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Es en este momento cuando conviene que nos repre­ sentemos mentalmente y con la mayor precisión posibe, de una parte, lo que podrá suceder si nos dejamos llevar de nuestro impulso, y de otra, cuál es la causa que mo­ tiva la represión de dicho impulso.

Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, la orden de los jesuítas, ese fenómeno de vo­ luntad fanática que, de la noche a la mañana, supo pa­ sar de una vida de excesos a los rigores monásticos, somete a sus discípulos a la objetivación. Les prescribe, por ejemplo, que se representen el infierno con sus roji­ zas llamas, que se imaginen sufrir las torturas que ex­ perimentan los condenados y la perspectiva de la eter­ nidad de un suplicio semejante, etc. De esta suerte, cuando se presenta la ocasión de incurrir en cualquier pecado que implique penas eternas, las terroríficas imá­ genes, objetivadas por el religioso, acudirán a su me­ moria y le ayudarán a reprimirse.

En la vida ordinaria, la objetivación se nos antoja la clave de la rectitud. Si nos tomásemos la molestia de representarnos, en fonna concreta, las consecuencias lógicas de cada uno de nuestros actos, indudablemente paralizaríamos la mayor parte de los impulsos molestos, de los que nadie está exento.

Para sacar partido de este procedimiento se concibe que sea preciso poseer ya cierta costumbre de dominarse.

Es indicada la misma práctica cuando el individuo trata de resolverse a realizar cualquier esfuerzo. Con­ siste entonces en contemplar la imagen mental de las ventajas que se esperan obtener del esfuerzo de refe*

renda y en saborear de antemano la satisfacción que di­ chas ventajas proporcionaián. Ni que decir tiene que la eficacia de este ejercicio está en relación directa con la atención y el tiempo que se le consagre.

De un modo más general, objetivar rápidamente lo que se desea llevar a término ayuda considerablemente a realizarlo. Al combinar un pian, si en lugar de con­ tentarnos con formular, de modo abstracto, sus diversos elementos, nos los representamos en forma tangible, tan viva y precisa como posible sea, acudirá a nuesLo es­ píritu el mejor modo de lievar.o a cabo.

4 . Co n c e n t r a c ió n

Hemos dicho ya algunas palabras acerca de la ne­ cesidad de no pensar más que en una sola cosa a la vez y de absorberse enteramente en el contenido de cada objeto sometido a nuestra atención por nuestras razonadas deliberaciones. Para llegar a una plena e in­ tensa concentración espiritual existen diferentes ejerci­ cios. Ya hemos indicado aquí los más elementales de éstos. Ahora expondremos algunos nuevos, graduados, de los cuales, entregándose a ellos, obtendrá las mejores ventajas toda persona que trate de practicar la influen­ cia direota de la voluntad sobre su propio organismo, sobre el espíritu de sus semejantes o sobre las causas secundarias de su destino.

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consentir perturbación alguna de vuestra estabilidad men­ tal por parte de las manifestaciones ambientales. A me- nos que un motivo objetivo no os ^determine a ello tras~ de la deliberación inferior, no dejéis que vuestro pen- samientQ....se, vea_,arraat.rado por cuHqÜlerZltKtóeiI£sr*Si se os comunica una noticia en ocasión en que os halláis ocupados en cualquier tarea determinada, procurad guardar silencio y no dejéis que se bifurque vuestra atención. Alguien tratara de obtener vuestra opinión, vuestra aquiescencia o aprobación; procurará conmove­ ros por medio de frases halagüeñas, burlonas o conmi­ natorias; no os dejéis inducir: permaneced serenos y flemáticos; no discurráis, no expliquéis vuestra actitud. No deis tampoco muestras de impaciencia o de descon­ tento. Lo único importante es vuestra primera inten­ ción : resistios a todo derivativo externo del pensamien - _to. Dejad que pasen las reacciones ejercidas por vuestra conducta sobre las personas que os rodean, pero no fomentéis dichas reacciones.

—Adoptad una posición cómoda; distended los mús­ culos, cerrad los ojos y procurad representaros men­ talmente la forma gráfica del número 1; cuando hayáis logrado formar una imagen precisa, haced lo propio con el número 2, y así, sucesivamente, hasta el número 9. Una vez hayáis practicado lo suficiente para que se efectúe rápida y netamente el desfile de las cifras, to­ mad la serie de 10 a 99, después la de 100 a 999, y así sucesivamente. Este ejercicio resulta un tanto fatigoso al principio, pero luego, ejecutado pausadamente, desa­ rrolla la elasticidad espiritual, la atención y la voluntad.

