envidiable a fuer­ za de una regular actividad.

En verdad que no son raras las personalidades que, espléndidamente dotadas de modo innato, pueden per­ mitirse el lujo de triunfar sin esfuerzo aparente, como si se tratase de un juego; y, por el contrario, también son frecuentes los desventurados que sufren tan con­ siderables restricciones en sus posibilidades, que toda su buena voluntad, todo su aliento y todo su esfuerzo sólo son útiles a las personas que los utilizan.

Todos, empero, hallarán provecho en seguir nues­ tros métodos: en los casos de extrema indigencia, per­

miten al individuo mejorar su condición, emanciparse e ir adquiriendo, poco a poco, determinadas cualida­ des que puedan procurarle cierto bienestar; en los ca­ sos de opulencia de los dones de la Naturaleza, nuestros métodos contribuyen a asegurar el triunfo para lo ve­ nidero.

De nuestra obra Método científico moderno de Mag­

netismo creemos conveniente destacar un pasaje rela­

cionado con todo lo preoédente:

«Los individuos bien dotados y a los cuales cierto talento innato les ha hecho la vida fácil y les ha valido la mayor parte de las satisfacciones por las cuales lu­ cha la Humanidad, raramente piensan en practicar la cultura psíquica. Como quiera que el determinismo les es favorable, no experimentan el deseo de remontar la corriente. La personalidad de estos individuos posee dos o tres buenos resortes, cuya actividad les permite desempeñar cómodamente un papel lo bastante útil o agradable para obtener de él toda suerte de ventajas. Se ven muy bien servidos por su atavismo, pero son estrechamente tributarios de éste.

»Como quiera que la energía de su «yo» no es uni­ lateral, su vigor psíquico resulta débil o nulo para todo cuanto no sea la índole del trabajo hacia el cual se sienten predispuestos. Un artista, un literato, un inge­ niero, un médico o un artesano que posean facultades excepcionales, se ven incitados, por la misma facilidad de su triunfo respectivo, a una especie de pasividad mo­ ral de la que pueden resultar la adversidad o el ani-

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quitamiento de su propia valía. En uno será cualquier

pasión que, cautelosamente, se habrá infiltrado en él y que le conducirá a una condición mórbida; en otro será cualquier herida emocional, cuyo recuerdo desequilibra­ rá para siempre su armonía interior; en un tercero será cualquier revés económico, imposible de vencer sin la acción de ciertas facultades que jamás tuvo el cuidado de desarrollar, etc. Sin recurrir a lo peor, frecuente­ mente vemos: ya un hombre, notoriamente intrépido, dominado por cualquier mujerzuela; ya un industrial de fama, incapaz de toda autoridad en su vida privada; ya cualquier paniaguado que consigue pingües sinecuras arruinándose con el juego bajo las exageradas necesi­ dades que él mismo se ha creado; ya cualquier artista que, por contrariedades amorosas, cae en la toxicoma­ nía y se hunde física y moralmente; o ya el caso de una persona que, al disminuir sus recursos, se tortura noche y día pensando en el medio de reducir su lujo y las satisfacciones de su amor propio, etc. Hacer un es-

fuerzo es, al parecer, una ley ccrnún, y aquellas perso­

nas de las cuales el destino parece no exigir ninguno harían muy bien en desarrollar el conjunto de sus fa­ cultades y conquistar el dominio de sí mismas.

«Consideremos cuánto más poderosa se afirma la personalidad de otros individuos que, aunque, oomo los precedentes, están favorecidos por especiales fa­ cultades, han hallado al principio de su respectiva exis­ tencia serios obstáculos opuestos al desarrollo y valo­ ración de sus atributos. Estos individuos se han visto obligados a luchar. Han tenido que imponerse, no sota-

mente aquellos esfuerzos de trabajo sin los cuales nadie llega a nada digno, sino incluso determinadas priva­ ciones que les han revelado su propio poder para regir sus apetitos y hasta sus necesidades. Han tenido que

renunciar temporalmente a la mayor parte de los goces

más buscados por los jóvenes de su edad. Han tenido que resistir incansablemente a aquellos impulsos que les llevaban a dispersar sus energías y sus medios mate­ riales. Esos individuos han desconocido la adulación, la vanidad y la indolencia.

»La mediocridad, las necesidades, la obscuridad, le­ jos de arruinar su vigor psíquico, les han evitado, por el contrario, esa multiplicidad de estados de alma en los que el hombre incapaz de rehuir las asechanzas complacientes de la vanidad de lo colectivo dispersa es­ térilmente sus fuerzas. Lo módico de sus ingresos, al alejarlos de la multitud, les ha acostumbrado a extraer de sí mismos sus inspiraciones, sus entusiasmos y sus anhelos. Hoy, estos hombres son seres fuertes, porque saben que pueden bastarse a sí mismos. No les atormen­ ta la posibilidad de que al triunfo actual pueda suce- derle una adversidad: en realidad no podrían temerla, toda vez que ya han medido sus fuerzas con ella. Y si les amenaza cualquier aflicción independiente de su vo­ luntad, le opondrán la lucidez, la presencia de ánimo y la rectitud de juicio requeridos para evitarla — si ello es posible —, para paliar sus efectos o para aceptarla serenamente, sin exagerar su importancia.

«Cuantos vienen al terreno de la cultura psíquica lo hacen inducidos, generalmente, por la comprobación