—Elegid cualquier objeto de forma sencilla, pero un poco especial, por ejemplo, cualquier frasco de con­ tornos originales. Colocadlo delante de vosotros, a cosa de un metro de distancia, y, volviendo a adoptar la posición anterior, estudiad minuciosamente el aspecto de dicho recipiente. De cuando en cuando, cerrad los ojos y representaos mentalmente el modelo en cuestión. En tanto que la imagen que tratáis de formaros no ad­ quiera una perfecta semejanza, y mientras sólo consigáis representaros una parte del frasco, persistid en compa­ rar el frasco real con el ficticio. Finalmente, cuando ha­ yáis conseguido «captar» la forma exacta del modelo, esforzaos en conservarla intacta, reconstituyéndola cuan­ do tienda a desvanecerse, y sujetad vuestro pensamiento a esta representación intelectual el mayor tiempo po­ sible.

—Colocad un papel encima de la mesa. Tomad dos lápices, uno con cada mano. Con una procurad dibujar un círculo, y con la otra un cuadrado.

—Tomando por base una fotografía o bien vuestros propios recuerdos, procurad construir, rasgo por rasgo, el retrato mental de una persona. Si se trata de alguien a quien veáis con frecuencia, apenas hayáis cerrado los ojos os parecerá haber logrado vuestro propósito. Pero no será así. En realidad lo que habréis conseguido re­ cordar será la impresión general que se desprende de la fisonomía en cuestión a la que os sentiréis atraído, en tanto que el objeto del ejercicio que indicamos consiste en imaginarse ese rostro, pero con tal precisión y detalle que fuera posible utilizar esta ficción como modelo para

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trazar un dibujo. No se debe esperar conseguir lo pro­ puesto a la primera vez que se intente, sino que se debe reiterar con frecuencia esta práctica, al objeto de ad­ quirir un perfecto dominio.

Cuando se está habituado a !a concentración mental sobre objetos aislados, puede aplicarse el ejercicio a imágenes más complejas. El despacho o el dormitorio, con todos sus menudos detalles, podrán servir de mode­ los. Se imaginará hallarse en el dintel de la habitación, puesta la mirada en el interior de ésta y se procura~á detallar todos cuantos objetos se contengan en ella, comenzando por el lado derecho y concluyendo por el izquierdo. Y, finalmente, se hará por mantener fijo el pensamiento en una visión de conjunto, procurando sos­ tenerla por espacio de un cuarto de hora o veinte mi­ nutos.

—En el tren, en el tranvía, en la calle, en cualquier espectáculo, mirad fijamente en la nuca a una persona, con e! firme deseo de que dicha persona vuelva la ca­ beza. No os repitáis incesantemente: «Deseo que mire hacia atrás, deseo que mire hacia atrás», pero sí afir­ mad esta volición en forma concreta y animada. Ima­ ginaos que vuestro «sujeto» experimenta una irresis'ible necesidad de volver la cabeza y que dentro de un mo­ mento realizará este movimiento — que vosotros debéis «ver» de antemano —. Generalmente son necesarios de cinco a diez minutos para conseguir el resultado.

Y en aquellos casos en que el ejercicio no conduce al resultado apetecido, por lo menos resulta siempre beneficioso para quien lo practica.

5. Au t o s u g e s t ió n

Autosugestionarse consiste en repetirse mentalmente cualquier afirmación con objeto de implantarla sólida­ mente en el cerebro de suerte que termine por dominar las tendencias o elementos contrarios. Desde d comienzo de las investigaciones realizadas en tomo al hipnotis­ mo, muchos operadores tuvieron ocasión de observar que cualquier sugestión inspirada a un individuo ejercía sobre él una profundísima influencia, incluso' en estado de vigilia (1). Entre los factores que entran en juego en la producción del estado hipnótico figura la atención expectante, es decir, la idea fija del individuo que espe­ ra ser dormido. Este solo elemento basta por sí mis­ mo para haoeF caer en el sueño hipnótico a un deter­ minado número de individuos. En las sesiones de hip­ notismo sucede con frecuencia que dos o tres especta­ dores se duermen también mirando al operador en su tarea de hipnotizar a otras personas. Estos espectadores se representan tan intensamente las sensaciones que debe experimentar la persona a quien el operador trata de afectar, que esa misma ideación determina en ellos efec­ tos análogos a los que experimenta el sujeto del ex­ perimento que ante ellos se efectúa.

Sabido es, por otra parte, que cuando el campo de la conciencia está acaparado por una sola idea, ésta ejer-

(1) V éase M étodo científico m oderno de M agnetism o, H ip­